sábado, 20 de junio de 2015

Lararium, el culto doméstico de la familia romana

Pintura con lares, Museo Arqueológico de Nápoles

El lararium del hogar , habitáculos donde residían los dioses tutelares de la casa, simbolizaba la expresión del sentimiento religioso, pietas, de la familia romana. El perfecto cumplimiento  de los ritos domésticos garantizaba la fertilidad, prosperidad  y el buen funcionamiento de la domus.
El culto doméstico podría definirse como el conjunto de ritos desarrollados en el interior de la casa por la familia, y que estaban destinados a la veneración de las divinidades encargadas de proteger y garantizar la subsistencia y la perpetuación de todos los miembros.

CARINO.— (Solo, volviéndose a la puerta, de donde acaba de salir)


Lar, Museo Arqueológico de Nápoles
Dintel y umbral de mi casa paterna, yo os saludo y al mismo tiempo os digo adiós; hoy salgo por última vez de mis lares: he terminado he sido despojado del uso y disfrute de esta morada, que me ofrecía albergue, manutención y vestido. ¡Muerto soy! Dioses penates paternos, venerable Lar familiar, a vosotros os encomiendo la guarda de los bienes de mis padres. Yo marcho en busca de otros dioses penates, otro lar, otra ciudad, otra patria; no quiero saber más del Ática, que en un lugar en el que ves crecer por días las malas costumbres, donde no puedes distinguir los amigos fieles de los traidores, donde se te arrebata lo que constituye para ti el colmo de tus deseos e ilusiones, ahí, en un lugar tal, no desearía yo ser acogido como ciudadano, así fuera un reino entero lo que se me ofreciera. (Se va.) (Plauto, Mercader, 834)

Las principales divinidades veneradas eran: los Lares,  divinidades tutelares de la casa que cuidaban de la salud y prosperidad de la familia y su entorno doméstico, incluidos los esclavos. Los Penates, protectores de la despensa. El Genio, espíritu tutelar del pater familias. Los Manes, espíritus de los antepasados familiares. Pero no eran las únicas, pues, como en cualquier otro aspecto de la vida romana, todos los lugares de la casa y todas las actividades cotidianas así como los momentos destacados de la vida familiar (nacimientos, matrimonios…), estaban protegidos por divinidades específicas, a las que en muchas ocasiones se veneraba sólo en momentos puntuales del año.

 “Entonces he comprado este poquillo de incienso y estas coronas de flores, que le pondré a nuestro lar en el hogar, para que haga feliz a mi hija en su matrimonio.” (Plauto, Aulularia, 385)


Larario, John William Waterhouse
El culto privado y de ámbito doméstico entre los romanos estaba  vinculado desde antiguo  a las fiestas de carácter agrícola y familiar, y el pater familias, al que se  reconocía su dominio sobre la religión doméstica, actuaba como sacerdote. Podía organizar el larario como él desease, incluyendo a todos los dioses por los que sintiese una devoción especial.
“Hacía un sacrificio por la mañana en su larario en el que tenia las estatuillas de los emperadores divinizados, aunque solamente una selección de los mejores, y las de seres de gran honorabilidad, entre los que se hallaban Apolonio  y, según el testimonio de un escritor de su época, Cristo, Abraham, Orfeo  y otros personajes parecidos a ellos, y las estatuas de sus antepasados. (Hist. Aug. Alex. Sev. 29, 2)
 La ubicación del lararium solía ser el peristilo o el atrio y  consistía en una pequeña construcción en forma de nicho, con un techo y un frontón soportado por columnas, adosada a los muros de la casa.
El paterfamilias como máxima autoridad religiosa doméstica  podía delegar determinadas funciones en otros miembros de la familia, incluidos los esclavos.

“Todo está callado y en silencio, y raramente una criada el primer día de mes acostumbra a abrir la cerrada capillita de los dioses Lares.” (Propercio, IV, 3, 53)

Otro miembro del hogar podía encargarse del culto y el cuidado del Larario si el pater familias no podía o quería hacerlo. El propio Lar familiaris se encarga de narrar en el Aulularia de Plauto cómo recibía las atenciones de la hija del paterfamilias, ya que éste descuidaba sus obligaciones como oficiante.
“Pero qué, cada vez se ocupaba menos de mí y me hacía menos ofrendas. Yo por mi parte hice exactamente lo mismo, o sea que se murió tan pobre como había vivido. Dejó un hijo, que es el que vive actualmente aquí en la casa, que es de la misma condición que el padre y el abuelo, y tiene una hija única que no deja pasar un día sin venir a rezarme, me ofrece incienso, vino o lo que sea y me pone coronas de flores”. (Plauto, Aulularia, Prólogo)

Catón recoge en su obra que las obligaciones religiosas recaían en el villicus y la villica (el capataz o su esposa) en ausencia del dominus en una villa rustica en el campo.

Los Lares recibían muestras de piedad por parte de la familia en sus actividades cotidianas a la vez que eran objeto de veneración periódicamente, en las calendas, nonas e idus de cada mes y en la fiesta anual de las Caristia.

 “Vosotros también, custodios de un campo feliz en otro tiempo y ahora pobre, tenéis vuestros regalos, dioses Lares. Entonces una ternera inmolada purificaba innumerables terneros; ahora, en cambio, una cordera es la modesta víctima de un exiguo campo. Una cordera os será sacrificada para que alrededor de ella la juventud campesina grite: «¡Ea, dadnos trigo y buen vino!".  (Tib. I, 1)



“Este era aplacado bien si alguien le había libado con uva o le había dado una guirnalda de espigas para su sagrada cabellera y alguien, cumplido su voto, le llevaba en persona pasteles y detrás, acompañándolo, su hija pequeña miel pura.” (Tibulo, I, 10)

Las ofrendas del larario eran variadas, pero principalmente consistían en flores y guirnaldas para decorarlo, vino para tomar en honor del genio, incienso, cereales, además de miel, perfumes, frutas,  pastelillos o sacrificios de animales. El señor de la casa les dedica una plegaria: “Que este hogar sea para nosotros  una fuente de bienes, de bendición de felicidad y de buena suerte.” (Plauto, Los tres escudos)

Mediante la celebración de los ritos preceptivos ante el larario, la familia buscaba la protección de su propiedad, que incluía inicialmente el campo del que dependía la subsistencia y se restringió posteriormente a la casa; buscaba también la protección del alimento, así como de los medios de los que dependía y de su lugar de almacenaje; buscaba, igualmente, garantizar la perpetuación de la estirpe.
“Si a los cielos levantas abiertos tú los brazos,
Al nacer de la luna, Fidile campesina;
Si a tus Lares aplacas con humo del incienso,
Y a los Lares ofrecen tus manos, en las palmas,
Tortas de trigo puro; si una ávida lechona
Inmolas en honor de los cielos -, tus vides
No sentirán del Abrego jamás la pestilencia,
Ni los hongos parásitos han de volver estériles
Las cañas de tus mieses. (Horacio, Odas, III, 23)

Alejandro Helios, Walters Museum
Cada familia contaba con sus dioses propios, intransferibles, que debían pasar por transmisión hereditaria de padres a hijos y que existían mientras la línea familiar se mantuviese.

Las divinidades protagonistas del culto doméstico están también ligadas a los orígenes míticos de Roma. Los Lares, según narraba Ovidio, se consideran hijos del dios Mercurio, identificado con el Hermes griego, y cumplían algunas de las  funciones que se adjudicaban a esta divinidad.
En cuanto a sus atribuciones, parece que el Lar familiaris entró en la casa como un numen dedicado a la protección y la vigilancia que proporcionaba bienestar y prosperidad, a la vez que defendía la morada de intrusos  y era el representante divino de la familia.

“Yo soy el dios lar de esta familia de aquí, de donde me habéis visto salir ahora mismo. Ya hace muchos años que estoy instalado en esta casa y encargado de su tutela, en tiempos ya del padre y del abuelo del que vive ahora en ella.” (Plauto, Aulularia, Prólogo)


Pintura con lar, Museo de Minneapolis

Las primeras fuentes se refieren a él en singular y, sólo a partir de finales de la República, en plural. Inicialmente, las imágenes de culto se realizaban con materiales modestos, madera, y posiblemente, terracota, pero son las hechas en bronce y piedra, así como las pinturas, las que han llegado hasta la actualidad.

“Lares de mis antepasados, sálvadme: vosotros sois los mismos   que me criaron, un chiquillo corriendo delante de vosotros.
  No sintáis vergüenza por estar hechos de madera antigua:   Así erais cuando vivíais  en casa de mi abuelo.  En aquellos tiempos se mantenía mejor la fe, cuando un dios de madera pobremente vestido, se guardaba en un estrecho nicho.” (Tibulo, Lib. I, 10)

Generalmente se representa a los Lares bajo la figura de esbeltos adolescentes con  atributos característicos en sus manos, un rhyton (cuerno para beber), una patera o una sítula, una cornucopia o cuerno de la abundancia. Sus piernas a veces aparecen simular un movimiento de danza. Su indumentaria, como conviene a las divinidades ágiles, suele ser corta.


Dioses Lares, Museo Arqueológico de Nápoles
El romano dirigía al lar su plegaria de la mañana y en las comidas le reservaba una parte de cada plato.  Es al Lar al primero al que el pater familias saluda al entrar en el hogar. Cada acontecimiento feliz,  nacimiento, boda o retorno de un viaje sin sobresaltos, implica la ofrenda de un sacrificio a los dioses lares ante el fuego, verdadero punto neurálgico que no debía extinguirse nunca puesto que simbolizaba el alma de la casa.

Los Penates eran los espíritus protectores de la despensa y procuraban que no faltara el alimento. Se los llama dioses troyanos porque Eneas los trajo de Troya durante el periplo que le llevó a Roma. En la Eneida, Virgilio recoge la tradición según la cual Eneas huyó de Troya en su viaje hacia la Península Itálica llevándose consigo no sólo a su padre y a su hijo, sino también a los dioses de su familia, los Penates, a lo cuales rindió culto al desembarcar en el Lacio (Virg., Aen. VIII, 121).

“¿Hay algo más sagrado y más protegido por toda la religión que la casa de cada ciudadano? En ella se encuentran los altares, el fuego, los dioses penates; en ella tienen lugar los sacrificios, las prácticas religiosas y las ceremonias; es un refugio tan sagrado para todos que está prohibido arrancar a nadie de él”. (Cic. De su casa)

Los Penates llegaron a personificar cualquier divinidad que, a ojos del paterfamilias, pudiera ofrecer protección a la casa y la familia, y por su ambigüedad original pudieron adoptar cualquier forma divina, e incluso humana. Sufrían las vicisitudes de la familia y estaban unidos de forma indisoluble a la casa. También pasaron a tutelar los negocios y las profesiones.

“Númenes habitadores de estas mansiones vecinas, templos que ya nunca volverán a ver mis ojos, dioses que abandono y que residís en la noble ciudad de Quirmo, recibid para siempre mi postrer salutación. Aunque embrazo tarde el escudo después de recibir la herida, no obstante libertad ni destierro del odio que me persigue, y decid al varón celestial el error de que fui víctima, no vaya a juzgar mi falta un odioso crimen. Lo que vosotros sabéis, sépalo asimismo el autor de mi castigo; porque aplacando a este dios, ya no puedo llamarme desdichado." Tal plegaria dirigí a los dioses; mi esposa estuvo más insistente y entrecortaba con los sollozos sus palabras. Postrada ante los Lares y los cabellos en desorden, besó con sus trémulos labios los fuegos extintos y elevó a los adversos Penates cien súplicas que no habían de reportar ningún provecho a su desventurado esposo.” (Ovidio, Tristes, I, 3)

Su vínculo con el penus , la despensa, pudo verse reducido, cuando la familia, por efecto de la evolución de la sociedad, dejó de depender únicamente de los alimento almacenados en ella. Asimismo su lugar de culto se trasladó junto al fuego desde el atrio a la cocina cuando la nueva distribución de las casas se impuso.

Los Penates mantenían el vínculo de las divinidades domésticas con la continuidad de la estirpe, pues son llamados paternos o patrii en diversas fuentes literarias, en referencia a que se transmitían por herencia, como dioses de la familia, de padres a hijos a través de las generaciones.
“Veranio, el preferido para mí entre todos mis trescientos mil amigos, ¿has regresado a casa, a tus penates y a tus queridísimos hermanos y tu anciana madre? Has regresado. ¡Noticia dichosa para mí!” (Catulo, IX)

Los Penates domésticos  no tenían una iconografía concreta, sino que todos los dioses del panteón romano podían aparecer representados en las capillas domésticas como Penates e, incluso, personajes considerados por el paterfamilias como modelos a seguir.


Lares, Genio, Penates y Mercurio, Pompeya

Los Penates eran venerados en el momento del banquete, en el que se unían señores, hijos y siervos y les agradecían la comida y la bebida a punto de ser ingeridas, mediante la ofrenda en el fuego de una pátera llena de sal y harina, o bien arrojando a éste su parte correspondiente de los víveres, acción a través de la cual quedaban todos bendecidos.

El Genius era, en el mundo romano, el principio generador, la esencia y la fuerza vital de todo ser, lugar o cosa. Su origen se encuentra, como el de los Lares, en las etapas formativas de Roma. Estaba íntimamente ligado a la perpetuación de la estirpe y a la continuidad del nombre de la familia, conceptos que se encontraban en la base de la religión romana, como el propio Genius. Todas las personas contaban con esta especie de alter ego, incluidas las mujeres, protegidas por la Iuno . Sin embargo, según una concepción únicamente romana, la familia se perpetuaba solo por línea patrilineal, precisamente porque se consideraba que su esencia se encontraba, desde su origen, en el Genius del paterfamilias. El Genius, por tanto, se perpetuaba en el hijo tras la muerte del padre y así sucesivamente. Según Cicerón: "conservar los ritos de la familia y de los padres es como conservar una religión transmitida por los dioses, porque la antigüedad se aproxima mucho a los dioses." (De Las Leyes, II, 11)


Genio, Museo Arqueológico de Nápoles

Como fuerza procreadora, el Genius se convirtió en la manifestación de las facultades relacionadas con la juventud y la inteligencia. Se identificaba, asimismo, con todo acto bueno y agradable. Estaba vinculado al lectus genialis, el lecho matrimonial, en el que se
materializaba la continuidad familiar, y presidía el acto de la generación, manifestándose especialmente el día del nacimiento. Era él quien determinaba el carácter del recién nacido y protegía su existencia.

“Muy antiguo es, Póstumo, aquello de violar el lecho ajeno y burlarse del Genio que preside la sagrada cámara nupcial.” (Juvenal, VI)

El  Genius del paterfamilias se  representaba  como un hombre maduro vestido con una toga, normalmente praetexta, que le cubría  la cabeza, en actitud de oficiante. Los atributos que portaba  podían variar, siendo los más comunes una cornucopia, en la mano izquierda, y una patera, en la derecha. En cuanto a la Iuno, en las escasas ocasiones en las que aparece representada, lo hace como una mujer madura, vestida con túnica larga y con una palla sobre ella, con la que se cubre la cabeza en actitud piadosa.

 En el culto del Genius del paterfamilias participaban todos los miembros de la familia, lo cual reforzaba la autoridad del pater y dominus, a la vez que servía para rendirle pleitesía y mostrarle fidelidad, especialmente por parte de los miembros no de sangre (esclavos y libertos).

Ven aquí, festeja al Genio con juegos, al Genio con danzas y rocía sus sienes con mucho vino y que  de su resplandeciente cabello destilen perfumes y lleve ensortijadas guirnaldas en la cabeza y el cuello”. (Tib. I, 7)

Genio, Walters Museum
El Genius podía ser objeto de veneración cotidiana,  pero, como fuerza vital de cada persona, su fiesta principal era el natalicio del  paterfamilias, momento en el que recibía ofrendas incruentas, como vino, incienso, guirnaldas y  pasteles de miel.

 “Digamos palabras favorables: el Cumpleaños llega a los altares. Cualquiera que esté presente, hombre o mujer, calle su lengua. Que se quemen los píos inciensos en los hogares, que se quemen los perfumes que el exquisito árabe envía desde su opulenta tierra. Que el Genio en persona asista para ver sus ofrendas, que delicadas guirnaldas ornen su sagrada cabellera, que sus sienes destilen nardo puro y esté saciado con la ofrenda y ebrio de vino y te conceda, Cornuto, cualquier cosa que le pidas.” (Tib. II, 2)

Pero también en las fiestas de los muertos, en las Larentalia y Parentalia, se veneraba a los Genii de los antepasados con ofrendas propiciatorias (Ov., fast. II, 545-547)

Domiciano como Genio,
 Museos Capitolinos
El culto al emperador también estaba presente en el larario:

“Pasa el día el labriego en sus colinas ligando vides a desnudos troncos; vuelve alegre al hogar, y allí se invita, igual que a un dios, a su banquete sobrio.

Te invoca en sus preces. De su copa vierte en tu honor el vino generoso;y te asocia a los Lares, como Grecia a Cástor y a su Hércules heroico. (Hor. Odas IV, 5)

La diosa Fortuna formó también parte de las divinidades merecedoras de culto privado. Los romanos consideraban la fortuna como una fuerza nacida con el ser humano que le acompaña hasta la muerte y que de forma caprichosa puede serle  propicia o desfavorable en sus cometidos privados y públicos, por lo que merecía las atenciones proporcionadas a los demás dioses protectores del hogar.

“Cuando la fortuna nos ayuda y sonríe con benévola faz, todos siguen al esplendor de las riquezas; pero así que truena la tormenta, todos huyen y desconocen al mortal poco antes asediado por una turba de aduladores. Esta verdad que conocí en los ejemplos de los antepasados, ahora me la confirma la experiencia de mi propia desventura.” (Ovid., Tristes, I, 5)

Antes de que la casa fuera la morada de los Lares o los Penates, ésta fue sagrada por contener a la primera y más sensible forma divina, el fuego del hogar. La sacralización del fuego se remonta a los tiempos prehistóricos, en los que éste era garante de luz, de calor, de alimento o de protección, y al que había que conservar por la propia dificultad de obtenerlo. La reunión alrededor del hogar, en el que se mantenía siempre vivo, hizo que se convirtiera en símbolo de unión de la comunidad y de la familia. Así, como centro de la vida, llegó a la cultura romana, en la que simbolizó, tanto en la esfera privada como pública, la perpetuación de la estirpe, pues, al igual que el fuego debía mantenerse encendido  de forma continua, lo mismo debía hacerse con la llama de la familia.

“Y que ventura si la honrada esposa
Cuidado de hijos y de hogar comparte,
Como la mujer Sabina o la de Apulia
Tostada por el sol y por el aire;
Si ella con secos leños
Aviva el fuego, al declinar la tarde, para el marido que rendido vuelve del campo a sus penates…” (Horacio, Epodos, II)

Ofrenda a los lares, John William Waterhouse

La divinidad identificada de forma más directa con el fuego  ha sido tradicionalmente Vesta, encargada de cuidar el hogar en el que ardía. El fuego de Vesta fue, con toda probabilidad, cuidado y atendido por las hijas o la mujer del paterfamilias. En él, la diosa recibía un plato con alimentos  y otras ofrendas similares a las de los demás dioses domésticos.

Los Manes eran los espíritus de los muertos, objeto de veneración y de terror porque salían para atormentar a los vivos. Los romanos pensaban que los espíritus podrían castigarles si no les rendían culto, por lo tanto se ocupaban de mantener las tumbas y ofrecer flores y alimentos como leche, miel, vino puro o huevos.  Por ello se hacían ritos nocturnos de purificación para alejarlos. En las lápidas sepulcrales se encuentran las inscripciones DIS MANIBUS (D.M.), como fórmula de consagración del difunto a los Manes divinos.
El culto a los antepasados tenía su escenario principal en la tumba. Sin embargo, los ancestros gozaban también de un espacio en la casa como protectores de la familia y se les rendía culto.


Casa de Julio Polibio, Pompeya

Las representaciones pictóricas del lararium presentan a los lares, solos o acompañados, y frecuentemente en actitud danzante y situados de forma simétrica en torno a una escena. Entre ellos aparecen altares, en ocasiones con serpientes que se enroscan en su fuste, o más frecuentemente el Genius haciendo el sacrificio. A la  escena  se puede sumar un flautista, un esclavo que lleva a la víctima propiciatoria e incluso la figura de la Juno. Sus diferentes tamaños representan su posición jerárquica. También se dibujan alimentos  y objetos de uso cotidiano. La parte inferior de estas escenas, perfectamente separada, suele estar reservada a la representación de una o dos serpientes, que se acercan o se enroscan alrededor de un altar con ofrendas en su parte superior.

Pero muchas otras divinidades, con la función de Penates, aparecen también representadas
en las pinturas de lararios, junto a los Lares y al Genius o en composiciones independientes: Apolo, Mercurio, Baco, Venus, Hércules, Vesta, Fortuna, o divinidades orientales como Isis.

En cuanto a su cronología, si bien algunas de ellas son de comienzos del gobierno de Augusto, la mayoría fueron realizadas a lo largo del siglo I d.C., coincidiendo con la difusión del IV Estilo.

Los lararia en forma de nicho suelen estar realizados con estuco, con una losa de piedra o, más frecuentemente, con una tegula (teja), que sobresale de la pared creando un repisa en la que colocar las estatuas u objetos de culto. Existen casos en los que un larario pictórico engloba un nicho, el cual forma parte de la propia escena representada.



Larario, Boscoreale

La aparición de un altar marca un lugar destinado al culto y a la veneración de los dioses. Suele  estar realizado en mampostería y, menos frecuentemente, en piedra.


Larario, Casa de Narciso, Pompeya

Las formas son también diversas, bien cuadrangulares o rectangulares, bien cilíndricos, pudiendo aparecer exentos o adosados a la pared. En la parte superior presentan pulvini laterales y un focus para el fuego o una depresión en la superficie que actúa como tal. La mayoría de los altares aparecen revestidos de estuco o pintados, con una decoración variada: imitaciones de mármol, objetos religiosos, como guirnaldas o candelabros ; motivos vegetales, como flores; escenas de serpientes acercándose a un altar; etc.


Larario, Casa de los Amorcillos dorados, Pompeya
La palabra aedicula  en el ámbito doméstico se refiere al tipo de larario que sigue la forma de un templo (aedes) en miniatura, con dos partes diferenciadas: un templete con columnas y frontón y su basamento. Aparecen adosados a la pared en uno o dos de sus lados.  Su decoración es variada, pintura con colores lisos, lastras de mármol auténticas  o de imitación y motivos figurados más o menos complejos.
Otro tipo es el edículo que presenta un bloque macizo de mampostería con un interior hueco en forma de nicho. 


Larario exterior en una casa pompeyana
Los que combinan la madera con la mampostería solían utilizarse también como armarios para guardar enseres domésticos.

“Y en el ángulo un gran armario en cuya hornacina había unos lares de plata, una Venus de mármol y una naveta de oro, no pequeña, en la que, según nos dijeron, se guardaba la barba del patrón.” (Petronio, Satir., 29)

El sacrarium privado de una domus  se trata de una habitación reservada por entero al culto, de dimensiones variables pero, por lo general, no muy grande. En su interior puede haber nichos, altares, basamentos para estatuas, pinturas e incluso edículos, así como mesas o bancos corridos para el asiento de los participantes en el ritual, formando todo ello el conjunto del larario. Algunos aparecen ricamente decorados con pinturas, estucos y mosaicos.


Sacellum abierto al atrio, Villa San Marco, Stabia, Italia

Los sacella privados se consideran equiparables a los sacraria y a los lararia. Podían ubicarse en espacios abiertos o en el interior de las casas.

Estos espacios de culto doméstico podían encontrarse en casi cualquier ambiente, desde los atrios hasta las cocinas, pasando por peristilos, cubicula o zonas de paso. De todos ellos, son los peristilos y viridaria (jardines interiores), las cocinas y los atrios las zonas en las que más lararios se han encontrado. Las casas podían, además, tener más de un larario, con independencia de la riqueza de la domus.


Casa del Larario del Sarno, Pompeya

Los lararios más monumentales coinciden, por tanto, con las zonas públicas de la casa, pues esta exposición a  la vista de todo el mundo implicaba que el dominus deseaba que se supiese que observaba los ritos de forma estricta y que respetaba la tradición familiar. La ostentación decorativa de  algunos lararia podría responder más a la importancia que se daba a la representación social que a un sentimiento religioso verdadero.

El larario privado incluyó a todo tipo de dioses e incluso personajes a los que el señor de la domus debía admiración o favores.

“Fue tanto el honor que tributó a sus maestros, que mantenía imágenes suyas de oro en su larario.” (Hist.  Aug, Antonino, III,5)

El culto a los dioses domésticos continuó durante todo el Imperio a pesar de la introducción de nuevas religiones y ritos procedentes de otros países que no tenían nada que ver con la religión tradicional romana.

Diosa Isis, Walters Museum
“¿De qué me sirve ahora, Delia, tu Isis? ¿De qué aquellos sistros tañidos tantas veces por tu mano? ¿O de qué, mientras cumpliste los ritos sagrados con piedad, lavarte en agua pura y —aún lo recuerdo— acostarte en casto lecho? Ahora, diosa, ahora acude en mi ayuda —pues que puedes curar está claro por los muchos frescos pintados en tus templos—, de forma que mi Delia, cumpliendo sus votivas plegarias, se siente ante las puertas sagradas cubierta de lino y dos veces al día con los cabellos sueltos deba entonarte alabanzas, resplandeciente entre la multitud de Faros. Pero que a mí me sea dado rendir honor a los Penates patrios y entregar el incienso de cada mes al antiguo Lar.” (Tib. I, 3)

Descanso ante el lararium, J.W. Waterhouse
Cuando el cristianismo estaba ya ampliamente extendido por el Imperio, los lararios mantuvieron y aumentaron su importancia en la casa romana incrementando la riqueza se su decoración. Por lo que la veneración de los dioses del hogar continuó hasta el siglo V d.C., cuando el Codex Theodosianus lo prohibió expresamente. De este testimonio se puede deducir que compartiendo espacio con personajes diversos, los Lares, los Penates y el Genio seguían recibiendo las mismas ofrendas que los romanos, desde sus orígenes como pueblo, les habían dedicado:

 “Ninguna persona, de ninguna clase u orden, ya sean ciudadanos o dignidades, ocupe una posición de poder o haya revestido tal honor, sea poderoso por nacimiento o humilde en linaje, posición legal y fortuna, sacrificará una víctima inocente a imágenes sin sentido en ningún lugar y en ninguna ciudad. No venerará, mediante sacrificios más ocultos, su lar con el fuego, su genius con vino, sus penates con fragancias; no encenderá fuegos en su honor, no colocará incienso delante de ellos ni colgará guirnaldas para ellos”. (Cod. Theod., XVI; 10,12)

BIBLIOGRAFÍA:

La Casa Romana, Pedro Ángel Fernández Vega
Aspectos de la «Fortuna Privata»: Culto individual y doméstico. Popularización del culto como protección mágica, Marta Bailón García, revistas.uned.es/index.php/ETFII/article/viewFile/4453/4292
El culto en la casa romana, María Pérez Ruiz, http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=3680119
El Culto Privado en la Religión Romana, Paulo Donoso Johnson, dialnet.unirioja.es/descarga/ articulo/3621504.pdf

domingo, 31 de mayo de 2015

Unguenta, oler bien entre los antiguos romanos


Balsamarios de vidrio, Museo Arqueológico de Barcelona
Los ungüentos y aceites perfumados se utilizaron originalmente en la Antigüedad para conservar la salud y la elasticidad de la piel, pero posteriormente se emplearon como artículos de lujo para proporcionar al cuerpo la mejor de las fragancias, no solo después del baño, sino en cualquier ocasión, pues oler bien era supuestamente signo de buena salud.
Un olor corporal desagradable se consideraba  rústico y poco sofisticado. La limpieza y el uso de productos de belleza como aceites aromatizados y polvos desodorantes eran elementos que formaban parte de una cultura, la romana, en la que la visita diaria a los baños era casi una obligación.

“Rociarse con perfume de nardo aleja el olor del sudor”. (Dioscórides 1.6)

El perfume se ha utilizado desde la antigüedad y es conocido que en la antigua Mesopotamia y en Egipto se elaboraban perfumes que se utilizaban como ofrendas a los dioses, para embalsamar a los difuntos y para disfrute de los sentidos  en celebraciones.

“En Siria, en los symposia reales, cuando se distribuyen coronas entre los comensales, ciertos asistentes entran con pequeños sacos de perfumes babilonios de los cuales, a medida que circulan, salpican con perfume, desde una distancia,  las coronas de los invitados reclinados pero no derraman otra cosa sobre ellos.” (Ateneo, Deip. VII)


Pintura de Alfonso Savini

Los romanos quemaban incienso y perfumes en sus ritos domésticos durante las celebraciones privadas como bodas y funerales, pero también para solicitar favores o dar las gracias a los dioses.

“Madre cruel de los amores dulces:
Evita mi suplicio
Diez lustros ya me tienen
Duro para atender tiernos caprichos.
Déjame en paz, y acude
Donde la juventud sueña contigo.
…………………………………………………
Allí nubes de incienso
Aspirarás, y halagarán tu oído
Sones de lira y flautas Berecintias
Y alegres caramillos”. (Horacio, Odas, IV, 1)

Productos como el incienso, la mirra y otras especias provenían de tierras lejanas y eran transportadas por caravanas comerciales que atravesaban las tierras de los árabes y que los fenicios y luego los griegos se encargaban de distribuir por el Mediterráneo. Durante la dinastía de los Ptolomeos,  Egipto dominó Palestina y Fenicia, lo que les proporcionó el libre acceso a las rutas comerciales árabes. Los romanos accedieron a los perfumes por el contacto con los territorios conquistados y la influencia de sus costumbres. En un principio el carácter austero del pueblo romano pareció rechazar el uso de los perfumes por ser un lujo innecesario y creer que era muestra de debilidad. A pesar de ciertas prohibiciones para que no fuesen usados, nada se pudo hacer para evitar que tanto hombres como mujeres usaran e incluso abusaran de ellos tanto en su vida privada como pública. 

“Cuando El rey Antioco fue vencido y el Asia Menor fue conquistada, se publicó un edicto durante  el mandato de los censores P. Licinio Craso y L. Julio César prohibiendo la venta de ungüentos exóticos. Pero, por Hércules, actualmente, hay quien incluso lo pone en sus bebidas…Hay un hecho conocido sobre  L. Plotio, el hermano de l. Planco, que fue dos veces cónsul y censor, que tras ser proscrito por los triunviros, fue delatado en su escondite en Salerno por el olor de sus perfumes.” (Plinio, H.N. XIII, 5)

En la época imperial el uso del perfume se extendió por las distintas clases sociales, aunque las más bajas lo consideraban signo de superioridad y los más conservadores pensaban que era muestra de lujo excesivo o inmoralidad.
“Porque, siempre negro de canela y de cinamomo y del nido del ave maravillosa, hueles a los botes de plomo de Niceros, te ríes de mí, Coracino, porque no huelo a nada. Yo prefiero no oler a nada que oler bien.” (Marcial, VI, 55)

Los ciudadanos del imperio lo perfumaban casi todo.Para ocultar los olores desagradables de los hogares llegaban a aromatizar el aceite que se utilizaba para encender las lámparas y las ropas que conservaban los olores que provenían de los tintes. Los perfumes se rociaban en espectáculos públicos donde su uso podía enmascarar el olor de las masas de gente; en desfiles y en funerales.
En los banquetes se impuso la utilización de perfumes y coronas de flores sobre la cabeza durante la comissatio o momento para beber y disfrutar de los entretenimientos para ocultar el olor procedente de los aromas culinarios y de la sudoración provocada por la proximidad de los cuerpos en los lechos. En los triclinia se quemaban perfumes en trípodes durante las cenas y se repartían frascos de perfume entre los comensales. 

Trípode para quemar perfumes, Museo Arqueológico de Barcelona
Suetonio escribe de Nerón al hablar de la Domus Aurea: “El techo de los comedores estaba formado de tablillas de marfil movibles, por algunas aberturas de las cuales brotaban flores y perfumes.” (Nerón, XXXI)

El perfume se consideraba por parte de los romanos como un símbolo de auto-complacencia que las mujeres y los afeminados usaban en exceso.

“Ya que, por donde quiera que vas, pensamos que es Cosmo el que pasa y que fluye el cinamomo derramándose por haberse roto el frasco, no quiero que te deleites, Gelia, con esas fruslerías exóticas. Tú sabes, supongo, que, de esa guisa, puede oler bien mi perro.”  (Marcial, III, 55)

Los perfumes se llevaban en el pelo, pecho, y a veces en las piernas y los pies. En ocasiones utilizaban distintos aromas para diferentes partes del cuerpo y como critica Séneca, algunos renovaban el perfume varias veces al día.
“Actualmente no es suficiente usar ungüentos, a menos que se apliquen dos o tres veces al día, para evitar que se evaporen del cuerpo. Pero, ¿por qué debería un hombre presumir de este perfume como si fuera el suyo propio?” (Séneca, Epis., 86)




El nuevo perfume, John William Godward

Las mujeres solían recibir perfume como regalo y lo empleaban para aumentar su atractivo, y para seducir a sus amantes. No faltaban las críticas a una conducta en la que la mujer usaba su cuerpo para provocar y conquistar a los hombres desde la época de Plauto, incluyendo a los poetas del siglo I d. C. que preferían a sus amantes sin adorno y con su olor natural, y terminando en los filósofos y escritores del final del Imperio que arremetieron contra el uso de afeites por parte de hombres y mujeres cristianos.


FILEMATIO.— ¿No crees que me debo perfumar?
ESCAFA.— De ninguna manera.
FILEMATIO.— ¿Por qué?
ESCAFA.— Porque a fe mía que una mujer huele bien cuando no huele a nada; esas viejas que se untan de perfumes, todas recompuestas,  esos vejestorios sin dientes que pretenden tapar sus defectos a fuerza de afeites, cuando el sudor se combina con los perfumes, huelen exactamente igual que un batiburrillo de salsas de un cocinero; no puedes saber a lo que huelen, lo único de que te das cuenta es que huelen mal. (Plauto, Mostellaria)

Una mujer podía esperar que su amante le proporcionase un perfume a cambio de sus favores sexuales.
La hermosa Filis se me entregó por toda la noche con generosidad perfecta a todas luces: Estaba pensando, llegada la mañana, qué obsequio podía ofrecerle; ¿sería una libra de perfumes de Cosmos o de Niceros, un buen surtido de lana bética o diez monedas con la señal de César? Pero se echó a mi cuello y dándome un beso tan largo como son los esponsales de las palomas, Filis empezó a rogarme que le diera un ánfora de vino. (Marcial, Epigramas 12,65)

Se recomendaba que el hombre cuidase su limpieza corporal y en algunos casos se admitía que utilizase un aceite perfumado como el novio en su boda o los convidados en los banquetes. Pero muchos criticaban su uso como muestra de falta de virilidad y de vida poco activa.

¿No creéis que el perfume, que no es más que un aceite suavizado, puede  muy bien  afeminar los hábitos viriles?... El simple aceite sirve para engrasar la piel, relajar los nervios y eliminar del cuerpo el olor desagradable, si realmente necesitáramos para ello el aceite. Mas el uso de los perfumes es un cebo para la molicie, que nos arrastra de lejos hacia el deseo goloso. (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, II)

Sin embargo ya en la época de la República parece que los hombres se rociaban de perfume para resultar más atractivos a las mujeres. En la obra Casina de Plauto (II, 3) el protagonista, ya mayor,  se jacta de utilizar los mejores perfumes para agradar a la joven de la que está enamorado pero es delatado por el olor ante su mujer, que lo interroga por ello.

LISÍDAMO: “Desde que estoy enamorado de Cásina, me encuentro más flamante, me dejo atrás en elegancia a la elegancia en persona: pongo en movimiento a todos los perfumistas, me doy con las lociones más finas que encuentro, todo para agradarla a ella, y tengo la impresión que de hecho le agrado.
(Tras encontrarse con su esposa Cleóstrata, le dice:)

Échame una miradita, encanto. 
CL. — ¿Encanto? Estamos a la recíproca. Dime, ¿de dónde salen esos olores a perfume?
LI. — ¡Oh, muerto soy! Me ha cogido in fraganti —hale, deprisa, a limpiarme la cabeza con la capa—. Que el buen Mercurio te confunda, perfumista, por haberme endosado tales zarandajas.

(Hace ademán de irse.)

CL. — ¡Eh, tú, pelanas, moscón canoso, apenas me puedo contener de decirte todo lo que te mereces, ir por las calles a tu edad apestando a perfume, viejo calavera!

LI. — Te juro que es que he estado con un amigo que estaba comprándolos.
CL. — ¡Mira, qué ligero para inventar mentiras! ¿No te da vergüenza?


Algunos perfumes y aromas se consideraban más apropiados para las mujeres, pero otros podían recomendarse para uso de los hombres.
“Me gustan los bálsamos: éstos son los perfumes de los hombres. Oled a los aromas de Cosmo vosotras, matronas.” (Marcial, XIV, 59)

Mujer con unguentarium, Villa Farnesina, Museo Nacional Romano

 La elaboración artesanal consistía en macerar flores, hierbas o especias, machacadas en un mortero,  en aceite,  sobre todo el que se obtenía de las olivas verdes durante la primera prensada, el denominado omphacium, que se empleaba como vehículo fijador o disolvente de las esencias aromáticas, y a la mezcla se añadía un estabilizante hecho de alguna resina, especialmente de coníferas o de alguna especie más exótica como la mirra. Otros aditivos eran el vino perfumado, agua o miel.

 “Los componentes básicos para la elaboración de un perfume son dos: el líquido (sucus) y la parte sólida (corpus): al primero pertenecen diferentes tipos de aceite,(stymmata) y  al segundo, las  esencias (hedysmata). Entre estos dos componentes existe un tercero, despreciado por muchos, que es el colorante. Para dar color se emplean el cinabrio y la ancusa. La sal añadida mantiene las propiedades del aceite. Pero cuando se añade ancusa, no se añade sal. La resina o las gomorresinas se añaden para mantener el aroma en el cuerpo; pues éste se evapora rápidamente y desaparece, si no están presentes estos conservantes.” (Plinio, Historia Natural XIII, 2, 7)

Los perfumes más  líquidos elaborados con  aceite de oliva, almendra o sésamo, entre otros, se utilizaban  para dar masajes corporales y perfumar el cabello o las ropas mediante espátulas. Los más espesos, llamados ungüentos, servían  para untar y perfumar el cuerpo. Una tercera forma de realizarlos era con polvos (diapasmata), que  se aplicaban en el cuerpo y en el rostro con plumas de cisne.
Se proporcionaban  a los perfumes colores diferentes a partir de productos naturales como el cinabrio, la ancusa o la henna. Debían emplearse con precaución para no manchar la piel o la ropa.

“La mirra por sí sola hace un perfume sin necesidad de aceite, es aceite de mirra; además es demasiada amarga. El ciprinum es de color verde, el susinum es grasiento, el mendesium de color negro, el rhodinum blanco y la mirra amarillenta.”  (Plinio, Historia Natural 13, 2, 17)
De entre todas las esencias la que se añadía la última era la que permanecía de forma más potente y proporcionaba el aroma por el que se conocería.

El Mendesium era uno de los perfumes egipcios más famosos y se elaboraba en la ciudad de Mendes, en el delta del Nilo, desde donde luego se exportaba a Roma. Consistía en aceite de moringa, mirra y resina. Dioscórides le añadía casia. Era sumamente importante el orden en el que se agregaban los ingredientes al aceite ya que el último le impartía el aroma más dominante. Teofrasto menciona como ejemplo que se agregaba una libra de mirra a media pinta de aceite y en una etapa posterior se añadía un tercio de onza de canela, dominaba el aroma de canela. El secreto de los fabricantes de ungüentos egipcios era, obviamente, el momento en el cual añadir los distintos ingredientes y a qué temperatura hacerlo. El perfume de Mendes era conocido como “El Egipcio” por excelencia.

Amorini haciendo perfume, Casa de los Vetti

 
La producción de perfumes en Roma no era un monopolio estatal, aunque en el siglo III  d. C. se aplicó una tasa comercial. Los perfumistas eran artesanos que transmitían los secretos de la creación aromática y su comercialización a sus descendientes.  Cuando los clientes llegaban a sus establecimientos les ponían un poco del perfume en sus muñecas para que olieran su fragancia.

Unguentarios, Museo de Pérgamo, Berlín
El thurarius era el comerciante que vendía sustancias para quemar, especialmente incienso para los sacrificios. El unguentarius fabricaba y vendía ungüentos de grasa vegetal y animal aromatizados con esencias, además de cosméticos y medicinas. El seplasarius vendía medicamentos. Los fabricantes y vendedores de perfumes solían concentrarse juntos en una calle o zona de la ciudad. Los negocios solían llevarlos esclavos o libertos a los que sus patronos, procedentes de familias nobles, solían proporcionar una inversión con capital a cambio de un beneficio. Los perfumistas podían llegar a ser muy conocidos por sus productos, como el Cosmos o Niceros, citados por Marcial y otros autores latinos, aunque no poseían gran consideración social.
"Empapa tu cabeza con esencia de Cosmo, la almohada tomará el olor. Cuando tu cabellera ha perdido el perfume, las plumas lo conservan."(Martial, Epi.,  XIV,146)

Exposición Vidrios Romanos, 2012
Foro de Roma
Los perfumes tenían en su origen un altísimo coste debido a varias razones, entre ellas la dificultad de su obtención y su traslado hasta las rutas comerciales, los ataques a las caravanas, los naufragios de los barcos  por las tormentas y los ataques de piratas y el encarecimiento de los recipientes que contenían los perfumes.
El conocimiento de las épocas precisas de los monzones en el Océano Indico en el siglo I a.C. gracias al navegante griego Ippalo implicó la mejora del transporte marítimo. Los persas también incrementaron el comercio de productos de lujo procedentes de Oriente por la Ruta de la Seda, y la posterior invención del vidrio soplado abarató el coste de los envases para conservar los perfumes, por lo que el precio final de los perfumes acabó por reducirse.
Jarra de vidrio, Museo Romano de Mérida

El alto coste de algunos perfumes impedía a algunos anfitriones ofrecer los más codiciados ungüentos que los comensales solían ponerse en el cabello durante las celebraciones conviviales. Horacio llega a pedir a su invitado Virgilio que sea él mismo quien traiga a la cena  el preciado ungüento ante la imposibilidad de proporcionarlo él  debido a su modesta economía.

“El tiempo trae la sed. Mas si calmarla
Te apetece, Virgilio,
Con los zumos en Cales cosechados,
¡oh cliente de jóvenes dignísimos!,
Por nardos del Oriente
Has de cambiar mi vino.
Vea yo de su esencia
Un solo botecillo,
Y un barril tú verás – que duerme ahora
En las frescas bodegas de Sulpicio-;
De los que hacen hervir las esperanzas
Y dar tristes cuidados al olvido.
Si estos goces anhelas,
Rápido ven, y el nardo trae contigo;
No pudo yo bañarte, sin condición, en generoso lïquido,
Como si dueño fuera de un palacio
En opulencia rico.” (Horacio, Odas, IV, 12)

El nardinum compuesto de nardo, amomo, mirra, el aceite de olivas sin madurar, aceite de balano, cálamo, costo y bálsamo se traía a Roma y demás parte del Imperio de bolas sólidas de distintos tamaños. Según los evangelios, se usó para lavar los pies de Cristo. En Roma se empleó para ungir el cabello.  A principios del siglo I a.C. el precio de este ungüento era 300 denarios el litro, pero varias décadas después su precio había bajado hasta 100 denarios  por la misma cantidad, gracias al abaratamiento del transporte y de los ungüentarios.

¿Por qué no bebemos, mientras podamos, bajo el pino o el alto plátano, perfumando nuestros canosos cabellos con perfume de rosa y ungiendo (nuestros cuerpos) con perfume de nardo de Siria? (Horacio, Odas, II, 11)

De todas formas algunos perfumes seguían teniendo un gasto tan elevado que se producían falsificaciones utilizando aceites de peor calidad y sustituyendo algunos ingredientes por otros más baratos, cuyo aroma desaparecía más rápidamente. Ciertos aceites de la Campania eran codiciados por sus cualidades como excipientes en la elaboración de los perfumes, por lo que también obtenían buen rendimiento los que dedicaban sus cosechas de aceite, como el del Velafro,  y sus cultivos de rosas en la Campania a la producción local de perfumes y ungüentos. Marcial menciona en uno de sus epigramas cómo se puede reconocer el característico aroma del aceite Venafro en un perfume:
“Esto te lo sudará la baya del campano Venafro: cada vez que te das ungüento también a esto huele”. (Marcial, XIII, 101)

Jarra para aceite, Exposición de vidrio romano, 2012, Foro de Roma

Los perfumistas podían sacar gran beneficio por utilizar un aceite de menor calidad y más barato que el indicado en  las mezclas de sus mejores perfumes.  Para sacar al mercado perfumes más baratos que cubrieran las necesidades de los menos favorecidos económicamente, como las prostitutas,  se utilizaban aceites  como el de ricino o sésamo.
También obtenían buen rendimiento los que dedicaban sus cosechas de aceites y rosas en la Campania a la producción local de perfumes y ungüentos.
Clemente de Alejandría cita ciertas esencias utilizadas por las mujeres de su tiempo y critica su avidez por hacerse con todas las fragancias posibles para elaborar los distintos tipos de perfumes.

“Usan también la esencia de lirio y de ciprés; el nardo goza de renombrada fama entre ellos, como también el ungüento de rosas y otros, que aún emplean las mujeres: perfumes secos y líquidos, en polvo y para quemar. Porque cada día se inventan, para colmar sus deseos insaciables, perfumes inagotables, razón por la cual hacen gala de una total falta de gusto.” (Clemente, El Pedagogo, II)

Pintura de Alma Tadema, Museo de Bellas Artes, Boston

Las esencias más utilizadas eran flores como la rosa, el nardo, o el lirio, hierbas como el romero, tomillo, o lavanda, especias como el azafrán, canela, o cardamomo,  resinas como el incienso, la mirra, o  la de ciprés y frutos como el membrillo.

Receta de Dioscórides para elaborar aceite de membrillo:

“El aceite de membrillo se prepara de esta forma: mezcla seis sextarios de aceite con diez sextarios de agua, añade tres onzas de romaza triturada y una onza de esquemanto, déjalo durante un día y cuécelo. Luego, tras colar el aceite, échalo en una vasija de boca ancha, coloca encima zarzos de caña o una esterilla antigua y sobre ellos los membrillos. Envuélvelo todo con paños y déjalo reposar suficientes días, hasta que el aceite atraiga la virtud de los frutos."

Membrillos y rosas, Pintura de casa de Livia, Museo Nacional Romano

Muchos ingredientes de los perfumes apreciados en Roma tenían que ser importados de lugares exóticos, aunque algunos empezaron a cultivarse en Italia con el tiempo, pero otros podían encontrarse en los jardines domésticos, y además eran renombrados por su buena calidad, como parecen demostrar los restos hallados en algunas casas de Pompeya.

“Que Tmolo (Lidia, Asia Menor) y Córico (Cilicia, Asia Menor) deben su celebridad a la flor del azafrán, como Judea y Arabia a sus preciados perfumes, pero tampoco se ve privada de tales plantas nuestra ciudadanía, pues en varios sitios de la Urbe podemos ver ya el follaje de la canela, tan prontamente desarrollado, y huertos en los que florecen el árbol de la mirra y el azafrán.” (Columela, III, 8)

En los huertos y jardines de las casas romanas se cultivaban hierbas y plantas con fines medicinales y culinarios, además de proveer en casos de los más extensos a los fabricantes de perfumes y ungüentos con los ingredientes necesarios.

“En medio hay un patio rico en fragante turba que difunde su perfume, allí crece el nardo y la madura casia, la flor de la canela y ramilletes de húmeda melisa, mientras el bálsamo se arrastra lentamente en un rezumante fluido.”  (Claudiano, Epithalamion)

Estanque de lirios, Pintura de John William Godward

Algunas ciudades o regiones tenían fama por las flores o productos que se cultivaban para elaborar los más renombrados ungüentos, como el rhodinum, perfume de rosas, que podían proceder de la Campania, donde las rosas de Paestum eran muy famosas por su fragancia. Esta fértil zona parece haber albergado algunas instalaciones especializadas en la elaboración de perfumes y ungüentos. Según cita Plinio, “Egipto es uno de los países mejor adaptados para la producción de ungüentos pero Campania le sigue de cerca.” (H.N. XIII, 26)
Capua, donde existía una calle entera llamada Seplasia, destinada a la venta de perfumes y Alejandría eran ciudades clave y rivales en la producción de perfumes.

 "Su pelo era tan basto que en Capua, en la que él, a causa de comprometerse con tener una imagen de sí mismo, estaba ejerciendo la autoridad de decenviro, parecía como si requisiera la Seplasia entera.” (Cicerón, descripción de Pisón, En defensa de Publio Sestio)

Alejandría era el centro de producción del olibanum (hecho con incienso), un producto lo suficientemente valioso como para que los trabajadores que lo elaboraban eran vigilados para evitar que se lo llevaran al salir de su lugar de trabajo.

“En Alejandría donde se trabaja con el olíbano para su venta, ninguna vigilancia sobra para proteger las factorías (officinae). Se pone un sello en los delantales de los trabajadores y tienen que llevar  una mascarilla y una redecilla en la cabeza, y antes de que puedan dejar su lugar de trabajo, tienen que quitarse todas sus ropas.” (Plinio)

Los romanos atribuyeron el nombre de Arabia felix a la zona sur de la península arábiga, donde se encuentra actualmente Yemen, porque creían que todos los productos exóticos y de lujo que llegaban desde ese lugar eran producidos allí, sin conocer su verdadera procedencia, que podía ser la India o China. El historiador griego Herodoto en el siglo V a. C. afirmaba que la Arabia feliz era la única región productora de incienso, mirra, casia y canela.

“Las que están satisfechas con sus rizos oscuros gastan la fortuna de sus maridos en ungir su pelo con casi todos los perfumes de Arabia.”  (Luciano, Amores)



Algunas otras regiones eran famosas por proveer a diversos países con sus productos cosméticos, como la zona de Oriente Próximo. El renombrado opobalsamum o bálsamo de Judea, citado por Plinio como uno de los mejores ungüentos, se caracterizaba por su alto coste, ya que había pocos lugares en los que podía cultivarse la planta de la que se extraía, ahora extinta, además se podía conseguir poca cantidad y el gasto de transporte lo encarecía aún más.  Las autoridades romanas vendían el bálsamo a 300 denarios el sextario, pero una vez que se había convertido en el preciado ungüento su precio alcanzaba los 1000 denarios.
Los bosques que proporcionaban tan apreciada esencia eran muy cuidados en el provincia de Judea. En los enfrentamientos contra los romanos algunos bosques fueron arrasados para que no cayeran en poder del Imperio, pero posteriormente  Roma se hizo con el control total de la producción a la que sacó gran beneficio. El comercio de este bálsamo se mantuvo por lo menos hasta el siglo VI d. C.

«En medio de Judea se encuentra la ciudad de Jerusalén, que es como el ombligo de toda la región. Es una tierra próspera en los más variados bienes, fértil por sus frutos, famosa por sus aguas, abundante en perfumes» ( Isid., Etym., XIV, 3, 21)

Las especias procedentes de lugares lejanos y exóticos podían comprarse en el mercado de especias de Vespasiano en Roma.
Los perfumes podían denominarse según la esencia que era su principal componente, la región o país del que provenían, o con el nombre de su creador.

"Otros, en cambio, detentan el nombre del inventor, como el amaracino. Cuentan que un cierto principito llamado Amaraco, mientras transportaba una serie de muy diferentes ungüentos, resbaló, y en su caída, al mezclarse los ungüentos, resultó un perfume mucho más oloroso. De ahí que hoy día a los mejores perfumes se les denomine «amaracinos»." (San Isidoro, Etimologías, IV)

Jarrita para aceite, Museo Arqueológico de Nápoles
 Plauto enumera unos cuantos aromas de los perfumes de su tiempo en su obra Epidicus, cuando uno de sus personajes alaba el vino y lo compara con ellos:
“Te saludo, (al vino) alma mía, alegría del querido Baco; cuán enamorada estoy de tu antigüedad. Porque en comparación con el tuyo el aroma de todos los ungüentos son mera tontería; tú eres mi mirra (stacta), mi canela (cinnamum), mi rosa, mi azafrán (crocinum), y mi casia, tú eres mi telinum”.

En la obra de Plinio se encuentran ejemplos de perfumes que estaban de actualidad en diversos momentos:  
“El Telinum se hace con aceite de oliva, miel, mejorana... Este último fue el perfume más de moda en los tiempos del poeta cómico Menandro." (Plinio, H.N.) El Megalium, creación del perfumista romano Megallus, se componía de bálsamo, junco, cálamo, aceite de bálano, casia y resina.
"Un tiempo después el conocido como “Megaleion” tomó su puesto, llamado así por ser de los mejores; se componía de aceite de balano, bálsamo, cálamo, junco, casia y resina. Una peculiar característica de este ungüento es que requiere que se remueva constantemente mientras hierve, hasta que ha perdido todo el olor; cuando se enfría, recobra su fragancia”. (Plinio, H.N. XXVIII, 2).

Ampulla olearia, Museo de la Ciudad, Barcelona

 Otros perfumes que gozaron de cierta fama fueron el crocimus, compuesto de azafrán. Se empleaba para perfumar ambientes en celebraciones y se consideraba un lujo por su alto precio.  Rociado con agua era el ambientador de los espectáculos públicos en la antigüedad.
“Luego, una vez que hayas adorado con incienso las aras coronadas, y haya brillado una llama propicia en toda la casa, que se prepare la mesa y que transcurra la noche entre copas, y que refresque el olfato perfume de azafrán en un vaso de rubio ónix.” (Propercio III, 10)

El de canela lo describe Plinio como el más espeso y uno de los más caros. El de rosas, también en su opinión, era el más universal por ser el más simple y cultivarse la flor en casi todas partes. Se apreciaba en los banquetes.
“Mecenas, hace tiempo que guardo para tus cabellos perfume de rosa, hecho con aceite de bálano y esencia de rosas.” (Horacio, Odas 3, 29, 3-5)

Clemente de Alejandría enumera los perfumes más usados en su época y cita las  propiedades que tenían y el uso que se podía dar a tales productos,  diferenciando entre perfumarse y untarse con perfumes, y, exigiendo  moderación en su uso, para evitar la lascivia y el afeminamiento de los hábitos viriles. Clemente recomienda restringir su uso a fines realmente necesarios, como los medicinales, entre los que cita su empleo  en masajes  o para alivio de  catarros y náuseas y proporciona una interesante información acerca de dichos usos terapéuticos.

“El placer derivado de las flores, y el beneficio derivado de los ungüentos y perfumes no debe pasarse por alto. Y de algún modo, qué placer hay, entonces, en las flores para aquellos que no las usan? Demos a conocer, pues, qué ungüentos se preparan con ellas y son más útiles. El Susinum se hace con varias clases de lirios, y es cálido, laxante, hidratante, sutil, antibilioso, emoliente. El Narcisinium se hace de narciso, y es tan beneficioso como el Susinum. El Mirsinium, de mirto y sus frutos, es astringente y detiene las efusiones del cuerpo y el de rosas es refrigerante”. (Pedagogo, Cap. VIII)

Muchos otros autores grecorromanos  mencionan los efectos medicinales y terapéuticos de los ungüentos que aliviaban algunas enfermedades e indisposiciones, además de reducir los efectos del alcohol.

“El malabatron es más diurético y mejor para el estómago. Machacado y cocido en vino se frota en los ojos para aliviar la inflamación. Refresca el aliento si se pone debajo de la lengua  y entre las ropas les da olor y mantiene alejadas a las polillas. (Dioscórides, De Materia Medica)

Los perfumistas almacenaban sus productos en frascos de plomo o de otros materiales como el alabastro y el ónice, e incluso arcilla para evitar que se evaporaran los aromas y los guardaban en los altillos de sus tiendas, a la sombra, para que el sol y el calor no los dañara.

“Esta piedra se llama alabastro, y se trabaja para hacer recipientes para ungüentos, porque tiene fama de evitar que se estropeen más que ningún otro material.” (Plinio, H.N. XXXVI, 12)

Alabastron, Museo de Pérgamo, Berlín

Pero con la invención del vidrio soplado en Siria en el siglo I. d. C., las ampullae (botellitas para aceites o perfumes) comenzaron a elaborarse con ese material, ya que eran envases que reunían cualidades para preservar el aroma de los perfumes durante años. Además de poder ofrecer una gran variación decorativa, la reducción del precio de estos recipientes favoreció la ampliación de su uso debido también al abaratamiento del precio final del perfume o ungüento. Otro material más barato era la arcilla. Actualmente se conservan muchos recipientes tanto de vidrio como de arcilla y otros materiales, hechos en distintos tamaños y formas, en los museos.

“Ya sabréis disculpar lo que voy a deciros: prefiero los objetos de vidrio, al menos no huelen. Y si no se rompiesen, hasta los preferiría al oro. Pero hoy los apreciamos poco.” (Pet. Sat. 50)

Ungüentarios, Museo Romano de Mérida

Los envases para perfumes mantuvieron en Roma los nombres que tenían en Grecia. Uno de los nombres más usados fue el de alabastron, cuya forma original procedía de Egipto, donde el material original era el alabastro, vidrio o fayenza principalmente.

Zenón fue el administrador de un dominio que el rey Ptolomeo II Filadelfo concedió a su tesorero Apolonio. Se conservan papiros que informan sobre trámites burocráticos que él llevaba. En una carta datada en el año 257 a.C. uno de los agentes de Zenón en Menfis le informa acerca de la recepción de un número de alabastra de plomo conteniendo ungüento mendesiano.


“He recibido de Zenón veintiocho alabastra de plomo conteniendo cada uno una cotila (cerca de cuarto litro) de ungüento aromático mendesiano, uno de dos cotilas y cinco de media cotila.”

Los alabastrones  Corintios y Áticos fueron muy populares entre los siglos VII y IV a. C. se caracterizaban por una delicada y compleja decoración los más lujosos  y para los más baratos un material corriente y una forma sencilla. Todos debían ser manejables y fáciles de usar, podían ser de un solo uso,  pero también podían reutilizarse. Algunos podían llevarse colgados con un cordel o cadena para ser transportados fácilmente.

Alabastron, Museos Vaticanos
“Y observamos que desde el artesonado baja de repente un aro enorme, sin duda extraído de un gran tonel. De todo su alrededor colgaban coronas de oro y frascos de alabastro con perfume”.

Los típicos alabastrones eran recipientes más o menos cilíndricos con la parte inferior redondeada, y un cuello más estrecho con una boca que permitiera dispensar el líquido en pequeñas cantidades o incluso gota a gota.

Los anforiscos  (amphoriskoi) son ánforas en miniatura con dos asas, cuerpo ancho y un cuello más estrecho. Los aríbalos (aryballoi) tenían un cuerpo redondeado u ovalado, con cuello más y a veces con una base. La ampulla tenía un cuerpo  redondo y plano con un cuello estrecho y más largo. El tipo askos solía tener un cuerpo más abultado, y un asa para su transporte.

AskósExposición de vidrio romano, 2012, Foro de Roma
Algunos de estos envases podían tener diseños en forma vegetal o animal, imitando frutas o pájaros u otras especies. Algunos ungüentarios se fabricaban en otros materiales y formas, como el cuerno de rinoceronte.
“Ese es el final de Tongilio, que lleva a los baños un enorme cuerno de rinoceronte” (Juvenal, VII)

Otros eran alargados en forma de huso. Para evitar la pérdida de producto se podía utilizar una pieza de cuero como tapón.
Los perfumes se utilizaban en los ritos funerarios como ofrendas a los dioses y se dejaban en las tumbas para acompañar a los difuntos en el más allá.

¡Oh dioses, haya para las ánimas de nuestros antepasados tierra liviana y sin peso, fragancias de azafrán y eterna primavera junto a su tumba…” (Juvenal, VII)

                             Ampulla oleariaExposición de vidrio romano, 2012, Foro de Roma

 Cuanto más elaborado era su diseño y más costoso el material, más evidencia había del poder económico del difunto y sus familiares.
“Y ahora, Estico, tráeme la mortaja en que quiero me lleven envuelto  a la tumba. Trae también el perfume y un poco de ungüento de aquella ánfora con el que mando que laven mis huesos.” (Pet. Sat. 77)

Tácito relata que el cuerpo de Popea, esposa de Nerón, fue embalsamado con perfumes.  Egipcios, griegos y romanos, quemaban incienso en sus casas y en sus templos y lo empleaban en sus ceremonias funerarias, en la creencia de que el alma ascendía junto con el humo. Plinio  escribió que el emperador Nerón mandó quemar la cosecha de incienso de Arabia de todo un año durante los funerales de su esposa Popea en el año 65.
Los romanos disfrutaban de un buen masaje tras el baño en el que algunos expertos esclavos (unctores) untaban el cuerpo con aceites perfumados en unas salas acondicionadas para ello. Algunos ciudadanos romanos llevaban sus propios aceites en un balsamario o en una pequeña botellita (ampulla olearia) que a veces eran aplicados por sus propios esclavos.
“El calor nos hizo sudar y al cabo de un rato nos cambiamos al agua fría. Mientras tanto a Trimalción, perfumado de ungüentos, le secaban no con paños de lino corriente, sino con toallas de lana finísima.” (Pet. Sat. 28)

Aryballos, Museo Arqueológico de Nápoles

Con respecto al uso del perfume por parte de personajes señalados existen claros ejemplos: 
Vespasiano canceló la cita que tenía con un noble que venía a agradecerle haberle concedido una prefectura y que olía a perfume. Vespasiano torció el gesto y le dijo que prefería que hubiera apestado a ajo. (Sue. VIII,3)
Para rivalizar en quién hacía mayor ostentación sirve de muestra una anécdota contada por Plutarco.
"Se dice que Nerón usó un día uno de los mejores perfumes y roció con él un poco a Otón, por lo que al día siguiente éste que recibía a Nerón en su casa dispuso en todas partes que por tuberías de oro y plata arrojasen ungüento que se esparcía como el agua." (Plutarco, Galba, 19)

Plinio se asombra de ciertas rarezas que mostraban algunos personajes, de nuevo Nerón y Otón:
"Sabemos que incluso se rocían de perfume las mismas plantas de los pies; una sofisticación que enseñó Otón al emperador Nerón. ¿Cómo, me gustaría saber, puede ser perceptible, o, incluso, producir cualquier placer en esa parte del cuerpo? Sabemos de algunos que han ordenado esparcir ungüentos por las paredes de sus baños, y el emperador Calígula hizo lo mismo con su inodoro, aunque esto no se puede decir que sea privilegio de los príncipes, ya que también lo hizo un esclavo que perteneció a Nerón." (Plinio, H.N. XIII, 4) 


El emperador Heliogábalo gustaba de arrojar pétalos sobre sus convidados en los banquetes en tal cantidad que alguna vez provocó la asfixia de un comensal y también derrochaba en perfumes:

“Solamente nadaba en piscinas rociadas con nobles perfumes o con azafrán”. (Hist. Aug.,  Heliogábalo, 19,5)

Las rosas de Heliogábalo, Alma-Tadema, colección particular

BIBLIOGRAFÍA:

Cosmetics & Perfumes in the Roman World, Susan Stewart
El Perfume en Roma, Victoria Bescós
Studies in ancient technology - R. J. Forbes - Google Libros
Relaciones de intercambio entre Egipto y el Mediterráneo Oriental (IV-I ... - Alicia Daneri de Rodrigo - Google Libros
Aroma: The Cultural History of Smell, Constance Classen, David Howes, Anthony Synnott
La Casa Romana, Pedro Ángel Fernández Vega