DOMVS ROMANA

Blog de la casa romana y su entorno doméstico.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Ludi in palaestra, deportes y juegos en Roma


Mosaico con atletas, Túnez

Los romanos practicaron juegos y deportes porque consideraban que ejercitar el cuerpo al aire libre y en la naturaleza era fuente de salud y de bienestar físico, y lo tomaban como parte de la educación de los jóvenes.

“Por los dioses te pido
Que me confieses, Lidia, por qué con insaciables amores apresuras
De Síbaris la ruina.
¿Por qué odia el campo abierto,
si antes en él gozaba, y polvo y sol sufría?
¿Por qué ya no cabalga
en la marcial milicia,
Ni a los gálicos potros, con el dentado freno,
fogosidad les quita?
¿Por qué del padre Tíber
Las rojas aguas huye, y al jugo de la oliva
Teme más que al veneno
de la traidora víbora?
¿Por qué la señal cárdena de las armas no ostenta
su brazo, que solía
Arrojar siempre el disco
y el agudo venablo más allá de la línea?” (Horacio, Odas, I, 8)

En Grecia, desde los tiempos de Homero, la educación se fue alejando de su originaria finalidad militar para orientarse hacia el deporte competitivo. Entre los Romanos, pueblo de soldados – labradores, la educación de la juventud tenía un sentido práctico que no dejaba de lado el beneficio de la salud.

“El alma me duele cuando veo lo que soy ahora y me doy cuenta de lo que fui; en toda la juventud ática no había otro más hábil en el deporte: era feliz con el ejercicio del disco, la jabalina, la pelota, la carrera, las armas, la equitación, era un modelo para los otros por mi sobriedad y mi capacidad de resistencia, los mejores tomaban ejemplo de mí; ahora que ya no valgo nada, soy yo solo el responsable de haber llegado al estado en que me encuentro.” (Plauto, La comedia del fantasma, I, 2)


Niños jugando, Museo del Louvre, Foto de Marie Lan Nguyen

 El deporte griego se introdujo en Roma alrededor del 186 a. C. y a partir de entonces comenzaron los entrenamientos controlados y las dietas apropiadas para los atletas.  Los romanos admiraban a los atletas griegos, pero criticaba las pruebas atléticas porque incitaban al inmoralidad con su desnudez y creían que apartaban a los jóvenes del entrenamiento militar porque se preocupaban por cuidar el cuerpo.

En Roma ludus es un juego o adiestramiento con origen en los entretenimientos rústicos de pastores y campesinos. En la familia el padre adiestraba a los adolescentes en ejercicios que consistían en lanzamientos, luchas, equitación y natación.

Catón el Viejo hizo que su hijo se preparara con diversos ejercicios físicos para fortalecer su carácter:

“Por tanto, él mismo le enseñaba las letras, le daba a conocer las leyes y le hacía practicar la gimnasia, adiestrándole, no sólo a tirar con el arco, a manejar las armas y a llevar un caballo,  sino también a pegar con el puño, a soportar el calor y el frío y a vencer nadando contra las corrientes y los remolinos de los ríos.” (Plutarco, Catón, III, 20)

Con el paso del tiempo los deportes (ludi) se practicaron en ceremonias solemnes, como exhibición, más que como competición. Para los jóvenes nobles, la educación física no se centraba solo en la preparación militar. Durante el Alto Imperio algunos jóvenes se reunían en los collegia iuvenum consagrados a la práctica de ejercicios físicos, y sin finalidad militar precisa.

"Yo te aseguro que, en los primeros veinte años de tu vida, no te era posible apartarte un dedo de casa sin la compañía de tu preceptor. Si no estabas en el polideportivo antes de la salida del sol, no era chico el castigo que te imponía el prefecto, a lo cual se añadía aún, el que tanto el discípulo como el maestro quedaban entonces en mal lugar a los ojos de todos.
Allí se daban al ejercicio de la carrera, la lucha, la jabalina, el disco, el boxeo, la pelota, nada de golfas y de besuqueos. Allí era donde pasaban su tiempo y no en lugares sospechosos. A la vuelta del hipódromo y el polideportivo a casa, te sentabas en tu silla bien vestidito junto a tu maestro; cuando leías, si te equivocabas en una sola sílaba, te ponían los cueros con más manchas que el manto de una nodriza." (Plauto, Las dos Baquides, III, 3)


Mosaicos de atletas, Termas de Caracalla, Museos Vaticanos
  
Aunque los juegos atléticos no tuvieron la misma consideración que en Grecia, se practicaban carreras, lanzamiento de disco y jabalina y levantamiento de pesas, entre otros. Los nobles romanos que admiraban la cultura griega se dedicaban al boxeo y otros deportes de lucha, pero solo en privado, pues en público no estaba bien visto.

“Después de la lectura, dedicaba un tiempo a los ejercicios gimnásticos, al juego de pelota,
a las carreras o a luchas más suaves, y a continuación, tras darse una friega de aceite, se bañaba, pero nunca o casi nunca utilizaba el caldario, sino siempre una piscina, donde permanecía casi por espacio de una hora y, cuando aún estaba en ayunas, se bebía casi un sextario de agua fría del acueducto llamado Claudio.” (Historia Augusta, Alejandro Severo, 30)
  

Los juegos de pelota eran una actividad muy extendida y apreciada porque desarrollaban fuerza, resistencia y velocidad. En algunas villas se construía una pista especial para la práctica de estos juegos (sphaeristerium).

“Contigua a ellas se halla una maravillosa piscina de agua caliente desde la que los bañistas ven el mar. No lejos de allí hay un ala para jugar a la pelota, la cual durante las últimas horas del día recibe un sol muy cálido.” (Plinio, II, 17, 11)


Palestra, Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

Algunos autores destacaban el efecto terapéutico que proporcionaba el ejercicio físico con pelota. Galeno defiende el ejercicio físico para la conservación de la salud; es la forma de ejercicio más completa para lograr un óptimo beneficio físico-corporal sus ventajas son la fácil adquisición del móvil de juego, la pelota; tiempo de dedicación limitado, y está al alcance de cualquier ciudadano, porque no necesita inversión económica.

“Y luego los esclavos de los señoritingos, que se ponen a jugar a la pelota aquí en mitad de la calle, los que la tiran y los que la devuelven, todos van a quedar aplastados bajo la suela de mis zapatos. O sea, que más les vale quedarse en casita y evitar su desgracia.” (Plauto, Curculio, II, 3)

Estos juegos se realizaban antes de entrar a los baños, aunque no todos eran partidarios de hacer tanto ejercicio físico durante su estancia en el recinto de las termas. Marcial dedicó un epigrama a un amigo filósofo que despreciaba tales actividades. 

"Ático, que revives los nombres de una familia elocuente y no dejas que una gran casa se quede en silencio, te hace de piadosa comitiva la secta de la cecropia Minerva, te aman los amigos de un sosegado retiro, te aman todos los filósofos. En cambio a otros jóvenes los corteja un entrenador con la oreja partida y un masajista sórdido les saca unos dineros que no se ha ganado. Ni el trinquete, ni el balón, ni la pelota rústica te preparan para el baño caliente, ni los golpes faltos de penetración de una simple espada de madera, ni abres estevados tus brazos llenos de un ungüento viscoso, ni yendo de una parte a otra robas balones llenos de polvo, sino que solamente corres en las cercanías de las aguas de la Virgen o bien donde el toro arde en el amor sidonio. Jugar a los más variados juegos, para los que sirve cualquier espacio libre, pudiendo correr, es un género de pereza." (Marcial, VII, 32)

Se consideraba un ejercicio global al permitir mover todos los miembros del cuerpo al mismo tiempo, con mayor o menor intensidad y por obligar a mantener atención constante durante el juego.

“Este ejercicio es el más suave de todos y, por tanto, muy útil para proporcionar descanso a los que lo necesitan, muy apropiado para recobrar la energía saludable, y el más idóneo para el anciano y para el adolescente.” (Galeno)

Aunque un ejercicio tan agotador podía acarrear consecuencias físicas si no se estaba bien preparado.

“El resto de nosotros jugó con un grupo de estudiantes, haciendo lo mejor que pudimos en tan saludable ejercicio con unos miembros que las ocupaciones sedentarias hacían demasiado rígidos para correr-. Y ahora el ilustre Filimatio se lanzó entre los jugadores, como el héroe de Virgilio “osando posar su mano en la tarea de la juventud,” él había sido un magnífico jugador en sus años jóvenes. Pero continuamente era sacado de su posición entre los jugadores quietos por el ataque de algún corredor desde el centro, y conducido al centro del campo donde la pelota le pasaba de largo, o por encima de su cabeza; y no conseguía interceptarla. Más de una vez se cayó de bruces, y tenía que levantarse lo mejor que podía; por supuesto fue el primero en retirarse del stress del juego, sin aliento por culpa del ejercicio y con agudos dolores en el costado por la inflamación del hígado.” (Sidonio Apolinar, V, 17)


Relieve con juego de pelota, Museo Arqueológico Nacional de Atenas

Entre los griegos se jugaba al episkyros en el que había doce jugadores por equipo que debían pasar la pelota al otro lado de la línea contraria tantas veces como fuera posible. Lo más importante era que todos los jugadores debían actuar unidos como un equipo para lograr el objetivo. La labor individual era muy criticada.

“Encima del vestidor se halla la sala destinada al juego de la pelota, lo suficientemente amplia como para que puedan practicarse en ella al mismo tiempo muchos tipos de juegos de pelota entre varios grupos de jugadores." (Plinio, V, 6)


Tumba dei Pinti, Museo Nacional Romano, foto de Sebastiá Giralt

El harpastum romano se jugaba con dos equipos, que podían variar en número de jugadores, en un terreno rectangular, delimitado con líneas y otra línea dividía el campo en dos mitades. La pelota tenía que ser lanzada detrás de la línea de meta del adversario. Se hacían pases, se esquivaba y los miembros de un equipo tenían ya diferentes tareas tácticas, mientras el público los animaba con gritos en transcurso del juego.
Cogiendo la pelota, disfrutaba pasándosela a uno, al tiempo que esquivaba a [otro; se apartaba de uno, y hacia levantarse de nuevo a otro, con sonoros gritos:
«¡Fuera! /Larga! /Junto a él! /Sobre él! /Abajo!
/Arriba! ¡Corta! /Pásala en picado!

Ateneo escribió lo siguiente sobre el juego de harpastum.

El harpastum, que solía llamarse phaininda, es el juego que más me gusta. Grandes son el esfuerzo y la fatiga que acompañan a las contiendas de las jugadas, y la violenta torcedura y viraje del cuello. De aquí que Antífanes diga, "¡Maldición!, qué dolor que tengo en el cuello". Él describe el juego de phaininda esta manera:

El llamado phoúlliklon (era, según parece, una especie de pelota) lo inventó Ático de Neápolis, entrenador de Pompeyo el Grande, para los ejercicios gimnásticos. El baile con pelota denominado harpastón se llamaba antes phaininda, que es el que yo prefiero de todos.


El juego de trigon se jugaba con tres jugadores parados en las esquinas de un triángulo, y se jugaba con una pelota dura (pila trigonalis), que parece ser que no rebotaba y que se pasaba de un jugador a otro.
Este juego le sirve a Marcial como excusa para criticar a un tal Menógenes, quien con tal de ser invitado a cenar llega a hacer trampas apuntando sus tantos ganados en la cuenta de un posible anfitrión.

“No es posible deshacerse de Menógenes en las termas y en los alrededores de los baños, por más que emplee uno toda su maña. Cogerá con su derecha y con su izquierda el tibio trigón, para apuntarte a ti en muchas ocasiones las pelotas ganadas. Recogerá y te traerá del polvo el balón fofo, aunque ya esté bañado y hasta calzado.” (Marcial, Epig.)

La pila paganica tenía origen campesino y se usaba en juegos sin violencia.

"Sin desvestimos, nos pusimos a caminar, o más bien a callejear. Comenzamos a errar loqueando, y llegamos a un círculo de histriones, en el que vimos a un viejo calvo, vestido de una túnica roja, y jugando a la pelota con jóvenes esclavos de cabellos largos y flotantes. Admirábamos la belleza de los esclavos y la agilidad del viejo, y vimos que en cuanto una pelota tocaba el suelo, era rechazada fuera del círculo; un siervo, con una cesta elegante llena de pelotas, proporcionaba las necesarias para el juego. Entre otras novedades, notamos dos eunucos colocados en los dos extremos del círculo, de los cuales, el uno tenía en la mano un vaso nocturno de plata y el otro contaba las pelotas, no las que los jugadores se lanzaban unos a otros, sino las que caían al suelo y eran desechadas." (Petronio, Satiricón, XXVII)




El follis era una pelota utilizada principalmente por niños y ancianos debido a su poco peso, que se elaboraba inflando la vejiga de un animal a la que se recubría con lana o piel.

“Marchaos lejos, jóvenes. A mí me cuadra una edad delicada: al balón está bien que jueguen los niños; al balón, los ancianos." (Marcial, Epig. 14, 47)


Pelota romana hecha con vejiga de cerdo

En la civilización grecorromana se conocían tres tipos de combate cuerpo a cuerpo: la lucta, el pugilatus y el pancratium. En la lucta los combatientes podían utilizar las piernas para hacer zancadillas y el objetivo era vencer al contrario haciendo que tocase tierra con cualquier parte del cuerpo por tres veces. El pugilatus es el precedente del actual boxeo, pero más brutal, donde casi todo estaba permitido: se podía golpear con el puño o con la mano. Los púgiles boxeaban sin descanso hasta que uno de ellos quedaba inconsciente o bien levantaba la mano derecha en señal de abandono.


Luchadores, Museo Británico

Para el antiguo pugilato se preparaban metiendo cuatro dedos en una especie de guante y lo enrollaban de forma que quedara como un puño cerrado, luego lo sujetaban por abajo con un cordel que, a modo de soporte, descendía hasta el codo. Los romanos introdujeron una novedad notable, permitiendo a los púgiles utilizar el caestus, una pieza de bronce que se ajustaba al puño, antes de envolverlo con las cintas de cuero. El caestus convertía al puño en una verdadera maza capaz de romper una mandíbula de un solo golpe, o provocar hematomas y heridas terribles. En este deporte, los romanos no demostraron la más mínima precaución para prevenir lesiones irreversibles en los púgiles.

Combatían desnudos, como los héroes, o apenas cubiertos con un faldellín atado a la cintura. Podían usar protectores para las orejas de lana cubierta de cuero y sujetos por el mentón. Estos luchadores solían quedar desfigurados después de un combate, y verles sangrar por la nariz era lo más habitual.

“Cuando al cabo de veinte años, sano y salvo, Odiseo volvió a su casa, fue reconocido por Argos, su perro, que le vio. Pero tú, Stratophon, tras haber combatido durante cuatro horas, ni siquiera has sido reconocido por los perros, sino por la ciudad que te vio nacer. Si te atreves a mirarte en un espejo, dirás tú mismo: «Yo no soy Stratophon», y te maldecirás.” 
(Lucilio, Antologia Palatina)

Y el pancratium era un combate a medio camino entre las dos modalidades anteriores, donde, con las manos desnudas, estaba permitido todo tipo de golpes, con puños y piernas, presas y dislocaciones, a excepción de meter el dedo en el ojo y de morder al contrincante.


Luchadores de pancracio, Galería de los Uffizi, Florencia, Italia

La palestra o patio porticado anexo a las termas era el lugar al que en la Antigüedad la gente acudía para realizar ejercicios gimnásticos y los atletas para entrenarse bajo la supervisión del paidotribes, entrenador. Séneca se quejaba de los ruidos que provenían de la palestra anexa a los baños sobre los que tenía su vivienda.

“He aquí que por doquier me rodea un griterío abigarrado; habito encima de una casa de baños. Imagínate ahora toda clase de gritos que pueden resultar odiosos a los oídos. Cuando los más vigorosos (atletas) se ejercitan y lanzan sus manos cargadas de plomo, cuando se fatigan o simulan al que está fatigado, oigo gemidos; cuantas veces dejaron escapar el aliento contenido, oigo silbidos y respiraciones muy penosas; cuando se trata de algún perezoso y que se contenta con esa unción plebeya, oigo el chasquido de la mano que choca con las espaldas, que llega bien llana o cóncava y cambia su ruido según sea. Pero si ha llegado un jugador de pelota y empieza a contar (los tantos de) las pelotas, es el acabose… añade a esos que saltan a la piscina con el ruido ingente del agua que ha sido agitada.” (Séneca, Epis. 56)

En las palestras practicaban con un saco de cuero relleno de harina o arena llamado follis pugillatorius y disponían de pesas para ejercitar los brazos, de cuya fuerza dependía la victoria en el combate.

Tracalión: ¡Por Hércules, en seguida te convertiré en una pelota de boxeo y, una vez colgado, te destrozaré a puñetazos, maldito perjuro! (Plauto, Rudens, III, 3)

Un famoso luchador de pancracio Marco Aurelio Asclepíades que vivió en Alejandría en el siglo II d.C.  dejó el relato de sus hazañas deportivas, que parecen haber sido numerosas y de éxito.

IG xiv "Yo, Marco Aurelio Asclepíades, también llamado Hermodoro, [...] fui guardián jefe del templo del gran Serapis, pontífice del xistos (asociación) de los atletas, xistarco vitalicio, jefe de las termas imperiales, ciudadano de Alejandría, de Hermópolis, de Puteoli y de Nápoles, concejal de Elis y de Atenas, e hijo adoptivo y concejal honorífico de muchas otras ciudades. Fui periodonikes, invicto en el pancracio. Nunca fui descalificado [...]

 No apelé nunca contra una infracción y no se atrevió nunca nadie a apelar contra una infracción cometida por mí [...] Nunca participé en una competición con el fin de ganar los favores reales [...] He luchado en tres países: Italia, Grecia y Asia y triunfé en los campeonatos siguientes, siempre en el pancracio: en la 240ª edición de los Juegos Olímpicos en Pisa, en los Juegos Píticos de Delfos, dos veces en los Juegos Ístmicos y dos veces en Nemea, en Argos en las Hereas, en Roma dos veces en las Capitolia, dos veces en Puteoli en las Eusebeia y dos veces en Nápoles en las Sebasta, además dos veces en Nicópolis en las Actia y cinco veces en las Panateneas de Atenas etc., etc. Después de seis años de competiciones, me retiré del atletismo, a la edad de veinticinco años, a causa de los riesgos y de la envidia que suscitaba. Transcurrido mucho tiempo desde mi retirada no pude resistir más la insistencia de otros y triunfé en el pancracio durante la sexta Olimpíada en mi patria, Alejandría". (IG, XIV)


Estatua de luchador, Museo Nacional Romano, Roma

Dión de Prusa escribió dos elogios de Melankomas, atleta de Caria, que falleció joven hacia el año 70 d.C. Proporcionó una imagen ideal del atleta perfecto, pues usando sus tácticas especiales, Melankomas consiguió conservar su belleza a lo largo de su carrera en el boxeo. Debido a su condición excepcional y su extraordinaria resistencia lograba mantener los brazos en alto para defenderse y no recibir golpes en la cara — hasta que sus rivales caían agotados. Defiende su muerte temprana como signo del aprecio de los dioses por los vencedores.

 “Era ―dice― un joven muy alto y hermoso, pero su cuerpo parecía más alto todavía, y hermoso, como es natural, por los ejercicios que practicaba pues realizaba unos ejercicios brillantísimos y muy inteligentes, tanto que más bien parecía un atleta en plena competición.”
“Y aunque combatía en boxeo, se mantenía sano como los corredores. Se entrenaba con tanto esfuerzo, que podía permanecer hasta dos días seguidos con las manos levantadas. Y nadie le veía ni bajar las manos ni descansar, como hacen normalmente los demás atletas. Obligaba a sus contrincantes a retirarse no sólo antes de que él recibiera ningún golpe, sino incluso antes de que él se los diera. Pues no creía que fuera valentía herir o recibir heridas, sino más bien propio de aquellos a los que faltaban reflejos o de los que pretenden terminar pronto el combate. Sin embargo, creía importante aguantar lo más posible sin dejarse vencer por el cansancio de los brazos, ni llegar a fatigarse o rendirse por el calor.
Tengo la impresión de que los dioses lo amaron muchísimo y de que lo honraron grandemente en su muerte, de modo que no probase ninguna de las pesadumbres de la vida. Pues de haber seguido envejeciendo, se hubiera hecho más feo después de ser tan hermoso, y más débil después de ser tan fuerte, y quizás hasta hubiera sido vencido. El que, después de realizar las mejores hazañas, muere en medio de los mayores éxitos, ese muere en plena felicidad. Hasta entre los antiguos se puede ver que los amados de los dioses mueren jóvenes." (Dión de Prusa, Orat. 28)


Mosaico de luchadores, Museo de Sfax, Túnez

Los atletas luchadores pertenecían a asociaciones, pues no podían combatir de forma particular y podían conseguir, una vez alcanzada la fama, la ciudadanía romana, si habían nacido fuera de Roma o podían librarse de pagar impuestos o de alistarse en el ejército.
Algunos luchadores parecen haberse ejercitado en todos los tipos de lucha conocidos y admitidos en las pruebas deportivas llegando incluso a participar en las competiciones en una a continuación de la otra.

“Como ves, extranjero, el broncíneo poder en la imagen de Clitómaco, vio la Hélade su fuerza.
De quitar de su mano termina los guantes sangrientos del púgil y hacia el fiero pancracio se encamina.
Ni en la prueba tercera manchó sus espaldas, y obtuvo sin morder el polvo los tres premios del Istmo.
Único Heleno así honrado, su triunfo es corona para Tebas la insigne y Hermócrates su padre”.
(Antología Palatina, 550)


Los escritores cristianos se pusieron en contra de los combates de lucha y criticaron el ansia de gloria y dinero de los luchadores, y la agresividad del juego.

Tertuliano, escandalizado, criticaba los Juegos Pitios de Cartago, pues no otorgaba ningún mérito al sufrimiento del atleta, sino que lo considera gratuito y desgraciado.

"En el momento presente vemos cómo cada una de las ciudades vecinas perturba la tranquilidad de Cartago, felicitándola porque ha sido beneficiada con los juegos píticos, envejecido ya el estadio. Así pues, al público le place muy bien comparar los ejercicios de las distintas disciplinas, juzgar sobre la habilidad de los cuerpos y de las voces, opinando sobre quién es el mejor que ha de recibir el premio, pues le ha producido mayor placer. Por este motivo los combatientes van desnudos; se producen algunas heridas; los puños golpean, los talones sacuden, los guantes de combate desgarran, los látigos destrozan. [...] se comercia allí con las contusiones, los golpes que producen sangre y moratones: [...] todo esto para obtener a cambio coronas, gloria, dinero, privilegios públicos, sueldos cívicos, imágenes, estatuas y, en la medida que el público puede darla, la eternidad por la fama y el recuerdo de la memoria." (Scorpiace, 6)


Detalle de mosaico con luchadores, Museo Gettty, foto de Mary Harrsch

Los griegos y después los romanos utilizaron objetos como discos, jabalinas y pesas o halteras para aumentar la fuerza y mejorar la salud. El médico Galeno recomendaba ejercicios con pesas para combinar la fuerza con la velocidad. Según él los ejercicios eran rápidos si se hacían sin las halteras y violentos los realizados con ellas. A pesar de su aparente efecto positivo, el epigramista Marcial consideraba más práctico cavar una viña que levantar pesas.

“¿Por qué se pierden tus fuertes brazos con estúpidas pesas? Entrena mejor a los hombres la cava de una viña.” (Epigramas, XIV, 49)


Pintura de discóbolo, Stabbia, Italia

Las carreras atléticas no eran tan populares para los romanos, sin embargo, César ordenó la construcción de un estadio de madera para la celebración de carreras durante tres días y Domiciano mandó construir el Stadium Domitiani para celebrar competiciones.
Durante el siglo I d. C. se hacían carreras pedestres en el circo Máximo y según Plinio hasta los niños participaban en ellas.

“Y ahora mismo sabemos perfectamente que algunos en el circo resisten ciento sesenta mil pasos y que hace poco, durante el consulado de Fonteyo y Vipstano, (año 59 d. C.) un niño de ocho años recorrió setenta y cinco mil pasos desde el mediodía hasta el atardecer.” (Plinio, Historia Natural, VII, 84)

La especialidad deportiva, quinquertium, ya practicada entre los griegos, se componía de salto de longitud, lanzamiento de jabalina y disco, carrera en el estadio y lucha.
 Aunque las carreras deportivas no eran muy apreciadas por el público, la carrera era un ejercicio físico accesible para muchos ciudadanos, sobre todo, los que poseían una propiedad donde disponían de recorridos y en los que con ayuda de algún esclavo podían correr hasta cansarse e incluso medir y comparar sus fuerzas.
Seneca dejó en sus cartas la experiencia de correr junto a un esclavo, probablemente un niño y señaló cómo sus fuerzas iban mermando con el tiempo.

¿Preguntas por mis compañeros de ejercicios? Uno solo me basta: Fario, joven, como sabes, amable; pero lo cambiaré: ya busco alguien más joven… apenas puedo tú ves qué útil es el ejercicio diario. En seguida llega a haber gran distancia entre dos personas que van en dirección opuesta: al mismo tiempo, él sube, yo bajo, y no ignoras con cuánta más velocidad va una cosa que otra. ¿preguntas cómo ha resultado nuestro certamen de hoy? Como pocas veces sucede a los corredores, hemos llegado a los dos a la vez. (Epístola 83)


Estatuas de corredores, Villa de los Papiros, Herculano, Museo Arqueológico de Nápoles

Aunque la práctica del deporte entre las mujeres no estuvo muy extendida en el mundo grecorromano y las competiciones atléticas femeninas no fueron muy abundantes ni llegaron a atraer la atención de los espectadores de forma masiva, si hay constancia de que algunas se dedicaron a participar en actividades deportivas, como la inscripción dedicada por un padre a sus tres hijas.

Inscripción de Delfos (SIG III 802):

Hermesianacte, hijo de Dionisio, ciudadano de Cesarea Trales, y también de Corinto, lo dedica a sus hijas, que tienen también ellas las mismas ciudadanías,

a Trifosa, que venció en los Juegos Píticos cuando eran agonotetas Antígono y Cleomáquidas, y en los Juegos Ístmicos cuando era agonoteta Juvencio Proclo, en la carrera del estadio de manera sucesiva, la primera entre las doncellas,

a Hedea, que venció en los Juegos Ístmicos cuando era agonoteta Cornelio Pulcro en la carrera de carros armados, y en los Juegos Nemeos en la carrera del estadio cuando era agonoteta Antígono, y en Sición cuando era agonoteta Menetas; y venció también en la competición de niños citaredos en los ‘Sebastia’ de Atenas cuando era agonoteta Novio, hijo de Filino, …

 a Dionisia, que venció [ ] cuando era agonoteta Antígono, y en los Juegos de Asclepio en la sacra Epidauro cuando era agonoteta Nicótelo, en la carrera del estadio.

Dedicado a Apolo Pitio


Mujer espartana corriendo, Museo Británico

En Roma, como en Grecia, las disciplinas deportivas más características de las mujeres siguieron siendo las carreras pedestres y los juegos de pelota, a pesar de que algunos autores no consideraban adecuados a la naturaleza de las puellae ciertas prácticas deportivas, como Marcial, que critica ferozmente a algunas mujeres en sus epigramas por dedicarse a ellas.

“Juega también al harpastum en sujetador y se pone amarilla de albero y las halteras pesadas para los culturistas las voltea con fácil brazo y, llena del barro de la cenagosa palestra, recibe una paliza con el látigo de un entrenador lleno de aceite.” (VII, 67)



Mosaico con atletas, Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

Juvenal deja claro que las mujeres se ejercitaban en la palestra y recibían masajes al igual que los hombres.

“De noche se encamina a los baños, de noche ordena movilizar  los frascos de ungüento y su logística; disfruta sudando en medio de un gran jaleo.
Cuando se le caen los brazos agotados por las macizas pesas, el hábil masajista presiona con sus dedos en el pubis y obliga a la nalga de la señora a dar un quejido.” (Sátira VI)


 Bibliografía:

www.academia.edu/3740334/Eros-Tánatos. El_amor_de_por_la_muerte_en_los_combates_pugilísticos_en época romana. Ἔρως θανάτου. El amor de/por la muerte en los combates pugilísticos en época romana. Sabino Perea Yébenes
http://www.raco.cat/index.php/FairPlay/article/view/291719; El deporte atlético en Roma. Un estudio acerca de la idea de Bien en el deporte, Fair Play. Revista de Filosofía, Ética y Derecho del Deporte, vol. 3 n.1, 2015; Adolfo J. Sánchez Hidalgo
http://forodeeducacion.com/ojs/index.php/fde/article/view/160/117; LOS DEPORTES Y ESPECTÁCULOS DEL IMPERIO ROMANO VISTOS POR LA LITERATURA CRISTIANA; Pablo Arredondo López
http://pendientedemigracion.ucm.es/centros/cont/descargas/documento8399.pdf; EL DEPORTE FEMENINO EN LA ANTIGUA GRECIA; Fernando García Romero
www.cafyd.com › Inicio › núm. 18 › Paredes Ortiz; El deporte como juego: un análisis cultural; Jesús Paredes Ortiz
www.ucm.es/centros/cont/descargas/documento17575.pdf; Deportes y juegos de pelota en la antigua Grecia; Fernando García Romero
La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio; Jerome Carcopino, Temas de Hoy
Sport in the Cultures of the Ancient World: New Perspectives; Zinon Papakonstantinou(ed.); Google Books

domingo, 21 de agosto de 2016

Vinum amoris, vino y placer en la antigua Roma

Detalle de mosaico, villa romana de Carranque, Toledo

El vino se encuentra siempre asociado, entre los poetas latinos, a las celebraciones, la música, la buena comida, la inspiración poética y al amor.
Sin el néctar de Baco y Dionisos no es posible entender una de las instituciones culturales más trascendentes de la antigüedad: el symposium griego o convivium romano, es decir, el momento de beber juntos, pero de un modo civilizado.  
El vínculo de amistad con un extraño se sellaba con un banquete ritual, donde el vino tenía un importante papel, pero en el que los alimentos, las vajillas, los perfumes y las flores se sumaban al ambiente de lujo y placer que se creaba.

"Sirvieron en vajilla de oro como manjares lo que había producido la tierra, el aire, el piélago y el Nilo, lo que un lujo frenético por una vana ambición había buscado en todo el mundo, sin que lo ordenase el hambre. Pusieron gran cantidad de aves y fieras, que son divinidades en Egipto, y el cristal ofrece aguas del Nilo para las manos y grandes copas adornadas con piedras preciosas reciben el vino, pero no de uva mareótide, sino un generoso falerno al que, a pesar de su aspereza, en pocos años Méroe proporcionó vejez, obligándolo a fermentar. Reciben coronas entretejidas con flores de nardo y con rosas que nunca faltan y derramaron sobre sus cabelleras humedeciéndolas abundante cinamomo, que todavía no se había evaporado en el aire de aquel país extranjero y no había perdido el aroma de su tierra, y amomo recién traído de una mies vecina." (Lucano, Farsalia, 10)

Los perfumes y las flores se utilizaban para disimular los olores y porque creían que retrasaban los efectos de la borrachera. Por ello no se ungían ni coronaban con flores hasta después de la cena.

“Que ahora invitados de blanco entren en un bosque tranquilo, rosas seductoras cuelguen de mi cuello,
se escancien vinos fermentados en las presas de Falerno, y el perfume azafranado de Ciiicia bañe mi cabello.” (Propercio, IV, 6)

Pintura de Alma Tadema

El convivium terminaba con la comissatio, sobremesa en la que se servía el vino para que todos bebieran por igual y momento en que empezaban los entretenimientos. Había que beber en compañía, nunca solo, pues de esta forma se estimulaba la conversación y las relaciones sociales.

“Mas, por la tarde, a la hora de cenar, debe tomarse vino, ya que no nos dedicamos a la lectura de ciertos pasajes que requieren una especial sobriedad. En este momento, la atmosfera es más fresca que durante el día, de suerte que es preciso suplir el calor natural que disminuye por uno de fuera, es decir, tomando vino en escasa cantidad; pues no conviene ir "hasta la copa del exceso.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo)

Según los antiguos, el vino ayudaba  a recobrar la fuerza y el valor, hacía olvidar el hambre, la sed, las fatigas y las preocupaciones, devolvía  la alegría y soltaba la lengua, de modo que el que lo tomaba  no sería capaz de guardar ningún secreto. También traía el sueño y ayudaba al descanso.

Pero el  abuso del vino podía provocar un estado mental de pérdida del valor y del autocontrol llevando a los individuos a comportarse de una forma enloquecida e incivilizada rechazando las normas establecidas. Aunque se pensaba que beber vino no era malo en sí mismo, si lo era hacerlo de forma excesiva, provocando un comportamiento irracional y cruel, del que luego uno se podría arrepentir.

“Propio de tracios es en los festines
Luchar como enemigos y arrojarse
Copas que deben ser don de alegría.
Rechazad ese signo de barbarie,
Y no queráis que Baco se avergüence
De sangrientos combates.
Al claro resplandor de las antorchas
Y del zumo que tiñe los cristales,
¡qué mal parece, amigos,
El siniestro fulgor de los alfanjes!
Deponed vuestros gritos belicosos,
Y, reclinados, conversad afables.” (Odas, I, 27)

Ser abstemio tampoco constituía una buena opción en tanto que podía aislar al individuo, no solo de sus conciudadanos sino también de los dioses, haciéndoles enfadar negándoles las libaciones que les correspondían en las celebraciones y fiestas religiosas.

“Pero reclamad los dones de Baco. ¿A quién de vosotros le gustan las copas vacías? Hay acuerdo en plan de igualdad y Líber no mira mal a aquellos que lo adoran y junto con él al vino alegre. [No viene irritado en demasía ni en demasía severo]: quien teme el gran poder de un dios irritado, que beba. (Tibulo, III, 6)

Además, para evitar la ofensa al anfitrión de la cena y responder a su hospitalidad se debía beber con moderación y evitar cualquier exceso. La embriaguez solo, hasta el punto de aliviar las penas, era admisible.

Pintura de casa de los Castos Amantes, Pompeya

Pero, ¿cuál es la cantidad apropiada? ¿Cuándo hay que dejar de beber? Apuleyo, escritor latino del siglo II, también habla de la cantidad aceptable de copas que podrían beberse para no llegar a la ebriedad:

“Se cita a menudo la frase que pronunció un sabio
a propósito de un banquete: ‘La primera copa es para
aplacar la sed; la segunda, para la alegría; la tercera,
para el placer; la cuarta para la locura’.” (Florida, XX, 1)

Tres son, por tanto, las copas que el hombre sensato debe beber en el banquete o simposio, a partir de la cuarta copa el hombre se embriaga, pasando por diferentes estados dentro de la borrachera, y cuanto más bebe, más irracional, insensata y peligrosa es su conducta, desembocando en la locura y la ira. En ese momento, el hombre fuera de sí, totalmente enajenado, es capaz de cometer cualquier maldad.
Séneca pensaba que los efectos físicos de la embriaguez son tan desagradables, y conducen al hombre a un estado tan lamentable y ridículo, que deberían servir para no caer en ella.

“Añade el desconocimiento propio, la expresión torpe y poco clara, la mirada imprecisa, el paso vacilante, el vértigo, el mismo techo en movimiento como si un torbellino hiciese girar toda la casa, la angustia de estómago cuando fermenta el vino y distiende las entrañas.” (Séneca, Epis., X, 83)


Mosaico con Baco ebrio, Museo Romano-Germánico de Colonia

 Beber excesivamente traía consecuencias tales como sufrir accidentes por caídas tras abandonar el banquete:

“Volviendo el convidado Filóstrato de las aguas
de Sinuesa, empujado por la noche, a su
apartamento alquilado, por poco si se enfrenta a
un cruel destino imitando a Elpénor, al rodar
de punta cabeza por las escaleras de la primera a
la última. No hubiera sufrido, Ninfas, tan
grandes peligros, si hubiera bebido él, mejor,
vuestras aguas.” (Marcial, XI, 82)

La vinicultura era  sinónimo de civilización y los romanos creían que lo que los diferenciaba de los bárbaros era el modo de beber el  producto proporcionado por Baco. Así, mientras los romanos lo bebían mezclado con agua y especias (el vino puro sin mezcla, merum, estaba exclusivamente reservado para las libaciones religiosas), los bárbaros, los locos o los malvados lo bebían sin mezclar, es decir, puro. El tratamiento adecuado del vino consistía en añadirle agua, puesto que era necesario rebajar la alta concentración alcohólica que presentaba debido a las uvas maduras que utilizaban en su elaboración.

“Habiéndose dado a cada caballero diez bonos [de vino], ¿por qué, Sextiliano, tú solo te bebes
veinte? Ya hubiera faltado el agua caliente a los sirvientes que la traen, si tú no bebieras, Sextiliano, el vino puro.” (Marcial, I, 11)

En los espectáculos de gala se obsequiaba a los asistentes con diez bonos, para diez copas de vino, que se mezclaban con agua caliente, pero Sextiliano no quiere agua.

Pintura de Alma Tadema
Cuando los comensales tenían puestas sus coronas lanzaban los dados y el que obtenía la mayor puntuación era nombrado magister bibendi, quien decidía cómo mezclar el vino y el agua, fijaba las normas para beber y debía contener los excesos en lo concerniente a la bebida para que la celebración discurriera con normalidad y no se ofendiera la hospitalidad del anfitrión, por lo que decidía las penas por no cumplir con las normas establecidas.

¿A quién elegirá Venus
rey del festín que te brindo? (Horacio, Odas, II, 8)


Las mezclas más normales eran tres partes de agua y dos de vino, o tres de agua y una de vino. El ritual de la mezcla garantizaba, por otra parte, una mayor duración del festejo y las proporciones variaban en función del momento del acto y de la importancia de los participantes. De no hacer esta mezcla, el vino llevaría rápidamente a la borrachera y a una conducta incivilizada. Beber vino sin diluir no se consideraba socialmente correcto y menos si se hacía abundantemente y estaba muy mal visto por los miembros de la sociedad que bebían con moderación. Para disfrutar del convivium, había que beber solo lo suficiente para perder la inhibición y estimular una conversación relajada.

Estico.— .Prefieres tu ejercer el mando sobre el dios de las fontanas o sobre Baco?
Sa.— !Qué pregunta!, sobre Baco. Pero mientras que nuestra común amiga acaba de venir y mientras que se arregla, vamos a divertimos nosotros. Yo te nombro presidente de nuestro festin.
Est .— Me hace gracia pensar cuanto más nos va a la moda de los cínicos cuando tenemos que sentamos en los taburetes que no aquí en los divanes.
Sa.— Si, desde luego, aquí se está mucho más a gusto. Pero, a ver, tú, el presidente, ¿por qué no circula entre tanto la copa? Mira a ver cuántas copas bebemos.
Est .— Tantas cuantos dedos tienes en la mano, como dice la copla esa griega: bebe cinco o tres, pero no cuatro.
Sa.— (Echa vino en la copa.) A tu salud. Échale una décima parte de agua, si tienes cabeza. (A los espectadores)
¡A vuestra salud, a la nuestra, a la tuya, a la mía, y también a la de nuestro Estefanio!
Est .— !Venga, bebe ya, si es que vas a beber! (Plauto, Estico, V,4)

Debía decidir cuánto agua fría o caliente mezclar con el vino. Marcial se queja de que se hierva el agua que luego se deja enfriar para vinos flojos.

“Bebes vinos de Espoleto o los encubados en las
bodegas marsas. ¿Para qué quieres el noble frescor del agua hervida?” (Marcial, XIV, 116)

Vajilla para bebidas, tumba de Vestorius Priscus, Pompeya

El magister era el único cualificado para señalar el número de copas que habían de beberse, el número de cyathus (0,0456 litros) que había que escanciar en cada copa, que variaba de uno a once y, sobre todo, el modo de beberlas: haciendo rondas que comenzaban por el invitado de honor, bebiendo todos al tiempo y pasando llena la copa que cada cual acababa de vaciar con un deseo de buen augurio o brindando a la salud de uno de ellos con tantas copas como letras tenía en su tria nomina de ciudadano romano o el nombre de su amante.

“Levia celébrese con seis ciatos, con siete Justina, con cinco Licas, Lide con cuatro, Ida con tres. Que todas las amigas sean enumeradas por el falerno escanciado, y puesto que no viene ninguna, llégate tú a mí, Sueño.”  (Marcial, Epigramas, I, 71)




“Mezcla, Cesto, honor de la mesa, los vinos setinos: me parece a mí que hasta el niño, hasta el macho cabrío están sedientos. Que fijen el número de ciatos las letras de Instancio Rufo, pues él es quien me ha hecho regalo tan grande. Si viene Teletusa y me trae los goces prometidos, me reservaré para mi amada con tu triente, Rufo. Si anda con dudas, llegaré hasta siete. Si me deja plantado como amante, para ahogar mis penas, me beberé los dos nombres juntos.” (Marcial, Epig., VIII, 50)

El número de copas lo marca el nombre de Instancio Rufo; pero a Marcial se le presentan tres posibilidades: acogerse a las cuatro letras del cognomen, Rufo; a las siete del nombre, puesto en vocativo, I[n]stanti, y sin pronunciar “n” ante “s”; o sumar las once letras del nombre completo.

“Escancia, siervo, aprisa,
Que por la Luna nueva
Y por la media noche
Quiero beber, y por el gran Murena.
O tres o nueve veces,
Según lo pida el caso,
Has de llenar las copas, para los brindis hechas.
El que a las nueve Musas
Cantos de amor ofrenda,
Nueve veces el vino
Renovará, si ha de cumplir con ellas.
Mas las desnudas Gracias
Sólo quieren tres brindis
Temerosas de excesos y de bajas reyertas.” (Odas, III, 19)


Escena de esclavos escanciando vino, mosaico de Dougga, túnez, foto de Dennis Jarvis

El poeta amante de las Musas puede tomar una mayor proporción de vino, bebida relacionada en la antigüedad con la inspiración, mientras que las Gracias se identifican,  con la conversación agradable propia de quienes no poseen cualidades poéticas.
Los más privilegiados podrían mezclarlo con nieve o utilizar ésta para filtrarlo. El vino se echaba desde las ánforas a una gran crátera donde se añadía el agua. Después se trasvasaba a las jarras desde las que los esclavos llenaban las copas de los invitados. 

"Vino setino y nieves y tercios sin pausa
de mi dueña! ¿Cuándo podré beberos sin que
me lo prohíba el médico? ¡Tonto y desagradecido
e indigno de semejante regalo el que prefiere
ser heredero del rico Midas! Que posea los trigales
de Libia, el Hermo y el Tajo, y que beba agua
caliente, quien me envidie." (Marcial, VI, 86)

El filtrar el vino mediante una manga de lino era necesario porque nunca quedaba limpio del todo y, con el tiempo, criaba posos que lo enturbiaban al removerlo. En las ánforas el vino mermaba porque las vasijas de tierra cocida, por su porosidad, van perdiendo su contenido con el paso del tiempo. La porosidad de los recipientes de barro, a pesar de los intentos para disminuirla recubriéndolos con pez, favorecía la evaporación del agua y el aumento relativo del alcohol, de modo que el vino se convertía en un líquido pastoso y a veces amargo, no especialmente grato al paladar.

"Desde las riberas del Etna se me devuelve, Flaco, a Terencio Prisco: que una perla blanca como la leche señale este día, que se escancie y que se aclare con el lino flexible un ánfora turbia, disminuida por cien consulados. ¿Cuándo le tocará a mi mesa una noche tan feliz? ¿Cuándo se me concederá entonarme con un vino tan merecido? Cuando la citerea Chipre me devuelva tu persona, Flaco, habrá un motivo tan bueno para mi regalo." (Marcial, VIII, 45)

Jarra cincelada, Museo Getty

Algunos anfitriones pretendían servir vinos selectos en sus cenas, pero en verdad los vinos eran de peor calidad, por lo que los comensales se quejaban.

“Tú, desde luego, siempre sirves vinos setinos o
másicos, Pápilo, pero corre el rumor de que tus
vinos no son tan buenos. Se dice de ti que con esta
garrafa te has quedado viudo cuatro veces. Ni lo
pienso ni lo creo, Pápilo, ni tengo sed.” (Marcial, IV, 69)

Plinio el viejo critica a aquellos de sus coetáneos que sirven a sus invitados un vino distinto del que ellos beben, o a lo largo del banquete sustituyen los buenos por otros mediocres. Plinio el joven censura a algunas de sus amistades porque en las cenae que ofrecen, queriendo para sí los mejores manjares y dejando para los demás las pobres pitanzas, guardan el vino en pequeños frascos de calidades diversas y sacan unos u otros según la dignidad de los invitados.

“Había distribuido el vino dentro de pequeñas vasijas en tres categorías, no para que hubiera la posibilidad de elegir, sino para que no existiese la oportunidad de rechazar lo que se ofrecía: una, para él y nosotros, otra, para los amigos inferiores (pues tiene a los amigos clasificados por grados), y otras, para sus libertos y los nuestros.” (Plinio, Epístolas, II, 6)


Leyendo a Homero, pintura de Alma Tadema

Algunos poetas alabaron los efectos del vino  por ser una fuente de inspiración que favorecía la expresión de hermosos  versos. Horacio era un claro defensor de beber para escribir, pues según él  el vino ayudaba a canalizar las emociones, alegraba o entristecía según la disposición del ánimo  o invitaba al sueño:

“Ánfora, cual yo nacida
en tiempo del cónsul Manlio;
ya nos reserves pesares
o regocijos o llanto,
ya pendencias enojosas
y amores desatinados,
o ya, benigna, prefieras
un fácil sueño prestarnos…” (Odas, III, 21)

Según Horacio solo el poeta ebrio era capaz de componer versos que gustasen porque solo ellos estaban inspirados por las Musas y recomendaba a los que solo bebían agua abstenerse de escribir poesía.

“Si das crédito, docto Mecenas, al viejo Cratino,
No pueden gustar ni durar mucho los poemas que escriben los bebedores de agua. Desde que a los insensatos poetas encuadró Líber en su equipo de sátiros y faunos, a vino huelen a menudo de mañana las dulces Camenas.
Por sus loas al vino se supone borracho a Homero.
El propio padrecito Ennio nunca se lanzó a cantar combates sino bebido. “Hago saber: ocúpense de la Bolsa y el Foro los abstemios. Deje de cantar la gente seria.” Desde que publiqué este edicto, los poetas no han dejado de empinar a porfía por la noche ni de apestar por el día… (Horacio, Epis. I, 19)


Escena griega de banquete

Ya en Grecia se creía que algunos poetas solo eran capaces de hacer hermosas composiciones cuando habían bebido, como se refleja en la Antología Palatina.

"Desde el alba a la noche: y de nuevo otra vez hasta el alba bebe Socles en tinas de cuatro coes, pero
luego de pronto se va; sin embargo, beodo compone cosas mucho más dulces que Sicélidas y es también escritor de más peso; y tan grande es tu gracia, amigo, que te ruego que escribas mientras bebes."

El poeta Socles es un bebedor irregular: en ciertas ocasiones toma grandes cantidades, pero de pronto suele retirarse del vicio. Ahora bien, cuando realmente resulta buen escritor es cuando esta beodo: el poeta le aconseja, pues, que no abandone los festines.

Horacio se deja llevar por el dios del vino Baco y emplea diferentes vinos para diferentes ocasiones, uno griego de Lesbos para disfrutar de la Naturaleza y del amor, sin peleas.

“Escanciando de Lesbos
aquí a la sombra el inocente vino,
riñas no has de temer de Baco y Marte…” (Odas, I, 17)

Pero para celebrar la derrota de la reina Cleopatra elige un Cécubo:

“Fuera antes crimen sacar el Cécubo
del barril viejo, cuando una reina
los funerales de Roma urdía
y sus cimientos minaba pérfida.” (Odas, I, 37)

El Falerno le lleva a disfrutar de la vida ya ofrezca alegrías o adversidades:

“Sé igual si la desgracia te persigue
que si del prado en el confín, tendido,
en tus felices ocios saboreas
claro Falerno, en tu bodega antiguo.” (Odas, II, 3)

Copa Barber, Museo Británico

En primavera invita a Virgilio a apagar su sed con el vino de Cales y a dejarse llevar porque la vida es breve:

“Viento primaveral, a cuyo soplo
el mar queda tranquilo, empuja ya las velas.
El tiempo trae la sed. Mas, si calmarla
te apetece, Virgilio,
con los zumos en Cales cosechados,
¡oh cliente de jóvenes dignísimos!,
por nardos del Oriente
has de cambiar mi vino…
Evita dilaciones
y no temas el gasto a que te invito.
Piensa que al fin la pira nos aguarda.
Y ahora, que nos es lícito,
locura breve a la razón mezclemos:
es dulce alguna vez perder el juicio.” (Odas, IV, 12)

Para concluir, Horacio aconseja el vino para olvidar las penas, enfrentarse a la vida con valentía y disfrutar del amor:

“Nada en Tíbur y en torno del fundo de Catilo
plantes, oh Varo, antes que la cepa sagrada.
Da un dios a los abstemios los más atroces males, y sólo el vino libra de las cuitas amargas.
¿Quién, habiendo bebido, teme pobreza o guerra?
¿Quién a ti, padre Baco, o a ti, Venus, no canta?...” (Odas, I, 18)

Para Clemente de Alejandría, los que no guardan moderación en los banquetes son unos pobres desgraciados que pierden la compostura y se ponen en ridículo.

“... consideran una vida feliz la total anarquía en la bebida; según ellos, la vida no es más que fiesta, embriaguez, baños, vino puro, orinales, inercia y bebida. Así, puede verse a algunos de ellos medio borrachos, tambaleándose, llevando coronas en el cuello, como las urnas funerarias, escupiéndose mutuamente vino, so pretexto de brindar a su salud. A otros, puede vérselos completamente ebrios, sucios, pálidos, con la mirada lívida, y añadiendo por la mañana una nueva embriaguez sobre la del día anterior. Es bueno, amigos, bueno de verdad, que tras presenciar –pero, a poder ser, lo más lejos posible– estas imágenes ridículas y a la vez lamentables, adoptemos una actitud y una conducta mejor, por el temor de dar un día nosotros también un espectáculo parecido y una ocasión de burla.” (El Pedagogo, II)


Pintura de la casa de los Castos Amantes, Pompeya

Desde siempre el vino se ha relacionado con una larga y buena vida, con el trabajo duro, con los climas severos. Pero por el vino se pierde la belleza, por el vino se consume la juventud, y a menudo por el vino la amada no conoce a su compañero.

“¡Ay, maldito quien descubrió el vino puro
y el primero que contaminó el agua clara con néctar.
Con el vino se aja la belleza, con el vino se marchita la juventud, con el vino a menudo la amante no reconoce a su amado.” (Propercio, II, 33)

Sin embargo, Séneca recurre a la embriaguez como una especie de remedio purificador, y sólo por este motivo es aconsejable caer en ella. Pero hasta en el exceso, voluntario y buscado, hay que conducirse con moderación:

“No pocas veces hay que llegar incluso a la embriaguez, no como para ahogarnos, sino para apaciguarnos; pues borra las preocupaciones y remueve a fondo el espíritu y remedia la tristeza, así como algunas enfermedades, y Líber se llama así no por la licenciosidad de la lengua, sino porque libera el espíritu de la esclavitud de las preocupaciones y lo sostiene y reanima y lo hace más atrevido para cualquier empresa. Pero lo mismo en el vino que en la libertad es saludable la moderación.” (De la tranquilidad del ánimo, 8-9)

Pintura de Alma Tadema

Séneca pensaba que los efectos físicos de la embriaguez son tan desagradables, y conducen al hombre a un estado tan lamentable y ridículo, que por sí solos desaconsejan hartarse de vino:

“Añade el desconocimiento propio, la expresión torpe y poco clara, la mirada imprecisa, el paso vacilante, el vértigo, el mismo techo en movimiento como si un torbellino hiciese girar toda la casa, la angustia de estómago cuando fermenta el vino y distiende las entrañas.” (Epis. X, 83)

Según los poetas latinos, el vino, a la vez que las preocupaciones, se lleva consigo los convencionalismos y artificios sociales, las reglas de urbanidad, y nos deja a cambio la naturalidad y la espontaneidad, favoreciendo las relaciones amorosas y convirtiéndose en el mejor aliado o el peor enemigo para los amantes.

¿Me preguntas qué consejo te doy sobre el don de Baco?, contarás con mis consejos en menos tiempo de lo que esperas. El vino predispone el espíritu para Venus, siempre que no lo tomes en gran cantidad, de forma que te deje atontado el cerebro, ahogado por el mucho alcohol. El fuego se aviva con el viento y con el viento se apaga; una ligera brisa alimenta las llamas, otra un poco más fuerte acaba con ellas. O ninguna embriaguez, o que sea tanta que te libre de preocupaciones: si está en medio de ambos extremos, es perjudicial. (Ovidio, Remedios de amor, 803)

Y si al amor y al vino le añadimos la noche, tendremos el trío idóneo para el goce total, para la pérdida absoluta de la razón. Este trío noche, vino y amor lo encontramos ya en Plauto:

“Nada puede haber más cautivador para un joven que la noche, la mujer y el vino”. (Báquides, 87-88)


Pintura de Alma Tadema

Pero la espontaneidad proporcionada por el vino permite expresar los sentimientos de forma tan intensa que puede llegar a la agresividad, e, incluso, a la pelea entre los amantes.

"Cuando presa de furor por el vino empujas la mesa y con mano furiosa arrojas contra mí copas llenas, sin duda se me dan avisos de un fuego verdadero: pues ninguna mujer sufre si el amor no es intenso." (Propercio, III, 8)

También cuando la relación amorosa se rompe y llega la tristeza, el vino puede ser un buen remedio para aliviar el dolor:

“Ahora, Baco, nos arrodillamos humildes ante tus altares: concédeme, ya sereno, propicias velas. Tú puedes reprimir el orgullo de la insensata Venus, pues con tu vino se obtiene remedio para las desventuras.” (Propercio, III, 17)

Otro de los efectos del vino en la relación erótica, es cuando, aún sin ser consumido, puede ser de gran ayuda para los amantes. Por un lado, induciendo el sueño en el marido, y proporcionando así la oportunidad deseada al poeta amante:

“Pídele a tu marido continuamente que beba, pero no acompañes con besos tus súplicas, y mientras bebe, a escondidas, añádele vino puro si puedes. Cuando, bien cargado de sueño y de alcohol, se quede dormido, el momento y el lugar nos dirán qué debemos hacer.” (Ovidio, Amores, I, 4)

Por otro, favoreciendo la promiscuidad y facilitando las relaciones sexuales al eliminar las inhibiciones y los prejuicios.

“Hay un a tal Fílide, vecina de Diana Aventina:
 sobria es poco agradable, bebida todo le sienta bien;
hay otra, Teya, en los bosques de Tarpeya, hermosa, pero, si bebe, no tendrá bastante con uno.
Decidí llamarlas para pasar bien la noche y renovar amores furtivos en placeres desconocidos.
 Sólo había un pequeño lecho para los tres en un rincón apartado del jardín; ¿preguntas por mi puesto? Me puse entre las dos. Lígdamo se encargó de las copas, vajilla de verano de vidrio y aromático vino griego de Metimna.” (Propercio, IV, 8)


Pintura etrusca de Tarquinia

Por eso Ovidio, el mejor praeceptor amoris de la literatura latina, recomienda no beber en demasía si en el banquete te han puesto al lado una mujer hermosa.

"Así que, cuando te sirvan los dones de Baco, puesto sobre la mesa, y te toque como compañera en el lecho contiguo una mujer, suplica al padre Nictelio y a los ritos sagrados de la noche que no permitan que el vino te haga perder la cabeza." (Ovidio, Arte de Amar, I)

 El culto a Baco se caracterizaba por ser un rito religioso en el que se consumía gran cantidad de vino. Aunque al principio la adoración a este dios se reservó a las mujeres, con el tiempo se hizo habitual la participación de los hombres y un mayor número de ceremonias, lo que sumado a una mayor ingesta de vino y un exceso de actividades lujuriosas llegó a provocar una gran ofensa a las tradicionales costumbres romanas. Por tanto, se inició la persecución de las Bacanales con la intención de proteger la moralidad romana y la defensa del estado, pues se sospechaba durante la celebración se podían organizar conspiraciones políticas. Todo ello llevó a su prohibición por el Senado en el año 186 a. C. y solo se permitió el culto a Baco cuando se decidiese que ayudaba a la prosperidad de Roma, que debía demostrarse ante el pretor urbano y con su celebración autorizada por el Senado.

“Cuando el vino había inflamado los espíritus, y la noche y la mezcla de hombres con mujeres, jóvenes con viejos, había destrozado todo sentimiento de decoro, todas las variedades de la corrupción empezaban a practicarse, pues cada uno tenía a mano el placer que respondía a las inclinaciones de su naturaleza.” (Tito Livio, Ab urbe condita, XXXIX, 8)


Culto a Baco,pintura de Alma Tadema

Bibliografía:

https://mospace.umsystem.edu/xmlui/bitstream/handle/10355/8100/research.pdf?sequence=3, WHEN TO SAY WHEN: WINE AND DRUNKENNESS IN ROMAN SOCIETY, Damien Martin
http://revistas.ucm.es/index.php/RFRM/article/viewFile/RFRM0707220021A/9748; Vino, banquete y hospitalidad en la épica griega y romana; Cristina MARTÍN PUENTE
dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=58880, Vino y amor en la literatura latina, Mª Luisa L. Harto Trujillo
www.elcantodelamusa.com/docs/2012/agosto/doc2_elvino.pdf, El vino: un legado romano, Pedro S. Hernández Santos
www.academia.edu/.../Eros_y_Dioniso_sexo_y_vino_en_la_elegía_latin..., Eros y Dioniso: sexo y vino en la elegía latina, Carlos Cabanillas
https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/3028557.pdf, EMBRIAGUEZ Y MODERACIÓN EN EL CONSUMO DE VINO EN LA ANTIGÜEDAD, Carmen Amat Flórez
La vida en la antigua Roma, Harold W. Johnston, Alianza editorial