jueves, 30 de abril de 2015

Calceus, andar cómodamente y con estilo en la antigua Roma

Calzado romano, Museos Capitolinos

El calzado es una de las prendas de vestir que más ha variado desde que existe el hombre.  A pesar de ser un elemento funcional para proteger al pie, los artesanos zapateros han evidenciado, a lo largo de la historia, su destreza en la confección de artículos, no exentos de lujo y ornamento según los cambios en la moda.

“Porque el uso de zapatos es en parte para cubrir los pies, en parte como protección en caso de tropiezos, y para aislar la planta del pie de la dureza del camino.”
(Clemente, Ped. II, cap. 12)

Los romanos a diferencia de los griegos no encontraban agradable ir descalzos, ni siquiera en casa, a pesar de que en la época más antigua lo hicieron y posteriormente era símbolo de sencillez. 

“Es, realmente, un excelente ejercicio marchar con los pies descalzos, tanto para la salud, como para alcanzar un buen temple de alma y cuerpo, a excepción de cuando alguna necesidad lo impida.” (Clemente, El Pedagogo, II, 12)

Los ciudadanos pobres, esclavos, y los campesinos sí que solían  ir descalzos.  No hay prueba de si envolvían sus pies en paja u otras fibras para protegerlos del frío o del terreno. “El vehículo en el que me he acomodado es rústico; andando las mulas dan prueba de que viven; el mulero va descalzo, pero no a causa del calor”. (Sen. Ad Luc. 87)


Sandalias, romanas, Museos Capitolinos, Roma


Desde el principio, el calzado romano de uso común se caracterizó por fijarse siempre al tobillo, pero dentro de esos rasgos generales hubo una gran variedad de tipos, desde botas y zapatos hasta sandalias de toda clase. La mayoría fueron adaptaciones de los calzados utilizados por etruscos y griegos, aunque los romanos terminaron por apropiárselos y convertirlos en una de sus señas de identidad.

“Sin embargo utilizó como pretexto el cuidado de la provincia; abriendo los silos alivió los precios del grano, y siguió una conducta muy del agrado del pueblo: iba sin escolta militar, calzado solamente con sandalias, y con un atuendo similar al de los griegos, imitando a Escipión, de quien se cuenta que hacía lo mismo en Sicilia en plena guerra púnica.” (op. cit. II, 59)

Perfumeros de terracota en forma de sandalia y crépida griegas, Museo Británico

Pero ya durante el Imperio la moda de las sandalias griegas se difundió ampliamente; Tiberio, Germánico y Calígula se presentaban en público con sandalias, e incluso aparecían representados con ellas en las esculturas. Algunos de los patricios más elegantes hasta adornaban con joyas las correas de sus sandalias.

 “Llevaba gemas incluso en los zapatos, y además decoradas con grabados de artistas famosos,  lo que provocaba la hilaridad general.” (Historia Augusta, Heliogábalo, 23, 4)

Algunos autores criticaron el uso del excesivo lujo en la decoración de los zapatos y defendieron su uso únicamente como protección  para el pie:


 “Pero si no se está de viaje, y no se puede aguantar ir descalzo, se puede usar zapatillas o sandalias; `pies polvorientos las llamaron los áticos, por acercar los pies al polvo, creo yo.” (Clemente, El Pedagogo, II, 12)

Los artistas solían representar las clases altas en la escultura, y muchas imágenes muestran los pies descalzos para indicar divinidad, santidad religiosa,  piedad o la categoría de héroe.  Ir descalzo también indicaba prisa, pena, distracción de mente, o cualquier emoción violenta. A los funerales se asistía a veces con los pies descalzos, como describe Suetonio en el funeral de Augusto: “Los más distinguidos del orden ecuestre, descalzos y vistiendo sencillas túnicas, recogieron sus cenizas.” (Suet. Aug. 100). 

Los adeptos a Isis y Cibeles asistían a los cultos también descalzos. En caso de sequía se celebraba una procesión, llamada Nudipedalia, en la que los participantes iban descalzos para pedir a los dioses.

Varias leyes suntuarias normalizaron el uso de determinados zapatos para diferentes ocasiones, según el rango, profesión e incluso edad de las personas. Se decía que un extranjero versado en la tradición romana podía averiguar el status social, económico y profesional de los ciudadanos por el calzado que llevaban. Los senadores, caballeros, sacerdotes, actores en escena, soldados, ciudadanos y no ciudadanos todos llevaban trajes y calzado distintivos, apropiados a sus papeles en la vida.

Calzado romano, Museo Vindolanda, Gran Bretaña
La población civil dependía del cuero para el calzado, y el comercio de pieles era parte importante del comercio en la antigüedad. Las pieles de cabras, ovejas, vacas y bueyes se raspaban y curtían impregnándolas con un líquido hecho de corteza de árbol, agallas, sales minerales o alguna forma de tanino. La mayoría de la gente llevaba zapatos de color natural, pero los que podían permitírselo llevaban calzado hecho de caras pieles teñidas de negro, rojo u otros colores. El negro se producía usando atramentum sutorium, un tinte compuesto de sulfato de cobre.

Calzado romano, Museo Hunterian, Escocia
El emperador Aureliano que se vanagloriaba de modales austeros “prohibió a todos los hombres el uso de los calcei rojos, amarillos y blancos o de un verde color de hiedra, pero los toleró para las mujeres” (Historia Augusta, Aureliano 49, 7) 

Otros colores – blanco, oro y púrpura – aparecen en el Edicto de Precios de Diocleciano, a principios del siglo IV d. C.

Pintura de Alma-Tadema

Llevar un buen calzado era al igual que lucir una toga impoluta un signo de distinción. Un zapato roto o descosido indicaba pobreza o desaliño.

Juvenal, por ejemplo, se refería en una sátira a cierto pobre hombre con sus atuendo desgastado: “¿Qué decir  cuando este mismo a todos da motivo y temas para chistes si su túnica está sucia y rota, si su toga está asquerosilla y uno de sus zapatos se entreabre con el cuero rajado o en recosida llaga más de una cicatriz deja ver el lino entero y nuevo?” (Sátira, 3)

Y Marcial dedica un epigrama a un caballero que de una posición de riqueza había caído en la pobreza: «Después de ello tu toga está mucho más sucia, tu manto es peor, tu calzado es de cuero remendado tres o cuatro veces».

Los griegos y romanos que llevaban zapatos, incluyendo generalmente a todas las personas, excepto jóvenes, esclavos y ascéticos tenían inclinación por seguir la moda del calzado. Hay multitud de zapatos, cuyo nombre proviene de las personas  o los  lugares que  los pusieron de moda: zapatos de Alcibíades, de Persia, de Laconia, de Creta, Milesio y Ateniense.

“Hay que mandar a paseo, pues, los vanos artificios cargados de oro y de piedras preciosas de las sandalias, así como los zapatos de Atenas o de Sición y los coturnos de Persia o de Tiro, y, proponiéndonos, como es costumbre nuestra, una justa meta, debemos elegir lo que es conforme a la naturaleza.” (Clemente, El Pedagogo, II)

Sandalia de Sulpicia Lepidina, Vindolanda, Gran Bretaña

Babilonica hypodemata eran sandalias elegantes procedentes de Babilonia de piel de excelente calidad. Se consideraban un lujo y la llevaban tanto los hombres como las mujeres. Las baucides eran un  caro calzado de color azafrán, especialmente popular entre las cortesanas. Algunas llevaban suelo de corcho para aumentar la altura.
Las phaecasia eran unos zapatos llevados por los sacerdotes en Atenas y que se hacían de cuero blanco y cubrían todo el pie.
“y lucía unas ajorcas en espiral en sus tobillos y escarpines (phaecasia) de piel con bordes de oro.” (Petronio, Satyr. 67)

Una referencia del siglo IV d. C. menciona un gremio de curtidores, un gremio de trescientos zapateros, y fabricantes de botas claveteadas (caligarii), además de fabricantes de crepidae (crepidarii).

En líneas generales, en Roma existieron tres tipos de calzado: las sandalias, los zapatos y las botas. Las primeras fueron adoptadas por los romanos del mundo griego. Llamadas en latín soleae, consistían en una simple suela de cuero unida al pie por suaves lazos o cordones, también fabricados en cuero. La forma de estos cordones podía variar, pero como norma general la mayor parte del pie permanecía descubierta. El espesor de la sandalia variaba en función de las condiciones climáticas, siendo muy frecuentes las sandalias reforzadas y acolchadas en los ambientes más fríos.

Pintura de Alma-Tadema
Las sandalias eran, sin lugar a dudas, un calzado cómodo, ideal para estar en casa. Pero estaba mal visto llevarlas en público. Los romanos celosos de las tradiciones nacionales consideraban que era un ejemplo de la corruptora influencia griega, un signo de informalidad (como hoy lo sería salir a la calle con pantuflas) o de pérdida de estatus, pues llevar descubierto el empeine se parecía mucho a ir descalzo, algo que era propio de los esclavos. Otros decían que era un calzado propio de enfermos y viejos.

Cada civilización de la cuenca mediterránea hacía sandalias con los materiales que se encontraban localmente. Por ejemplo en Egipto se hacían con hoja de palma o incluso papiro.

Sandalia época romana, Museo Británico

Pinturas, mosaicos y esculturas representan las variedades de sandalias comunes en Italia, en todos los periodos de la república e imperio romanos.
Desde el siglo I al III d.C. hubo primero una suela de sandalia con forma natural para hombres, mujeres y niños. En el siglo II aparecieron estilos masculinos y femeninos divergentes, haciéndose la de mujer más estrecha y apuntada, y la de hombre más ancha y chata.

“Nuestra mirada no se detuvo tanto en los efebos – aunque merecían la pena – cuanto en el paterfamilias, que calzaba sandalias (soleatus) y practicaba el juego con pelotas verdes.” (Petronio, Satyr. 27)


Algunas suelas llevaban el sello del fabricante o del curtidor, y se decoraba la parte interior. Muchas se claveteaban, dado que los romanos pensaban que lo que era bueno para los soldados a la hora de conservar el zapato del uso también era bueno para los civiles.
Sandalia, Cesarea, Jerusalem
Parece que las sandalias ya se habían hecho populares entre los adultos en el siglo III d. C. Las sandalias debían ser un calzado informal  que se llevaba más de puertas adentro, como demuestra la crítica de Cicerón a Verres:
“Ese gobernador romano permaneció allí en la playa, en sandalias (soleae), con un palio púrpura y una túnica hasta el tobillo, y apoyándose en su mujercita.”

A los banquetes privados sí se podía ir con sandalias, al menos si se iba en litera (lectica); antes de entrar en el comedor, el invitado hacía que sus esclavos le quitaran las soleae para reclinarse en el lecho y las pedía al marcharse. Por esto, la expresión soleas poscere, «pedir las sandalias», con la que se anunciaba al anfitrión la intención de marchar y que  acabó significando «prepararse para partir».

Sandalias femeninas, Museos Capitolinos, Roma
La sandalia (solea) era calzado típicamente femenino. A las mujeres respetables apenas se las veía con los pies desnudos en público.

"Allí mi radiante diosa entró con delicado
Pie y detuvo en el gastado umbral su brillante planta
Apoyada en la crujiente sandalia." (Catulo, 68)

En Roma las sandalias con un complicado entramado de tiras superiores, cubriendo a veces los dedos y otras dejándolos al aire, se conocieron como crepidae, también de origen griego. Se llevaban con el palio, pero no con la toga y eran características de los griegos. Los romanos las adoptaron, como describe Suetonio con respecto a Tiberio: abandonó el traje romano y adoptó el palio y las crepidae griegas.

Las crepidae a menudo cubrían el pie hasta el tobillo, y, a veces, cubrían los dedos, lo que no hacían las sandalias (soleae). Se representan ya en las pinturas de las tumbas de Tarquinia del siglo V a. C. y en los frescos del siglo I. d.C.
Se hacían para ambos pies indiferentemente y las llevaban tantos los hombres como las mujeres. Las soleae y las crepidae a menudo se confundían entre sí.

Calzado infantil, Museo Hunterian, Escocia

Las sculponae eran sandalias cuya técnica de fabricación era sencilla: una suela de madera que presentaba  un tacón y una banda en relieve a nivel de planta del pie, sobre la que se clavaba una cincha de cuero. Los tacones podían ser rectangulares o triangulares. La alta suela de madera protegía el pie de la humedad, por lo que solían llevarse en las termas, ya que no se desgastaba tan rápidamente como la de cuero. 


Sandalia para las termas, Heerle, Holanda, (foto Paul Garland, Flickr)

También los campesinos las empleaban en sus desplazamientos por terrenos embarrados.

“Mientras, lleno de actividad, trabajo el agro en la campiña, veo un Triptolemo con sculponeae seguir una yunta con dos bestias cornudas.” (Varrón, Saturae Menipaeae.)

Mosaico, Iglesia  de Lot y Proculo, Madaba, Israel

La gallica era un zapato copiado de los galos, hecho de piel basta con una suela gruesa de madera, que, a partir del siglo II a. C., se llevaba en el campo, especialmente en clima lluvioso. Siglos después vemos que la gallica queda como el calzado de los pastores, los campesinos, los viajeros y los correos; y, como el báculo, es uno de los atributos ordinarios de los primeros monjes, un indicio de su vida sencilla y rústica. Sin embargo, se había relajado mucho de la severidad de los primeros tiempos, y poco a poco era habitual ver a los ciudadanos romanos llevar la gallica en lugar del calceus, aunque Cicerón critica que Marco Antonio las llevase en público. 

“De cuantas maldades pueden cometerse, no oí ni vi ninguna más deshonrosa que la de que, siendo tú, general de la caballería, recorrieses con galochas (gallicae) y túnica gala las colonias y los municipios de esa misma Galia…” (Cic. Filip. II, 30,76).

Entraba dentro de la categoría de las sandalias, y consecuentemente, dejaba al descubierto, como mínimo en gran parte, la parte superior del pie; se fijaba con cordones o con correas de cuero delgadas y redondas. La semejanza entre estos dos calzados era tal que las mismas dos palabras se consideraban como sinónimos y se usaban indistintamente la una por la otra. Aulo Gelio explica así porqué se podía, con el uso, confundirlas:

“Ahora bien; muchos oyentes preguntaban por qué había llamado sandalia (solea) al calzado llamado gallicae. Pero Castricio había hablado con pureza y conocimiento de causa; porque todo calzado que no protege más que la planta del pie, deja el resto desnudo y se sujeta con cordones, se ha llamado soleae, y algunas veces con el nombre griego de crepidulae. Gallicae es palabra nueva, según creo, que no remonta más allá del tiempo de Cicerón.”

Sandalia de fibras , Michigan

La baxa era una  sandalia hecha de fibras vegetales, hojas o cortezas. Los egipcios las hacían de hoja de palma y papiro. Era un calzado ligero, tosco, económico, propio de los pobres y campesinos. Los filósofos la llevaban en tiempos de Tertuliano y Apuleyo, probablemente por simplicidad y economía. 

“Si un filósofo se viste de púrpura, por qué no en sandalias de fibras (baxae) también? Para un tirio calzarse en algo que no sea de oro, no está de ningún modo en consonancia con el estilo griego." (Tert. De Palio, 4)

Los actores de la época de Plauto también las llevaban, y el personaje de Sosicles las menciona en Menaechmi (Los Gemelos). 

Calceus romano, Vindolanda, Gran Bretaña

El calzado por excelencia de los ciudadanos romanos fue el calceus (en plural, calcei). Los griegos utilizaban más las sandalias y las botas. Parecido a un mocasín, estaba hecho de cuero, cubría todo el pie y la planta y se ataba con tiras de cuero  que se enrollaban alrededor del tobillo y la pierna y se ataba con dos nudos al frente.
 Hay que tener en cuenta que los romanos no usaban habitualmente  calcetines ni medias, aunque las gentes humildes seguramente se resguardaban del frío con prendas de lino y de lana.

 “No las ha formado la lana, sino la barba de un macho mal oliente: la planta de tus pies podrá cobijarse en un seno del Cínife.” (Marcial, Epi.  XIV, 140- Udones cilicii)


Calcetín de lana, época romana, Museo Británico

Los calcei eran un calzado pesado y no demasiado cómodo, pero su uso era obligatorio, como el de la toga, para todo ciudadano que salía al exterior, mientras que las sandalias se llevaban en casa con la túnica; en cambio, estaba totalmente prohibido llevar calcei a los esclavos.

“Siempre tenía preparados en el dormitorio el traje de calle (vestis forensia) y los zapatos (calcei) para casos imprevistos e inesperados.” (Suetonio, Augusto)

Se hacían modelos según el nivel social, y se distinguían por el material empleado, el trabajo artesano, el color y su coste.

Calceus infantil, Museo Vindolanda, Gran Bretaña

Existían varios tipos de calceus según la categoría social de cada ciudadano, que se distinguían, entre otros aspectos, por su color. El calceus senatorius, propio de los senadores, estaba hecho con piel tintada de negro-. Se distinguía por la suela gruesa con tacón y porque estaba sujeto con cuatro correas que partían de la suela, llegaban hasta la mitad de la tibia y se ataban en el empeine. 

Balsamario en forma de calceus romano, Museo Británico

Algunos llevan un singular adorno de marfil o plata, en forma de pequeña luna creciente, llamada lunula (lunita); indicaba que quien lo calzaba descendía de alguno de los cien linajes más antiguos de Roma, que integraron el Senado en tiempos de Rómulo.
La recuperación de esta insignia arcaica y casi legendaria del viejo patriciado no fue, tal vez, en un primer momento un asunto de orgullo personal, sino más bien una moda generalmente impuesta por la etiqueta oficial

"Las lengüetas de sus zapatos recién puestas se apoyan sobre el calzado con hebilla de media luna, y un cuero de escarlata pinta su pie sin lastimarlo, y numerosos lunares revisten su frente de estrellas. ¿No sabes qué es? Quita esos lunares y lo leerás." (Marcial, II, 29)

El calceus se trataba con alumbre para suavizar la piel. Marcial critica a un cónsul por preocuparse más de su calzado que de su vestimenta: “Llevando  tú una toga más sucia que el estiércol y, en cambio, llevando tú un calzado más blanco, Cinna, que la nieve recién caída, ¿por qué, inepto, tapas completamente tus pies dejando caer el manto? Recógete, Cinna, la toga: mira, se te echa a perder el calzado.” (Marcial, VII, 33)

Calceus romano, Castro de Altamira, As Neves, foto de Álvaro Pérez Vilariño

Las personas que tenían derecho a llevar el calceus patricio eran los nacidos patricios y los plebeyos que hubiesen ganado un cargo curul, como premio por sus logros o para celebrar un triunfo.
Los nobles romanos llevaban calcei con palas cerradas y una larga lengüeta. Se distinguían por su color rojo, los llamados mullei, por su parecido a las escamas del salmonete, y eran particularmente admirados. Pudo existir cierta confusión sobre el rojo como color del calceus patricio o senatorial por el hecho de que la mayoría de los senadores eran originalmente patricios con derecho a llevar botas rojas. Cuando muchos caballeros fueron hechos senadores, los patricios conservarían el color rojo como símbolo de distinción ante los nuevos senadores, considerados de rango inferior, que debían llevarlo de color negro.

  “Usaba para mostrar a todos los hombres su soberbia, con ropa desatada y el calzado que usaría más tarde, a veces alto y de color rojo, después al estilo de los reyes que habían reinado en Alba, como había pedido que se hiciera Julo.” (Dión Casio)

Calzado de color, Museos Vaticanos, Roma

Es posible que en ciertas ocasiones se utilizara el color púrpura, como en ceremonias triunfales y el emperador podría haber recompensado los servicios de alguna persona concediéndole el privilegio de llevarlo.

También en ciertos actos sociales se llevaban los calcei, como en banquetes, aunque era típico llevar las sandalias.
¡Piensa cuántos hay que, cuando es introducido en el comedor un lector, un tañedor de lira o un cómico, piden que les traigan sus calceos o permanecen reclinados con un fastidio…! (Plinio, IX, 17)

Pintura etrusca con calcei
Los calcei repandi son zapatos apuntados curvados hacia arriba en la parte que cubría los dedos, y que llevaban los etruscos en el siglo VI a. C. Estos pudieron ser el modelo para los calcei senatorii posteriores. Los calceoli eran zapatos como media bota, para mujer.

El calceus parece siempre designar un modelo de calidad que se opone a los calzados de cueros bastos: Catón relataba en efecto, que antaño no se conocían en Roma más que dos tipos de zapatos, el calceus mulleus, reservado a los magistrados, y el pero crudus un zapato más basto.

La carbatina era un zapato hecho de un solo trozo de cuero del que se recortaban a la vez la suela y las tiras  que la sujetaban envolviendo la parte superior del pie. Un cordón se enlazaba por los agujeros juntando los bordes. La carbatina protegía el talón y los dedos con tiras que se sujetaban en torno al tobillo. Se podía hacer de cuero fresco de manera que el mayor o menor  grado de humedad afectaba al material del que estaban hechas. En Germania y Britania la carbatina parece haber sido un popular tipo de zapato permitiendo gran variedad decorativa con la lazada. Normalmente se cosía en el talón. Se hacían para los niños, pues se podía ajustar según el crecimiento del pie.

Zapato femenino,Museo Hunterian
El soccus o socculus era un zapato bajo, que se ajustaba al pie, y no se abrochaba con nudos. Los de las mujeres eran más finos y adornados (soccus muliebris), aunque los de los hombres también se adornaban según el gusto del que lo llevaba: 
“Chrysalus: “No se abrocha las suelas de sus zapatos con oro.” (Plaut. Bacch. II, 3)

Suetonio menciona el hecho de que Calígula utilizaba distintos tipos de calzado, entre ellos los socci de mujer: Por calzado usaba unas veces sandalias (crepidae) o coturno, y otras, caligas militares; algunas veces zueco de mujer.”

El soccus lo llevaban los actores cómicos en contraposición al cothurnus que llevaban los actores trágicos:
“Qué gran Doseno es al retratar voraces parásitos, con qué estilo más desgarbado pisan sus zuecos los escenarios.” (Hor. Epis. II, 1)

El coturno o cothurnus Era una especie de bota cuya distinción especial era su altura; llegaba hasta por encima de la mitad de la pierna, para rodear la pantorrilla, y a veces alcanzaba hasta las rodillas. La llevaban principalmente los jinetes, cazadores y personas con cierto rango y autoridad. 

Coturnos, Estatua de Diana

Las esculturas antiguas muestran que se adornaba con gusto y artísticamente. Su suela tenía un grosor normal, pero a veces se incrementaba añadiendo capas de corcho, con lo que aumentaba la altura de mujeres que querían parecer más altas y de actores de la tragedia ateniense que deseaban magnificar su apariencia: "que no tenía ocasión para llevar la máscara, o los coturnos trágicos” (Hor. Sat. I. 5)

Mosaico de Adonis, Villa de Materno, Carranque, Toledo

Los campesinos tenían un zapato o bota de cuero de color natural, que parece originalmente haberse llamado pero. Virgilio se refiere a pero como el zapato rústico de los rudos hombres que vinieron a luchar con Eneas con un pie descalzo y el otro calzado en piel sin curtir. Juvenal dice que los montañeses contaban a sus hijos que un hombre auténtico no desdeñaba llevar “botas hasta la rodilla” cuando hacía frío: “No querrá ser responsable de nada prohibido quien no tiene reparos en calzarse altas botas en medio de los hielos” (Sat. 14). Es difícil saber cómo eran realmente, dado que parece haber muchas formas del pero, representado por escultores y pintores. Durante la República el pero se reforzó con suela y se extendió su uso entre todos los ciudadanos.

Calzado decorado, Museo de Cuenca
En cuanto a las botas o caligae, similares en cierto modo a las sandalias, fueron utilizadas por los campesinos, por los jornaleros y, sobre todo, por los soldados; de ahí que a los militares se los conociera también como caligati. Excepto los oficiales de más alto rango, que para destacar entre sus hombres utilizaron los calcei, todos los soldados calzaron botas de cuero dotadas de anchos y firmes cordones que llegaban hasta los tobillos. A menudo eran empleadas con calcetines, prenda que aseguraba una adecuada protección térmica, habiéndose señalado, no obstante, que el uso con los pies descalzos, favorecía su ventilación durante las largas marchas legionarias.
Cortada de una sola pieza de cuero, se cosía por atrás y dejaba los dedos al descubierto.

Caliga, Museo Villa de los Quintilios, Roma

Para proporcionar a este tipo de calzado una mayor tracción y resistencia, se clavaban en la suela casi un centenar de tachuelas de hierro o de cobre,  llamadas clavi caligarii.
Caligae con tachuelas, Museo Arqueológico
Alicante
Su número y distribución tenían que ver en primer lugar con la técnica del zapatero y con el tipo de piel empleado. La cantidad, en principio dependía del tamaño de la cabeza de las tachuelas, pero también dependía del dibujo de los clavos que se diseñaba para distribuir apoyo donde se necesitaba, y una suela interior protegía al portador del roce de los clavos. De gran agarre, les permitían marchar en extenuantes jornadas. Experimentos modernos han demostrado que con este sistema las botas podían aguantar hasta mil kilómetros de marcha. Con ellas a la vez que se protegía la suela de cuero del desgaste, se mejoraba el agarre al terreno, siempre que no fuese  una superficie muy lisa, en la que el calzado resbalaba. Esto fue lo que le pasó a un centurión llamado Juliano, en el sitio de Jerusalén, que patinó sobre el suelo pulido del templo y cayó con gran estrépito, siendo rematado allí mismo por sus enemigos, según cuenta Flavio Josefo en La Guerra de los Judios.

Las caligae eran pieza fundamental del equipamiento de los legionarios romanos que les permitía mantenerse firmes en las tremendas batallas sobre terrenos resbaladizos de sangre y vísceras, e incluso se usaban como armas: las suelas claveteadas posibilitaban pisotear hasta la muerte a los enemigos caídos y pegar peligrosas patadas que dejaban marcas de por vida.
Por esta misma razón, llevar este tipo de botas por la ciudad podía dar lugar a incidentes desagradables: Mis pies se hunden en el lodo, de pronto enormes zapatos me pisan por todas partes y la tachuela de un soldado se me clava en un dedo.” (Juvenal, Satira, 3, 239-248)

Un ejército de soldados marchando con tales zapatos claveteados hacía un ruido atronador que podía amedrentar al enemigo. Suetonio, por su parte, explica que la guardia pretoriana de los emperadores utilizó una modalidad de bota sin clavos en la suela, las caligae speculatores, mucho más cómodas y silenciosas.

Lucerna en forma de pie con caliga, Museo Nacional Romano, Roma

Los soldados recibían regularmente, como parte de su equipamiento, un cierto número de tachuelas para sus caligae. Tácito incluso nos habla de un donativo, el clavarium, que se daba a las tropas en campaña, cuyo nombre debe de derivar en origen de la necesidad de reponer las tachuelas perdidas durante las incesantes marchas:
"Hallándose éstos (los generales) en una región gastada por la guerra y la carestía, les aterraban las voces sediciosas de los soldados, que exigían el clavarium (éste es el nombre de un donativo), sin haber hecho provisión de trigo ni de dinero, estorbándoles la impaciencia y la codicia de los que saqueaban lo que podrían haber recibido." (Tácito, Historiae, 3, 50)

Caliga también designa el servicio en el ejército como soldado. Así, de Mario se dijo que había llegado al consulado a caliga, es decir, habiendo sido en sus inicios soldado raso. Otro ejemplo es el de Publio Ventidio que, aunque llegó a ser cónsul y a celebrar un triunfo, según Cicerón: "...fue mulero de los panaderos castrenses y según la mayoría de los escritores pasó su juventud en la mayor pobreza y calzó las cáligas militares."

Pie de marmol con caliga, Museos Vaticanos

El emperador Calígula recibió ese apodo porque, cuando era un niño, su padre Germánico le vestía de soldadito para complacer a la tropa:

"El niño, nacido en el ejército, criado entre las legiones, a quien llamaban Calígula (botitas) con vocablo militar, a causa de que muchas veces, por ganarse las simpatías del pueblo, le ponían ese calzado." (Tacito, Annales, 1, 41)

En la colección de cien adivinanzas del siglo Iv o V d.C.,  Symphosii Scholastici Ænigmata, de las que se empleaban para hacer regalos divertidos en las Saturnalia, en donde el obsequio envuelto iba acompañado por un acertijo, hay una sobre el clavo de la caliga.
Tachuela de cáliga (Clavus caligaris)
"Marcho cabeza abajo, porque voy colgado de un solo pie; con mi coronilla toco el suelo, dejo la huella de mi testa; pero muchos camaradas pasan los mismos sufrimiento."

Clemente de Alejandría apunta que el calzado provisto de clavi caligarii se utilizaba para hacer viajes a pie:

"A las mujeres se les puede permitir llevar un zapato blanco, excepto cuando vayan de viaje, que debe usarse un zapato engrasado. Cuando vayan de viaje, necesitan zapatos claveteados." (Clemente de Alejandría, Paedagogus, 2, 12)


Es probable que también la población civil, agricultores, carreteros, muleros o mineros usaran, si no las propias cáligas militares, sí un calzado cuya suela estuviera equipada con clavos, en función de las actividades que fuesen a desempeñar.
“Acudiré con mis alpargatas a esos fríos campos para oír tus Sátiras, si ellos de mí no se avergüenzan.” (Juvenal, Sat., 3)

 Un esclavo capadocio de Trimalción, Massa, divierte a la audiencia imitando la vida de un mulero, y es recompensado con unas caligas. Los que desempeñaban los trabajos más humildes, sobre todo, en el campo solían ir descalzos.

“Poniéndose un capote y con un látigo en la mano, parodió la vida del mulero, hasta que Habinas lo llamó a su lado, le dio un beso y lo invitó a beber diciéndole: «Has estado como nunca, Massa; te regalo unas cáligas”. (Petronio, Satyricon, 69, 4)

Caliga,  (foto Carole Raddato, Flickr)

Las caligae muliebres eran botas para mujer, similares a las del ejército. Clemente de Alejandría (s. II d.C.) que, al recomendar a las cristianas que huyan del calzado decorado, critica a las mujeres que usan sandalias lujosas o adornadas:

“Son verdaderamente vergonzosas «las sandalias en las que hay flores doradas», pero también las mujeres insisten en adherirse a su suela unos clavos formando espirales; son muchas las que aplican sellos con motivos eróticos, para que, al andar, quede impreso sobre la tierra el signo de sus sentimientos de hetera”. (Clemente de Alejandría, Paedagogus, 2, 12)

En el Edicto de Precios de Diocleciano se menciona un zapato militar, el campagus (campagi militares) que costaba 75 denarios.

Calzado tipo campagus, Museos Capitolinos, Roma
El campagus era un tipo de calzado utilizado por los patricios que iba sujeto en el talón y entre los dedos, pero dejaba el pie al descubierto. Varías piezas se ensamblaban de forma esmerada y podría envolver al pie más confortablemente. Las correas del campagus, atadas a la pierna, podían formar una red que se adornaba con pedrería.

“Usaba un tahalí con brillantes y se ataba con correas, adornadas de gemas, unos zapatos a los que llamaba reticulados (campagus reticulatus)” (Historia Augusta, Galieno, 16)

 El emperador y los oficiales de alto rango también llevaban el campagus, una bota elegante con los dedos descubiertos, con la lazada en la parte anterior. Con frecuencia, la parte superior se decoraba con la cabeza o garras de un animal pequeño, bien de un animal real o modelada en oro o marfil. El campagus del emperador se teñía de púrpura y se adornaba con oro y joyas.


viernes, 17 de abril de 2015

Triclinium, espacio para comer y disfrutar en la domus

Triclinum, Villa Ariadna, Stabia, Italia

Para los ricos aristócratas romanos el entretenimiento de amigos y clientes a la hora de la cena se convirtió en el principal foco de vida social. El triclinium o comedor donde se celebraban los banquetes se estableció como elemento indispensable para mostrar el status social y el nivel de bienestar del propietario. La decoración de la habitación, la provisión de los alimentos más exóticos, la calidad de las vajillas y recipientes para servir la comida y la cantidad de esclavos que atendían a los invitados, además de la oferta de entretenimiento durante la cena se alzaban como expresión de la riqueza y elegancia del dominus que invitaba.

“Del otro lado tiene que alzarse apoyado en largas columnas de Numidia y recoger el sol de invierno un cenador.” (Juvenal, VII)


Los triclinia elaborados como espacio de representación para recrear la vista e impresionar  acogían decoraciones pictóricas en los muros, techos abovedados o artesonados sostenidos por columnas, suelos de mosaico diseñados, a veces, para delimitar la ubicación de los lechos, en las zonas más visibles. Estas lujosas estancias podían disponer de ventanas protegidas con piedra especular que permitían entrar la luz y también podían ser calentadas por hipocausto o tubos por los que pasaba aire caliente que quedaban ocultos tras las paredes.

Mosaico de Venus y Adonis, Triclinium de la Villa de Materno, Carranque, Toledo

En las casa con peristilo, el triclinium se organizaba como un amplio espacio abierto hacia él, para poder disfrutar de la vista del jardín, del aroma de las flores y del murmullo del agua que surgía de las fuentes o estanques. En las villas rústicas se apreciaba tener amplias vistas a los campos o montañas y en las villas marítimas que los comedores dispusiesen de ventanas por las que se pudiese ver el mar y permitiesen entrar las brisas marinas.

“Al otro lado del pórtico, a la altura de las columnas que forman el centro del arco de la D, hay un patio cubierto lleno de encanto, y a continuación, un comedor bastante elegante que se mete casi en la playa, de modo que, cuando el mar es agitado por el viento de África, es suavemente salpicado por las puntas de las olas una vez ya rotas. Esta estancia está provista por todos sus lados de puertas y ventanas del tamaño de aquellas, y así, parece que mira hacia tres mares por sus dos paredes laterales y por la que está frente a los comensales. Por la parte que queda a la espalda de éstos, da hacia el patio cubierto ya citado, hacia el pórtico, hacia el patio abierto, hacia la continuación del pórtico, hacia el atrio, y más allá de él hacia bosques y lejanas montañas.”(Plinio, Epis. II, 17)

Estancia con ventanas, Villa San Marco, Stabia, Italia

La disposición del comedor tradicional romano consistía  en tres lechos alrededor de una mesa donde colocar la comida. Los lechos de obra solía tener el lado hacia la mesa más elevado para facilitar la postura. La colocación de los invitados seguía un orden jerárquico muy estricto. Los invitados se tendían en oblicuo en el lecho, con el codo izquierdo apoyado sobre un cojín, y la mano derecha libre para comer. Se les lavaba los pies al entrar y se quitaban el calzado durante la cena. Más adelante se impuso un lecho en forma de media luna, stibadium, en el que cabían alrededor de siete personas. En  Pompeya se han encontrado comedores de verano con dos lechos (biclinium), en los que cabrían dos o tres personas en cada uno.

En las casas o villas más grandes se podían encontrar triclinios de verano o invierno, emplazados en distintos lugar según la orientación de la casa. El arquitecto Vitruvio da consejos sobre la ubicación de estas habitaciones:

“Los triclinios de primavera y de otoño se orientarán hacia el este, pues, al estar expuestos directamente hacia la luz del sol que inicia su periplo hacia occidente, se consigue que mantengan una temperatura agradable, durante el tiempo cuya utilización es imprescindible. Hacia el norte se orientarán los triclinios de verano, pues tal orientación no resulta tan calurosa como las otras durante el solsticio, al estar en el punto puesto al curso del sol; por ello permanecen muy frescas, lo que proporciona un agradable bienestar”. (VI, 4)  

Triclinio de verano, Casa de Neptuno y Anfítrite, Herculano

Los triclinia de invierno que necesitaban calentarse con braseros e iluminarse con lucernas serían espacios en los que se concentraba una atmósfera densa por el calor y el humo, por lo que Vitruvio recomienda pintar zócalos sencillos en color negro combinado con ocre o rojo, con pavimentos en colores oscuros y capaces de absorber las manchas provocadas por los alimentos y bebidas derramados.

“Así, por ejemplo, en los comedores de invierno no están bien ni son necesarios refinamientos en la ornamentación, ni  pinturas de gran importancia, ni adornos delicados en las cornisas de las bóvedas porque todas estas cosas se echan a perder con el humo de los fuegos y con el espeso hollín de las lámparas.” (Vitr. VII, 4)

Triclinium, Casa de los Ciervos, Herculano

 En muchas casas, sobre todo, en Pompeya se han encontrado triclinios en los jardines, protegidos por una pérgola, un toldo o un tejadillo, y normalmente, frente a una fuente.

“En la cabecera del hipódromo está el stibadium de blanquísimo mármol, cubierto por una pérgola que está sostenida por cuatro columnas de mármol caristio. Debajo del stibadium el agua sale a chorros, casi como expulsada por los que están sentados encima; el agua se recoge en un canal y pasa a rellenar una pila de fino mármol, regulada de modo invisible para que esté siempre llena y nunca se desborde. Las viandas de mayor peso, si las hay, se apoyan en el borde de la pila, mientras que las más ligeras se llevan flotando en barquitos o aves simuladas. Enfrente hay una fuente que lanza y recoge el agua mediante un juego de cañerías que primero la echa hacia arriba y luego la traga abajo para volver a elevarla después.” (Plinio, V, 6)

Triclinium, Villa de Minori, Costa Amalfitana

El emperador Tiberio mandó habilitar una gruta en Sperlonga para disfrutar del entorno y del agua marina junto a la que se sitúa la cueva. En su interior había numerosas estatuas para amenizar el lugar. Aquí es donde pudo ocurrir el accidente citado por Suetonio, en el que mientras el emperador cenaba con sus invitados se cayeron varias piedras del techo que causaron la muerte a varios de los comensales y sirvientes, aunque Tiberio salió ileso.

Villa de Tiberio, Sperlonga, Italia

El Emperador Adriano construyó en su amplia residencia de Tíbur (actual Tívoli) un ostentoso comedor al aire libre con un lecho semicircular con plazas suficientes para albergar a unos cuantos comensales, el cual tenía por detrás rampas por las que supuestamente caerían cascadas de agua y por delante un enorme estanque rodeado por estatuas.

Stibadium, Villa Adriana, Tívoli, Italia

 Los comedores al aire libre forman una prueba más del naturalismo romano que degustaba los placeres de las comidas campestres a la sombra de un árbol y en contacto con la naturaleza, aprovechando los días festivos.

 A la hora de disfrutar de lugares originales en donde disfrutar del placer de la gastronomía en entornos agradables a la vista, destaca la celebración de comidas con varios convidados en los que el protagonista era un enorme y frondoso árbol, como el famoso “nido” de Calígula:

“El emperador Calígula pudo admirar en la campiña de Velitres un tablado construido sobre un solo plátano cuyas ramas, ampliamente expandida, servían de asientos: celebró un festín, donde el árbol mismo proporcionaba una parte de la sombra, en este comedor, que fue capaz de contener a 15 convidados y los sirvientes, y que él llamó “el nido”. (Plinio, H.N. XII, 10)

Mosaico nilótico, Praeneste, Museo de Palestrina, Italia

Es posible que algunos encontraran más placentero cenar en un ambiente tan rustico y sencillo que en un lugar cerrado y profusamente decorado a la moda del momento. Otra vez un árbol gigantesco es el centro de atención:

“Actualmente hay en Licia un plátano famoso, al que va asociado la amenidad de una fuente fresca; colocado cerca del camino, esta horadado por una profunda cueva de 81 pies, formando una especie de casa, cuyo tejado es una selva frondosa, ya que está rodeado por vastas ramas tan gruesas como árboles y cubre la campiña con sus largas sombras. Y para que nada falte para asemejarse a una gruta, el interior de su oquedad está tapizado de un revestimiento circular de piedras pómez cubiertas de musgo. La cosa es tan maravillosa que Licinius Mucianus, cónsul por tercera vez y últimamente legado de esta provincia, ha creído deber transmitir a la posteridad que había cenado en su tronco con 17 convidados, sobre lechos de follaje proporcionados generosamente por el propio árbol al abrigo de todos los vientos, sin oír el ruido de la lluvia sobre las hojas; y que él se había recostado más a gusto que entre el brillo de los mármoles, la variedad de las pinturas y el oro de los artesonados.” (Plinio, H. N. XII, 9)

 En las partidas de caza que organizaban los ricos propietarios que residían en las villae en el campo, no faltaba el importante acto de la comida, para lo que los sirvientes cargaban con todos los enseres y alimentos necesarios para que sus señores pudieran disfrutan de ese momento sin que echaran en falta nada de lo que tenían en los  lujosos triclinia de sus casas.

Comida con stibadium, Mosaico de la caza, Villa de Tellaro, Sicilia
 También el agua que corre de forma natural en un paisaje campestre es un punto de atracción para los que quieren gozar de una comida sencilla en un lugar agradable.

“Existe allí un arroyo que nace en las montañas, corre a través de las rocas y llega hasta una pequeña gruta acondicionada por la mano del hombre a modo de comedor; a continuación, tras detenerse brevemente en ella, desemboca en el lago Lario. Te tumbas a su lado, comes e incluso bebes del propio arroyo, pues es muy refrescante, y durante todo ese tiempo, obedeciendo a unos intervalos fijos y bien precisos, sus aguas se retiran y vuelven a aparecer.” (Plinio, Epis. IV, 30)

Con el deseo de ofrecer a sus invitados el espacio más sofisticado y poco común donde relajarse y comer en compañía, el anfitrión podía buscar el lugar más inédito en sus posesiones, aunque el efecto conseguido podía ser contrario al pretendido, impresionar al convidado y que la cena fuera un éxito. Este es el caso del comedor-aviario de Lúculo, cuya pretensión de agradar a los comensales cenando entre aves que entran y salen volando, se ve defraudada porque los invitados no parecen contentos por tener que cenar entre el olor producido por las aves.

Lúculo deseó tener un aviario diferente, pero que se pareciese a otros, que se hizo en Túsculo; que pudiese tener el triclinium  bajo el mismo techo que el aviario, donde pudiese cenar con estilo, y donde pudiese ver algunas aves servidas, y otras volando por las ventanas, pero que no encontró útil, porque las aves volando por las ventanas no son agradables de ver y que el desagradable olor es ofensivo a la nariz. (Varrón, III, 1)

Los emperadores edificaban construcciones en sitios excepcionales para disfrutar de sus cenas. Domiciano mandó construir una pérgola para utilizar como cenador (cenatio) en el monte Celio, desde donde se divisan unas vistas extraordinarias de la ciudad de Roma y desde donde se puede apreciar el mausoleo de Augusto.

“Me llamo Mica aurea. Estás viendo lo que soy: un pequeño cenador. Fíjate que desde aquí ves el mausoleo del César. Rompe los lechos, pide vino, corónate de rosas, perfúmate con nardo: un dios en persona te invita a que te acuerdes de la muerte.” (Marcial, Epi. II, 59)

Biclinium, Casa de Octavio Cuarto, Pompeya, foto de Panoramio

La palabra cenatio, sinónimo de triclinium, designa un comedor grande o pequeño, que por tanto podía ser sencillo o tan complejo como albergar mecanismos en el techo para dispensar regalos u otras sorpresas a los convidados. Como en la Domus Aurea de Nerón:

“El techo de los comedores estaba formado de tablillas de marfil movibles, por algunas aberturas de los cuales brotaban flores y perfumes.” (Suetonio, Nerón, 31)

Pintura con comensales, Museo Nacional Romano

 Séneca describe algunos de los artilugios que se empleaban para sorprender a los invitados, tuberías para dejar salir perfumes con los que enmascarar los posibles desagradables olores procedentes del sudor y vómitos de los asistentes a estas cenas, mecanismos que permitían la entrada y salida de agua para abastecer los canales y cascadas que servían para refrescar el ambiente y la construcción de diferentes techumbres que permitían su intercambio según el momento de la cena.

“Hoy en día, ¿cuál de los dos consideras más sabio: el que ha encontrado cómo hacer salir el agua perfumada de azafrán a gran altura, pasando por tubos escondidos; el que de pronto llena o vacía los canales con aguas impetuosas  y de tal manera dispone para la sala de los festines los movibles artesonados que sucesivamente van renovando su aspecto y tantas veces cambian los techos cuantas veces los manjares…” (Séneca, Epis.  Ad Luc. XC, 15)