sábado, 7 de marzo de 2015

Vocatio ad cenam, cortesía y compromiso social en la antigua Roma

Vaso griego con symposium

"Mañana a su humilde casa, queridísimo Pisón,
te invita a las nueve tu camarada caro a las Musas
para el banquete anual de la vigésima. Si dejas exquisiteces y vinos de Quíos, en cambio verás amigos sinceros y escucharás discursos mucho más dulces que aquellos del palacio de los feacios.
Si, por tanto, Pisón, quieres volver la mirada hacia nosotros, celebraremos, en lugar de una modesta fiesta de la vigésima una más opulenta." (Filodemo de Gádara, el Epicúreo (I a. C.)


La celebración de una comida principal al día en la que los comensales se reunían para compartir los alimentos, relacionarse socialmente con animadas conversaciones y disfrutar de entretenimientos variados ya era costumbre entre las civilizaciones más antiguas, y los griegos la mantuvieron en el llamado symposium.

Symposium, pintura griega,  Paestum, Italia

Cuando a la caída de la tarde cesaban los negocios, se cerraban los tribunales o terminaban su paseo o sus estancias en las termas, los romanos eran invitados a cenas o se convertían en anfitriones de convites tan elaborados como permitieran sus posibilidades económicas, por el hecho de poder permanecer juntos más rato por el grandísimo placer de reunirse y hablar de temas literarios, filosóficos o políticos. La invitación se debía en otros casos a motivos familiares como aniversarios, bodas, natalicios, y llegadas o despedidas de amigos.
Las celebraciones nupciales parece que reunían a muchos invitados debido a que se juntaban familias, amigos y convidados que respondían a compromisos sociales.
“Tales fiestas son no solo amistosas, sino también familiares, al mezclar con la familia otra casa; y lo que es más importante que esto, al unirse dos casas en una sola, ya que tanto el que acepta como el que da piensan que hay que acoger con bondad a los familiares y amigos de uno y otro, duplican el número de invitados…se recibe e invita a los demás, la gente, por temor a olvidarse de alguien, invita a todos los íntimos, familiares y los que de alguna manera están emparentados con ellos.” (Plutarco, Moralia, IV, 3)



 En las villas del campo los invitados llegaban de las villas vecinas o los amigos paraban inesperadamente para descansar y disfrutar de la diversión durante la noche de viaje. También había estancias de varios días en las que los amigos invitados disfrutaban de la exquisita hospitalidad del  propietario.

Plinio relata la relajada vida del anciano Espurina en su villa disfrutando de la compañía de sus amigos y cómo una cena entre gente de igual condición se desarrollaba de forma cordial y sin gran derroche: 

“Inmediatamente después de bañarse, se acuesta, dejando la cena para un poco más tarde… Durante todo ese tiempo sus invitados tienen entera libertad para hacer lo mismo o cualquier otra cosa, si así lo prefieren. La cena es tan exquisita como sencilla, y se sirve en una vajilla de plata sin grabados y de gran antigüedad. Los comensales tienen también a su disposición copas de bronce de Corinto, que son muy apreciadas por Espurina, sin que se deje llevar por una pasión excesiva por ellas. Con frecuencia, entre plato y plato se intercala alguna pieza cómica a fin de que también los placeres puramente físicos se vean aderezados por el ejercicio intelectual. La cena se prolonga siempre un poco después del anochecer, incluso en verano. Sin embargo, a nadie le resulta larga en exceso, pues transcurre en todo momento en medio de una gran afabilidad.” (Plinio, Epist. III, 1)

Pintura romana, Catacumba de San pedro y San Marcelino, Roma

La mayoría de cenas eran parecidas a reuniones familiares cotidianas con un número limitado de invitados, en las que participaban la esposa y los hijos del anfitrión, algunos parientes y amigos cercanos  y sólo se buscaba la diversión sana y las relaciones sociales.

Tabla con invitación, Vindolandia, Gran Bretaña

"Claudia Severa a su Lepidina saludos. El 11 de Septiembre, hermana, por la celebración de mi cumpleaños, te envío una cordial invitación para asegurarnos de que vienes, para alegrarme por tu llegada, si estás presente. Saluda a tu Cerial. Mi Aelio y mi hijo pequeño le Mandan sus saludos. (segunda caligrafía) Te espero hermana. Adiós, mi querida hermana, Salud". 

En las tablas de Vindolandia se ha recuperado la invitación a un cumpleaños, que una matrona envía a otra, esposa de un prefecto.

La invitación por parte del anfitrión podía deberse a diversos motivos, desde la simple relación de amistad, al más puro interés en obtener beneficios políticos o económicos, pasando por el mantenimiento de los vínculos de clientelismo, o la responsabilidad contraída con libertos y parásitos. La cena se convierte así en un acto de renovación de lazos sociales en medio de un relajado ocio.

“Yo nunca digo que no cuando me invitan a comer. Es una desgracia que no se use ya la forma de invitar que había, en mi opinión.  !Hércules!, pero que estupenda y sabia en grado sumo  que era antes:  Ven a tal y tal sitio a cenar, venga, acepta, no te niegues, ¿Te viene bien? Anda, ven, digo, no consentiré que dejes de venir. Hoy en día, en cambio, se ha puesto de moda en su lugar otra forma de hacer la invitación, necia, Hércules, e inepta por demás: Te invitaría a cenar, si no  cenara yo fuera hoy !Mal rayo parta a la dichosa frasecita y ojalá que reviente el embustero que la dice, si es que cena en casa! Esta nueva manera de expresarse me obliga a coger usos barbaros, y a ahorrarme el pregonero y anunciar yo mismo la subasta de mi venta”. (Plauto, Estico, acto II, esc.II)

En época muy lejana la hospitalidad, o acogida que una comunidad dispensaba a un extranjero, a un mendigo o a un suplicante, tenía un importante valor jurídico- diplomático y al mismo tiempo un significado religioso. El vínculo de amistad con un extraño se sellaba con un banquete ritual, donde el vino tenía un importante papel.

“Nieto de Etruscos reyes, ¡oh Mecenas!:
Ha días ya que un delicioso vino
Te reservo en tonel nunca tocado,
Y rosas y perfumes exquisitos
Con que te unjas el cabello. Acude.” (Horacio, odas, III, 29)



Las cenae romanas podían ser muy diferentes según las circunstancias, el temperamento de cada anfitrión o su calidad moral; según el romano que la ofreciera, la cena podía convertirse en una grosera comilona o en un ejemplo de distinción y delicadeza. La costumbre era cenar después del baño, al término de la hora octava en invierno y de la nona en verano.  La hora en que se terminaba de cenar difería según se tratara de una cena sencilla o de un banquete de gala. En principio una cena decente debía terminar antes de que se hubiera hecho noche cerrada. Un invitado podía decidir no asistir a la cena a la que había sido invitado si no iban a guardarse las normas sociales establecidas o si lo que se ofrecía no correspondía a su gusto:
“Acepto tu invitación a cenar en tu casa. Pero desde ahora te pongo esta condición: que sea sencilla, que sea frugal, que abunde únicamente en conversaciones filosóficas y que también por lo que a éstas se refiere observe la medida justa… No obstante, por lo que a nuestra cena se refiere, ésta debe caracterizarse por la moderación, tanto en su suntuosidad y en su coste, como en duración.” (Plinio, Ep. III, 12)

Convivium, Pintura romana, Palacio Massimo, Museo Nacional Romano


El anfitrión debía demostrar la espléndida situación económica de la que disfrutaba, pero al mismo tiempo tenía que evitar que su patrimonio se viese dañado por el gasto excesivo. Tanto el  derroche irresponsable como la tacañería eran criticados con severidad por los moralistas.
“Ayer, lo confieso, diste un perfume exquisito a tus convidados, pero no trinchaste nada. ¡Es cosa curiosa oler bien y morirse de hambre! El que no cena y lo perfuman, Fabulo, creo en verdad que está muerto.” (Marcial, 3, 12)

El anfitrión en su papel de patrón debía extender su generosidad a sus clientes y a sus benefactores, así como a los denostados gorrones, siempre en busca de la deseada cena con la que aliviar su hambre. Estos se dejaban ver por lugares públicos, como el foro, mercados, termas y pórticos a la caza de un posible anfitrión.
“Selio no deja nada sin probar, nada a lo que no se atreva, cuando se ve al fin en la necesidad de tener que cenar en casa. Corre al pórtico de Europa y alaba sin cesar tu persona, Paulino, y tus pies dignos de Aquiles. Si en el pórtico de Europa no ha resuelto nada, marcha a los Septa, por si el hijo de Filira o el de Esón le proporcionan algo. Decepcionado también aquí, se hace asiduo de los templos de la diosa de Menfis y se sienta, oh ternera triste, junto a las cátedras de tus devotos. De aquí se dirige hacia el techo sostenido por cien columnas y desde allí al monumento donación de Pompeyo y a sus dos arboledas. Y no desdeña ni los baños de
Fortunato ni los de Fausto, ni las tinieblas de Grilo o el antro eólico de Lupo; porque en las termas públicas se baña una vez y otra y otra. Después de haberlo probado todo, pero sin la anuencia de los dioses, una vez bañado, corre de nuevo a los bujedos de la templada Europa, para ver si anda por allí algún amigo retrasado. Por ti y por tu hermosa joven, lascivo portador, te lo suplico, toro, invita a Selio a cenar.”

Para  ser admitido como comensal  en una cena, el gorrón utilizaba todo tipo de artimañas: ofrecer sus habilidades para ser exhibidas durante la cena, como contar chistes, alabar al potencial anfitrión de forma exagerada, o  arrimarse como una sombra a alguna persona anteriormente invitada.
“Oye a Selio alabarte, cuando le echa las redes a una cena, tanto si recitas como si defiendes un pleito:
¡Así se hace!, ¡fenómeno!, ¡vamos!, ¡bravo!, ¡magnífico!, ¡así me gusta!, “ya has conseguido la cena: cállate.” (Marcial, II, 27)

Mosaico de orfeo, Zippori, Israel

La figura social y jurídica del patrón y cliente, unidos por lazos religiosos y de parentesco,  se había mantenido con fuerza hasta los últimos años de la república, pero a finales del siglo I d.C. se había convertido en una relación carente de sentido y, sin apenas obligación. La salutatio o saludo matutino había sido el deber más importante del cliente y la sportula, una aportación económica, era la principal obligación del patrón. La invitación a la cena ofrecida por el patrón era uno de los favores esperados por el cliente para seguir manteniendo un cierto nivel de aceptación social. El gasto de la invitación a ciertos clientes que nada aportaban  era algo que muchos patrones no soportaban de buen grado.

“Métete bien en la cabeza que cuando te invitan a comer estás recibiendo la entera paga de antiguos servicios prestados. El producto de tu amistad con un grande es una comida, tu patrón te la echa en cara y, aunque te la dé pocas veces, te la echa en cara sin embargo. Conque si después de dos meses le parece bien incluir a su cliente olvidado, no vaya a ser que le quede libre una de las tres colchonetas en el lecho incompleto, te dice “Ven a casa”. Es el colmo de tus deseos. ¿Qué más pretendes? … Tú te crees un hombre libre y el invitado de tu patrón: él te considera prisionero del olor de su cocina.” (Juvenal, sat. V)

 El vínculo que el señor contraía con el liberto incluía la invitación a cenar, que a veces podía suponer un compromiso desagradable para el que fuera esclavo con anterioridad porque le podía hacer recordar su origen y dependencia del patrón. Ya en el transcurso de la comida, los ciudadanos libres y los libertos podían llegar a enfrentarse y llegar a rudas peleas.


Al considerarse el acto de la cena como una especie de rito social, muchos anfitriones consideraban que ofrecer una comida sofisticada y un entretenimiento original  les haría diferenciarse de los demás y ser mejor vistos. Por tanto la ostentación y el exceso eran elementos a tener en cuenta en los convites en los que faltaba la moderación e imperaba  el desorden.

“… aparecieron cuatro danzarines, quienes al son de la música retiraron la tapa superior del repositorio. Esto nos permitió ver debajo, es decir, en otro plato, pollos suculentos y ubres de puerca, y en el centro una liebre, adornada con alas para que se asemejase a Pegaso.
En los lados del repositorio pudimos ver también cuatro  Marsias. De sus odrecillos escurría garo con pimienta sobre unos pescaditos que parecían nadar en un canalillo. Aplaudimos todos, siguiendo el ejemplo de la servidumbre, y a grandes carcajadas nos lanzamos a tan exquisitos manjares.” (Petronio, Satyr. 36)


 Aún así, en la mayoría de cenas y banquetes se guardaban las convenciones sociales que exigían la moderación en el gasto de los alimentos, el buen gusto en los divertimentos y una actitud adecuada en lo referente al consumo de bebidas, puesto que la embriaguez era considerada como una falta de moral en la antigüedad.
Para que un banquete convivial se considerase aceptable se prefería que  los convidados fueran amigos o conocidos que compartiesen intereses comunes, que la  hora y el lugar en el que se celebrase fueran adecuados, una hora no intempestiva y un triclinium lo suficientemente amplio para acomodar a todos los invitados con comodidad. Por último, se deseaba una comida bien cocinada y abundante, pero sin artificios.

“Le anuncian sus devotos a la ternera de Faros la hora octava y la cohorte de lanceros ya se retira y recibe el relevo. Esta hora templa las termas, la anterior exhala excesivos vapores y la sexta da calor en las desmesuradas termas de Nerón. Estela, Nepote, Canio, Cerial, Flaco, ¿venís? Mi sigma tiene siete plazas; somos seis, añade a Lupo. Mi cortijera me ha traído malvas, para aligerar el vientre, y los variados productos que tiene mi huerto, entre los cuales está la lechuga de asiento y el puerro de corte; y no falta la menta, que hace eructar, ni la hierba afrodisíaca; huevos cortados coronarán el pez lagarto  aderezado con ruda y habrá tetas de cerda maceradas en salmuera de atún. Con esto, los entrantes. La pequeña cena se servirá en un solo servicio: un cabrito arrancado de las fauces del lobo feroz y bocaditos que no necesiten el cuchillo del trinchante y habas, comida de artesanos, y berzas vulgares. A esto se añadirá un pollo y un pernil superviviente ya a tres cenas. Una vez hartos, os daré fruta en sazón y vino sin zurrapas de una cántara nomentana que cumplió dos trienios en el consulado de Frontino. Vendrán después bromas sin malicia y una libertad que mañana no será de temer y nada que quisieras haberte callado: Que mis invitados hablen de los verdes y los azules y mis copas no sentarán a nadie en el banquillo.” (Marcial, Epigr. 10,48)

Mosaico romano, Museo Nacional Romano

Resultaba altamente indelicado rehusar la invitación de un amigo, y se habría faltado gravemente a la cortesía aceptando una invitación a la que no se acudiese ulteriormente, pues si en tal caso no se aducían excusas suficientemente convincentes el desairado quedaba convencido de que se había dejado de ir a su casa por culpa de otro convivium mejor.
“Pero, ¿qué te ocurre? ¡Me prometes acudir a una cena en mi casa, y no te presentas! Esta es mi sentencia: has de pagarme una multa equivalente al dinero que me ha costado la cena hasta el último as, y no es una cifra pequeña. Había preparado una lechuga por persona, tres caracoles y dos huevos; había además gachas de espelta aderezadas con vino mulso y nieve (pues también este gasto lo añadirás a tu lista y es más, lo incluirás entre los primeros, pues se echó completamente a perder sobre tu plato), aceitunas, acelgas, calabazas, cebollas y muchos otros manjares, no menos de mil ni menos deliciosos. Habrías visto además actuar a un cómico, o quizás habrías escuchado a un recitador, o puede que hubieses asistido a un recital de lira, o incluso habrías disfrutado de los tres espectáculos, pues a tanto alcanza mi magnificencia. Y sin embargo, preferiste ostras, vientre de cerda, erizos de mar y bailarinas en casa de algún otro. ¡Me las pagarás!, no te digo cómo de momento. Tu comportamiento no tiene excusa. Te has portado muy mal, no se si también contigo mismo, pero desde luego conmigo, y sí también contigo. ¡Cuánto nos habríamos divertido juntos!, ¡cómo nos habríamos reído!, ¡qué conversaciones tan interesantes habríamos mantenido! Puedes cenar más suntuosamente en casa de muchos otros, pero en ninguna de ellas disfrutarás de tanta alegría ni cordialidad, ni te sentirás tan libre de preocupaciones como en la mía. En fin, te ruego que hagas la prueba, y si a continuación sigues prefiriendo aceptar las invitaciones de los demás antes que las mías, lo mejor es que me hagas llegar tu renuncia definitiva a asistir a mis convites.” (Plinio, Ep. I, 15)

En el caso de los anfitriones con poco dinero podía darse el caso de que hicieran una invitación pidiendo al propio invitado que corriese con los gastos del banquete por no poder hacerse cargo. A lo sumo se ofrecía algún regalo, como un perfume.

“Cenarás bien, querido Fabulo, en mi casa
Dentro de unos días, Dios mediante,
Si traes contigo buena y magnífica
Cena, sin olvidar a una linda muchacha,
Vino, sal y todo el humor que puedas.” (Catulo, 13)

Pintura romana, Casa de los Castos Amantes, Pompeya

En las cenas ofrecidas por el emperador podía tener lugar una cena frugal con conversaciones y entretenimientos tranquilos como la descrita por Plinio en la casa de Trajano.
“Ya ves en qué honrosas y en qué dignas ocupaciones empleábamos estos días. Las sesiones del Consejo venían seguidas de las distracciones más encantadoras. Todos los días éramos invitados a cenar. Los platos eran frugales, teniendo en cuenta que nuestro huésped era el Príncipe. En ocasiones éramos deleitados con actuaciones de todo tipo, otras veces la noche transcurría en medio de las más deliciosas conversaciones. El último día, cuando ya nos íbamos, se nos entregaron diversos presentes, tan atento y bondadoso es nuestro César." (Plinio, Ep. VI, 31)
 La tendencia a la  moderación en las costumbres se propugnaba desde el círculo de Trajano, y se reflejaba en las obras literarias de la época, en las que se animaba a tener una vida feliz alejada de los excesos.

“Si me pones boletos y jabalí como si no valieran nada y crees que no es ése mi deseo, lo acepto; si crees hacerme feliz y pretendes ser inscrito como heredero gracias a cinco lucrinas, adiós. Espléndida, sin embargo, es tu cena, lo confieso, muy espléndida; pero no será nada mañana, más aún, hoy, más aún, en este mismo instante, nada que no conozca la desgraciada esponja de un palo asqueroso, o un perro cualquiera y un urinario al borde de la calle. De los salmonetes y de las liebres y de las tetas de cerda éste es el final: un color de azufre y un dolor insoportable de pies. No tenga yo a tan alto precio ni los festines albanos  ni los banquetes del Capitolio y de los pontífices. Que un dios en persona me haga partícipe del néctar: se volverá vinagre y vino picado y aguado de una tinaja vaticana. Busca otros invitados, maestro en cenas, a los que conquiste la regia suntuosidad de tu mesa. A mí invíteme un amigo a unos filetillos improvisados: una a la que puedo corresponder es la cena que me gusta.”(Marcial, 12,48)

Cuando el anfitrión era un patrón egoísta o avaro que solo invitaba por compromiso social y no sentía aprecio por sus clientes solía servir unos alimentos y bebidas para sí mismo y sus invitados especiales que eran diferentes a los que proporcionaba a sus clientes o invitados libertos.  Este hecho es frecuentemente criticado por los literatos, poniéndose en el lugar bien del anfitrión que no está de acuerdo con ello o en el cliente que se siente humillado por tal actitud.


“Siendo invitado a la cena ya no como antes, en calidad de cliente pagado, ¿por qué no me sirven la misma cena que a ti? Tú tomas ostras engordadas en el lago Lucrino, yo sorbo un mejillón habiéndome cortado la boca. Tú tienes hongos boletos, yo tomo hongos de los cerdos; tú te peleas con un rodaballo, en cambio yo, con un sargo. A ti te llena una dorada tórtola de enormes muslos; a mí me ponen una picaza muerta en su jaula. ¿Por qué ceno sin ti, Póntico, cenando contigo? Que sirva de algo la desaparición de la espórtula: cenemos lo mismo”. (Marcial, Epigr. III, 60)

En algunos convites  el anfitrión obsequiaba a los comensales con algunos regalos de mayor o menor valor, pero algunos invitados mostraban un comportamiento indecoroso, como robar enseres de la vajilla o servilletas. Suetonio cita una ocasión en la que el emperador Claudio descubrió que uno de sus invitados había robado una copa de oro, y cuando volvió a tenerlo a su mesa le ofreció el vino en copas de arcilla para que se diese cuenta que sabía lo que había hecho.
“Asinio Marrucino, no empleas bien
Tu mano izquierda entre las bromas y el vino:
Robas las servilletas de los más despistados.” (Catulo, 12)

Pintura catacumba San Calixto, Roma

Ciertos invitados faltaban a las buenas maneras porque además de llevarse comida de sobra para comer otro día, la guardaban para venderla.

"No hay nada más miserable ni más glotón que Santra. Cuando llega corriendo invitado a una cena en toda regla, que ha estado buscando tantos días y noches, pide tres veces criadillas de jabalí, cuatro veces lomo, y ambos muslos de una liebre y sus dos brazuelos, y no se ruboriza por jurar en falso acerca de un tordo y arramblar con las descoloridas mollas de las ostras...  Pero cuando la servilleta ya revienta con sus mil y un hurtos, esconde al calor de su seno unas costillas mordisqueadas y una tórtola trinchada, luego de devorar su cabeza. Y no considera vergonzoso el recoger con su larga diestra cualquier sobra que hasta los perros han dejado. Y no le basta a su gula un botín comestible: por detrás de la mesa rellena de vino aguado una damajuana. Cuando cargó con esto hasta su casa por doscientas escaleras y, angustiado, se encerró en su buhardilla bien atrancada, el glotón aquél, al día siguiente, lo vendió." (Marcial,VII; 20)

Algunos invitados se quejaban de tener que soportar soporíferos recitales de poesías o larguísimas lecturas de libros a pesar de recibir una buena cena:

“No sé si Febo huyó de la mesa y de la cena de Tiestes, pero nosotros Ligurino, huimos de la tuya. Es ella abundante y abastecida de exquisitos manjares, pero nada en absoluto me gusta cuando tú estás recitando. No quiero que me pongas rodaballo ni un salmonete de dos libras, tampoco quiero hongos boletos, no quiero ostras: ¡cállate!” (Marcial, 3, 45)

La invitación a cenar podía llegar a veces solo por parte del anfitrión para corresponder a los regalos que un posible invitado estaría obligado a enviarle. Si esto no se producía, no habría la invitación esperada. Por tanto en algunos casos el egoísmo estaría por encima de la amistad o el compromiso social.

“Me invitabas a tu banquete de cumpleaños a pesar de no ser, Sexto, amigo tuyo. ¿Qué ha sucedido, me pregunto, qué ha sucedido de repente, después de tantas prendas entre nosotros, después de tantos años, que he sido preterido yo, tu viejo camarada? Pero sé la causa. No te ha llegado de mi parte ni una libra de plata hispana depurada ni una toga ligera ni un manto nuevo. No es la espórtula la que es objeto de negocio: alimentas regalos, no amigos. Ya,  vas a decirme: “Que azoten al encargado de las invitaciones” (Marcial, VII, 86)

Pintura de Catacumba de San Pedro y San Marcelino, Roma


Las cenas que seguían los convencionalismos de una forma rígida no permitían que los invitados se sintieran cómodos. Corresponder a los favores recibidos podía provocar el odio hacia la persona a la que se los debía.  Los más humildes criticaban el trato desigual por parte del anfitrión y éste ante la obligación de convidar se sentiría más rodeado  de gente solo guiada por el interés que por amigos de verdad.

“Debes examinar con quiénes comes y bebes antes de conocer qué vas a comer y beber, porque llenarse de carne sin un amigo es vivir la vida del león o del lobo. Esto no lo conseguirás si no te retiras; de otra suerte, tendrás los comensales que el nomenclátor haya seleccionado entre la multitud de los clientes. Se equivoca, en efecto, quien anda buscando un amigo en el vestíbulo y lo pone a prueba en el banquete.” (Sen. Epist. 19)

El exceso de halagos por parte de los invitados podía ser mal visto por el anfitrión que consideraría al convidado excesivamente adulador y como una persona interesada al que no podía llamar amigo de verdad, ya que no sabía lo que realmente pensaba su comensal de él y de su convite.

“Sabido es que el orador Celio era muy irascible. Dícese que una noche cenaba con un cliente suyo, hombre de rara paciencia; pero era muy difícil a éste, estando solo con el orador, evitar una discusión con él. Consideró, por tanto, que lo mejor sería aplaudir cuanto dijese, y desempeñar el papel de lisonjero. No pudiendo Celio soportar la aprobación, exclamó: Hazme la contra, para que seamos dos. Pero aquel hombre que se encolerizaba porque no se irritaba el otro, se calmó en seguida careciendo de adversario.” (Séneca, De Ira, III, 8)

Esos invitados, de todas formas, pagaban su convite con el saludo matutino, acompañando al patrón en sus paseos y cuidando de su seguridad, con sus halagos.
¿Ese  a quien han convertido en amigo tuyo la mesa y la comida, crees que es un corazón de amistad leal? Aprecia el jabalí y los mújoles y la ubre de cerda y las ostras, no a ti? (Marcial, 9, 14)

La invitación a cenar se convirtió en un tópico literario en la literatura griega y latina.
En el poema convencional de invitación el poeta rechaza o se confiesa incapaz de proporcionar los platos más lujosos, típicos de los banquetes suntuosos, pero se citan los elementos de la cena con los que se intentará satisfacer al invitado para que este se encuentre a gusto y que cumplan las convenciones sociales establecidas. Se tratará de evitar los vicios tan criticados del lujo excesivo y avaricia.

“Cenarás bien, Julio Cerial, en mi casa; si no tienes ninguna invitación mejor, ven. Podrás estar al tanto de la hora octava; nos bañaremos juntos: ya sabes qué cerca están de mi casa los baños de Estéfano. De entrada se te servirá lechuga, útil para mover el vientre, y ajetes cortados a sus propios porros; luego conserva de atún joven y mayor que un delgado pez lagarto, pero con guarnición de huevos sobre hojas de ruda. No faltarán los otros huevos, cocidos por unas delicadas brasas, ni queso curado al fuego del Velabro  y olivas que han sentido los fríos del Piceno. Esto bastará para el aperitivo. ¿Quieres conocer el resto? Te mentiré, para que vengas: pescados, moluscos, tetas de cerda y unas aves cebadas, de corral y de las marismas, que ni Estela  acostumbra a ponerlas sino en contadas cenas. Más te prometo yo: no te recitaré nada, aunque tú nos vuelvas a leer de punta a cabo tus Gigantes o tus Geórgicas, próximas al inmortal Virgilio.” (Marcial, XI, 52)

En el epigrama 11, 52, Marcial empieza por la invitación propiamente dicha con la posibilidad de acudir a los baños antes de comer. Su propuesta para la cena es modesta, por lo que le excusa de aceptarla si recibe otra proposición mejor.
La segunda parte del epigrama incluye la descripción detallada de la cena que  piensa ofrecer a su amigo, con platos indispensables en cualquier banquete caracteri­zado por la sencillez.
En lo relativo a los entretenimientos, Marcial propone a su amigo recitaciones poéticas, aunque promete no  intervenir en ellas para que su huésped  acceda a ir a su casa y pueda leer sus Gigantes y sus Geórgicas. El principal objetivo de estos banquetes entre literatos era presentar ante los amigos las obras escritas para que dieran su opinión,  por lo que la cena suponía un agradable preludio, durante el que se conversaba animadamente, a las discusiones literarias. El hecho de que Marcial ofrezca como único entretenimiento lecturas poéticas implica que el objetivo principal del banquete era revisar y corregir los poemas de Julio Cerial, motivo por el que éste accede encantado a la propuesta. Sin embargo, entre las clases acomodadas era frecuente ofrecer a los invitados espectáculos como representaciones teatrales (mimos y atelanas), actuaciones de acróbatas o músicos  y danzas de las famosas bailarinas gaditanas.

En casa de Lúculo, Gustave Boulanger

Los nuevos ricos de la época romana son retratados como personajes fatuos que hacen ostentación de su inmensa riqueza ante sus invitados y que no saben comportarse según las normas sociales de los aristócratas y moralistas romanos. En el Satiricón de Petronio hay varios episodios donde se refleja esta nueva forma de conducta social, por ejemplo la llegada de un nuevo comensal, cuando ya se ha iniciado el banquete.
“En este momento golpeó las puertas del comedor un lictor y entró un nuevo comensal, todo vestido de blanco y acompañado de un gran séquito. Cómo sería mi miedo ante tan impresionante majestad que creí había entrado el pretor en persona. Mi reacción in mediata fue levantarme poniendo los pies descalzos en el suelo. Agamenón, riéndose de mi temblor, me dijo:
Calma, idiota, calma. Es el séviro Habinas, un marmolista, por cierto, que pasa por el mejor creador de lápidas funerarias.
Confortado con estas palabras, volví a recostarme para poder contemplar lleno de asombro la entrada de Habinas. Avanzaba ya borracho y tambaleándose, puesta ambas manos en los hombros de su mujer. Llevaba varias coronas y el ungüento le chorreaba desde la frente  los ojos. Se aposentó en el lugar del pretor, pidiendo a continuación vino y agua caliente.” (Petronio, Satyr. 65)

Otra crítica a la conducta de estos nuevos ricos se debe a que alardean de lo mucho que poseen, sacando a relucir las joyas que han comprado a sus mujeres.
“Faltó tiempo para que Fortunata encontrara un pretexto para quitarse las pulseras de sus amorcillados brazos y las exhibiese a la admiración de Cintila. Terminó quitándose también las ajorcas del tobillo, y la redecilla de oro puro contrastado. Trimalción seguía la escena con los ojos fijos y mandó que le llevaran todas las joyas…
Para no ser menos, Cintila se quitó una bolsita dorada que llevaba al cuello y que ella llamaba su Felición. Sacó dos pendientes y los dio a contemplar a Fortunata.
Ya lo ves- dijo-. Te aseguro que nadie tiene regalos tan valiosos como los que me ha hecho mi marido.”  (Pet. Sat. 67)


La tradición establecía un protocolo de colocación en los lechos según el afecto o amistad del anfitrión, o bien la posición social del invitado. Se imponía la voluntad del dominus de la casa y su preferencia, al igual que en la elección de alimentos y trato durante la comida, dependiendo del nivel social de cada uno. Un trato desigual reforzaba la idea de jerarquías diversas y dominio. Un trato más equitativo conllevaba un sentimiento de gratitud y amistad. Ofrecer un comedor amplio con un número justo de invitados se consideraba un signo de hospitalidad y consideración hacia ellos, en caso contrario el anfitrión podía ser el blanco de todas las críticas.

“Se da, en efecto, creo, un exceso de hospitalidad cuando ésta no omite a ningún comensal, sino que los arrastra a todos como a un espectáculo o audición. A mí, al menos, me parece que, aunque faltara pan o vino a los invitados, nada deja tan en ridículo al que los invita como la falta de espacio y sitio, que siempre hay que tener de más para forasteros y extraños que se presenten no invitados, sino espontáneamente.” (Plutarco, Moralia, V, 5)

 Una invitación a cenar exigía por tanto guardar una conducta decorosa, demostrar buen humor, no entrar en disputas  y beber en la medida adecuada, asumiendo las consecuencias de la embriaguez. El anfitrión podía temer el comportamiento de algunos convidados que bebieran demasiado y manifestaran un comportamiento bochornoso con maliciosos comentarios o disputas entre unos y otros que acabaran en verdaderas peleas con lanzamientos de cacharros.

“Entonces Vibidio dijo a Balatrón: 

Si no bebemos a mogollón, moriremos sin venganza.
Pidió copas mayores y la palidez empezó a mudar
La cara del patrón, que nada temía tanto como a bebedores agudos, porque se les libera demasiado la lengua, o porque hirvientes vinos ensordecen el sutil paladar.
Vuelcan jarras enteras de vino en copas de Alifas
Vibidio y Balatrón; les imitaron todos los comensales
Salvo el grupo del anfitrión, que no le dio al vidrio.” (Horacio, sat. II,8)




Un pasaje de Luciano describió cómo un nuevo cliente podía sentirse al ser recibido como invitado de honor en un festín donde se va  a convertir en el centro de atención, mientras se siente desconcertado por si su comportamiento es el correcto, o qué impresión causará entre los demás convidados si el anfitrión le dedica alguna atención. Refleja el temor del individuo de  clase inferior que desconoce el protocolo de este tipo de cenas y el miedo al ridículo ante los demás.

 “Empezaré, si te parece, por el primer banquete, al cual es de suponer que seas invitado, como en prenda de tus futuras relaciones. Por de pronto, viene a invitarte a la cena un esclavo no del todo grosero, y para tenerlo propicio, y no parecerle incivil, tienes que ponerle en la mano lo menos cinco dracmas… Te pones el mejor vestido, y lavado y compuesto cuanto te es posible, acudes, no sin temor de llegar el primero, lo cual parecería poco elegante, así como se te tacharía de soberbia si llegases el último. Eliges, pues, un término medio, y entras. Te reciben con suma distinción y te hacen sentar un poco más arriba del rico, cerca de dos de sus antiguos amigos… todo es para tí desconocido y extraño y todos los convidados observan tus acciones… de los diversos manjares, colocados ante ti con cierto orden, no sabes a cuál alargar primero la mano. Tienes, pues, que mirar a hurtadillas a tu vecino, imitarle y aprender así el orden del banquete… el brindis del rico te granjea la animadversión de muchos de los antiguos amigos: sólo por el sitio que ocupaste en el banquete, ofendiste a algunos, irritados de la preferencia dada a un advenedizo sobre las personas sometidas a una esclavitud de largos años. En seguida dirán de ti los tales: ¡Sólo nos faltaba vernos pospuestos a los recién llegados! ¡Sólo para estos Griegos se abre la ciudad de Roma! (Luciano, De los que viven a sueldo, 15-17)

Luciano exige la  libertad del invitado y respeto para él por parte de esclavos y comensales ante la arrogante actitud y los caprichosos deseos del anfitrión.

Banquete de Baco, Museo del Bardo, Túnez, foto de Giorces



martes, 17 de febrero de 2015

Vestes matronae, lucir elegante en Roma


Pintura de Pompeya
“¿Se cubre la cabeza con el manto de Tiro? Alabarás la púrpura de Tiro.
  ¿Qué se viste con las finas sedas de Cos? Asegúrale que le sientan de maravilla.
  ¿Se adorna con cenefas de oro? Afirma que su cuerpo vale más que el preciado metal.
  Si se abriga con recio manto, aplaude su decisión.
   Si se viste con una túnica ligera, confiésale que resalta sus encantos y ruégale con tímida voz que se proteja del frío. (Ovidio, Ars Amandi)

Durante el periodo monárquico en Roma, del siglo VIII al VI a.C. e, incluso, en todas las épocas, el material más utilizado para la confección de la ropa fue la lana. Esta era económica y se producía en diversas partes del imperio. En un principio la lana no se teñía y el color de la ropa variaba solo por el color natural de la oveja.


“Hay varios colores de lana; tantos que necesitamos distintos términos para expresarlos todos: varios tipos, que se llaman nativos, se encuentran en Hispania. Polentia en los Alpes, produce vellón negro de la mejor calidad; Asia, además de la Bética, el vellón rojo, que se llama de Eritrea; las de canusio son de un color rojizo, y las de Tarento tienen su peculiar tinte oscuro.”

El poeta Marcial, español de nacimiento, frecuentemente alude a las ovejas de la Bética y especialmente a los variados colores de su lana, que era tan admirada que se manufacturaba sin teñir y con ocasión del regalo de una toga hace una descripción poética de las distintas lanas utilizadas para la confección de prendas en su tiempo y alaba su blancura.

Pintura El Espejo, Alma Tadema

“Dime, toga, grato obsequio para mí de un elocuente amigo, ¿de qué rebaño quisieras ser fama y honor? ¿Floreció para ti la hierba pullesa de Palento, el de Leda (Tarento), por donde el Galeso riega los cultivos hasta la saciedad con sus aguas calabresas? ¿O acaso el tartésico Betis, que apacienta los rebaños ibéricos, te ha bañado también a ti a lomos de un oveja hesperia? ¿O acaso tu lana ha contado las múltiples bocas del Timavo, en el que abreva piadosamente Cílaro con su boca conductora de astros? Ni fue decoroso para ti amoratarte con los tintes amicleos ni los de Mileto eran tampoco dignos de tus vellones. Tú superas a los lirios y a las flores del aligustre aún no marchitas y al marfil que se blanquea en los montes tiburtinos; ceden ante ti el cisne espartano y las palomas de Pafos, cede la perla sacada de las aguas eritreas. Pero, aunque este regalo pueda emular las nieves recién caídas, no es más cándida (blanca) que su Partenio…(Marcial, VIII, 28)

La planta del lino se cultivaba en Italia durante el periodo prehistórico, y, desde luego, en tiempo de los Etruscos. Como el lino era muy difícil de teñir con los tintes disponibles en la época, probablemente se emplearía en su color natural, un marrón grisáceo. El contacto de los romanos con otras provincias, además de su creciente riqueza, les permitió comprar lino de Egipto que disfrutaba de muy buena reputación y era un producto de lujo. Este se exportaba no solo hacia el oeste sino también a Arabia e India  en intercambio de productos: “El lino de Egipto, aunque es el menos fuerte de todos los tejidos es del que se deriva más beneficio. Hay cuatro variedades.” (Plinio, XIX, 2)

Pintura Casa de Isis e Io, Pompeya

Aunque el  lino italiano era de inferior calidad,  varias regiones de Italia continuaron cultivándolo para vender, incluso en la época imperial.

El carbasus (algodón) se menciona ya en el siglo II a.C., pero, sin duda, los romanos ya habían empezado a utilizarlo antes. El algodón resultó ser un material resistente y que se secaba más rápidamente que la lana. Plinio cita el gossypium como una variedad de algodón que crecía en Egipto:

“En la parte alta de Egipto, cerca de Arabia, se cultiva un arbusto, conocido como gossypium, al que algunos llaman xylon, por lo que los tejidos con ello confeccionados se llaman xylina. El arbusto es pequeño y tiene un fruto como una nuez con barba, que contiene una sustancia sedosa, que se hace hilos. No hay tejidos conocidos superiores a los hechos con estos hilos, por su blancura y suavidad. Los más apreciados vestidos de los sacerdotes egipcios se fabrican con ellos.” (H.N., XIX, 1)

Incluso del fondo del mar se obtenían productos para confeccionar tejidos. La pinna nobilis es la concha del nácar que, a su vez, contiene unos filamentos dorados (byssus) de los que se forman unos hilos  (seda del mar) utilizados para tejer lujosos vestidos. Tertuliano da testimonio de este uso en su obra De Pallio, III: 

“No era suficiente peinar y sembrar los materiales para una túnica. Era también necesario pescar para el vestido de uno- Porque se obtienen del mar vellones, donde conchas de tamaño extraordinario contiene copos de musgoso pelo.”
 “Estos insectos tejen hilos similares a los de las arañas, y se utilizan para elaborar los más lujosos y costosos vestidos de las mujeres y se llaman bombycina. Panfilia, una mujer de Cos hija de Platea, fue la primera en descubrir el arte de desenredar los capullos y tejer los hilos. A ella debería otorgársele la gloria de haber descubierto como realizar un vestido que al mismo tiempo que cubre el cuerpo de la mujer deja verlo a través de él.” (H.N. XI, 75)

La seda,  serica o  bombycina (del gusano Bombyx mori), se traía desde China en las caravanas que pasaban por Palmira y la costa siria, atravesando el territorio de los Partos. Los romanos conocían esas tierras como la de “los lejanos Seres”, de ahí el nombre de serica. Al parecer el tejido había que elaborarlo y en la isla de Cos se especializaron en tejer una tela muy fina y transparente con la que se hacían vestiduras  (Coa vestis) que dejaba entrever el cuerpo de la mujer, y que primeramente fue utilizado por las cortesanas de Grecia y Roma, aunque su uso se extendió al resto de mujeres posteriormente.

Pintura con matrona y jóvenes romanas, Baños del Foro, Herculano,
Museo Arqueológico de Nápoles
El uso de la seda continuó en gran demanda durante todo el imperio, aunque su alto coste hacía que mucho dinero se gastase en su importación. Es por ello que los mercaderes de seda de Roma y otras ciudades vendían principalmente hilo de seda, para poder entretejerlos con hilos de fibras más baratas, cuyo tejido se llamó subserica, en contraposición de la tela hecha entera de seda natural, holoserica.

 Según Dión Casio, durante el reinado de Tiberio, quien tildaba el uso de la seda como afeminado, el senado romano aprobó una ley para que la seda fuera usada solo por las mujeres, aunque algunos emperadores se reservaron el honor de llevarla, como Calígula que al celebrar un triunfo en Puteoli se puso una clámide de seda, tintada de púrpura y adornada con oro y piedras preciosas.

El interés por los tintes y tejidos reflejaba la jerarquización de la sociedad romana y la lucha de las clases sociales más altas y bajas por distinguirse entre los demás o cambiar su rango social. Aunque es difícil determinar qué tintes se usaban durante la monarquía romana, es posible, que los reyes y ciudadanos más ricos pudieran permitirse paños, ropas y tintes vendidos por los etruscos y otros mercaderes extranjeros.


¿Qué decir de los vestidos? ¿Por qué vestir lana dos veces teñida en púrpura de Tiro, cuando hay otros colores de precio más bajo, por qué gastar tu fortuna sin necesidad?

Mirad este azul cielo sin nubes, en el que el cálido viento del sur no amenaza con lluvia. Ved este amarillo del color del carnero en el que escaparon Frixeo y Hele de la enfurecida Ino; este color imita las olas del mar y de ellas recibe su nombre, y creo que las ninfas marinas visten con él. Aquel se asemeja al azafrán, vestida con ese color, la Aurora cubierta de rocío, apareja sus brillantes corceles. Allí encontraréis el color del mirto de Pafos, aquí la púrpura amatista, el rosa del amanecer y el gris de la grulla de Tracia.. Y, ¡Amarilis! No faltará el color de las castañas y de las almendras, y el cerúleo color que amarillea la lana. Tantos colores como flores en primavera al desaparecer el invierno hay para teñir las lanas. Elige sabiamente pues no todos favorecen a todo el mundo.” (Ovidio, Ars Amandi)

La púrpura es una materia colorante de vivo color rojizo. Se extrae de una serie de moluscos gasterópodos que segregan un jugo que es la base para la elaboración del tinte obtenido posteriormente por síntesis. El grupo de moluscos utilizados comprende a especies de los géneros púrpura y murex.
El tinte púrpura constituyó para los antiguos una de las formas de dar color a sus telas y vestimentas más estimadas. Desde época creto-micénica los griegos utilizaron el jugo de gasterópodos marinos con esos fines. Pero el gran auge de la industria de la púrpura llegó de la mano de los fenicios en el oriente mediterráneo, aunque su producción, comercialización y consumo adquiere mayor vitalidad e importancia en el mundo grecorromano. Podrían haberlo traído comerciantes griegos desde el Mediterráneo oriental o de los mercados establecidos en las costas del Mediterráneo occidental, como Marsella.
El tinte púrpura, según la tradición romana, ya fue utilizado por reyes romanos como Rómulo, Tulo Hostilio y otros. Los tejidos de color púrpura eran muy caros por la enorme cantidad de moluscos necesitados para obtener el tinte, a lo que había que sumar el coste del transporte.



 La valoración social y económica de los tejidos teñidos de rojo (púrpura, sobretodo) llegó a ser tan elevada que su uso adquirió amplias cotas de expansión tanto en la vida privada como en la militar. Las togas y túnicas de los patricios, decoradas con bandas púrpura, eran consideradas un signo externo de elegancia. La belleza, pero principalmente el elevado precio del producto final y la consiguiente exclusividad de los vestidos así tratados explica su alta valoración. Muchos literatos criticaron su uso por parte sobre todo por parte de las mujeres, por su afán de lujo y provocación.

“No es razonable, pues, que una mujer lleve un gran velo de púrpura deseando ser centro de atracción de las miradas. ¡Ojalá se pudiera arrancar de los vestidos la púrpura, evitando con ello que los mirones se giraran para observar a las que la usan! Sin embargo, éstas que tejen poco su vestido y lo hacen todo de púrpura, inflaman los deseos fáciles; y de ellas, ciertamente, que se inquietan por esta púrpura estúpida y delicada…” (Clemente de Alejandría, Pedagogo, II)

Los tonos del color púrpura aumentaron durante el primer siglo d.C. ya que para mantener su status la gente buscaba nuevos tonos para sustituir los antiguos que habían pasado de moda.

Durante los reinados de Calígula y Nerón se restringió el uso del color púrpura para el uso del emperador y su familia. Los ricos más vulgares favorecieron tonos de colores chillones tales como los recién introducidos: cerasinus, rojo brillante de color cereza. 
“Por fin se presentó Fortunata, su vestido adornado con una franja amarilla, para mostrar una túnica de color cereza debajo…" (Petronio, Satiricón, cap. 67)

Ismenia, J.W. Godward

El coccinus, el brillante escarlata del quermes tuvo tanta demanda como tinte de lujo que, además de la producción asiática, se desarrolló una gran industria del tinte con quermes en España. El tinte del quermes que vivía en las encinas de Emérita en Lusitania se apreciaba por su color y su recolección sirvió como salario extra para los campesinos pobres.

“Pero lo que más me atrajo fue un manto muy oscuro que resplandecía con un tono negro brillante.” (Apuleyo, Metamosfosis, Cap. XI)

Venus y Hesperus, Casa de Gabio Rufo, Pompeya

El color negro se podía obtener con las agallas del roble mezclando el líquido obtenido de las mismas con sales de hierro. Plinio menciona su uso mezclado con alumbre:

“El alumbre líquido negro se emplea para dar a la lana un tono oscuro. El más apreciado es el de Egipto y Melos. El sólido es pálido y áspero de apariencia y se vuelve negro al aplicar agallas.” (Plinio, H,.N., XXXV, 52)

El negro parece haber sido el color habitual para el luto, tanto para la túnica como para el manto. Las mujeres llevaban una palla de color oscuro (pulla palla).

“Invocando a mis Manes y pidiendo por mi alma y mojando antes sus piadosas manos con un brebaje, que, vestidas con una túnica negra, recojan mis blancos huesos, única parte de mi cuerpo que sobrevivirá."(Tibulo, III)

Stola color azafrán, Pintura  Dido y África,
 Pompeya
El color amarillo rojizo lo proporcionaba la gualda (Reseda luteola) que se convirtió en el color ritual (luteus) del velo de las novias en los últimos tiempos de la república.  

"No te son propias las tristes preocupaciones ni los llantos, Osiris, sino la danza, el canto y el ligero y apropiado amor, las coloreadas flores y la frente ceñida de hiedra, el rojizo manto (lutea palla) suelto hasta los delicados pies, los vestidos tirios, la tibia de dulce son y la ligera urna conocedora de sacrificios ocultos." (Tibulo, I, 7)

La demanda de estos colores de lujo era tan grande que llevó a la creación de tintes de imitación. Las fábricas tintoreras de la Galia, por ejemplo, pudieron imitar la púrpura Tiria con tintes vegetales, según menciona Plinio.

 Clemente de Alejandría escribió también sobre el color púrpura y los distintos colores que estaban de moda en su época. Critica su uso, junto con el del oro,  por el lujo y la ostentación que significaba para un mujer cristiana, además que desaconseja los tintes porque dañaban los tejidos.

"El color de Sardes, el de frutos verdes, el verde pálido, el rosa y el rojo escarlata, así como mil y una variedades más del tinte han sido inventados para la depravada vida del placer. Es ése un tipo de vestido para, recreo de la vista, no para la protección: los tejidos bordados en oro, los tintes de púrpura, los adornos con motivos animales — expuestos al viento son de gran lujo—, y el tejido de color de azafrán e impregnado de perfume, y los mantos ricos y abigarrados, a base de pieles preciosas, con relieves de animales vivos tejidos en la púrpura; todo esto tenemos que mandarlo a paseo, junto con su afiligranado arte."

Detalle Mosaico de Noheda, Cuenca

Si debemos aflojar un tanto nuestro riguroso tono en torno a las mujeres, que se les teja un vestido liso, agradable al tacto, pero sin adornos cual si fuera un cuadro para regocijo de la vista. Pues, con el tiempo, el dibujo desaparece, y, además, los lavados y los líquidos corrosivos que se impregnan, componentes de los tintes, estropean las lanas de los vestidos y las desgastan; lo cual no conviene a una buena economía." (Clemente de Alejandría, Pedagogo, Cap. XI)

El estilo de los vestidos femeninos tenía su principal diferencia en los tejidos y colores que se utilizaban en su confección.
“Lleve ella ropa de fina tela que tejió la mujer de Cos
 y salpicó de cenefas de oro” (Tib. II,3)

El indusium era una especie de camisa interior larga de lana,  lino o algodón  que se colocaba directamente sobre la piel.  Podía ser de manga larga o corta y con ella se acostaban. Por debajo de ella las romanas llevaban una banda de tela llamada fascia pectoralis o strophium, a modo de sostén del busto.

“Tu mismo vestido, aunque oscuro y barato, es un indicio de tu ánimo. No tiene arrugas ni arrastra por el suelo para hacerte parecer más alta… Llevas una banda para sujetar tu pecho y un estrecho cinturón lo comprime.” (San Jerónimo, carta 117)

Detalle Mosaico de Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

Consistía en una banda de lino de diseño rectangular que se cruzaba sobre los pechos para sujetarlos. El mamillare era de cuero y además de sujetar aplanaba.

“… y se visten con velos que pasan por ropas como para excusar su aparente desnudez. Pero se puede distinguir el interior con más claridad que sus rostros excepto por sus horrorosamente prominentes pechos que siempre llevan atados como prisioneros.” (Luciano, Amores)

 El strophium se convirtió en un verdadero bolso. Como las túnicas no tenían bolsillos las mujeres tomaron la costumbre de guardar entre los pechos monedas, cartas, joyas o cualquier otro pequeño secreto que consideraran valioso.

 Encima del indusium llevaban una túnica que podía ser de tela gruesa (spissa) o de tela fina (ralla o rara).

“He aquí que llega Corina, vestida con una túnica sin ceñir su cabellera peinada en dos mitades cubriendo su blanco cuello. Le arranqué la túnica, aunque por lo fina que era apenas suponía un estorbo; ella, sin embargo, luchaba por taparse con la túnica.” (Ovidio, Amores, II, 7)

Io y Argos, Museo Arqueológico, foto de Karl

Con una túnica ligera se acostaban las mujeres y esta prenda se convierte, cuando es llevada, casi transparente y sin cinturón, por la amada en un símbolo de seducción amorosa.
Encontramos cierta variedad en los vestidos en la obra de Plauto, Epidicus, donde el autor enumera diferentes nombres de ropa femenina y colores utilizados:
“Que nuevos nombres encuentran estas mujeres cada año para sus ropas – la túnica fina (tunica ralla), túnica gruesa (tunica spissa), el paño de lino (linteolum caesicium), la camisa (indusiata), vestido con borde (patagiatum) de color azafrán (caltulam aut crocotulam), el supparum o subnimium, la capucha (rica), el traje real (basilicum) o el exótico (exoticum), con diseños ondulados (cumatile), o de plumaje (plumatile), con tinte cerúleo (cerinum)”

Pintura de Pompeya, Museo Arqueológico de Nápoles

Tras su matrimonio la mujer romana completaba su atuendo con la stola, especie de camisa rectangular, abierta en los dos lados superiores; los extremos abiertos se cosían, se abotonaban o sujetaban a los hombros por medio de broches y fíbulas. Debajo del pecho se sujetaba al cuerpo por medio de un cinturón (zona) a través del cual se tiraba hasta que el borde inferior apenas tocaba el suelo. “Por el momento soy bastante largo; pero si con un dulce peso tu vientre se hincha, me volveré entonces para ti un cinturón corto.” (Zona, Marcial, XIV, 151)


Lesbia (con túnica, stola y palla), Alma Tadema

En caso de que la túnica tuviera mangas, la stola que se ponía encima no las llevaba, y viceversa. Las mangas de la túnica o stola estaban abiertas y los extremos se unían por medio de botones o broches. A veces se decoraba con una cenefa bordada unida al pie del traje, llamada instita. Este adorno servía para que no se vieran los pies, con lo que también era un elemento de distinción para la matrona romana que así mostraba su pudor, en contraste con las mujeres que dejaban ver partes de su cuerpo para atraer las miradas de los hombres."Los hay que sólo querrían tocar a mujeres cuyos talones cubre vestido con volante; en cambio, otro sólo a inquilina de maloliente burdel." (Horacio, Sátiras, I, 2)

La stola era un símbolo de matrimonio, a finales de la República todas las mujeres casadas según la ley romana tenían derecho a llevarla, como símbolo de honestidad y pudor. Llevarla en público proclamaba su respetabilidad y adhesión a las tradiciones.

"Enséñale que sea al menos casta,
aunque una cinta no ciña sus trenzas
ni una larga stola sus pies." (Tib. I, 6)

En Horacio tenemos un ejemplo del atuendo de la matrona respetable que no dejaba ver parte alguna de su cuerpo en contraposición a la mujer ligera de costumbres que vestía trajes casi transparentes.

Pintura moral, Villa San Marco, Stabia
“A una matrona no le podrías ver más que la cara, ya que, a no ser Catia, se cubre lo demás con vestido talar. Si andas detrás de lo prohibido, rodeado de vallas (pues te hace enloquecer), te toparás con muchos obstáculos, la guardia de criados litera, peluqueros, parásitas, estola que le llega a los talones rodeada por el mantón, infinidad de velos  a que se te muestre tal cual. La otra, ningún obstáculo: con sus tules de Cos puedes verla casi desnuda, sin miedo a que tenga pierna mala, un pie feo; podrías medir a ojo su pecho.” (Sat. I,2) 

La ley Julia de tiempos de Tiberio (s. I d.C.) prohibió que la stola y las vittae (cintas del pelo) fueran lucidas por las prostitutas.

"¿Quién pone vestidos a los juegos Florales o
permite a las meretrices el pudor de la estola?" (Marcial, I, 35)

Las mujeres que aparecían en público sin la estola eran consideradas como adúlteras y las mujeres respetables acusadas de adulterio tenían que abandonar la stola en favor de la toga (toga muliebris), que debían llevar las prostitutas,  como parte de la pena. No parece que esto se cumpliera a rajatabla y a finales del Imperio, la ley ya no estaba en vigor.

“Regalas vestidos púrpura y
violeta a una adúltera manifiesta.
¿Quieres darle los regalos que merece?
Envíale una toga.” (Marcial, II, 39)

Como amictus (prenda exterior) las mujeres respetables se cubrían con un largo manto, la palla, encima de su túnica y stola cuando salían a la calle. Esta se confeccionaba principalmente de lana, aunque para el verano el lino, el algodón y la seda se utilizaron también. Podía ser de variados colores, excepto en la época en que estuvo vigente la ley Oppia, que prohibía el uso de la púrpura a las mujeres. Al principio del imperio era lisa, con, en algún caso, una cenefa, pero en el siglo III y IV d.C. podía decorarse con redondeles decorados, y más tarde con diseños más complejos. Podía tener un borde con flecos.

Mujer con palla, Museo Capitolino, Roma

Era rectangular y se llevaba doblada por encima del hombro izquierdo, bajo el brazo derecho y cruzado hacia atrás, llevada en el brazo izquierdo o hacia atrás por encima del hombro izquierdo. Envolvía el cuerpo desde los hombros a las rodillas, aunque podía caer hasta los tobillos.


Agripina, Alma Tadema

Se representa como una prenda voluminosa que se colocaba en diferentes modos. Se llevaba por encima de la cabeza,  como un velo; alrededor del cuerpo como la toga, echado por los hombros como un chal, o incluso alrededor de las caderas. No se abrochaba y se podía sujetar con la mano. En muchas esculturas se puede ver que solía esconderse una mano por dentro. Esta forma de llevar la palla era adecuada para mujeres ociosas de la clase alta, pero no  para actividades prácticas.

“La parte baja de su palla parecía jugar con los talones, pues este vestido cubría su resplandeciente cuerpo.” (Tibulo, III, 4)

La stola y la palla se ven aún en las representaciones de los trajes femeninos después del siglo III d.C. aunque la stola va gradualmente desapareciendo, tomando su lugar el colobium, una túnica amplia y sin mangas que se hizo popular tanto para hombres y mujeres y que se llevaba sobre una túnica interior de manga larga. La dalmática era una prenda que empezó a usarse en el siglo II d.C. con mangas anchas, decorada con cenefas verticales en el cuerpo y mangas, y que a finales del Imperio podían adornarse con joyas. Se llevaba normalmente suelta  y sin cinturón, que se usaría encima de una túnica interior.

Detalle de mosaico de la villa de Arellano, Navarra


Representación de Cilicia, Antioquía,
Museo de Oklahoma
La cyclas era un manto circular femenino, de tela muy ligera con una cenefa decorada.
“… que las mujeres de la casa real deberían contentarse con una redecilla para el pelo, un par de pendientes, un collar de perlas, una diadema para los sacrificios, un solo palio decorado con oro, y una cyclas con cenefa bordada, de no más de seis onzas de oro.” (H. A. Alej. Sev. 41)

El ricinium era un manto más pequeño y corto de color negro u oscuro con una franja púrpura que se llevaba normalmente desde la defunción hasta la celebración de las exequias.
La mitra era un tocado compuesto de bandas de tela a modo de gorro cónico que se ataba por debajo de la barbilla y podía utilizarse para recoger el pelo por la noche.
 La novia romana vestía una túnica recta tejida por ella misma en un telar vertical con un velo color azafrán, que debía proteger el pudor de la desposada y dar buena suerte a la par que alejar los malos espíritus.


Cuando el Cristianismo ya estaba llegando a todos los confines del Imperio, los vestidos de seda casi transparentes todavía se llevaban como muestran los escritos de algunos escritores cristianos del Bajo Imperio, en los que suelen arremeter contra esas vestimentas que, según sus creencias, descubren falta de pudor y atentan contra las nuevas doctrinas.

“Ahora bien, si es necesario que se compongan, debe permitírseles que utilicen tejidos más suaves, siempre que prescindan de los pequeños adornos estúpidos, las superfluas trenzas en los tejidos, y manden a paseo el hilo de oro, las sedas de la India y los sofisticados trajes de seda. Este raro tejido transparente delata un temperamento sin vigor, prostituyendo bajo una tenue capa la vergüenza del cuerpo. Además, no es un delicado vestido protector, pues no es capaz de cubrir la silueta de la desnudez. En efecto, un vestido de este calibre, al caer sobre el cuerpo con ondulante suavidad, se modela adaptándose a la constitución de la carne, y se amolda a sus formas hasta tal punto que toda la disposición del cuerpo de la mujer se hace evidente aunque con los ojos no se vea.” (Clemente, El Pedagogo, II)



El vestido como adorno ficticio sirve a menudo como motivo para reprochar el exceso ornamental de amada, cargado de connotaciones negativas para el poeta. Las denominaciones del tipo de Coa o Tyria vestis cobran especial importancia como términos que expresan el lujo.

"Vida, ¿de qué te sirve aparecer con melena adornada
y mover de ropas de Cos los pliegues ligeros?
¿De qué rociar el cabello con mirra Orontea?
¿Para qué a cultivos peregrinos venderte
perdiendo el esplendor de Natura con adornos comprados sin dejar que luzcan su belleza tus miembros?" (Propercio, I, 2)

La stola era un vestido especialmente destinado a simbolizar la fidelidad de las matronas y por ello en la poesía latina se utiliza como reflejo del casto comportamiento que la amada debe tener.
En una de las elegías cuyo motivo central es el cumpleaños de la amada, Propercio pide a Cintia que se ponga el vestido con que la vio por vez primera:

“Vístete con aquel vestido que hechizó a Propercio por primera vez” (Prop. 3, 10, 15-18)

Este vestido no tiene aquí una mera función ornamental, sino, más bien, evocadora. El vestido, forma ahora parte integrante de la primera imagen de la amada, precisamente la que le llevó a enamorarse, y no tiene nada que ver con un adorno innecesario.

La matrona respetable ocultaba su femineidad con corsés, túnicas gruesas y pesados mantos que envolvían su cuerpo, pero algunos autores han dejado patente su preferencia por ver a la mujer apenas sin ropa o completamente desnuda.

“A ti te esconden la faja y las túnicas y los oscuros mantos; para mí, en cambio, ninguna muchacha yace lo suficientemente desnuda.” (Marcial, XI, 104)


Pintura de la casa de Meleagro, Pompeya, Museo Arqueológico de Nápoles