viernes, 17 de abril de 2015

Triclinium, espacio para comer y disfrutar en la domus

Triclinum, Villa Ariadna, Stabia, Italia

Para los ricos aristócratas romanos el entretenimiento de amigos y clientes a la hora de la cena se convirtió en el principal foco de vida social. El triclinium o comedor donde se celebraban los banquetes se estableció como elemento indispensable para mostrar el status social y el nivel de bienestar del propietario. La decoración de la habitación, la provisión de los alimentos más exóticos, la calidad de las vajillas y recipientes para servir la comida y la cantidad de esclavos que atendían a los invitados, además de la oferta de entretenimiento durante la cena se alzaban como expresión de la riqueza y elegancia del dominus que invitaba.

“Del otro lado tiene que alzarse apoyado en largas columnas de Numidia y recoger el sol de invierno un cenador.” (Juvenal, VII)


Los triclinia elaborados como espacio de representación para recrear la vista e impresionar  acogían decoraciones pictóricas en los muros, techos abovedados o artesonados sostenidos por columnas, suelos de mosaico diseñados, a veces, para delimitar la ubicación de los lechos, en las zonas más visibles. Estas lujosas estancias podían disponer de ventanas protegidas con piedra especular que permitían entrar la luz y también podían ser calentadas por hipocausto o tubos por los que pasaba aire caliente que quedaban ocultos tras las paredes.

Mosaico de Venus y Adonis, Triclinium de la Villa de Materno, Carranque, Toledo

En las casa con peristilo, el triclinium se organizaba como un amplio espacio abierto hacia él, para poder disfrutar de la vista del jardín, del aroma de las flores y del murmullo del agua que surgía de las fuentes o estanques. En las villas rústicas se apreciaba tener amplias vistas a los campos o montañas y en las villas marítimas que los comedores dispusiesen de ventanas por las que se pudiese ver el mar y permitiesen entrar las brisas marinas.

“Al otro lado del pórtico, a la altura de las columnas que forman el centro del arco de la D, hay un patio cubierto lleno de encanto, y a continuación, un comedor bastante elegante que se mete casi en la playa, de modo que, cuando el mar es agitado por el viento de África, es suavemente salpicado por las puntas de las olas una vez ya rotas. Esta estancia está provista por todos sus lados de puertas y ventanas del tamaño de aquellas, y así, parece que mira hacia tres mares por sus dos paredes laterales y por la que está frente a los comensales. Por la parte que queda a la espalda de éstos, da hacia el patio cubierto ya citado, hacia el pórtico, hacia el patio abierto, hacia la continuación del pórtico, hacia el atrio, y más allá de él hacia bosques y lejanas montañas.”(Plinio, Epis. II, 17)

Estancia con ventanas, Villa San Marco, Stabia, Italia

La disposición del comedor tradicional romano consistía  en tres lechos alrededor de una mesa donde colocar la comida. Los lechos de obra solía tener el lado hacia la mesa más elevado para facilitar la postura. La colocación de los invitados seguía un orden jerárquico muy estricto. Los invitados se tendían en oblicuo en el lecho, con el codo izquierdo apoyado sobre un cojín, y la mano derecha libre para comer. Se les lavaba los pies al entrar y se quitaban el calzado durante la cena. Más adelante se impuso un lecho en forma de media luna, stibadium, en el que cabían alrededor de siete personas. En  Pompeya se han encontrado comedores de verano con dos lechos (biclinium), en los que cabrían dos o tres personas en cada uno.

En las casas o villas más grandes se podían encontrar triclinios de verano o invierno, emplazados en distintos lugar según la orientación de la casa. El arquitecto Vitruvio da consejos sobre la ubicación de estas habitaciones:

“Los triclinios de primavera y de otoño se orientarán hacia el este, pues, al estar expuestos directamente hacia la luz del sol que inicia su periplo hacia occidente, se consigue que mantengan una temperatura agradable, durante el tiempo cuya utilización es imprescindible. Hacia el norte se orientarán los triclinios de verano, pues tal orientación no resulta tan calurosa como las otras durante el solsticio, al estar en el punto puesto al curso del sol; por ello permanecen muy frescas, lo que proporciona un agradable bienestar”. (VI, 4)  

Triclinio de verano, Casa de Neptuno y Anfítrite, Herculano

Los triclinia de invierno que necesitaban calentarse con braseros e iluminarse con lucernas serían espacios en los que se concentraba una atmósfera densa por el calor y el humo, por lo que Vitruvio recomienda pintar zócalos sencillos en color negro combinado con ocre o rojo, con pavimentos en colores oscuros y capaces de absorber las manchas provocadas por los alimentos y bebidas derramados.

“Así, por ejemplo, en los comedores de invierno no están bien ni son necesarios refinamientos en la ornamentación, ni  pinturas de gran importancia, ni adornos delicados en las cornisas de las bóvedas porque todas estas cosas se echan a perder con el humo de los fuegos y con el espeso hollín de las lámparas.” (Vitr. VII, 4)

Triclinium, Casa de los Ciervos, Herculano

 En muchas casas, sobre todo, en Pompeya se han encontrado triclinios en los jardines, protegidos por una pérgola, un toldo o un tejadillo, y normalmente, frente a una fuente.

“En la cabecera del hipódromo está el stibadium de blanquísimo mármol, cubierto por una pérgola que está sostenida por cuatro columnas de mármol caristio. Debajo del stibadium el agua sale a chorros, casi como expulsada por los que están sentados encima; el agua se recoge en un canal y pasa a rellenar una pila de fino mármol, regulada de modo invisible para que esté siempre llena y nunca se desborde. Las viandas de mayor peso, si las hay, se apoyan en el borde de la pila, mientras que las más ligeras se llevan flotando en barquitos o aves simuladas. Enfrente hay una fuente que lanza y recoge el agua mediante un juego de cañerías que primero la echa hacia arriba y luego la traga abajo para volver a elevarla después.” (Plinio, V, 6)

Triclinium, Villa de Minori, Costa Amalfitana

El emperador Tiberio mandó habilitar una gruta en Sperlonga para disfrutar del entorno y del agua marina junto a la que se sitúa la cueva. En su interior había numerosas estatuas para amenizar el lugar. Aquí es donde pudo ocurrir el accidente citado por Suetonio, en el que mientras el emperador cenaba con sus invitados se cayeron varias piedras del techo que causaron la muerte a varios de los comensales y sirvientes, aunque Tiberio salió ileso.

Villa de Tiberio, Sperlonga, Italia

El Emperador Adriano construyó en su amplia residencia de Tíbur (actual Tívoli) un ostentoso comedor al aire libre con un lecho semicircular con plazas suficientes para albergar a unos cuantos comensales, el cual tenía por detrás rampas por las que supuestamente caerían cascadas de agua y por delante un enorme estanque rodeado por estatuas.

Stibadium, Villa Adriana, Tívoli, Italia

 Los comedores al aire libre forman una prueba más del naturalismo romano que degustaba los placeres de las comidas campestres a la sombra de un árbol y en contacto con la naturaleza, aprovechando los días festivos.

 A la hora de disfrutar de lugares originales en donde disfrutar del placer de la gastronomía en entornos agradables a la vista, destaca la celebración de comidas con varios convidados en los que el protagonista era un enorme y frondoso árbol, como el famoso “nido” de Calígula:

“El emperador Calígula pudo admirar en la campiña de Velitres un tablado construido sobre un solo plátano cuyas ramas, ampliamente expandida, servían de asientos: celebró un festín, donde el árbol mismo proporcionaba una parte de la sombra, en este comedor, que fue capaz de contener a 15 convidados y los sirvientes, y que él llamó “el nido”. (Plinio, H.N. XII, 10)

Mosaico nilótico, Praeneste, Museo de Palestrina, Italia

Es posible que algunos encontraran más placentero cenar en un ambiente tan rustico y sencillo que en un lugar cerrado y profusamente decorado a la moda del momento. Otra vez un árbol gigantesco es el centro de atención:

“Actualmente hay en Licia un plátano famoso, al que va asociado la amenidad de una fuente fresca; colocado cerca del camino, esta horadado por una profunda cueva de 81 pies, formando una especie de casa, cuyo tejado es una selva frondosa, ya que está rodeado por vastas ramas tan gruesas como árboles y cubre la campiña con sus largas sombras. Y para que nada falte para asemejarse a una gruta, el interior de su oquedad está tapizado de un revestimiento circular de piedras pómez cubiertas de musgo. La cosa es tan maravillosa que Licinius Mucianus, cónsul por tercera vez y últimamente legado de esta provincia, ha creído deber transmitir a la posteridad que había cenado en su tronco con 17 convidados, sobre lechos de follaje proporcionados generosamente por el propio árbol al abrigo de todos los vientos, sin oír el ruido de la lluvia sobre las hojas; y que él se había recostado más a gusto que entre el brillo de los mármoles, la variedad de las pinturas y el oro de los artesonados.” (Plinio, H. N. XII, 9)

 En las partidas de caza que organizaban los ricos propietarios que residían en las villae en el campo, no faltaba el importante acto de la comida, para lo que los sirvientes cargaban con todos los enseres y alimentos necesarios para que sus señores pudieran disfrutan de ese momento sin que echaran en falta nada de lo que tenían en los  lujosos triclinia de sus casas.

Comida con stibadium, Mosaico de la caza, Villa de Tellaro, Sicilia
 También el agua que corre de forma natural en un paisaje campestre es un punto de atracción para los que quieren gozar de una comida sencilla en un lugar agradable.

“Existe allí un arroyo que nace en las montañas, corre a través de las rocas y llega hasta una pequeña gruta acondicionada por la mano del hombre a modo de comedor; a continuación, tras detenerse brevemente en ella, desemboca en el lago Lario. Te tumbas a su lado, comes e incluso bebes del propio arroyo, pues es muy refrescante, y durante todo ese tiempo, obedeciendo a unos intervalos fijos y bien precisos, sus aguas se retiran y vuelven a aparecer.” (Plinio, Epis. IV, 30)

Con el deseo de ofrecer a sus invitados el espacio más sofisticado y poco común donde relajarse y comer en compañía, el anfitrión podía buscar el lugar más inédito en sus posesiones, aunque el efecto conseguido podía ser contrario al pretendido, impresionar al convidado y que la cena fuera un éxito. Este es el caso del comedor-aviario de Lúculo, cuya pretensión de agradar a los comensales cenando entre aves que entran y salen volando, se ve defraudada porque los invitados no parecen contentos por tener que cenar entre el olor producido por las aves.

Lúculo deseó tener un aviario diferente, pero que se pareciese a otros, que se hizo en Túsculo; que pudiese tener el triclinium  bajo el mismo techo que el aviario, donde pudiese cenar con estilo, y donde pudiese ver algunas aves servidas, y otras volando por las ventanas, pero que no encontró útil, porque las aves volando por las ventanas no son agradables de ver y que el desagradable olor es ofensivo a la nariz. (Varrón, III, 1)

Los emperadores edificaban construcciones en sitios excepcionales para disfrutar de sus cenas. Domiciano mandó construir una pérgola para utilizar como cenador (cenatio) en el monte Celio, desde donde se divisan unas vistas extraordinarias de la ciudad de Roma y desde donde se puede apreciar el mausoleo de Augusto.

“Me llamo Mica aurea. Estás viendo lo que soy: un pequeño cenador. Fíjate que desde aquí ves el mausoleo del César. Rompe los lechos, pide vino, corónate de rosas, perfúmate con nardo: un dios en persona te invita a que te acuerdes de la muerte.” (Marcial, Epi. II, 59)

Biclinium, Casa de Octavio Cuarto, Pompeya, foto de Panoramio

La palabra cenatio, sinónimo de triclinium, designa un comedor grande o pequeño, que por tanto podía ser sencillo o tan complejo como albergar mecanismos en el techo para dispensar regalos u otras sorpresas a los convidados. Como en la Domus Aurea de Nerón:

“El techo de los comedores estaba formado de tablillas de marfil movibles, por algunas aberturas de los cuales brotaban flores y perfumes.” (Suetonio, Nerón, 31)

Pintura con comensales, Museo Nacional Romano

 Séneca describe algunos de los artilugios que se empleaban para sorprender a los invitados, tuberías para dejar salir perfumes con los que enmascarar los posibles desagradables olores procedentes del sudor y vómitos de los asistentes a estas cenas, mecanismos que permitían la entrada y salida de agua para abastecer los canales y cascadas que servían para refrescar el ambiente y la construcción de diferentes techumbres que permitían su intercambio según el momento de la cena.

“Hoy en día, ¿cuál de los dos consideras más sabio: el que ha encontrado cómo hacer salir el agua perfumada de azafrán a gran altura, pasando por tubos escondidos; el que de pronto llena o vacía los canales con aguas impetuosas  y de tal manera dispone para la sala de los festines los movibles artesonados que sucesivamente van renovando su aspecto y tantas veces cambian los techos cuantas veces los manjares…” (Séneca, Epis.  Ad Luc. XC, 15)

sábado, 4 de abril de 2015

Bonum cursum, viajar por las calzadas romanas

Pintura de Ettore Forti

El Imperio Romano desarrolló una red de calzadas pavimentadas sobre caminos ya existentes que no se conocía con anterioridad. Su construcción se debió a la necesidad de permitir el movimiento rápido del ejército y su avituallamiento y su trazado reflejaba el valor estratégico de los distintos territorios. La posterior expansión territorial y económica propició su uso para el tráfico comercial y de viajeros, que supuso el triunfo de  Roma durante siglos
Las calzadas de mejor calidad tenían un firme de hasta un metro de espesor con cimientos de piedra y cascotes (statumen), que luego se aplanaba. Ese lecho se cubría con una capa de mortero con cal y guijarrosa (rudus), y sobre ella se ponía una argamasa más fina  de grava (nucleus) y, por último,  un empedrado en la superficie hecho con grandes losas irregulares (summa crusta). El borde se indicaba con una fila de piedras.


“Primero se ara un surco para marcar el margen luego se excava el suelo, haciendo una gran trinchera, luego se rellena y este foso se convierte en los cimientos de la columna vertebral que se construirá encima, para evitar que el suelo se hunda o que la presión de la roca revele la debilidad del terreno. Con troncos en unos sitios, y con estacas muy untas en otros, se va asegurando bien el camino. ¡Cuántos hombres trabajando unidos! Unos desbrozando las laderas de las colinas, destruyendo los matojos; otros picando piedra, o derribando árboles con el hierro. Unos obreros colocan la oscura toba en el suelo ya preparado, mientras otros desecan los sedientos estanques y arroyos. (Estacio, Silvas)

Calle de Pompeya, John William Godward

 La superficie de las carreteras era redondeada  con pequeñas pendientes, había cunetas a los lados para que corriera el agua de lluvia o nieve fundida, y tenían un ancho mínimo suficiente para el cruce seguro de dos carros, aunque no solía superar los ocho metros. Todo  acababa de completar las condiciones que permitían el transporte cómodo y seguro por la red de carreteras imperiales.  Estaban preparadas para proteger las pezuñas de los animales y las ruedas de los carros, además de que podían soportar cargas enormes y permitir buenas velocidades. La vía solía trazarse en línea recta y los ríos y barrancos se salvaban mediante puentes. En los laterales existían caminos para peatones, a veces pavimentados,  además de fuentes,  abrevaderos para los animales y bloques de piedra para montar y desmontar. Un monolito de piedra (miliarium) cada mil pasos (milla romana) en el borde de la calzada indicaba las distancias entre núcleos urbanos importantes y aportaba información sobre la autoridad bajo la que se construyó o reparó la vía, además del emperador que reinaba en el momento de ser erigido.

Miliarios romanos

L. Caecil. Q. F /METEL. COS / CXIX / ROMA (Inscripción con los datos de un miliario)

Las vías vecinales no se pavimentaban y se limitaban a un prensado de la tierra. Los propietarios de las villas se encargaban de construir o reparar las vías dentro de sus posesiones. “He ido por la vía Vitularia, en el terreno que he comprado en Laterium. He inspeccionado la carretera. Me ha parecido tan hermosa que la habría creído una vía pública, excepto unos 150 pasos al lado de Satrium, que he medido yo mismo y donde se ha puesto polvo en vez de grava. Necesitará que se arregle.” (Cicerón, Cartas a Quinto, III)

Sarcófago romano, Museo Nacional Romano
 El paseo en carruaje por sus extensas propiedades era una actividad ociosa para los ricos hacendados y para las personas de avanzada edad que no podían dar un paseo simplemente a pie.
 “Seguidamente sale a dar un paseo en carruaje, y se lleva con él a su esposa, un modelo de virtud o a alguno de sus amigos, como ha sido mi caso estos últimos días. ¡Qué hermoso es ese paseo! (Plinio, III, 1)
El emperador Augusto estableció el cursus publicus, servicio público general encargado de la correspondencia, de los viajes de las personas que viajaban por cuenta de la administración del Estado y de las mercancías de propiedad estatal. Fue Julio Cesar el primero que puso en marcha un sistema de transmisión de noticias mediante mensajeros a caballo. Augusto estableció que este servicio corriera a cargo del Estado y lo dotó de una organización tipo militar. Los funcionarios que viajaban en misión oficial recibían la hospitalidad a cargo de las autoridades locales. El sistema era muy gravoso y se prestaba a grandes abusos. Durante el reinado de Trajano (98-117 d.C.)y Adriano (117-138 d.C.), el Estado pagaba todos los gastos generados por el cursus publicus. En tiempos de Galerio (306-307 d.C.) y Constantino (306-337d.c.) el mantenimiento de este servicio pasó a los provinciales. El prefecto del pretorio, los gobernadores o los emperadores concedían unas tablillas (diplomas) con el permiso para utilizar el cursus publicus, que a partir del siglo IV d.C. utilizarán también los obispos.

“Como los cónsules hubiesen nombrado los siervos públicos que habían de llevar los decretos del Senado al emperador, y les hubiesen entregado los diplomas o despachos sellados, en cuya virtud los magistrados de las ciudades en la mudanza de carruajes aceleran la marcha de los correos, se irritó en gran manera, porque no se había puesto su sello a los pliegos y no le habían pedido para este encargo sus soldados, y aun se dice que estuvo deliberando sobre la venganza que tomaría de los cónsules, y sólo se templó porque le dieron excusas e interpusieron ruegos.” (Plutarco, Galba, VII)

Adriano regresa de Tívoli, Ettore Forti
La creación del cursus publicus redundó en la mejora de la ligereza y estandarización de los vehículos. Estableció los límites de carga útil para diferentes tipos de carros oficiales que aseguraban menos fatiga para los animales de tiro y los vehículos, y un ritmo rápido de viaje. Este servicio se dividía en el cursus velox para jinetes de posta y mensajería y el cursus clabularis para el transporte de carromatos (clabula)  del ejercito con comida y equipajes, que solo podía llevar a soldados enfermos o de vuelta a casa. Eran carros descubiertos, muy pesados que podían cargar hasta 1500 libras romanas y que llevaban unos listones de madera en los laterales.


Las estaciones de posta donde se cambiaba de caballo eran las mutationes (cada ocho o nueve millas: 13 Km), se descansaba en las mansiones que distaban un día de viaje. Las mansiones tenían todo tipo de instalaciones: termas, templo, alojamientos. Algunas villae actuaban como mansiones. Los viajeros con dinero los consideraban lugares sucios e inconvenientes y preferían alojarse en las casas de amigos y familiares que  encontraban en el camino.

En la Historia Secreta, Procopio (XXX, 3,7) nos habla del cursus publicus: «Como viajaban cambiando frecuentemente los mejores caballos, en ocasiones, quien tenía confiado este trabajo, llegaba a hacer en un día el trayecto de diez jornadas». Considerando que la jornada normal era la que hacía un viajero sin especial prisa, debemos pensar en trayectos de menos de 35 km/h. Aun así, estaríamos hablando de jornadas de ¡350 km! Si suponemos 12 horas de viaje, interrumpido sólo por el cambio de los caballos en las paradas de posta, aproximadamente cada hora, resulta una media de unos 30 km/h.
Considerando el relevo de las bestias de tiro en las paradas de postas (mutationes), las distancias recorridas diariamente por este medio eran impresionantes. Así, por ejemplo, Suetonio (Vida de César, 57) nos narra que algunas veces César: 

«salvaba largas distancias con increíble rapidez, sin equipaje, en un carro de alquiler, recorriendo de esta forma hasta cien millas por día», unos 150 km.

Estela de Aesernia, Museo de Nápoles
En una estela encontrada en Aesernia se puede leer los servicios por los que paga un viajero a una posadera:

 Posadera, hágame la cuenta.
—Un sextario de vino. Por el pan un as; por el pulmentarium, dos ases.
—Conforme.
—Por la muchacha, ocho ases.
—De acuerdo también.
—Heno para la mula, dos ases.

—Bien

Los desplazamientos de los antiguos romanos entre ciudades y núcleos urbanos y rurales se debían a diversos motivos. Los traslados por las vías romanas los realizaban los comerciantes ambulantes, las compañías de músicos y espectáculos, los nigromantes,  embaucadores y charlatanes que vendían sus servicios de ciudad en ciudad, los trabajadores estacionales y los que emigraban en busca de trabajo o fama. Los ricos que poseían villas en el campo pero vivían regularmente en la ciudad se trasladaban a sus posesiones rurales para dedicar algún tiempo a su negocio o simplemente para descansar. También había viajes para conocer lugares exóticos,  conocidos por su significado cultural o por sus beneficios para la salud. Ciudadanos de toda condición se desplazaban por motivos religiosos en peregrinaciones o procesiones rituales.  Séneca  refiere la frecuencia de los viajes de gentes poderosas, para salir del aburrimiento y olvidar los disgustos.

“De aquí nace el hacerse vagas peregrinaciones y el navegar remotos mares haciendo, ya en el agua y ya en la tierra, experiencia de la enemiga liviandad. Unas veces decimos que queremos ir a la provincia de Campania; y cuando nos causa lo deleitable, pasamos a los bosques Brucios y Lucanos, y tras esto queremos que en la montaña se procure algún sitio de recreación en que los lascivos ojos se eximan de la prolija inmundicia de lugares hórridos y para esto vamos a Taranto, y a su celebrado puerto y a otros sitios de cielo más templado, para pasar el invierno en las casas que fueron otro tiempo capaces y opulentas a su antigua población. Luego decimos «Volvamos a la ciudad, porque ha muchos días que nuestras orejas carecen del estruendo y aplauso, y tenemos gusto de ver en los espectáculos derramar sangre humana, pasando de unas fiestas en otras.» Y de este modo, como dijo Lucrecio, anda cada uno huyendo de sí: pero ¿de qué le aprovecha, si nunca acaba de ejecutar la huida? (Séneca, De la Tranquilidad del ánimo, II, 13)

Relieve de alabastro, urna cineraria etrusca, Museo Británico

Las familias romanas medias presumían hasta el límite de sus posibilidades, intentando infundir la envidia en los vecinos. Presumir de lujo y boato en los viajes podía causar quiebra, debido a los gastos.

"Yo estaba ya decidido a iniciarme, pero la escasez de mi bolsillo retardaba el hecho, con gran pesar mío. Mi débil patrimonio se había agotado con los gastos del viaje, y la vida en Roma costaba mucho más cara que en la provincia de donde vine. Esta pobreza me reducía, pues, a muy dura condición y me hallaba (como se dice vulgarmente) entre espada y pared.” (Apul. Met. XI, 28)

El exceso era común en los cortejos de algunos ricos viajeros como el descrito por Plutarco en la Vida de Antonio:
“Admiraba a los que le veían llevar en los viajes, como en una pompa triunfal, vasos preciosos de oro, instalar en los caminos pabellones, dar en los bosques y a las orillas de los ríos opíparos banquetes, llevar leones uncidos a los carros y hacer que ciudadanos y ciudadanas de recomendable honestidad dieran alojamientos en sus casas a bailarinas y prostitutas.” (Plutarco, Antonio, 9)

Viajar de forma ligera y sin compañía podría ser preferible a hacerlo con una gran cantidad de pertenencias lo que implicaba desplazarse con varios animales, carros y sirvientes. 
"... no querría llevar una carga  a la que no estoy habituado. Acto seguido debería aumentar mi patrimonio y saludar a más por la mañana, y llevar uno o dos acompañantes para no salir solo al campo o al extranjero; tendría que alimentar a más palafraneros y rocines, llevar todo un convoy de carros (petorrita). Ahora puedo ir hasta Tarento, si me apetece, en mulo capado cuyo lomo hieren con su peso las alforjas y cuyos ijares el caballero." (Horacio, I, 6)

Detalle del mosaico de los Caballos, Cartago
El mundo romano valoraba los caballos como animales hermosos y dignos del aprecio y la inversión de las clases aristocráticas, además de que tuvieran un valor económico destacado en la vida diaria de Roma. El caballo es un animal que revolucionó los transportes y las comunicaciones, debido a la movilidad y velocidad que otorgaba, un privilegio del que disponían las élites pero no el resto de la población; y desde un punto de vista militar jugó un papel rol muy importante en la composición de los ejércitos. También tuvo un papel muy destacado en el desarrollo político de las antiguas aristocracias guerreras, que ocuparían las nuevas magistraturas locales, y que les darían su nombre, equites.

“Pero si te inclinas más a las cosas de la guerra y a los fieros escuadrones, o a deslizarte en un rápido carro por las orillas del Alfeo de Pisa o en el bosque de Júpiter, pon tu principal cuidado en la cría de caballos, acostumbrándolos a ver armas y escaramuzas bélicas, y al ruido de los clarines y al rechinar de las ruedas, y a oír en la cuadra el retintín de los frenos; alborócenlos también cada vez más los elogios de su dueño y las sonoras palmadas con que, al celebrarlos, les acaricie el cuello.” (Virgilio, Geórgicas, III)

Además del caballo, otros animales servían como animales de tiro, bueyes, mulos o asnos.
“Esclavos, aunque sin cadenas, libres, pero sin permisos, avanzan sin bridas pero obedientes. Cubiertos con pieles marrones tiran de los carros estridentes, cada uno cumpliendo su tarea con alegría. ¿Te maravillas de que Orfeo amansase las fieras con su canto cuando las palabras de un galo pueden guiar estos mulos de rápido paso?” (Claudiano, Poemas Menores)


Era muy corriente la aplicación de la superstición mágica antes de emprender el viaje. Así Apuleyo  introduce un elemento todavía presente en la actualidad: “empecé la marcha con el pie izquierdo, de forma que fracasó el beneficio que esperaba conseguir. (Metamorfosis, I, 5)

 Los caminos y vías de comunicación eran, en general, debido a su propia naturaleza, lugares peligrosos para quienes los frecuentaban, por lo que los viajeros se encomendaban a  las divinidades para buscar su protección. En las encrucijadas de los caminos y calles se erigían aras votivas y pequeños santuarios en los que hacer ofrendas a los Lares viales o Compitales para que les concedieran auxilio en sus desplazamientos.

A la hora de elegir el medio de transporte había que tener en cuenta diversas consideraciones, como ir montado a caballo o en un carruaje, qué equipaje llevar.
“Ya todos viajan como si llevaran delante de ellos la caballería de los númidas, como llevando delante un pelotón de corredores: sería vergonzoso que no hubiera quienes apartaran del camino a los que los estorbaban o quienes manifestaran con una gran polvareda que llegaba un hombre ilustre. Ya todos tienen mulos, para que lleven su cristalería, sus vasos de murrina y las cosas cinceladas por mano de grandes artistas…” (Séneca, Cartas a Lucilio, CXXIII)

Jinete romano, mosaico de Cartago, Museo Británico

Si el viajero tenía prisa podía escoger montar a caballo antes que en un carruaje debido a las dificultades que podían encontrarse en el camino y que retrasarían el viaje. “Prefieren montar a caballo antes que en un carro, debido al estorbo de los equipajes, a la pesadez de los carruajes, de las ruedas en los caminos embarrados y con baches, amén de los montones de piedras, de los troncos de los árboles, de los caminos encharcados, de las colinas con pendiente. Obstáculos frecuentes eran los ríos y también los deslizamientos de tierras.” (Apuleyo, Florida, XXI)

Aparte de las incomodidades, el principal problema en los viajes podía venir de los ataques de salteadores de caminos.
"Acaso no sabes que los caminos están infestados de bandoleros, como para marchar por el camino a estas horas de la noche?" (Apuleyo, Met. I, 15)

Dión Caso cuenta que en el reinado de Septimio Severo hubo una banda dirigida por Felix Bulla, que estuvo asaltando algunas regiones de Italia durante dos años. Al frente de unos 600 hombres, muchos de ellos esclavos evadidos, evitó ser apresado debido a su astucia y solo fue detenido por la traición de una mujer. Hay que suponer que los viajeros serían con frecuencia  víctimas de estos salteadores. También los piratas se acercaban a la costa y atacaban a los viajeros que recorrían las vías terrestres.

“Insultaban de continuo a los Romanos, y bajando a tierra rodaban en los caminos y saqueaban las inmediatas casas de campo. En una ocasión robaron a dos pretores, Sextilio y Belino, con sus togas pretextas, llevándose con ellos a los ministros y lictores. Secuestraron  también a una hija de Antonio, varón que había alcanzado los honores del triunfo, cuando iba al campo, y la rescataron  a costa de mucho dinero.”(Plutarco, Pompeyo, 24)

Debido al peligro de los caminos algunos viajeros llevaban escoltas armados o gran número de esclavos como protección y algunos emperadores decretaron leyes para evitar los asaltos: “La mayoría de ladrones de los caminos llevaban públicamente armas con el pretexto de atender a su defensa, y los viajeros de condición libre o servil eran retenidos en los caminos y encerrados…Augusto contuvo a los ladrones estableciendo guardias en los puntos convenientes…” (Suetonio, Augusto, XXXII)

Los viajes normales de cualquier persona, en carro particular o en diligencias de viajeros, eran también mucho más rápidos que lo que se ha venido suponiendo, ya que hay datos que confirman distancias de 60 a 75 km recorridas en un solo día. Un epigrama de Marcial nos describe un viaje desde Roma por mar hasta Tarragona y luego, por tierra, hasta Bilbilis (ciudad romana cercana a la actual Calatayud), que se realiza en pocas jornadas:

«...y en una trayectoria fácil e impulsada por los vientos favorables llegarás a las alturas de la hispana Tarragona. De allí un vehículo (essedum) te llevará rápidamente y quizás en la quinta jornada verás la alta Bilbilis y tu Jalón» (Marcial, Epig. X, 104).

En el mundo romano se generalizó el uso de vehículos de cuatro ruedas de radios tirados por équidos, de ejes frontales rotatorios, la utilización de animales en tándem – cuatro, seis o más parejas – y algunas mejoras en los yugos supusieron una sustancial mejora en la capacidad de carga.
Estos carros carecían de una amortiguación basada en ballestas u otros artificios de flexión para absorber los impactos de la rodada. La cabina y el habitáculo estaban suspendidos del chasis en los cuatro puntos coincidentes con la vertical de las ruedas.


La caída de una rueda en un bache, no se traducía en una caída inmediata del lado de la cabina, ya que ésta aún quedaba suspendida por los otros tres puntos. Estos artificios, unidos a la excelencia del firme, hacían que la comodidad fuera muy superior a la que nunca ha existido en los carros de viajeros hasta nuestros tiempos.
La unión de un animal como fuerza de tiro con un habitáculo en el que se podía viajar con comodidad hizo que el transporte de personas y mercancías por carretera fuera más accesible para todos.

Pintura con carro y auriga, Ostia, Italia
"Erictonio inventó los carros (currus) y fue el primero que se atrevió a uncirles cuatro caballos y a sostenerse arrogante sobre las rápidas ruedas. Cabalgando en ellos, los lápitas Peletronios los acostumbraron al freno y a los escarceos y los enseñaron a botar alborozados bajo el peso del armado jinete y a bracear soberbios." (Virgilio, Georg. III)

La carruca de viajeros era un modelo de carro que evolucionó mucho en el mundo romano. Sus ornamentos llegaron a ser muy lujosos y sofisticados, se cubría con plata cincelada y se le adornaba de bronces y marfil. Tenía cuatro ruedas y podían acomodarse en su interior varias personas, incluso para dormir, por lo que se utilizaban con frecuencia para desplazamientos nocturnos, como ocurría con la conocida carruca dormitoria, que probablemente usó Tiberio, cuando su hermano Druso enfermó en Germania. Viajó durante más de dos días seguidos, día y noche, para verle antes de su muerte, en jornadas de hasta 300 km diarios, entre Ticinum (Pavía) hasta Mogontiacum (Maguncia), donde murió Druso. Todo esto a través de los pasos de los Alpes sin más compañía que la de un guía indígena.

Relieve en alabastro, Museo de Florencia, foto de Sailko

Desde el siglo III d.C., las carrucas fueron privativas de la nobleza, y atributo obligado, de los funcionarios calificados como honorati, y era un carro bastante elevado, que hacía más visible a la persona, e iba arrastrado por dos caballos, o dos mulas.  A menudo estos carruajes eran muy lujosos y se adornaban con metales preciosos por lo que alcanzaban un alto precio.
“Que se te prepare una carroza  (carruca) de oro por el precio de una dehesa, que hayas comprado una mula por más de lo que cuesta una casa” (Marcial, III, 62)

En la Historia Augusta se cita que el emperador Alejandro Severo promulgó  incontables  leyes y permitió a cada senador utilizar un carruaje (carruca) por la ciudad y tener una carroza (raeda) adornada con plata, con la idea de que se aumentaba la dignidad de una ciudad como Roma que los senadores los usaran. 

El couinnus era propiamente el carro de guerra de los britanos y de los belgas. Llevaba ejes armados de hoces. Roma acomodó este vehículo para viajes; iba descubierto, aunque podía adaptársele una capota, tenía dos ruedas, un asiento para dos plazas y lo conducía el propio viajero: por eso Marcial en su epigrama lo llama “deliciosa soledad”, por la ausencia de oídos indiscretos.

 ¡Oh, deliciosa soledad, carro bretón (covinnus), más agradable que una carroza (carruca) y que un carro galo (essedum), regalo para mí del elocuente Eliano! Aquí conmigo tienes licencia, aquí, Juvato, para hablar cualquier cosa que te venga a la boca: ningún conductor negro de un caballo líbico ni corredor arrezagado va delante de nosotros; no hay por ningún sitio mozo de mulas: los caballitos guardarán silencio. ¡Oh, si estuviera aquí de testigo Avito, no temería yo un tercer oído! ¡Qué bien se pasaría así el día entero! (Marcial, XII, 24)

Carro ligero, Columna Igel, Tréveris

 El essedum era un carro ligero de guerra o carreras de origen galo, aunque posteriormente se utilizó como transporte. Iba abierto por delante y tiraban de él dos caballos;  al ser tan ligero podía alquilarse en las paradas de posta y llegar con rapidez a los lugares de destino.


Cicerón describe en una carta a su amigo Ático el encuentro con un tal Publio Vedio que viajaba con dos esseda, en uno de los cuales había un babuino, una raeda cuyo tiro lo componían unos asnos salvajes,  una litera y gran cantidad de esclavos.

El emperador Claudio tenía  instalado un tablero de juego en su essedum para amenizar las largas jornadas de viaje.

“Jugaba hasta en viaje, pues había hecho construir los carruajes (esseda) y mesas de manera que el movimiento no pudiese interrumpir el juego”. (Suetonio, Claudio, 3)

En todo el Imperio romano se emplearon distintos tipos de carro - de uno o dos ejes, de ruedas macizas o radiadas -, para acarrear todo tipo de productos transportables. 

Carro rústico romano, Mausoleo Santa Constanza, Roma

El plaustrum era el clásico carro propio del ámbito rural, tirado por bueyes, robusto, con ruedas semejantes a las muelas de un molino y de eje fijo. No se descarta su utilización, secundariamente, en muy diversos campos de la vida cotidiana civil y militar, como se documenta en los relieves de las columnas Trajana y Antonina. Se empleó en Roma y en la mayor parte de las provincias del Imperio, lo cual se aprecia en los mosaicos, la pintura y el relieve. Tenía un tren de ruedas, dos o cuatro, estas de madera maciza, sobre las que se extendía  una plataforma para la carga, que se sujetaba con cuerdas o se metía en grandes cestas y era movido por bueyes, pero también aunque, menos común, por mulos  y asnos.

 “Se dice que Tespis ideó el género ignoto de la trágica Camena y en carretas (plaustra) llevó sus obras para ser cantadas  y representadas por unos con cara tiznada de heces de vino.” (Hor. Ars poética, 275)

Carro de carga, Museo de Augsburgo

Otro carro de envergadura suficiente para aguantar una carga pesada era el serracum, rústico y que se empleaba para transportar mercancías y materiales.

“Tremola un largo abeto en un carro (serracum) que se acerca y otros carromatos (plaustra) transportan pinos. Se bambolean en las alturas y amenazan al público. Porque si se cae el carruaje que transporta piedras de Liguria y derrama sobre la bulla el pedazo de monte que lleva, ¿qué quedará de esos cuerpos? (Juv. III, 255)


Carro tirado por bueyes, Mosaico de Orbe, Suiza

La basterna era una especie de litera que se empezó a emplear en tiempos del Imperio romano. Se usaba para el transporte interurbano, ya que dentro de la ciudad la litera era portada por esclavos y estaba destinada principalmente a las señoras por viajar los hombres a caballo. La basterna era transportada por dos mulas enganchadas a las varas, una delante y otra detrás. El esclavo encargado de conducir las mulas de la basterna recibía el nombre de basternario. El interior se llamaba cávea, y tenía una cama o un colchón suave. Tenía cubiertas y ventanas en los lados.
“Enclaustra a las señoras decentes la carroza (basterna) dorada que, radiante, a un lado y otro ensancha sus costados. Una collera de mulas con doble fuerza la arrastra y a buen paso hace avanzar el oscilante albergue. ¡Bien se ha previsto que al ir por lugares concurridos la casta esposa no se ensucie con miradas de varones!” (Basterna, Antología Latina, 101)

Carro procesional, Museo de Bellas Artes, Budapest

El pilentum era un carruaje de cuatro ruedas cubierto con un techo pero abierto por todos los lados y acondicionado con almohadones para comodidad de sus ocupantes. No se cubría con cortinas. Se destinaba para conducir a los sacerdotes y vestales en las procesiones religiosas y en los juegos. La distinción de usar el pilentum se concedió a las matronas romanas por parte del senado por haber entregado sus joyas y oro para proteger la ciudad.

"Como no había suficiente, las matronas, después de una reunión para hablar sobre el asunto, prometieron sus joyas y ornamentos a los tribunos y los enviaron al tesoro. El Senado se sintió altamente agradecido por ello, y la tradición dice que en compensación por esta generosidad, a las matronas se les otorgó el honor de acudir en coche cerrado (pilentum) a los actos sagrados y a los juegos, y en coche abierto  (carpentum) al ir a festivales en días laborables."
(Livio, Ab Urbe Condita, 5,25)

El carpentum era un vehículo con cubierta abovedada sobre dos ruedas que se usaba desde muy antiguo.  Tirado normalmente por un par de mulas o bueyes, y a veces por cuatro caballos.  Al igual que con otros carros su uso estaba restringido en la ciudad de Roma durante el día, e incluso las emperatrices Mesalina y Agripina solo pudieron utilizarlo con un voto especial del senado. Septimio Severo otorgó a altos oficiales, gobernadores provinciales y legados el derecho a utilizar estos carruajes dentro de la ciudad. No fue hasta el siglo IV que se eliminaron todas las restricciones sobre su uso dentro de la ciudad. El carpentum de los últimos tiempos se convirtió en un carruaje más lujosamente adornado, usado para viajes y ceremonias de estado.
Cuando Caligula instituyó juegos y otras solemnidades en honor de su madre muerta, su carpentum desfiló en el cortejo. (Suetonio, Cal., 15)



“Junto a las cenizas y huesos de los antepasados va lanzado en veloz carruaje (carpentum) el gordo Laterano, y él mismo, cónsul y arriero, sujeta la rueda con el freno, de noche, es verdad, pero la luna lo ve, pero las estrellas como testigos miran atentas”. (Juv. 8, 145)

El carro solía ser conducido por un esclavo y se consideraba infame que lo hiciera un noble él solo.

Carruaje romano, Foto de Johann Joritz

El cisium era un carruaje ligero y descubierto, tirado generalmente por un solo animal o dos  en el que montaban una o dos personas, y que al igual que el essedum podía alquilarse en las postas. Al ser un vehículo ligero se podía viajar con rapidez en él. Su uso estaba regulado porque los cisiarii, conductores de estos carruajes, entablaban competiciones cuando se encontraban en el camino, por lo que podían ser multados.Cicerón habla de un mensajero que logró llevar la noticia de la muerte de Roscio a Ameria en diez horas cubriendo una ruta de más de ochenta kilómetros.

Cisium, Termas del Cisiarius, Ostia, Italia

La raeda era una carreta cubierta, grande y pesada, de cuatro ruedas y con un tiro de dos o cuatro caballos. Se alquilaba para el transporte de personas y equipajes.

“Luego raudos hicimos veinticuatro millas en carromato (raeda), para hacer noche en una aldea que no cabe en el verso, muy fácil de reconocer con estas pistas: aquí se paga por el agua, la cosa más barata, pero el pan es el mejor del mundo, y el viajero avisado suele hacer provisión…” (Hor. I, 5, 86)




Currus daba nombre a un carro descubierto, cerrado por delante al que se accedía por la parte trasera y en el que cabían dos personas de pie. Se utilizaba en las carreras y en los desfiles triunfales.

“Por encima de todos, César, en el carro triunfal y vestido de púrpura, te ofrecerás a la vista del pueblo; por donde pases estallarán los aplausos de los tuyos, y las flores que arrojen alfombrarán tu camino.
Con el ruido, el aplauso y las demostraciones populares sentirás a ratos que tus cuatro caballos rehúsan avanzar; luego subirás al Capitolio, templo favorable a tus votos, y allí depositarás el laurel prometido y debido a Jove.” (Ovidio, Tristias, IV, 2)

Biga romana, Palacio Nacional Romano
Los carros empleados en las carreras y las batallas eran cerrados por delante con un frontal bajo, a los que se accedía por detrás y a los que se denominaba según el número de caballos que se uncían, biga, carro con dos caballos, cuadriga, con cuatro caballos, e, incluso hasta diez caballos.

“Disputó también el premio de la carrera de carros, y en los juegos Olímpicos guió uno arrastrado por diez caballos, aunque en sus versos había criticado esta misma pretensión del rey Mitrídates. Fue despedido del carro, recogido y colocado dentro otra vez; no pudo resistir, al fin, y bajó de él antes de terminar la carrera; todo lo cual no impidió que fuese coronado”. (Suetonio, Nerón, XXIV)

La litera (lectica) podía ser de propiedad privada o de alquiler y era transportada por seis u ocho esclavos que debían ser robustos e ir bien vestidos.

“Cuando no tenías seis mil sestercios, Ceciliano, eras conducido por todos los sitios en una enorme litera (lectica) de seis portadores. Después que la diosa ciega te ha concedido dos millones y las monedas han reventado tu bolsa, te has convertido, fíjate, en peatón. ¿Qué podría yo desearte proporcionado a tus grandes méritos y honores? Que los dioses te devuelvan, Ceciliano, tu litera”. (Marcial, IV, 51)

Pintura de Ettore Forti

 Sobre el encintado del lecho se colocaba una colchoneta y el reclinatorio de madera sobre el que se acomodaba la persona transportada tenía los extremos revestidos de metal y se recubría con cojines de plumas.
En las varas de la litera había unos anillos metálicos por los que se pasaban otras varas cilíndricas que servían para su transporte y que se fijaban a los hombros de los porteadores mediante correas de cuero. Un esclavo iría abriendo paso, a empujones si era necesario, a la litera del señor, por las concurridas calles de las ciudades.

“Tú me exiges, sin que les vea el fin, mis servicios de cliente. No voy, pero te envío a mi liberto. —No es lo mismo, me dices. —Te probaré que es mucho más. Yo apenas podría seguir la litera; él la llevará. Cuando te veas atascado entre la multitud, él abrirá paso a codazo limpio; yo tengo los costados débiles y delicados.” (Marcial, III, 46)

También a hombros se llevaba la silla de manos (sella gestatoria) en la que un permanecía sentado y no tumbado, que podía ser descubierta y ricamente decorada, con metales preciosos  y en la que se podía mantener la privacidad, como Nerón cuando decidió viajar en ella en la ciudad para no ser reconocido, tras haber sufrido algunos ataques.

“Para que unos costaleros sirios vestidos con lana canusina suden con los varales y mi silla de manos se vea rodeada de clientes bien arreglados”. (Marcial, 9, 22)

Tanto la litera como la silla eran utilizadas por hombres y mujeres y podían llevar instalado un toldillo para resguardar al pasajero del  sol y de la intemperie, y las cortinas lo escondían de la vista de la gente. En algunos casos la cubierta era de piel.

“No te librará la cabeza cubierta con capuchas ni una litera protegida con pieles y cortinas, ni te protegerá una silla de manos cerrada repetidas veces: el besucón entrará por cualquier rendija.” (Marcial, XI, 98)

Victoria alada en su carro, Herculano

En la mitología aparecen los carros transportando a los dioses y héroes como reflejan composiciones literarias de poetas como Horacio. En la antigüedad se creía que el carro de Júpiter recorriendo el Olimpo era el causante de los truenos.

“Porque Jove, que suele con sus rayos
Rasgar la nube, entre la misma oculto,
hoy lanza sus corceles resonantes
y el carro (currus) volador por cielos fúlgidos.” (Horaco, Odas, I, 34)

El carro de Venus, según se cita en diversas fuentes, podía ir tirado por cisnes, palomas o gorriones. Ovidio cita las palomas en una de las elegías de su obra Amores, cuando se refiere al triunfo de Cupido o el amor.
“Corona tus cabellos de mirto, apareja las
palomas de tu madre, y el mismo Marte te
proporcionará el carro (currus) conveniente; tú, montado en él, y en medio de las aclamaciones que publiquen tus hazañas, regirás con destreza las aves que lo conducen; formarán tu séquito los jóvenes
subyugados y las cautivas doncellas, y su pompa
será para ti un magnífico triunfo.” (Ovido, Amores, I, 2)

Aurora, la griega Eos, es la diosa del amanecer que recorre en su carro el cielo entre el momento en que la luna se esconde y el sol empieza a brillar en su esplendor.

Se alimenta de néctar Titono, el esposo de Aurora,
y así ya en sus temblores ninguna vejez le daña.
Para que tu vida con tan santa medicina durara siempre, querría yo que le hubieras gustado para marido a Aurora.
Eras bueno para acostarse en su lecho sonrosado
y, en cuanto el rocío lavara el lecho de púrpura,
eras bueno para uncir la collera de su carro rosado
y ofrecerle riendas que manejar a su roja mano,
de acariciar entonces las crines del caballo que mira atrás,cuando ya para virar tirase de las riendas, al avanzar el día. (Antología Palatina)

Camafeo romano, Museo Thorvaldsen, Dinamarca


También el  enamorado en la poesía latina pide a su amante que monte en un carro para que venga ante él rápidamente.

Si aún queda en ti un resto de piedad por mi aislamiento, comienza a trasladar tus promesas a los hechos. Engancha sin tardar a tu ligera carroza (essedum) los fogosos caballos, y que sacudan las flotantes crines por estos lugares. Vosotros, montes altivos, inclinaos a su llegada y ofrecedle por vuestros sinuosos valles un camino sin obstáculos. (Ov. Am. II, 16)