domingo, 26 de octubre de 2014

Parentalia, días de los difuntos en Roma

Mosaico romano, Museo Arqueológico, Nápoles (Foto Marie-Lan Nguyen)
Cercano el momento de celebrar el día de difuntos y de todos los santos según la tradición cristiana es acertado recordar cómo celebraban los romanos los días que recordaban a sus muertos.
El temor a que los muertos puedan volver como espíritus malignos para atormentar a los vivos  hace que el hombre siempre se haya servido de todos los recursos a su alcance para protegerse de ellos.
 Adornar los sepulcros, realizar ofrendas y libaciones, rezar y participar en los entierros  y fiestas establecidas para honrar su memoria  son actos que los romanos  llevaban a cabo para demostrar que la muerte no significaba el final de sus ancestros, sino a través de un continuo duelo manifestado en la celebración de diferentes fiestas funerarias  los mantenían en su recuerdo como símbolo de unión familiar.
 El deseo de estar presente aún después de morir se refleja en los retratos de las lápidas, los relieves con escenas de la vida de los difuntos en los sarcófagos, la representación de banquetes en los que el muerto participa en los monumentos funerarios, en los retratos pintados sobre los sarcófagos y en las tumbas monumentales que solo podían permitirse los más ricos. Los que no tenían a nadie que les recordase y mantuviese su tumba mandaban poner una inscripción en la que pedían al caminante que pasaba junto a ella que rogase por el difunto allí enterrado.

Lápida con inscripción DIS MANIBUS, Museos Vaticanos
Los dioses Manes eran los espíritus de los difuntos que no tenían que ser negativos pero que eran tenidos en cuenta en los entierros con la mención en las lápidas de DIS MANIBUS (a los dioses Manes) y con los ritos domésticos oficiados por el pater familias y con la presencia de todos los parientes. Sus tumbas se adornaban y se les ofrecía comidas y banquetes, a veces con un triclinium erigido en los mismos lugares de enterramiento para que los parientes disfrutaran de la comida junto a sus seres queridos ya fallecidos. Las tumbas eran inamovibles e inviolables. No podían trasladarse porque los Manes tenían siempre que volver al mismo sitio.

Las fiestas de Parentalia que tenían lugar entre el 13 y 21 de febrero para honrar a los antepasados tenían un carácter funerario y expiatorio. Esos días se consideraban nefastos, por lo que los magistrados no lucían sus insignias, se cerraban los templos, los fuegos de los altares se extinguían y  se consideraba de mal augurio celebrar los matrimonios. El día 21 se celebraba la fiesta de la Feralia, cuando los familiares visitaban las tumbas  de sus ancestros y  dejaban coronas de flores, sal, pan empapado en vino puro y leche “Hasta su propio honor tienen las tumbas. Sosegad las almas de los padres y obsequiad con pequeños regalos  a las piras extintas. Los dioses Manes exigen cosas pequeñas; reconocen el amor de los hijos en vez de regalos lujosos. Basta con una teja adornada con guirnaldas, unos cereales desparramados, un poco de sal, trigo empapado en vino y violetas sueltas. Pon estas cosas en una vasija y déjalas en medio del camino… Que los dioses también se oculten tras las puertas cerradas de los templos, que los altares no dispongan de incienso y se apaguen los fuegos. Ahora andan vagando las almas sutiles y los cuerpos enterrados en los sepulcros; ahora se alimentan las sombras con la comida proporcionada… A este día lo llamaron Feralia porque trae las exequias. Es el último día para honrar a los Manes. (Ovidio, Fastos)

Procesión hasta la tumba en la fiesta de Parentalia

El día 22 se reunía toda la familia para comer en la fiesta de la Caristia o Cara Cognatio, cuando los vivos se dedicaban a buscar la reconciliación  entre ellos y olvidar sus rencores, dejando sitios libres para los difuntos recientemente fallecidos, a los que se les servía comida.
“El día que le sigue fue llamado Caristia por los parientes que se quieren, y una multitud emparentada se presenta ante los dioses de la Hermandad. Claro que resulta agradable, tras estar en las tumbas y con los parientes muertos, dedicarse a los vivos, contemplar, tras la pérdida de los seres queridos, lo que queda de la propia sangre y recorrer los grados de parentesco: Vosotros, los buenos, poned incienso a los dioses del parentesco y ofrendad alimentos, que el platito que se envía, prenda de honor que ellos agradecen, alimente a los Lares de vestidos sueltos y cuando la noche húmeda aconseje el plácido sueño, tomad en la mano vino abundante, en el momento de rezar vuestras plegarias, y decid derramando el vino con las palabras sagradas “Por vosotros, por ti, padre de la patria, César Optimo.” (Ovidio, Fastos)


Ágape cristiano, Catacumbas de Priscila, Roma
Al ser un día de celebración se producía un intercambio de regalos entre los miembros de la familia e, incluso, entre patronos y clientes, como describe Marcial en sus epigramas:
“En el día de los parientes, en que se regalan muchas aves, mientras preparo los tordos para Estela, mientras los preparo para ti, Flaco, se me ocurre  una multitud ingente y pesada, en la que cada cual se considera el primero y el más mío. Es mi deseo complacer a dos; ofender a los más no es apenas prudente; enviar regalos a muchos es costoso. Haré méritos para el perdón de la única forma que puedo: ni a Estela, ni a ti, Flaco, os enviaré tordos.” (Marcial, Epi. IX,55)

En Roma el entierro de los muertos era un deber sagrado. Negar sepultura a un cadáver era condenar el alma muerta a errar sin descanso y, en consecuencia, crear un peligro real para los vivos. En la literatura grecorromana son abundantes los ejemplos de fantasmas que se aparecen a los vivos para reclamar un entierro digno. Plinio el Joven relata como en una casa de Atenas se aparecía un anciano que no dejaba descansar a sus moradores hasta que puesta en venta se presentó el filósofo Atenodoro, quien sin manifestar temor, cuando ve el espectro, marca el lugar donde se desvanece, y cuando allí se excava, se encuentran unos huesos, que son  debidamente enterrados, por lo que no vuelven a repetirse las apariciones. La descripción del espectro corresponde a la tradición conocida hasta ahora del típico fantasma que habita en las casas encantadas:
“En medio del silencio de la noche se oía un sonido metálico que, cuando se prestaba un poco más de atención, podía identificarse con un ruido de cadenas, primero lejano y luego cada vez más cerca. Seguidamente, aparecía un espectro. Un anciano consumido por una por una extremada delgadez y cubierto de una terrible suciedad, de larga barba y cabellos erizados, que llevaba grilletes en los pies y cadenas en las manos, que agitaba al caminar.” (Plinio, Epis. VII, 27)

Los espíritus de los muertos pasaban a formar parte de los dioses Manes, pero no bastaba que un hombre muriera para que entrara a formar parte de los dioses Manes. Antes debía recibir los funerales apropiados y era preciso que se le tributara los iusta, el ritual funerario que permitiría mantener viva su memoria entre los vivos. El difunto era transformado en una “divinidad”  doméstica por sus parientes. 


Ofrenda doméstica, Waterhouse

Si había alguna parte del ceremonial que no se llevaba a cabo, o los familiares abandonaban sus obligaciones para con su pariente difunto, se corría el riesgo de que éste se convirtiera en una sombra atormentada, uno de esos  espíritus maléficos, lémures, que el pater familias debía expulsar de la casa durante las fiestas de Lemuria en los días 9, 11 y 13 de Mayo, días nefastos también,  siguiendo un antiguo rito que Ovidio explica en sus Fastos :
 “Era el mes de mayo, denominado así por el nombre de los ancestros (maiores), que aún hoy conserva parte de la costumbre antigua. Al mediarse la noche y brindar silencio el sueño, y callados ya los perros y los diferentes pájaros, el oferente, que recuerda el viejo rito y es respetuoso con los dioses, se levanta (sus pies no llevan atadura alguna) y hace una señal con el dedo pulgar en medio de los dedos cerrados, para que en su silencio no le salga al encuentro una sombra ligera y cuando ha lavado sus manos con agua de la fuente, se da la vuelta, y antes coge habas negras y las arroja de espaldas diciendo: “Yo arrojo estas habas, con ellas me salvo yo y los míos”. Esto lo dice nueve veces y no vuelve la vista, se estima que la sombra las recoge y está a nuestra espalda sin que la vean. De nuevo toca el agua y hace sonar bronces temescos y ruega que salga la sombra de su casa, al decir nueve veces “Salid, Manes de mis padres,” vuelve la vista y entiende que ha realizado el ceremonial con pureza.”

Tras los funerales había que mantener las tumbas. Las flores naturales escogidas siguiendo las estaciones ocupaban un lugar destacado en el simbolismo propio del culto a los Manes. Las tumbas y el entorno eran adornados con flores y huertos religiosos. Las flores eran símbolo de renovación y felicidad en la vida de ultratumba. En cada celebración se depositaban en las tumbas alimentos, bebidas y lámparas de aceite con las que el difunto debería seguir su camino hacia el más allá.  


Lucerna romana
Durante las libaciones se vertía agua, vino o perfumes como forma de comunicación entre el pariente vivo y el difunto que recibía esta ofrenda. En otras fiestas como las Violaria y Rosaria, también se esparcían flores para honrar a los antepasados en sus tumbas.
Los romanos tendían a gastar excesivamente en los funerales y celebraciones de fiestas funerarias. En la ley de las XII Tablas ya se recomendaba reducir los gastos y Tertuliano, ya en época cristiana, critica con dureza a los paganos por rendir culto a la memoria de sus antepasados con tanta reverencia.
Los romanos creían que sus difuntos podían volver en forma de apariciones para tomar venganza, pero también para ofrecer consuelo y aliviar la sensación de culpa de los vivos, como en la elegía que el poeta  Propercio dedica a su amada Cintia en la que describe como ésta se aparece ante él para recordarle que se haya olvidado de ella y que cuando ambos se encuentren en el más allá, él será eternamente suyo.
Retrato sobre sarcófago, Fayum, Egipto
“Son algo los Manes: la muerte no termina con todo, de la pira extinta huye una pálida sombra. Pues me pareció ver a Cintia recostarse a los pies de mi lecho, un susurro, la recién sepultada al final del camino, cuando ya me vencía el sueño tras el entierro de mi amada, y me lamentaba de la frialdad de mi cama. Su cabello era como cuando se marchó, sus ojos los mismos, y el vestido con el que fue quemada, el fuego había quemado el  berilo de su anillo y el agua del Leteo había marchitado sus labios.” (Propercio, IV,7)


En Roma se tenía presente la muerte como algo cercano y una costumbre extendida era recordar la brevedad de la vida y la necesidad de disfrutar la existencia terrena (memento mori). Es por ello que en banquetes se hacía traer un esqueleto como recordatorio (larva convivialis) durante la comida o, incluso, se han encontrado mosaicos con figuras de esqueletos o ajuares con relieves esculpidos en forma de esqueletos.

Modioli con esqueletos de Boscoreale, Museo del Louvre

miércoles, 1 de octubre de 2014

Ars Musicae, recitales en la domus

Pintura de Herculano

Roma desarrolló un arte musical con influencia de los etruscos, griegos y el próximo oriente. El pueblo romano adoptó los modos musicales que las civilizaciones ya existentes les aportaron.
La sociedad romana tenía sus propias instituciones musicales que componían para las comedias latinas y para las canciones militares.
“Un escritor de gran autoridad, como Catón, ha escrito en sus orígenes que en los banquetes de nuestros antepasados existía la costumbre de que los invitados cantasen por turno, acompañados de la flauta, las empresas gloriosas y las acciones valerosas de los hombres ilustres. De esto resulta evidente que entonces existían, además de las composiciones poéticas, cantos que se escribían para acompañar a los sonidos de las voces.”(Cicerón, Tusculanas, 4)
La música acompañaba a los pueblos de la antigüedad en sus ritos religiosos y festivos. Los instrumentos utilizados en Mesopotamia, Egipto y  Grecia  fueron heredados por los pueblos mediterráneos centroeuropeos, como los Celtas, Iberos y Etruscos.

Bardo de Paule, Bretaña
Flautista ibera de Osuna,
 Museo Arqueológico Nacional


Relieve Mesopotamia, Museo Oriental Chicago
Estatua con tympanum


















La expansión romana trajo la introducción de las costumbres, mercancías y religión entre los ciudadanos romanos que con el tiempo fueron aceptando y asimilando sus aportaciones culturales y religiosas.
En Grecia la música se consideraba parte integrante de la educación como refuerzo de la moral y acompañaba todos los acontecimientos cívicos y religiosos, incluso los eventos deportivos.
La severidad y austeridad de los primeros romanos les llevó a rechazar la música extranjera por considerar que provocaba la relajación de la moral y las costumbres.
“Vosotros cantad al festejado dios y pedid por el ganado en voz alta: que cada uno pida abiertamente por el ganado, pero en silencio para sí, o incluso para sí también abiertamente, pues la alborozada algarabía y la curva flauta de sones frigios no dejan oir.” (Tib. II, 1)
La música acompañaba la vida de los romanos en las tareas de las cosechas con los versos fesceninos que entonaban los jóvenes en forma de improvisaciones groseras y satíricas, e incluso obscenas, para propiciar una buena cosecha o agradecer la exuberancia de los frutos recogidos. También en los sacrificios propiciatorios los flautistas entonaban melodías y si dejaban de tocar. el sacrificio se daba como no válido.

Pintura de Larario con flautista, Museo Arqueológico de Nápoles



En la ceremonia nupcial la comitiva que acompaña a la novia a su nuevo hogar se acompaña de la melodia de flautistas contratados y constituye un marco apropiado para la improvisación de danzas festivas, alentadas por el jolgorio y la cadencia de palmas.
“Vamos, flautista, mientras sacan aquí afuera a la flamante novia, llena toda esta plaza con una dulce melodía para celebrar el himeneo. ¡Himen, Himeneo, oh Himen” (Plauto, Cas., 799-800)
 Durante las largas cenas que los romanos celebraban en sus lujosas casas era habitual comer mientras se escuchaba la música o terminar la noche con una actuación musical de flautistas o un  recital de poesía al son de la cítara.
“Es grato en ocasiones delirar.
¿Por qué cesan los aires de la flauta,
Que traen de Berecinto las notas placenteras?
¿Por qué,  colgadas juntas,
La lira y la siringa nuestro festín no alegran?”
(Horacio Odas, III, 19)

Mosaico del Palatino




Según los poetas elegíacos, durante el desarrollo de  fiestas privadas, como bodas, nacimientos y cumpleaños era habitual cantar y bailar al son de las flautas. También acompañaban los cortejos fúnebres donde la música,  junto a los lamentos,  ayudaba a exteriorizar el dolor.
“En tiempos de nuestros abuelos los flautistas eran muy necesarios y se les tenía en gran estima. La flauta sonaba en los santuarios, sonaba en los festivales, sonaba la flauta en los tristes funerales. Era un trabajo dulce y recompensado.” ((Fastos, VI)

Flautista etrusco, Tumba Leopardi
Los instrumentos musicales de los romanos aumentaron el tamaño de los heredados de los griegos para obtener mayor intensidad y volumen de sonido.
“La flauta (no como ahora, ceñida de latón y émula de la trompeta, sino ligera y simple, con pocos agujeros) se bastaba para acompañar y ayudar a los coros y llenar con su soplido filas aún no demasiado atestadas; allí se reunía un pueblo que se podía contar, pues era pequeño, y no sólo austero, sino decente y discreto… Así al arte venerable el flautista añadió ampulosidad y pavoneo arrastrándose sin tino por los tablados. Así también a la severa lira le aumentaron los registros y con estilo temerario vino una insólita interpretación…”  (Hor. Arte Poética)    

Los romanos adaptaron la doble flauta, el aulòs griego y lo denominaron tibia, que tuvo una fuerte raigambre popular, a pesar de  tener una sonoridad estridente, en vez de suave o  dulce.
El aulòs lo inventó la diosa Atenea que al soplar vio como se le deformaba la cara y latiró. Marsias la encontró y retó a Apolo a una competición musical entre la cítara y la flauta doble. Apoló acabó desafiando a Marsias a tocar cabeza abajo lo que no podía hacer con su instrumento, por lo que perdió y Apolo le hizo desollar.


Mosaico de Apolo y Marsias, Museo del Bardo, Túnez
La tibia era una flauta doble de longitud variable según el número de agujeros. Los distintos tipos de flautas usadas por los tibicen romanos (flautistas) seguían una denominación que correspondía a los países conquistados por Roma. La tibia Phrygia tenía un extremo curvo y se tocaba en los ritos de la diosa Cibeles.
Los ejecutantes de música con la tibia llevaban unas tiras de cuero que, saliendo de la embocadura bordeaban los carrillos y se anudaban en la nuca del instrumentalista. Se controlaba de esta forma el soplo con más facilidad y se disimulaba la antiestética hinchazón de los carrillos del músico.
“Ebria, nos revienta la tocadora con sus carrillos como una cuba: muchas veces toca dos a la par, otras muchas un monaulos.”  (Marcial, Epigramas)

Los artesanos que fabricaban las tibias utilizaban distintas maderas dependiendo de la función del instrumento; la de boj era la preferida para las tibias de las ceremonias religiosas, en cambio, para los espectáculos se elegía el loto, pero también hueso o la plata.
“Una cosa es pastorear y otra el cultivo del campo, aunque afines, así como la flauta de la derecha es distinta de la de la izquierda y sin embargo de alguna manera están unidas, ya que, en las cadencias del canto, una de ellas toca la melodía, la otra el acompañamiento.” (Varrón, I, V)

Dios Pan con siringa, Pompeya

La flauta de Pan o siringa, que en Roma se llamó fistula, nació según el mito en el que la ninfa Siringe, perseguida por Pan, fue derribada junto al río, donde pidió ayuda a la diosa de dicho río, que la transformó en cañas. Pan, aunque frustrado en su deseo amoroso, escucha la dulce música que produce el viento al pasar entre las cañas y decide cortarlas en fragmentos de distinta longitud y las pega con cera, formando la primera siringa.
Otras flautas eran la fistula obliqua (la flauta travesera), y el calamus o flauta de hueso. Instrumentos ya conocidos desde la Prehistoria y usados en Mesopotamia, Egipto y otros pueblos.

A finales del Imperio hubo una afición desmedida a la música, eminentemente rítmica y acompañada de percusión, que encantaba a una juventud que ya no quería practicar la guerra ni el trabajo. Con la llegada del Cristianismo el uso de las flautas decayó y los instrumentos de percusión fueron prohibidos porque se asociaban a los ritos paganos y orgiásticos.


Los poetas gustaban de invocar a Apolo y  las Musas griegas como protectores de su arte y para pedir inspiración para sus obras.

Baja del cielo, oh soberana Musa, ¡Vamos baja del cielo y entona con la flauta un larga melodía, reina Caliope, o, si es lo que ahora quieres, con tu aguda voz o con las cuerdas de la cítara de Febo.” (Hor. Odas, III, 4)

Musa Euterpe, Museo Arqueológico de Tarragona



Lira, Casa de Lucrecio Fronto (Foto de Karl)
El instrumento de la poesía era la lira. Los griegos tenían varios tipos la lira phorminx, antecedente de la cítara, la lira chelys con una  caja armónica con forma de caparazón de tortuga- auténtico en los tiempos más antiguos- sobre la que se tensaba una piel de buey, imitando la lira inventada por Hermes y la lira barbitos, con brazos más largos y típica de los ritos dionisiacos. Horacio menciona en su Odas la lira llamada en Grecia barbiton.

“Me invitan a pulsarte, si a la sombra
Canté, a tu son, mis ocios pasajeros,
Inspírame hoy un cántico latino
Que perdure en el tiempo,
Tú, noble lira, que pulsada fuiste
Por el glorioso Alceo,…
Honra de Febo, tortuga grata
A los  festines de Júpiter supremo
Delicia suya, y para mí el más dulce
Remedio de las penas: oye mi ruego. “
(Hor. Odas, I, 32)



Apolo con cítara, Museo Palacio Massimo, Roma


La cítara tenía una caja armónica de madera con dos brazos que se unían en la parte alta por medio de un travesaño horizontal; entre la parte inferior de la caja y el travesaño se tendía un número variable de cuerdas de tripa de oveja o de cáñamo. El número de cuerdas podía variar mucho – hasta dieciocho en las piezas más tardías-, pero el tipo de cítara más habitual estaba dotado de siete cuerdas. Se tocaba sentado o de pie, con el instrumento delante del músico y en posición ligeramente inclinada. Las cuerdas se hacían sonar con la mano derecha,  con un  plectro hecho de un cuerno animal y atado a la base del instrumento, probablemente para soltarlo cuando hubiera que puntear las cuerdas con los dedos, aunque los más virtuosos se servían solo de las manos. Con la izquierda se sujetaban las cuerdas que no debían sonar y se amortiguaba la vibración para obtener efectos peculiares.

La música de lira o cítara, propia de Apolo, que permitía la expresión de la palabra mediante el canto, lo que no ocurría con la música de  las flautas, que era meramente instrumental , se consideraba más culta y elegante. La música de flauta era tenida como más vulgar y rústica, propia de los faunos y de ambientes dionisiacos. Entre los patricios el canto acompañado de la lira o la cítara era considerado como signo de distinción, ya que era el arte de Apolo. En cambio tocar la flauta era visto como vulgar ya que provenía del  dios Dionisos, símbolo de lo irracional y el descontrol.
“Recita, además, mis versos, acompañándose de la cítara, sin que músico alguno le haya enseñado a hacerlo, ha sido el amor, que es el mejor de los maestros.” (Plinio, IV, 19)   


Museo Nacional Romano


La pandura o pandorium es el antecedente de la bandurria. Es semejante al laúd con varias cuerdas y proviene del Próximo Oriente. En Mérida se encuentra una estela que muestra una joven tocando este instrumento, poco conocido y mencionado en los documentos sobre el mundo romano. La joven se llama Lutacia Lupata y la estela le está dedicada por su maestra Severa.


Cibeles con tympanum, Louvre
Los instrumentos de percusión eran utilizados en ocasiones donde imperaba el desenfreno y el goce de los sentidos como las fiestas en honor del dios Baco, las Bacanales. Los participantes en festivales donde el vino y los bailes eran parte principal de la celebración, como los cultos a divinidades orientales,  acompañaban sus cantos con instrumentos como los címbalos o platillos, el pandero (tympanum), o  flautas de fuerte sonoridad.


Los címbalos eran unos  platillos de bronce con una concavidad interior y planos en los bordes, cuyos centros están perforados y atravesados por unas correas de cuero o unas cuerdas que sirven para sostenerlos.

Los crótalos estaban formados por dos cañas hendidas o dos piezas ahuecadas de madera o metal, partidas por el medio, de modo que dando estos pedazos uno contra otro con diversos movimientos de los dedos, producían un ruido semejante al de una cigüeña con su pico.

Mosaico con cortejo Dionisiaco, Museo Ismailiya, Egipto

¡Marchad juntas, seguidme
Hasta el santuario frigio de Cibeles, hasta el bosque frigio de la diosa,
Donde suena la voz de los címbalos, donde el tímpano retumba,
Donde el flautista frigio entona honda canción en su caña recurva,
Donde las Ménades, coronadas de hiedra, sacuden fuerte sus cabezas…”
(Catulo, 63)

Fauno con crótalos y scabellum
El scabellum era un instrumento de percusión, que consistía en una suela de metal o madera maciza, que se unía mediante una bisagra a la suela del zapato, y con la que el scabellarius podía golpear el suelo de piedra o una plancha especialmente diseñada para ello. Con él se marcaba el ritmo y el tiempo.


A finales del siglo I y durante el siglo II los emperadores favorecieron el arte, y, a veces participaron también en él. Nerón presumía de tocar la flauta y la cítara, y otros emperadores trajeron músicos del Mediterráneo oriental, donde se conservaba mucho mejor la tradición griega. Mesomedes de Creta entusiasmó a las corte de Adriano y Antonino Pío con sus composiciones y sus instrumentos de cuerda, que impuso para sustituir a aparatos más estruendosos.
El emperador Adriano tenía a su servicio un músico griego, Mesomedes de Creta, al que se atribuyen dos composiciones para voz e instrumentos de cuerdas pulsadas, cítaras. Una es un himno al Sol y otra es un himno a Némesis.


HIMNO A NÉMESIS

Némesis, alado equilibrio de la vida,
diosa de oscuros ojos, hija de la Justicia,
tú que dominas la vana arrogancia de los mortales 
con inquebrantable brida
y condenando la dañina vanidad, la negra envidia eliminas....

 Esta música, llamada monofónica o monódica,  consistía en un canto a una sola voz con acompañamiento y  permitía al ejecutante y compositor tomarse libertades en cuanto a las formas y estilos musicales.
“Y según estábamos después de la cena, se presenta un muchacho, esclavo de mi padre, templando una cítara, y al principio, pulsó las cuerdas haciéndolas vibrar con las manos desnudas y, haciendo resonar dulcemente un poco de aire, susurraban muy bajo como un murmullo con los dedos; después de esto ya golpeaba las cuerdas con el plectro, y tocando un poco a los sonidos de la cítara, cantó al son de sus notas.” (Aquiles Tacio, Leucipa y Clitofonte, I, 5)

Apolo Moregine
En Roma, como en Grecia se celebran competiciones que combinaban actuaciones artísticas y deportivas.  Nerón, entusiasta del helenismo, instituyó unos juegos quinquenales, los Neronia, con concursos musicales, gimnasia y carreras. Se celebraron dos veces, en el año 60 y  65 d.C.  Nerón compitió en un certamen literario con el poema Las Metamorfosis de Niobe, mientras que el poeta hispano Lucano lo hizo con el poema La bajada a los infiernos de Orfeo. Al ser éste último el preferido se ganó la enemistad del emperador. También el emperador Domiciano mandó celebrar unos juegos en honor de Júpiter Capitolino donde se entregaban premios por recitar en verso y tocar la cítara con o sin canto.



Pintura de John Edward Poynter

Los romanos admitían la enseñanza del canto como medio de reforzar la voz y mejorar la expresión oral. En las familias nobles la música formaba parte de la educación de los niños y los jóvenes  que sabían  tocar la lira o la cítara mientras recitaban unos versos eran tenidos como cultos. Incluso las niñas y jóvenes aprendían a tañer la lira y entonar canciones y eran animadas a demostrar sus dotes aunque guardando el decoro debido.
“Y cuando con plectro eolio tañe hermosas canciones
Igual de sabia al tocar que la lira de la fuente Aganipe
Y cuando sus escritos compara a la antigua Corina,
Poemas que nadie piensa valgan igual que los suyos.”
(Propercio, II, 3)


Como otros tipos de artistas los músicos callejeros se unían en compañías itinerantes que actuaban en la calle y en las casas donde se les contrataban para actuar.

Músicos callejeros, Mosaico Casa de Cicerón, Museo Arqueológico de Nápoles



sábado, 6 de septiembre de 2014

Mater familias, madre en la domus

Agripina, la Mayor, Museo Nacional, Roma


El vínculo matrimonial fue la institución jurídica y social que otorgó a las mujeres el estatus de materfamilias. A través del mismo se establecían y  creaban alianzas sociales, políticas y económicas entre diferentes familias.
 El dominio bajo el que se sometían las mujeres al casarse era conocido como manus, que daba al marido todos los derechos sobre su esposa, quien  dependía del estatus del marido y  quedaba bajo su potestad si este era paterfamilias.
Los casamientos los decidía el pater familias por motivos políticos o económicos, sin que los deseos de los contrayentes se tuvieran en cuenta. El novio y la novia apenas se conocían antes del matrimonio y el futuro esposo solía ser bastante mayor que su esposa en muchos de los enlaces de conveniencia. Es por ello que los matrimonios no siempre disfrutaban de una feliz convivencia  y permanecían unidos solo mientras las circunstancias sociales lo requirieran.
“Cualquier animal, cualquier esclavo, ropa, o útil de cocina, lo probamos antes de comprarlo, solo a la esposa no se le puede examinar para que no disguste al novio antes de llevarla a casa. Si tiene mal gusto, si es tonta, deforme, o le huele el aliento, o tiene cualquier otro defecto, solo después de la boda llegamos a conocerlo.” (Séneca)

Familia Romana, Alma-Tadema

La importancia social de la mater estaba fundamentada no solo en su papel de procrear hijos para su marido, sino también en formar a los niños, futuros cives, en los deberes cívicos y los valores romanos: pietas, fides, gravitas, virtus, frugalitas. Las niñas eran instruidas en las labores propias del hogar: bordar, hilar, preparar la lana y actividades afines con su futura función de materfamilias.
Las jóvenes usualmente contraían matrimonio entre los doce y dieciocho años, por esta razón debían prepararse desde edad temprana para llegar a ser compañeras de su esposo y administradoras del hogar, cuidar los bienes y velar por el buen funcionamiento de la domus.


La mujer romana pasaba de la autoridad paterna a la de su marido al contraer matrimonio. Aunque no tenía los mismos derechos que los varones, podía salir de casa para hacer visitas, asistir a actos públicos y espectáculos y participar en banquetes. Como madre se ocupaba de los hijos varones hasta los siete años, cuando pasaban a ser educados en su casa con la supervisión del padre o asistían a escuelas. Las hijas de las familias nobles recibían lecciones junto a sus hermanos varones. Las madres de familias ricas que no deseaban amamantar a sus hijos recién nacidos tenían una esclava que lo hacía en su lugar y que se convertía en su nodriza o contrataban una mujer durante el tiempo necesario.
Plinio el Joven relata la muerte de Minicia Marcella, en vísperas de su boda. La joven poseía todas las virtudes necesarias para convertirse en una materfamilias.

No había cumplido aún trece años y ya mostraba la sabiduría de una anciana y la dignidad de una madre de familia, al tiempo que conservaba, no obstante, la dulzura de una niña y el pudor propio de una joven virgen. (Plinio, V, 16)

Un epitafio del siglo II a.C. de la época de los Gracos señala las virtudes femeninas ideales:
“Extranjero, no tengo mucho que decirte. Esta es la tumba no hermosa de una mujer que fue hermosa. Sus padres la llamaron Claudia. Amó a su marido con todo su corazón. Dio a luz dos hijos. Uno lo deja en la tierra, al otro lo ha enterrado. Amable en el hablar, honesta en su comportamiento, guardó la casa, hiló la lana…” (C.I.L. Berlín)
El estatus de una mujer dependía de su filiación como hija, esposa o madre de un cives romano. La posición social y la dignidad de una matrona estaban  íntimamente ligadas a su compañero. Si el varón era respetado en la sociedad, su consorte podría tener una consideración similar.
Aunque existió la posibilidad de la separación de la vida en común por el divorcio, la máxima aspiración de los latinos con respecto a sus mujeres fue la perpetuación de la fidelidad en la unión matrimonial.
Se consideraba algo virtuoso en una mujer que se casara una sola vez.
Claudia Rufina, aunque sea oriunda de los cerúleos britanos, ¡qué alma de la raza latina tiene!  ¡Qué hermosura de porte! Romana pueden pensar que es las matronas itálicas, las áticas, que es suya. Demos gracias a los dioses porque, fecunda, le ha dado hijos a su virtuoso marido y porque espera tener yernos y nueras, siendo una niña. ¡Ojalá quieran los dioses que sea ella feliz con su único marido y que sea feliz siempre con sus tres hijos! (Marcial, XI, 53)


El riesgo de una infidelidad que hiciera peligrar el honor y la legitimidad  de la estirpe sucesoria conllevaba en muchos hogares la preocupación del pater familias por proporcionar esclavos y criados que acompañaran a las mujeres en sus salidas. La confirmación de una infidelidad podía llevar al repudio de la esposa, pero no era causa de divorcio si el infiel era el marido.
Sira: “¡Pobres mujeres! ¡Qué dura es la ley a la que viven sometidas, y cuánto más injusta que la que se aplica a sus maridos! Porque, si un marido tiene una amiga a escondidas de su mujer y ésta se entera, nada le ocurre al marido. Pero si una mujer sale de casa a escondidas del marido, éste la lleva a juicio y la repudia. Si la mujer que es honrada se conforma con un solo marido, ¿por qué no ha de conformarse el marido con una sola mujer? (Plauto, Mercator)

El amor entre los contrayentes no era un aspecto a considerar entre los nobles romanos, pero hay pruebas de que algunos llegaban a alcanzar el amor o por lo menos la armonía conyugal. Plinio El Joven alaba las condiciones de su mujer Calpurnia, que la hace una esposa ideal:
“Es una mujer de una aguda inteligencia y una extraordinaria moderación, y me ama, lo que es una buena prueba de su honestidad. A todas estas cualidades hay que añadir su interés por la literatura, que ha nacido en ella por su afecto hacia mí… Todo ello me lleva a tener la más firme esperanza de que nuestra concordia durará siempre y será mayor de día en día, pues no ama en mí mi juventud o mi belleza física, atractivos que poco a poco se marchitan y envejecen, sino mi gloria.” (Plinio, Ep. IV, 19)

Este amor entre los esposos podía llevar al rechazo del divorcio a pesar de la falta de los hijos, aunque la procreación y la perpetuación de la familia era el objetivo principal del matrimonio. En la célebre Laudatio Turiae, elogio de un noble a su difunta esposa, éste rechaza el divorcio que ella le propone ante la imposibilidad de tener hijos:
“Para ti, realmente, ¿qué feliz recuerdo cuando intentaste serme de utilidad, para que al no poder tener hijos contigo, pudiera por lo menos obtener la fecundidad que no esperabas de ti con el matrimonio con otra mujer?

Plutarco justifica la infidelidad masculina como un comportamiento respetuoso hacia la esposa, siguiendo la mentalidad de la época en la que a la mujer se le exigía un comportamiento virtuoso dentro del matrimonio legalmente contraído.
“Por tanto, si algún hombre en su vida particular, licencioso y disoluto en relación con los placeres, comete alguna falta con alguna concubina o sirvienta joven, conviene que su mujer no se enoje ni irrite, considerando que su marido, porque siente respeto por ella, hace partícipe a la otra de su embriaguez, libertinaje y desenfreno”. (Coniug. Praec.  16)
El pudor sexual  en la alcoba matrimonial recaía en la mujer a la que se le vetaba la iniciativa en el acercamiento sexual, pues se consideraba socialmente inadmisible.
Sin guardar, Lesbia, y abiertas siempre tus puertas, pecas y no ocultas tus devaneos y te causa más placer un mirón que un adúltero y no te son gratos los goces,  si se quedan ocultos algunos. (Marcial, I, 34)


La consideración positiva de la educación femenina muestra una sociedad patriarcal, donde la instrucción de las mujeres patricias fue apreciada y considerada importante para preparar a las jóvenes en su función de madres.
“… se consagró a la educación con cuidado escrupuloso; halló a los mejores preceptores que había disponibles y ejerció sobre ellos una profunda influencia, pues era una mujer bien educada, excelente en el habla y conversación, y de una gran fortaleza de carácter.” (Plutarco, Vidas Paralelas, T. Graco I)

Numerosas mujeres de clase alta en Roma, aun careciendo incluso de derechos políticos y con los derechos civiles  bajo la tutela  del hombre, lograron obtener y gozar de ciertos niveles de influencia, aunque fuese indirectamente, en la vida pública, y alcanzaron una independencia económica que les permitió cierto grado de liberación y de privilegio. Pero con  la adquisición de mayor libertad durante el Imperio, algunos autores empezaron a asociar a las mujeres educadas con la moral licenciosa, el libertinaje sexual y la ostentación.

Museo Arqueológico de Nápoles

Las mujeres de la aristocracia romana no tenían la misma distinción de vestuario que sus maridos y excepto por alguna variación de color y tejido, el estilo de los vestidos femeninos era relativamente simple e invariable, así que tenían que incidir en los complejos estilos de peinado y en las joyas para sobresalir entre otras mujeres.
Las mujeres llevaban una cinta delgada para sujetar el pecho (strophium) y la túnica interior (subucula), una camisa, con o sin mangas, que bajaba hasta la rodilla.
Tras su matrimonio la mujer romana completaba su atuendo con la stola, especie de camisa rectangular, abierta en los dos lados superiores; los extremos abiertos se sujetaban a los hombros por medio de broches y fíbulas. Debajo del pecho se sujetaba al cuerpo por medio de un cinturón (zona). A veces se decoraba con una cenefa bordada unida al pie del traje, llamada instita.
A finales de la República todas las mujeres casadas según la ley romana tenían derecho a llevarla, lo que proclamaba su respetabilidad y adhesión a las tradiciones.
Las mujeres respetables se cubrían con un largo manto, la palla, encima de su túnica y stola cuando salían a la calle. Esta se confeccionaba principalmente de lana, aunque para el verano el lino, el algodón y la seda se utilizaron también. Envolvía el cuerpo desde los hombros a las rodillas, aunque podía caer hasta los tobillos. Se llevaba por encima de la cabeza como un velo; alrededor del cuerpo, echado por los hombros como un chal, o incluso alrededor de las caderas. No se abrochaba y se podía sujetar con la mano.
Mujer con palla, Museo Nacional Roma

Con la llegada del Imperio y la conquista de nuevos territorios se facilitó la entrada de telas y tintes hasta el momento desconocidos que proporcionaron gran variedad a la vestimenta de las matronas romanas y que en algunos casos alcanzaban precios desorbitados.  Su uso no era siempre bien visto en la sociedad romana.
“Veo vestidos de seda, si pueden llamarse vestidos a unos tejidos en los que no hay nada que pueda proteger el cuerpo, ni siquiera el pudor. Una vez puestos, una mujer jurará, sin que se le pueda dar crédito, que no está desnuda. Eso es lo que hacemos traer de oscuros países, con inmensos gastos, para que nuestras mujeres no enseñen más de sí mismas en sus habitaciones, que en público, ni siquiera ante sus amantes.” (Séneca, De Benef. VII,9)

La matrona romana dedicaba gran parte del día a su adorno personal, tenía esclavas que la maquillaban y peinaban, la ayudaban a vestirse y le preparaban las joyas y complementos que iba a ponerse cada día. Collares, pendientes, brazaletes y anillos se adornaban con piedras preciosas y perlas.

Tocador de Matrona romana, Juan Jiménez Martín 

Para adornar el cabello se recurría a  diademas de oro y gemas, redecillas tejidas con hilos de oro o perlas, coronas con flores y hojas entrelazadas y cintas de color púrpura.
Las críticas de los escritores romanos al uso excesivo de joyas, afeites y vestidos caros por parte de las matronas romanas fue constante y aumentó con la llegada de los valores cristianos. Durante la república y el Imperio se decretaron leyes para evitar el abuso del lujo, aunque algunas se abolieron o no llegaron a cumplirse.
“Pues como si la mano del Señor le hubiera dado un rostro imperfecto y necesitara perfeccionarlo, se ciñe la frente con diademas de margaritas y rodea su cuello con sartas de pedrería, o cuelga de sus orejas las pesadas esmeraldas. Entreteje las perlas con sus sedosos cabellos y moldea su peinada cabellera con cadenitas de oro.” (Prudencio, Hamartigenia)

Las ricas mujeres romanas llevaban la mappa, un pañuelo para limpiarse el polvo o el sudor de la cara. El flabellum, abanico de plumas, aliviaba del calor. Para protegerse del sol salían de casa con una sombrilla. Era costumbre sostener una bola de ámbar en la mano para proporcionar un olor agradable.

La fiesta de las  Matronalia, el 1 de Marzo, se convirtió en una celebración femenina, popular, que integraba elementos profanos y religiosos. Los primeros se desarrollaban en la domus, mientras los segundos lo hacían en el templo de la diosa, es decir en un lugar público.
La fiesta comenzaba con un acto social y familiar en la propia vivienda, en la que la dueña era honrada por su esposo, con lo que se pretendía una exaltación del matrimonio; la matrona también dirigía a su marido palabras de agradecimiento. Como mater familias recibía regalos de sus parientes y amigos, convirtiéndose en la protagonista de la jornada en el seno de su hogar.  La actividad continuaba con un banquete, en el que se modificaba el orden social, ya que la matrona servía la comida a sus esclavos y esclavas, al igual que el pater lo hacía durante las Saturnalia.

Juno, Petit Palais, París
Este acto privado se acompañaba de una celebración pública, consistente en visitas al templo de la diosa Juno Lucina a quien se realizaban ofrendas, que consistían en guirnaldas de flores, leche y miel. A la diosa se le pedía protección en el parto y se invocaban virtudes tales como el pudor y la castidad.
“Traed flores a la diosa; con plantas floridas se regocija esta diosa; ceñid vuestra cabeza con flores tiernas. Decid: “Tú, Lucina, nos diste la luz.” Decid: “Atiende tú las plegarias de la parturienta.” Y toda la que se halle embarazada, suéltese el pelo y rece para que ella resuelva su parto sin dolor.” (Ovidio, Fastos, III)

sábado, 21 de junio de 2014

Janua, la puerta romana

Portada de entrada a los almacenes, Ostia, Italia

La puerta de una casa particular era el paso por el que, desde el mundo exterior, se ingresaba en el ámbito privado de la familia que en ella habita y que ha encomendado el interior de la morada a la protección de sus propios dioses familiares.
La puerta romana  constaba del umbral (limen inferum),  las jambas (postes) y el dintel (limen superum). La puerta desde el exterior se denominaba foris y la hoja, valva. Las puertas solían constar de dos hojas y el espacio dejado al abrir una sola era suficiente para pasar una persona. El soporte de la puerta era en realidad un cilindro de madera maciza, algo más largo que la puerta y con un diámetro algo mayor que el grosor de la puerta, que terminaba con unos pivotes en la parte superior e inferior. Estos pivotes encajaban en dos agujeros arriba en el dintel y abajo en el umbral. La puerta se ajustaba a este cilindro, para que el peso combinado de la puerta con el cilindro recayera sobre el pivote de abajo.

Puerta de entrada con vestíbulo, Casa de Octavio Cuarto, Pompeya

La puerta de entrada se denominaba janua. El vano de acceso en la fachada se enmarcaba con frecuencia por medio de pilastras decoradas con capiteles corintios o cúbicos y rematadas con arquitrabes y hasta con frontones. En general se trata de puertas altas en madera, ocasionalmente bronce, tachonadas con clavos de hierro o bronce.
La puerta de entrada a una habitación solía llamarse ostium y en algunos casos una cortina (velum) la sustituía.
Las puertas se abrían hacia dentro, y las que daban acceso al exterior se aseguraban por la noche  con barras (serae) y cerrojos (pessuli). 

Fedromo: ¡Cerrojos, ay cerrojos! Con qué alegría os saludo, os amo, os quiero, os pido y os ruego, dad gusto, gratísimos amigos, a este enamorado, convertíos por mi bien en saltimbanquis extranjeros. Saltad, os lo ruego, y dejad que ella salga, la que ha apurado al triste enamorado que soy cada gota de su sangre. ¡Mira cómo duermen estos cerrojos cerriles! ¡No tienen prisa por hacerme el favor!

Puerta original, Casa del Tabique de madera, Herculano

El dios Jano (Ianus) es el protector de las entradas y por ello es también el dios tutelar de los comienzos, del principio y del fin, de los cambios que se producen en el tiempo, como el paso de joven a adulto. Su fiesta es el primero de enero. Se le representa con dos cabezas o dos caras mirando en sentido opuesto:
Toda puerta posee dos frentes gemelas, a un lado y a otro, de las cuales, la una mira a la gente y la otra, en cambio, al lar. Y de igual modo que vuestro portero, sentado junto al umbral de la  entrada principal, ve las salidas y las entradas, así yo, portero de la corte celestial, alcanzo a ver a un tiempo la parte le Levante y la parte de poniente. (Ovidio, Fastos, I)

Los dioses de la puerta eran Forculus, Limentinus y Cardea. San Agustín proporciona información sobre ellos en el Libro IV de la Ciudad de Dios, criticando el hecho de que existieran tantísimas deidades protectoras incluso para las cosas más nimias: “Todo el mundo pone un único portero  en su casa, y porque es un hombre, es bastante. Pero los romanos tenían tres dioses para la tarea: Forculus para la puerta, Cardea para los goznes y Limentinus para el umbral. Forculus, sin duda, era incapaz de vigilar los goznes y el umbral al mismo tiempo que la puerta.
La puerta era el vehículo de comunicación entre dos mundos, exterior e interior, público y privado. Pero también se convierte en un símbolo de la imagen pública del individuo cuando se le quiere honrar con un reconocimiento. En el caso a continuación el honor es la concesión de abrir las puertas hacia fuera, cuando lo normal era que se abriesen hacia dentro.
“En verdad le asalta  a uno la reflexión de cuán pequeñas en proporción a estas mansiones (los palacios de Calígula y Nerón) eran las casas construidas por el estado para los generales invictos. El máximo signo de honor era éste: que, por una cláusula de un decreto público, las puertas de sus casas se abrieran hacia fuera y las hojas de la puerta giraran en dirección al público. Ese era el símbolo más insigne para distinguir las casas triunfales.” (Plinio, H.N. 36,249)
Para celebraciones y conmemoraciones se ponían  adornos en las puertas.
 “Allí aplacaré al Júpiter doméstico y echaré incienso a los Lares paternos y tiraré a puñados coloridas violetas. Todo reluce, la puerta sostiene largos ramos y la fiesta se oficia con lámparas mañaneras.” (Juvenal, Sat. 12)

Pintura con puerta, Villa Poppea, Oplontis, Italia

El cumpleaños del emperador debía ser celebrado por los ciudadanos colgando laurel de las puertas.
El senado concedió a Octavio el honor de adornar con laurel las jambas de su puerta y colgar una corona cívica, hecha de roble, por convertirse en libertador perpetuo y vencedor de los enemigos de la República:
“En virtud de ese acto meritorio fui llamado, por decisión del Senado, Augusto, y fueron revestidas públicamente con laureles las jambas de mi casa y se colocó la corona cívica sobre mi puerta.”  (Gestas de Augusto, 3.4.1)
Los eventos sociales domésticos también exigían el ritual de colocar símbolos en forma de coronas o ramas en las puertas para anunciarlos socialmente. Se colocaban coronas en las jambas en los nacimientos: “…adórnense las jambas y la puerta con laurel crecido, para que desde su cuna con dosel  y taraceas una noble criatura te recuerde, Léntulo, las facciones de Euríalo el mirmillón.” (Juvenal, 6)
Dar a conocer una defunción se hacía con ramas de ciprés o abeto delante de la puerta, mientras ésta permanecía cerrada en señal de duelo. En las ceremonias de boda se colgaban ramas de mirto en honor de la diosa Venus y la novia ataba las jambas de la puerta de su nuevo hogar con cintas de lana,  además de untar los goznes con grasa de lobo originariamente, con manteca de cerdo después y posteriormente con aceite.
“Masurio cuenta que los antepasados daban la palma a la grasa de lobo. Este era el motivo según él de que las recién casadas ungieran con ella las entradas de las puertas para que no pudiera entrar nada nocivo.” (Plinio, H.N. 28,142)

Siendo el pueblo romano tan supersticioso, la puerta de la casa se convirtió en el soporte de los remedios contra los maleficios y elementos sobrenaturales que provenían del exterior. De esta forma se colgaban los más extraños objetos que se creían con poderes benéficos. Plinio ha dejado algunos ejemplos en su obra: “Niegan que los remedios maléficos puedan entrar, o al menos que puedan provocar daño, si hay una estrella marina untada con sangre de zorro y clavada al dintel de la puerta con un clavo de bronce.” (Plinio, H.N. 32,44)

Puerta con relieves, Museos Vaticanos

El lamento del amante ante la puerta cerrada de la amada se convirtió en un tópico de la poesía amorosa, conocido como paraclausithyron. Muchos autores trataron este tema en sus obras:
“¡Puerta de un amo inaccesible que la lluvia te azote, que te alcancen los rayos enviados por mandato de Júpiter! Puerta, ojalá te abras ya para mí solo, vencida por mis lamentos, y no resuenes al abrirte girando furtivamente el  quicio. Y si mi locura lanzó contra ti insultos, perdónalos: pido que caigan sobre mi cabeza. Debes acordarte de todo lo que he perseguido con voz suplicante, cuando dejaba floridas guirnaldas a tu puerta.” (Tibulo, Elegías, I, 6)
El umbral estaba consagrado a Vesta, de ahí que se mantuviera la costumbre de que la novia no lo pisara porque podría ser signo de mal augurio. Algunos autores hacen derivar la palabra vestibulum, de Vesta, por ser ahí donde se consideraba que empezaba el hogar.

Detalle mosaico entrada Casa del oso herido, Pompeya.
(Foto Pompeiipictures)
El vestíbulo parece haber sido el espacio entre la calle y la puerta de entrada a la casa. Es el lugar donde los clientes y visitas esperaban a ser anunciados al señor. Allí se exponían, a veces. objetos que proclamaban la importancia del dueño e incluso su árbol genealógico. Se disponía a veces un banco para sentarse que podía ser de obra. Podía estar techado o no. Para dar la bienvenida se pavimentaba con un mosaico con un saludo como Have o Salus.

En la obra de Petronio, El Satiricón, encontramos una escena que muestra lo que un visitante podía ver nada más  llegar al vestíbulo de  la casa de un señor rico:
“En la jamba había un cartel con esta inscripción: Todo esclavo que salga fuera de esta puerta sin permiso del amo recibirá cien azotes. En la misma entrada había un portero vestido con una túnica verde, sujeta por un cinturón color cereza. Que mondaba guisantes en una fuente de plata. Del dintel colgaba una jaula de oro, desde la que una urraca pinta saludaba a los que entraban… Todos los que entraban podían ver a su izquierda y no lejos del cuarto del portero, un enorme perrazo pintado en la pared. Encima, en letras capitales, había un letrero con este aviso “Cave canem”.

Junto  a este lugar, en las casas acomodadas, se encontraba la cella ostiaria o cuarto del  janitor o portero, que en los primeros tiempos solía estar encadenado, para que no abandonase la vigilancia de la puerta. Posteriormente, ya sin cadenas,  cumplía la función de anunciar a los visitantes. Se le representa a veces como insolente y antipático en su función de custodio de la intimidad del hogar y consciente de su poder a la hora de admitir la entrada a determinados personajes no deseados. Si estos se presentaban con algún obsequio, serían mejor recibidos.
“¿No ha de llegar el sabio a las puertas guardadas por un áspero y desabrido portero?  Si se ve obligado por una necesidad, probará llegar a ellas, amansando primero con algún regalo al que las guarda como perro mordedor, sin reparar en hacer algún gasto, para que le dejen llegar a los umbrales; y considerando que hay muchos puentes donde se paga el tránsito, no se indignará por pagar algo, y perdonará al que se lo cobra, sea quien sea, pues vende lo que está expuesto a venderse. De corto ánimo es el que se ufana porque habló con libertad al portero y porque rompió la vara y entrando le pidió al dueño que lo castigara.” (Séneca, De la Constancia del Sabio, 14)
El portero vigilante aparece en la literatura como protector de la honra de la casa o como el que impide al amante acceder hasta su amada. Este suplica para ser admitido y espera que le ayude en su propósito de entrar en la casa para ver a la que ama.
“Portero amarrado, ¡oh indignidad! A la dura cadena, haz girar sobre sus goznes esa puerta tan difícil de abrir. Te pido poca cosa, entreabrirla solamente. Y por su media abertura penetraré de lado… Como lo deseas, las horas de la noche vuelan; corre el cerrojo del postigo, córrelo presto; así quedes por siempre libre de tu dura cadena, y en adelante no bebas jamás el agua de los esclavos… ¿Me engaño, o sus hojas resuenan al girar los goznes, y su ronco son me da la señal apetecida? (Ovidio, Amores, VI)

Mosaico de entrada, Casa del Poeta trágico, Pompeya

 Para ayudarle en su tarea estaba el perro guardián, que aparece reflejado en numerosos mosaicos atado con una cadena y con la inscripción Cave Canem (Cuidado con el perro). La imagen del portero se complementa con el bastón o virga para ahuyentar a los visitantes no deseados y la llave que abre y cierra la puerta.
Los ciudadanos nobles no solían salir de su casa con la llave encima. Si tenían un portero él la guardaba y si no era un esclavo el que la llevaba. Es por ello que Marcial cuenta la anécdota de cómo un individuo que pasa por rico se delata al caérsele una llave que él lleva consigo, cuando al menos podría haberla llevado un esclavo, si lo hubiera tenido.
“Mientras Euclides, vestido de púrpura, clama que sus fincas de Patras le rentan doscientos mil sestercios y más todavía las de los alrededores de Corinto; mientras hace remontar su árbol genealógico hasta la hermosa Leda y protesta ante Lato que quiere levantarlo, a nuestro caballero presumido, noble y rico, de pronto, se le cayó del seno una gran llave. Nunca una llave, Fabulo, fue más nefasta.” (Marcial, V, 35)

LLaves época romana

El posticum o puerta de servicio puede haber sido la que se utilizaba por los esclavos para entrar y salir de la casa. Situada en la parte posterior o en un lateral con salida a un callejón, serviría al señor en el momento que quisiera escabullirse de los visitantes a los que no deseaba encontrar, sin atravesar el atrio o el vestíbulo donde estos esperaban.
“Di tú con cuántos quieres cenar; déjalo todo y da esquinazo por la puerta de atrás al cliente que espera en el atrio. (Horacio, Epis. I, 5)


Posticum, Casa de los Jarrones de cristal, Pompeya, (Foto Pompeiipictures)