martes, 17 de febrero de 2015

Vestes matronae, lucir elegante en Roma


Pintura de Pompeya
“¿Se cubre la cabeza con el manto de Tiro? Alabarás la púrpura de Tiro.
  ¿Qué se viste con las finas sedas de Cos? Asegúrale que le sientan de maravilla.
  ¿Se adorna con cenefas de oro? Afirma que su cuerpo vale más que el preciado metal.
  Si se abriga con recio manto, aplaude su decisión.
   Si se viste con una túnica ligera, confiésale que resalta sus encantos y ruégale con tímida voz que se proteja del frío. (Ovidio, Ars Amandi)

Durante el periodo monárquico en Roma, del siglo VIII al VI a.C. e, incluso, en todas las épocas, el material más utilizado para la confección de la ropa fue la lana. Esta era económica y se producía en diversas partes del imperio. En un principio la lana no se teñía y el color de la ropa variaba solo por el color natural de la oveja.


“Hay varios colores de lana; tantos que necesitamos distintos términos para expresarlos todos: varios tipos, que se llaman nativos, se encuentran en Hispania. Polentia en los Alpes, produce vellón negro de la mejor calidad; Asia, además de la Bética, el vellón rojo, que se llama de Eritrea; las de canusio son de un color rojizo, y las de Tarento tienen su peculiar tinte oscuro.”

El poeta Marcial, español de nacimiento, frecuentemente alude a las ovejas de la Bética y especialmente a los variados colores de su lana, que era tan admirada que se manufacturaba sin teñir y con ocasión del regalo de una toga hace una descripción poética de las distintas lanas utilizadas para la confección de prendas en su tiempo y alaba su blancura.

Pintura El Espejo, Alma Tadema

“Dime, toga, grato obsequio para mí de un elocuente amigo, ¿de qué rebaño quisieras ser fama y honor? ¿Floreció para ti la hierba pullesa de Palento, el de Leda (Tarento), por donde el Galeso riega los cultivos hasta la saciedad con sus aguas calabresas? ¿O acaso el tartésico Betis, que apacienta los rebaños ibéricos, te ha bañado también a ti a lomos de un oveja hesperia? ¿O acaso tu lana ha contado las múltiples bocas del Timavo, en el que abreva piadosamente Cílaro con su boca conductora de astros? Ni fue decoroso para ti amoratarte con los tintes amicleos ni los de Mileto eran tampoco dignos de tus vellones. Tú superas a los lirios y a las flores del aligustre aún no marchitas y al marfil que se blanquea en los montes tiburtinos; ceden ante ti el cisne espartano y las palomas de Pafos, cede la perla sacada de las aguas eritreas. Pero, aunque este regalo pueda emular las nieves recién caídas, no es más cándida (blanca) que su Partenio…(Marcial, VIII, 28)

La planta del lino se cultivaba en Italia durante el periodo prehistórico, y, desde luego, en tiempo de los Etruscos. Como el lino era muy difícil de teñir con los tintes disponibles en la época, probablemente se emplearía en su color natural, un marrón grisáceo. El contacto de los romanos con otras provincias, además de su creciente riqueza, les permitió comprar lino de Egipto que disfrutaba de muy buena reputación y era un producto de lujo. Este se exportaba no solo hacia el oeste sino también a Arabia e India  en intercambio de productos: “El lino de Egipto, aunque es el menos fuerte de todos los tejidos es del que se deriva más beneficio. Hay cuatro variedades.” (Plinio, XIX, 2)

Pintura Casa de Isis e Io, Pompeya

Aunque el  lino italiano era de inferior calidad,  varias regiones de Italia continuaron cultivándolo para vender, incluso en la época imperial.

El carbasus (algodón) se menciona ya en el siglo II a.C., pero, sin duda, los romanos ya habían empezado a utilizarlo antes. El algodón resultó ser un material resistente y que se secaba más rápidamente que la lana. Plinio cita el gossypium como una variedad de algodón que crecía en Egipto:

“En la parte alta de Egipto, cerca de Arabia, se cultiva un arbusto, conocido como gossypium, al que algunos llaman xylon, por lo que los tejidos con ello confeccionados se llaman xylina. El arbusto es pequeño y tiene un fruto como una nuez con barba, que contiene una sustancia sedosa, que se hace hilos. No hay tejidos conocidos superiores a los hechos con estos hilos, por su blancura y suavidad. Los más apreciados vestidos de los sacerdotes egipcios se fabrican con ellos.” (H.N., XIX, 1)

Incluso del fondo del mar se obtenían productos para confeccionar tejidos. La pinna nobilis es la concha del nácar que, a su vez, contiene unos filamentos dorados (byssus) de los que se forman unos hilos  (seda del mar) utilizados para tejer lujosos vestidos. Tertuliano da testimonio de este uso en su obra De Pallio, III: 

“No era suficiente peinar y sembrar los materiales para una túnica. Era también necesario pescar para el vestido de uno- Porque se obtienen del mar vellones, donde conchas de tamaño extraordinario contiene copos de musgoso pelo.”
 “Estos insectos tejen hilos similares a los de las arañas, y se utilizan para elaborar los más lujosos y costosos vestidos de las mujeres y se llaman bombycina. Panfilia, una mujer de Cos hija de Platea, fue la primera en descubrir el arte de desenredar los capullos y tejer los hilos. A ella debería otorgársele la gloria de haber descubierto como realizar un vestido que al mismo tiempo que cubre el cuerpo de la mujer deja verlo a través de él.” (H.N. XI, 75)

La seda,  serica o  bombycina (del gusano Bombyx mori), se traía desde China en las caravanas que pasaban por Palmira y la costa siria, atravesando el territorio de los Partos. Los romanos conocían esas tierras como la de “los lejanos Seres”, de ahí el nombre de serica. Al parecer el tejido había que elaborarlo y en la isla de Cos se especializaron en tejer una tela muy fina y transparente con la que se hacían vestiduras  (Coa vestis) que dejaba entrever el cuerpo de la mujer, y que primeramente fue utilizado por las cortesanas de Grecia y Roma, aunque su uso se extendió al resto de mujeres posteriormente.

Pintura con matrona y jóvenes romanas, Baños del Foro, Herculano,
Museo Arqueológico de Nápoles
El uso de la seda continuó en gran demanda durante todo el imperio, aunque su alto coste hacía que mucho dinero se gastase en su importación. Es por ello que los mercaderes de seda de Roma y otras ciudades vendían principalmente hilo de seda, para poder entretejerlos con hilos de fibras más baratas, cuyo tejido se llamó subserica, en contraposición de la tela hecha entera de seda natural, holoserica.

 Según Dión Casio, durante el reinado de Tiberio, quien tildaba el uso de la seda como afeminado, el senado romano aprobó una ley para que la seda fuera usada solo por las mujeres, aunque algunos emperadores se reservaron el honor de llevarla, como Calígula que al celebrar un triunfo en Puteoli se puso una clámide de seda, tintada de púrpura y adornada con oro y piedras preciosas.

El interés por los tintes y tejidos reflejaba la jerarquización de la sociedad romana y la lucha de las clases sociales más altas y bajas por distinguirse entre los demás o cambiar su rango social. Aunque es difícil determinar qué tintes se usaban durante la monarquía romana, es posible, que los reyes y ciudadanos más ricos pudieran permitirse paños, ropas y tintes vendidos por los etruscos y otros mercaderes extranjeros.


¿Qué decir de los vestidos? ¿Por qué vestir lana dos veces teñida en púrpura de Tiro, cuando hay otros colores de precio más bajo, por qué gastar tu fortuna sin necesidad?

Mirad este azul cielo sin nubes, en el que el cálido viento del sur no amenaza con lluvia. Ved este amarillo del color del carnero en el que escaparon Frixeo y Hele de la enfurecida Ino; este color imita las olas del mar y de ellas recibe su nombre, y creo que las ninfas marinas visten con él. Aquel se asemeja al azafrán, vestida con ese color, la Aurora cubierta de rocío, apareja sus brillantes corceles. Allí encontraréis el color del mirto de Pafos, aquí la púrpura amatista, el rosa del amanecer y el gris de la grulla de Tracia.. Y, ¡Amarilis! No faltará el color de las castañas y de las almendras, y el cerúleo color que amarillea la lana. Tantos colores como flores en primavera al desaparecer el invierno hay para teñir las lanas. Elige sabiamente pues no todos favorecen a todo el mundo.” (Ovidio, Ars Amandi)

La púrpura es una materia colorante de vivo color rojizo. Se extrae de una serie de moluscos gasterópodos que segregan un jugo que es la base para la elaboración del tinte obtenido posteriormente por síntesis. El grupo de moluscos utilizados comprende a especies de los géneros púrpura y murex.
El tinte púrpura constituyó para los antiguos una de las formas de dar color a sus telas y vestimentas más estimadas. Desde época creto-micénica los griegos utilizaron el jugo de gasterópodos marinos con esos fines. Pero el gran auge de la industria de la púrpura llegó de la mano de los fenicios en el oriente mediterráneo, aunque su producción, comercialización y consumo adquiere mayor vitalidad e importancia en el mundo grecorromano. Podrían haberlo traído comerciantes griegos desde el Mediterráneo oriental o de los mercados establecidos en las costas del Mediterráneo occidental, como Marsella.
El tinte púrpura, según la tradición romana, ya fue utilizado por reyes romanos como Rómulo, Tulo Hostilio y otros. Los tejidos de color púrpura eran muy caros por la enorme cantidad de moluscos necesitados para obtener el tinte, a lo que había que sumar el coste del transporte.



 La valoración social y económica de los tejidos teñidos de rojo (púrpura, sobretodo) llegó a ser tan elevada que su uso adquirió amplias cotas de expansión tanto en la vida privada como en la militar. Las togas y túnicas de los patricios, decoradas con bandas púrpura, eran consideradas un signo externo de elegancia. La belleza, pero principalmente el elevado precio del producto final y la consiguiente exclusividad de los vestidos así tratados explica su alta valoración. Muchos literatos criticaron su uso por parte sobre todo por parte de las mujeres, por su afán de lujo y provocación.

“No es razonable, pues, que una mujer lleve un gran velo de púrpura deseando ser centro de atracción de las miradas. ¡Ojalá se pudiera arrancar de los vestidos la púrpura, evitando con ello que los mirones se giraran para observar a las que la usan! Sin embargo, éstas que tejen poco su vestido y lo hacen todo de púrpura, inflaman los deseos fáciles; y de ellas, ciertamente, que se inquietan por esta púrpura estúpida y delicada…” (Clemente de Alejandría, Pedagogo, II)

Los tonos del color púrpura aumentaron durante el primer siglo d.C. ya que para mantener su status la gente buscaba nuevos tonos para sustituir los antiguos que habían pasado de moda.

Durante los reinados de Calígula y Nerón se restringió el uso del color púrpura para el uso del emperador y su familia. Los ricos más vulgares favorecieron tonos de colores chillones tales como los recién introducidos: cerasinus, rojo brillante de color cereza. 
“Por fin se presentó Fortunata, su vestido adornado con una franja amarilla, para mostrar una túnica de color cereza debajo…" (Petronio, Satiricón, cap. 67)

Ismenia, J.W. Godward

El coccinus, el brillante escarlata del quermes tuvo tanta demanda como tinte de lujo que, además de la producción asiática, se desarrolló una gran industria del tinte con quermes en España. El tinte del quermes que vivía en las encinas de Emérita en Lusitania se apreciaba por su color y su recolección sirvió como salario extra para los campesinos pobres.

“Pero lo que más me atrajo fue un manto muy oscuro que resplandecía con un tono negro brillante.” (Apuleyo, Metamosfosis, Cap. XI)

Venus y Hesperus, Casa de Gabio Rufo, Pompeya

El color negro se podía obtener con las agallas del roble mezclando el líquido obtenido de las mismas con sales de hierro. Plinio menciona su uso mezclado con alumbre:

“El alumbre líquido negro se emplea para dar a la lana un tono oscuro. El más apreciado es el de Egipto y Melos. El sólido es pálido y áspero de apariencia y se vuelve negro al aplicar agallas.” (Plinio, H,.N., XXXV, 52)

El negro parece haber sido el color habitual para el luto, tanto para la túnica como para el manto. Las mujeres llevaban una palla de color oscuro (pulla palla).

“Invocando a mis Manes y pidiendo por mi alma y mojando antes sus piadosas manos con un brebaje, que, vestidas con una túnica negra, recojan mis blancos huesos, única parte de mi cuerpo que sobrevivirá."(Tibulo, III)

Stola color azafrán, Pintura  Dido y África,
 Pompeya
El color amarillo rojizo lo proporcionaba la gualda (Reseda luteola) que se convirtió en el color ritual (luteus) del velo de las novias en los últimos tiempos de la república.  

"No te son propias las tristes preocupaciones ni los llantos, Osiris, sino la danza, el canto y el ligero y apropiado amor, las coloreadas flores y la frente ceñida de hiedra, el rojizo manto (lutea palla) suelto hasta los delicados pies, los vestidos tirios, la tibia de dulce son y la ligera urna conocedora de sacrificios ocultos." (Tibulo, I, 7)

La demanda de estos colores de lujo era tan grande que llevó a la creación de tintes de imitación. Las fábricas tintoreras de la Galia, por ejemplo, pudieron imitar la púrpura Tiria con tintes vegetales, según menciona Plinio.

 Clemente de Alejandría escribió también sobre el color púrpura y los distintos colores que estaban de moda en su época. Critica su uso, junto con el del oro,  por el lujo y la ostentación que significaba para un mujer cristiana, además que desaconseja los tintes porque dañaban los tejidos.

"El color de Sardes, el de frutos verdes, el verde pálido, el rosa y el rojo escarlata, así como mil y una variedades más del tinte han sido inventados para la depravada vida del placer. Es ése un tipo de vestido para, recreo de la vista, no para la protección: los tejidos bordados en oro, los tintes de púrpura, los adornos con motivos animales — expuestos al viento son de gran lujo—, y el tejido de color de azafrán e impregnado de perfume, y los mantos ricos y abigarrados, a base de pieles preciosas, con relieves de animales vivos tejidos en la púrpura; todo esto tenemos que mandarlo a paseo, junto con su afiligranado arte."

Detalle Mosaico de Noheda, Cuenca

Si debemos aflojar un tanto nuestro riguroso tono en torno a las mujeres, que se les teja un vestido liso, agradable al tacto, pero sin adornos cual si fuera un cuadro para regocijo de la vista. Pues, con el tiempo, el dibujo desaparece, y, además, los lavados y los líquidos corrosivos que se impregnan, componentes de los tintes, estropean las lanas de los vestidos y las desgastan; lo cual no conviene a una buena economía." (Clemente de Alejandría, Pedagogo, Cap. XI)

El estilo de los vestidos femeninos tenía su principal diferencia en los tejidos y colores que se utilizaban en su confección.
“Lleve ella ropa de fina tela que tejió la mujer de Cos
 y salpicó de cenefas de oro” (Tib. II,3)

El indusium era una especie de camisa interior larga de lana,  lino o algodón  que se colocaba directamente sobre la piel.  Podía ser de manga larga o corta y con ella se acostaban. Por debajo de ella las romanas llevaban una banda de tela llamada fascia pectoralis o strophium, a modo de sostén del busto.

“Tu mismo vestido, aunque oscuro y barato, es un indicio de tu ánimo. No tiene arrugas ni arrastra por el suelo para hacerte parecer más alta… Llevas una banda para sujetar tu pecho y un estrecho cinturón lo comprime.” (San Jerónimo, carta 117)

Detalle Mosaico de Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

Consistía en una banda de lino de diseño rectangular que se cruzaba sobre los pechos para sujetarlos. El mamillare era de cuero y además de sujetar aplanaba.

“… y se visten con velos que pasan por ropas como para excusar su aparente desnudez. Pero se puede distinguir el interior con más claridad que sus rostros excepto por sus horrorosamente prominentes pechos que siempre llevan atados como prisioneros.” (Luciano, Amores)

 El strophium se convirtió en un verdadero bolso. Como las túnicas no tenían bolsillos las mujeres tomaron la costumbre de guardar entre los pechos monedas, cartas, joyas o cualquier otro pequeño secreto que consideraran valioso.

 Encima del indusium llevaban una túnica que podía ser de tela gruesa (spissa) o de tela fina (ralla o rara).

“He aquí que llega Corina, vestida con una túnica sin ceñir su cabellera peinada en dos mitades cubriendo su blanco cuello. Le arranqué la túnica, aunque por lo fina que era apenas suponía un estorbo; ella, sin embargo, luchaba por taparse con la túnica.” (Ovidio, Amores, II, 7)

Io y Argos, Museo Arqueológico, foto de Karl

Con una túnica ligera se acostaban las mujeres y esta prenda se convierte, cuando es llevada, casi transparente y sin cinturón, por la amada en un símbolo de seducción amorosa.
Encontramos cierta variedad en los vestidos en la obra de Plauto, Epidicus, donde el autor enumera diferentes nombres de ropa femenina y colores utilizados:
“Que nuevos nombres encuentran estas mujeres cada año para sus ropas – la túnica fina (tunica ralla), túnica gruesa (tunica spissa), el paño de lino (linteolum caesicium), la camisa (indusiata), vestido con borde (patagiatum) de color azafrán (caltulam aut crocotulam), el supparum o subnimium, la capucha (rica), el traje real (basilicum) o el exótico (exoticum), con diseños ondulados (cumatile), o de plumaje (plumatile), con tinte cerúleo (cerinum)”

Pintura de Pompeya, Museo Arqueológico de Nápoles

Tras su matrimonio la mujer romana completaba su atuendo con la stola, especie de camisa rectangular, abierta en los dos lados superiores; los extremos abiertos se cosían, se abotonaban o sujetaban a los hombros por medio de broches y fíbulas. Debajo del pecho se sujetaba al cuerpo por medio de un cinturón (zona) a través del cual se tiraba hasta que el borde inferior apenas tocaba el suelo. “Por el momento soy bastante largo; pero si con un dulce peso tu vientre se hincha, me volveré entonces para ti un cinturón corto.” (Zona, Marcial, XIV, 151)


Lesbia (con túnica, stola y palla), Alma Tadema

En caso de que la túnica tuviera mangas, la stola que se ponía encima no las llevaba, y viceversa. Las mangas de la túnica o stola estaban abiertas y los extremos se unían por medio de botones o broches. A veces se decoraba con una cenefa bordada unida al pie del traje, llamada instita. Este adorno servía para que no se vieran los pies, con lo que también era un elemento de distinción para la matrona romana que así mostraba su pudor, en contraste con las mujeres que dejaban ver partes de su cuerpo para atraer las miradas de los hombres."Los hay que sólo querrían tocar a mujeres cuyos talones cubre vestido con volante; en cambio, otro sólo a inquilina de maloliente burdel." (Horacio, Sátiras, I, 2)

La stola era un símbolo de matrimonio, a finales de la República todas las mujeres casadas según la ley romana tenían derecho a llevarla, como símbolo de honestidad y pudor. Llevarla en público proclamaba su respetabilidad y adhesión a las tradiciones.

"Enséñale que sea al menos casta,
aunque una cinta no ciña sus trenzas
ni una larga stola sus pies." (Tib. I, 6)

En Horacio tenemos un ejemplo del atuendo de la matrona respetable que no dejaba ver parte alguna de su cuerpo en contraposición a la mujer ligera de costumbres que vestía trajes casi transparentes.

Pintura moral, Villa San Marco, Stabia
“A una matrona no le podrías ver más que la cara, ya que, a no ser Catia, se cubre lo demás con vestido talar. Si andas detrás de lo prohibido, rodeado de vallas (pues te hace enloquecer), te toparás con muchos obstáculos, la guardia de criados litera, peluqueros, parásitas, estola que le llega a los talones rodeada por el mantón, infinidad de velos  a que se te muestre tal cual. La otra, ningún obstáculo: con sus tules de Cos puedes verla casi desnuda, sin miedo a que tenga pierna mala, un pie feo; podrías medir a ojo su pecho.” (Sat. I,2) 

La ley Julia de tiempos de Tiberio (s. I d.C.) prohibió que la stola y las vittae (cintas del pelo) fueran lucidas por las prostitutas.

"¿Quién pone vestidos a los juegos Florales o
permite a las meretrices el pudor de la estola?" (Marcial, I, 35)

Las mujeres que aparecían en público sin la estola eran consideradas como adúlteras y las mujeres respetables acusadas de adulterio tenían que abandonar la stola en favor de la toga (toga muliebris), que debían llevar las prostitutas,  como parte de la pena. No parece que esto se cumpliera a rajatabla y a finales del Imperio, la ley ya no estaba en vigor.

“Regalas vestidos púrpura y
violeta a una adúltera manifiesta.
¿Quieres darle los regalos que merece?
Envíale una toga.” (Marcial, II, 39)

Como amictus (prenda exterior) las mujeres respetables se cubrían con un largo manto, la palla, encima de su túnica y stola cuando salían a la calle. Esta se confeccionaba principalmente de lana, aunque para el verano el lino, el algodón y la seda se utilizaron también. Podía ser de variados colores, excepto en la época en que estuvo vigente la ley Oppia, que prohibía el uso de la púrpura a las mujeres. Al principio del imperio era lisa, con, en algún caso, una cenefa, pero en el siglo III y IV d.C. podía decorarse con redondeles decorados, y más tarde con diseños más complejos. Podía tener un borde con flecos.

Mujer con palla, Museo Capitolino, Roma

Era rectangular y se llevaba doblada por encima del hombro izquierdo, bajo el brazo derecho y cruzado hacia atrás, llevada en el brazo izquierdo o hacia atrás por encima del hombro izquierdo. Envolvía el cuerpo desde los hombros a las rodillas, aunque podía caer hasta los tobillos.


Agripina, Alma Tadema

Se representa como una prenda voluminosa que se colocaba en diferentes modos. Se llevaba por encima de la cabeza,  como un velo; alrededor del cuerpo como la toga, echado por los hombros como un chal, o incluso alrededor de las caderas. No se abrochaba y se podía sujetar con la mano. En muchas esculturas se puede ver que solía esconderse una mano por dentro. Esta forma de llevar la palla era adecuada para mujeres ociosas de la clase alta, pero no  para actividades prácticas.

“La parte baja de su palla parecía jugar con los talones, pues este vestido cubría su resplandeciente cuerpo.” (Tibulo, III, 4)

La stola y la palla se ven aún en las representaciones de los trajes femeninos después del siglo III d.C. aunque la stola va gradualmente desapareciendo, tomando su lugar el colobium, una túnica amplia y sin mangas que se hizo popular tanto para hombres y mujeres y que se llevaba sobre una túnica interior de manga larga. La dalmática era una prenda que empezó a usarse en el siglo II d.C. con mangas anchas, decorada con cenefas verticales en el cuerpo y mangas, y que a finales del Imperio podían adornarse con joyas. Se llevaba normalmente suelta  y sin cinturón, que se usaría encima de una túnica interior.

Detalle de mosaico de la villa de Arellano, Navarra


Representación de Cilicia, Antioquía,
Museo de Oklahoma
La cyclas era un manto circular femenino, de tela muy ligera con una cenefa decorada.
“… que las mujeres de la casa real deberían contentarse con una redecilla para el pelo, un par de pendientes, un collar de perlas, una diadema para los sacrificios, un solo palio decorado con oro, y una cyclas con cenefa bordada, de no más de seis onzas de oro.” (H. A. Alej. Sev. 41)

El ricinium era un manto más pequeño y corto de color negro u oscuro con una franja púrpura que se llevaba normalmente desde la defunción hasta la celebración de las exequias.
La mitra era un tocado compuesto de bandas de tela a modo de gorro cónico que se ataba por debajo de la barbilla y podía utilizarse para recoger el pelo por la noche.
 La novia romana vestía una túnica recta tejida por ella misma en un telar vertical con un velo color azafrán, que debía proteger el pudor de la desposada y dar buena suerte a la par que alejar los malos espíritus.


Cuando el Cristianismo ya estaba llegando a todos los confines del Imperio, los vestidos de seda casi transparentes todavía se llevaban como muestran los escritos de algunos escritores cristianos del Bajo Imperio, en los que suelen arremeter contra esas vestimentas que, según sus creencias, descubren falta de pudor y atentan contra las nuevas doctrinas.

“Ahora bien, si es necesario que se compongan, debe permitírseles que utilicen tejidos más suaves, siempre que prescindan de los pequeños adornos estúpidos, las superfluas trenzas en los tejidos, y manden a paseo el hilo de oro, las sedas de la India y los sofisticados trajes de seda. Este raro tejido transparente delata un temperamento sin vigor, prostituyendo bajo una tenue capa la vergüenza del cuerpo. Además, no es un delicado vestido protector, pues no es capaz de cubrir la silueta de la desnudez. En efecto, un vestido de este calibre, al caer sobre el cuerpo con ondulante suavidad, se modela adaptándose a la constitución de la carne, y se amolda a sus formas hasta tal punto que toda la disposición del cuerpo de la mujer se hace evidente aunque con los ojos no se vea.” (Clemente, El Pedagogo, II)



El vestido como adorno ficticio sirve a menudo como motivo para reprochar el exceso ornamental de amada, cargado de connotaciones negativas para el poeta. Las denominaciones del tipo de Coa o Tyria vestis cobran especial importancia como términos que expresan el lujo.

"Vida, ¿de qué te sirve aparecer con melena adornada
y mover de ropas de Cos los pliegues ligeros?
¿De qué rociar el cabello con mirra Orontea?
¿Para qué a cultivos peregrinos venderte
perdiendo el esplendor de Natura con adornos comprados sin dejar que luzcan su belleza tus miembros?" (Propercio, I, 2)

La stola era un vestido especialmente destinado a simbolizar la fidelidad de las matronas y por ello en la poesía latina se utiliza como reflejo del casto comportamiento que la amada debe tener.
En una de las elegías cuyo motivo central es el cumpleaños de la amada, Propercio pide a Cintia que se ponga el vestido con que la vio por vez primera:

“Vístete con aquel vestido que hechizó a Propercio por primera vez” (Prop. 3, 10, 15-18)

Este vestido no tiene aquí una mera función ornamental, sino, más bien, evocadora. El vestido, forma ahora parte integrante de la primera imagen de la amada, precisamente la que le llevó a enamorarse, y no tiene nada que ver con un adorno innecesario.

La matrona respetable ocultaba su femineidad con corsés, túnicas gruesas y pesados mantos que envolvían su cuerpo, pero algunos autores han dejado patente su preferencia por ver a la mujer apenas sin ropa o completamente desnuda.

“A ti te esconden la faja y las túnicas y los oscuros mantos; para mí, en cambio, ninguna muchacha yace lo suficientemente desnuda.” (Marcial, XI, 104)


Pintura de la casa de Meleagro, Pompeya, Museo Arqueológico de Nápoles




domingo, 1 de febrero de 2015

Adornatus, joyas y símbolos del hombre romano


Retrato de El Fayum, Museo Británico
En el mundo romano una joya se usaba para simbolizar un status, además de para adornar.   De la sencillez de los primeros tiempos de roma se pasó con las sucesivas conquistas en Oriente a la pasión por el lujo y el exceso debido a la influencia de los gustos asiáticos.

El anillo reflejaba la clase social a la que se pertenecía y, con posterioridad, el nivel económico del portador.
Según la costumbre antigua, heredada de los etruscos, los ricos patricios llevaban en la mano derecha una sortija de hierro. Durante la República, el anillo de oro se reservaba para ciertas ocasiones y personas. Los enviados al extranjero en una embajada llevaban un anillo de oro como muestra de su dignidad, pero una vez de vuelta lucían el de hierro otra vez. Los nobles con puestos oficiales y sus descendientes masculinos tenían el privilegio de lucir el annulus aureus desde el 321 a. C. y los caballeros (equites) desde el 216 a. C. Cuando se produjo la tercera guerra púnica los tribunos militares tenían ya el derecho a llevarlo. Augusto, según Dión Casio, otorgó el derecho a llevarlo al médico que consiguió curarle, Antonio Musa. Con Tiberio fue concedido a los ciudadanos libres y poseedores de 400.000 sestercios, lo que supuso que la distinción fuera perdiendo su valor. El emperador Septimio Severo, en el año 197 d. C., permitió a todos los soldados llevar anillos de oro con lo que dejó de ser un signo de mérito social. A finales del Imperio todos los ciudadanos libres podían llevar un anillo de oro, los libertos uno de plata y los esclavos uno de hierro. Para distinguirlo de otros anillos adornados con diversas piedras, que podían llevar todos los hombres o mujeres de todas las clases, el anillo de oro mantuvo su forma original inalterada por la moda.

La función asignada principalmente al anillo en su origen fue la de sello para firmar documentos oficiales y privados.

“Él (Augusto) les dio también  a Agripa y Mecenas tanta autoridad en todos los asuntos que podían incluso leer con antelación las cartas que escribía al Senado y cambiar lo que querían. Con este fin recibieron un anillo con el que podían firmarlas otra vez, ya que había hecho duplicar el sello que usaba, cuyo diseño era una esfinge en los dos. No fue hasta más tarde que hizo grabar su propia imagen en su sello, que fue el utilizado por los emperadores posteriores excepto  Galba, que usó un sello de sus antecesores, con un perro asomado a la proa de un barco.” (Dión Casio, LI, 3)

Pero también hay testimonios de su uso como recipiente de veneno para quitar la vida propia o ajena. Plinio recoge en su Historia Natural que el guardián del templo de Júpiter Capitolino se suicidó con el veneno de su anillo para evitar ser torturado, cuando 2000 libras de oro fueron robadas de un compartimento secreto dentro del trono de Júpiter durante el tercer consulado de Pompeyo el Grande.

En el s. I a.C. no era usual llevar más de un anillo: Plinio dice: “Al principio era costumbre llevar anillos en el cuarto dedo solamente; después el dedo pequeño y el segundo también estaban ocupados por ellos, sólo el dedo del centro quedaba libre. Algunas personas se ponían todos los anillos en el dedo más pequeño; otros sólo ponían un anillo en él para distinguir que lo usaban para sellar.”

Retrato de Ammonius, Museo del Louvre
 Pero pronto cambió la costumbre. Marcial habla de un hombre que llevaba seis anillos en cada dedo día y noche.
“Carino lleva seis anillos en todos y cada uno de sus dedos y no se los quita ni por la noche ni al bañarse. ¿Preguntáis cuál es el motivo? —No tiene “estuche de anillos”. (Epigramas, XI, 59)

Para guardar los anillos usaban unos cofres llamados dactyliothecae. La gente rica tenía juegos de anillos; más ligeros para el verano, más pesados para el invierno. Existían dactyliothecae públicos y privados en Roma, donde se exhibían los camafeos traídos a casa procedentes de guerras extranjeras. Escaro poseía una colección de camafeos entre sus tesoros de arte griego. César dio seis colecciones de la misma clase al templo de Venus Genetrix.

“Muchas veces un anillo pesado resbala de los dedos con ungüentos; segura estará, sin embargo, tu joya bajo mi custodia” (Marcial, XIV, 123)

Anillo de oro con granate, Museo Metropolitan
 Muy común fue el gusto por los anillos adornados con gemas y camafeos, en los que los romanos gastaban enormes fortunas.  Expertos artistas griegos fueron los artífices de piezas exquisitas. Los hombres y mujeres romanos solían cubrir sus dedos con anillos de esta clase, usados en parte para sellar, en parte para adornar. Algunos ricos pecaron de un gusto excesivo por la ostentación, que algunos literatos criticaron.

“Zoilo, ¿por qué te gusta engastar una gema en toda una libra [de oro] y echar a perder una pobre sardónice? Ese anillo, les hubiera venido a la medida a tus piernas: pesos así no les van bien a los dedos”. (Marcial, XI, 37)

Entalle con retrato de Tiberio

El hecho de que un individuo eligiera la efigie de su emperador para llevarla en un anillo muestra admiración hacia su figura. El desarrollo del retrato individual es uno de los principales logros del arte romano, a pesar de que los artistas solían ser griegos, pero, al trabajar bajo un patronazgo romano, su trabajo respondía a las necesidades y gustos romanos. El retrato fue siempre valorado por los romanos, la reproducción de un rostro en una gema o una moneda y regalarla como colgante, insignia o anillo permitía su difusión entre sus contemporáneos.




El anillo bien pudo convertirse en un obsequio entre enamorados entregado como símbolo de fidelidad y recordatorio de amor eterno, como queda patente en este texto de Ovidio:  "Anillo que has de ceñirte al dedo de mi hermosa dueña, y cuyo valor lo fija el amor de quien lo regala, corre a su casa como un grato obsequio que reciba con franca alegría; deslízate rápido por sus flexibles articulaciones, y ajústate como ella a mí, a la medida exacta de su dedo, sin dañarlo. Feliz anillo, serás el juguete de mi ama; yo mismo, desgraciado, tengo envidia de mis regalos. Si pudiera de repente convertirme en mi propio regalo por la magia de Ea o del viejo de Cárpatos, entonces intentaría rozar el pecho de mi amada cuando, su mano izquierda penetrase bajo la túnica, y por más sujeto que estuviera, resbalaría del dedo, y libre, gracias a mi destreza, me posaría sobre su seno". (Amores)




Transcurridos 8 días para las niñas y nueve para los niños, al recién nacido se le imponía un nombre y se le colgaba al cuello una pequeña cápsula de metal, cóncava, en forma redonda, de corazón o de luna creciente, en cuyo interior había alguna sustancia considerada portadora de virtudes mágicas para ahuyentar el mal de ojo y evitar la envidia, entre otras. 

El origen etrusco de la bulla, a la que se conocía también como Etruscum aurum era opinión extendida en Roma. Plutarco se hace eco de una leyenda en la que la valentía de Tarquino, aún muy niño, le valió de su padre una distinción honorífica consistente en una bulla de oro. También Plinio remonta el origen a Tarquinio Prisco, que recompensó a su hijo, aún con la toga praetexta, con una bulla áurea por haber matado a un enemigo.


Niño con bulla, Museos Vaticanos

Inicialmente la bulla era privilegio de los jóvenes patricios cuyos padres hubieran sido magistrados con distinción curul. Solo después de la Segunda  Guerra Púnica se permitió su uso a todos los recién nacidos de origen libre. La bulla era el primer regalo que un padre hacía a su hijo. Y éste la portaría consigo hasta que cumpliera los 17 años, momento en que junto con la toga praetexta, la consagraría a los Lares o a Hércules. Persio alude a su mayoría de edad, en el momento en que, “por primera vez, azorado mozalbete, dejó de protegerme la toga pueril, y mi bulla colgó consagrada a unos Lares auténticamente romanos.” (Sat. 5, 30)

Bulla de oro, Museo Thornvaldsen, Dinamarca
La bulla habitualmente era metálica: de oro, la de los hijos, de los patricios; de plata, cobre o bronce, e incluso a veces de cuero, la de los hijos de los plebeyos o de libertos. La gente muy humilde se limitaba a llevar por bulla un nudo en el cinturón. De ahí que Juvenal en su sátira V contraponga la clase social patricia a la clase social más humilde aludiendo a quien en su niñez le cupo en suerte la bulla de oro etrusca, y a quien solo le fue dado un nudo, modesto distintivo de cuero.

“Los padres en tanto, estaban muy contentos viendo a sus hijos ir a la escuela muy engalanados y vestidos de púrpura, y que Sartorio pagaba por ellos los honorarios, los examinaba muchas veces, les distribuía premios y les regalaba aquellos collares que los romanos llaman bullas.” (Plutarco, 14, Vida de Sartorio)
Una especie de bulla-amuleto era lo que se colgaban también al cuello los generales victoriosos en su desfile triunfal, no tanto como distintivo, cuanto para protegerse de las envidias, de las maldiciones y del mal de ojo que, sin duda alguna, les dirigían sus enemigos. También las emplearon los cristianos, aunque intentaron proporcionarles un nuevo sentido grabando en ellas los símbolos de su religión.

Por algunos restos encontrados la bula podía estar hueca y contener una resina perfumada que proporcionaba un agradable olor en contacto con la piel.


Amuletos fascinus, Museo Saint Remi, Reims

Otro amuleto favorito de los romanos fue el fascinus (falo). Los genitales eran especialmente venerados como fuerzas creadoras de la naturaleza y los amuletos que los representaban eran llevados para liberar al hombre de los males humanos y divinos.

“Incluso llevaba joyas en sus zapatos, algunas veces encastadas – una práctica que incitaba a la burla de todos, como si, en verdad, el grabado de famosos artistas pudiese verse en joyas pegadas a sus pies. Gustaba llevar también una diadema enjoyada para incrementar su belleza y que su cara se pareciese más a la de una mujer y en su propia casa la llevaba puesta”. (Historia Augusta, Heliogábalo)

Retrato de El Fayum, sacerdote de Serapis



Suetonio menciona varios tipos de coronas otorgadas por el Senado como distinción en el campo de batalla. La corona cívica con hojas de roble por salvar vidas de ciudadanos romanos, la corona triunfal, de laurel, un signo de victoria para el general en su triunfo; la corona mural, almenada, para el que escalaba una muralla enemiga; la corona castrense en forma de vallado se e concedía al primer soldado en penetrar en el campo enemigo y la corona naval, que se otorgaba al primero que abordaba una galera enemiga, se adornaba con proas de barcos. A Claudio se le concedió las coronas naval y cívica tras sus victorias en Britania.

Corona de oro con Serapis,  Tesoro de Dush, Museo del Cairo



Heliogábalo llevaba una corona enjoyada cuando realizaba las funciones de sacerdote del dios Sol. Domiciano lucía una corona con las imágenes de Júpiter, Juno y Minerva cuando presidía la ceremonia dedicada a Júpiter Capitolino. Los sacerdotes que le acompañaban llevaban coronas con la imagen del emperador. 

Dión Casio cuenta que Augusto tuvo el privilegio de llevar la corona triunfal en todos los festivales.

Museo Petrie, Egipto
De las coronas de flores que los comensales acostumbraban a ponerse en los banquetes para aliviar el efecto de la borrachera y evitar olores desagradables, se pasó, con el gusto por el lujo y la ostentación, al obsequio de regalos suntuosos como joyas y coronas de oro para que los invitados las lucieran en las cenas más extravagantes.

“Y he aquí que desde el artesonado baja de repente un aro enorme, sin duda sacado de un gran tonel. Por todo alrededor colgaban coronas de oro y frascos de alabastro con perfume. Entretanto se nos animaba a que recibiéramos estos obsequios como regalos del patrón….” (Petronio, Satiricón, 60)

La diadema, que en el periodo helenístico significaba el poder, no se adoptó como insignia oficial de la Roma Imperial hasta la época de Constantino el Grande.

Torque, Museo de Palencia

El objeto de joyería más valioso para los celtas era el torques. Se trata de un collar rígido que nobles, guerreros, y otros personajes de la sociedad llevaban alrededor del cuello. Los torques se realizaban en una gran variedad de materiales y tamaños. Algunos consistían en un tubo hueco, y eran tan ligeros y flexibles que podían ser abiertos y retirados del cuello. Otros, en cambio, estaban hechos de gruesas varillas de oro retorcidas, o de hilos de plata, y eran tan grandes y pesados y estaban tan ricamente decorados que se reservaban para ritos ceremoniales.

Los etruscos y persas también solían llevar torques. Las estatuas de dioses solían adornarse con estos collares y también las de guerreros muertos en batalla eran representados con ellos.


Tito Livio describe una batalla contra los Boii cerca del lago Como tras lo cual el victorioso ejército romano recogió un enorme botín incluyendo un gran torque de oro de gran peso que fue regalado a Júpiter en el Capitolino.

El romano Tito Manlio en el 361 a. C. retó a un galo a un combate, lo mató y se llevó su torque. Como siempre lo llevaba puesto, recibió el apodo de Torcuato que fue adoptado por su familia como sobrenombre. A partir de ese momento los romanos otorgaban el torque a los soldados que se distinguían en las batallas en tiempos de la República.
"(Manlio) dejó el cadáver de su enemigo caído intacto, a excepción de su torques, que se puso en el cuello aún manchado de sangre. El asombro y el miedo dejaron inmóviles a los galos; los romanos corrieron impacientes desde sus líneas para encontrarse con su guerrero y, entre aclamaciones y felicitaciones, lo llevaron ante el dictador. En los versos improvisados que cantaban en su honor le llamaban Torcuato (adornado con torques), y este apodo se convirtió con posterioridad en un orgulloso nombre familiar. El dictador le dio una corona de oro y, delante de todo el ejército, aludió a su victoria en los términos más elogiosos." (Ab Urbe Condita, VII, 10)

Torque del tesoro de Snettisham, Museo Británico, Londres


Quintiliano relata que los galos regalaron a Augusto un torque que pesaba 100 libras romanas (casi 33 kilos) por lo que queda patente que este tipo de ornamento al no poder ser lucido por su destinatario debido a su peso debía ser tomado como una ofrenda hecha a los dioses o como un reconocimiento de la superioridad del que lo recibe.

Fíbulas romanas, Museo de Conimbriga, Portugal

La fíbula es un objeto metálico diseñado para sujetar las prendas de vestir. Para tal fin posee un mecanismo que le permite abrir y cerrar múltiples veces, y abrir lo suficiente como para ensartar las ropas cómodamente y cerrar de forma segura para mantener lo sujetado, pudiendo ser accionada cuantas veces se necesite. Un resorte relaciona la aguja que engancha la prenda y el arco que mantiene la tensión y aporta el sistema de cierre. El componente estético recae también en el arco. 

Fíbula de oro con camafeo y gemas, Museo Metropolitan, Nueva York

Su tamaño está en consonancia con la prenda a que se destina y su diseño refleja el gusto y la posición económica del propietario. Podía adornarse con diversas técnicas, como la filigrana, la incrustación de gemas, el esmaltado y la aplicación de pasta vítrea, hueso o coral. 

Fíbula con escena de caza

Además de ser un objeto de uso cotidiano y un adorno, la fíbula tenía un valor simbólico, dado que las figuras y formas representadas en su diseño podían significar los gustos, el rango militar o la pertenencia del dueño a la élite ecuestre o guerrera. Se han hallado fíbulas con escenas de caza, de gladiadores luchando y de temas heroicos y mitológicos. La clámide y el paludamentum de los militares (capas) solían asegurarse con una fíbula en el hombro. 

Retrato de Vespasiano con fíbula

Como objeto de adorno la fíbula acabó convirtiéndose en un producto de lujo y, por tanto, un exponente de riqueza, sometido a la influencia de las modas y la continua variación de tipos y formas. Su función práctica llevó a la continua evolución de algunos de sus elementos para lograr que la pieza permaneciese en la posición más indicada a la hora de sujetar con firmeza la prenda . Su triple valoración como objeto útil, decorativo y simbólico ha permitido que actualmente se conozca su tipología por haber sido reflejada en relieves conmemorativos, retratos, efigies monetarias y en lápidas funerarias, además de mosaicos y otras obras artísticas. 

Mosaico de las Tiendas, Museo Romano de Mérida

Se han conservado también como excelentes obras de orfebrería realizadas en bronce y oro, acompañando a los difuntos en sus tumbas desde los tiempos de las sociedades prerromanas hasta muchos siglos después. 

"(Escipión) le dio como regalo, un anillo de oro, una túnica con ancha banda, un manto Hispano con una fíbula de oro…" (Tito Livio, XXVII, 19)


Hebilla de cinturón


Para ser vestida con propiedad la túnica militar requería un cinturón que los romanos tomaron de los galos y que era un importante símbolo de identidad del soldado. Realizado en cuero o metal se adornaba con placas o hebillas, profusamente decoradas con joyas a finales del Imperio. Antes del siglo I se llevaban dos cinturones, uno para la espada y otro para la daga, y posteriormente solo uno para ambas armas.

"Llevaba joyas en sus zapatos, usaba solo una fíbula enjoyada y a menudo un cinturón con joyas también". (Carinus, Historia Augusta)


Que los hombres llevaran joyas se consideraba afeminado, pero algunos personajes históricos llevaron su excentricidad y afán por el lujo y la ostentación hasta la exageración de adornar sus ropas y calzado con metales y piedras preciosos. Calígula llevaba sandalias cosidas con perlas, según cuenta Plinio el Viejo.


Entalle con escena de caza, Museo Metropolitan
Ya en el 5000 a. C. artesanos de Mesopotamia solían trabajar en materiales como piedra, madera, vidrio o piedras preciosas para tallar figuras en las que únicamente se perfila su contorno, es decir, se crea una imagen remarcando los bordes del dibujo y rebajando el material. Esta es la técnica del entalle o intaglio. Los antiguos artesanos de Egipto, Grecia, Etruria y Roma también aplicaron esa técnica a la joyería.  del 250 a.C. se desarrolló una nueva técnica en la que se recortaba un área en torno a una figura, donde los artesanos formaban imágenes en relieve, lo que daba lugar al camafeo o cameo. Los diferentes tonos se explotaban para reforzar la apariencia de profundidad con composiciones de múltiples colores. 

Aunque los intaglios son cóncavos y los cameos son convexos la técnica aplicada era la misma. El grabado se realizaba por incisión que se practicaba sobre la superficie de las piedras: piedras semipreciosas o gemas, piedras duras y, más habitualmente, piedras preciosas. Sobre estas piedras actuaban puntas de diferentes formas según el diseño que se quería realizar. Las puntas antiguamente se utilizaban a mano y para facilitar el movimiento de la punta, entre ésta y el material que había de ser sometido a incisión se introducía una mezcla de polvo abrasivo mezclada con aceite.

Camafeo con retrato de Caracalla en amatista
Los camafeos se elaboraban en piedras polícromas que poseían varias capas, unas claras alternando con otras oscuras, especialmente la que sirve de fondo de la imagen, para conseguir efecto de profundidad y variedad de color. Las piedras más empleadas fueron las calcedonias, ágatas y sus variedades, el jaspe y más raramente el lapislázuli. Sin embargo, se hacían también camafeos en ámbar, coral, azabache, etc. La talla de piedras preciosas en época romana fue primero un simple complemento a la elaboración de la joyería, para más tarde convertirse en un arte conocido actualmente como glíptica. Antes de la conquista romana, las piedras grabadas era un lujo en las regiones de la Galia, Britania y el Danubio, pero después de la conquista no solo se convirtieron en un objeto personal, sino en un elemento de adaptación e integración en el modo de vida romano.







La función primitiva de estas piezas era la de sello, utilizado por gobernantes, comerciantes o ciudadanos para dar autenticidad a documentos. Las gemas con entalles estampados en cera o arcilla eran la única forma efectiva de firmar. 

“Pero si ves todos los tribunales llenos de semejantes querellas, si tras leer diez veces los pagarés la parte contraria, aseguran los otros que no son válidos los autógrafos de unas tablillas sin cumplimentar aunque queden convictos por su propia letra y por el sardónice (la primera de las gemas, que se guarda en joyeros de marfil)” (Juvenal, XIII,139)


Estas piedras, que en la República y a principios del Imperio solo estaban disponibles para la élite y se usaban principalmente como sellos, se hicieron más accesibles, y perdieron el valor que tenían de único objeto identificador de productos y posesiones. 

Varias circunstancias favorecieron el uso más amplio de estas piedras: la Pax Romana aumentó el número de clases sociales e hizo que las materias primas fueran más fáciles de obtener. La mayoría de las gemas, sobre todo, la preciada cornalina, provenían de la India, aunque algo se extraía de la provincia de Noricum (Austria). La piedra sardónice, procedente de la India y Arabia, se hizo particularmente popular por su color y por la característica de evitar que la cera se quedase adherida al sello cuando se estampaba en las tablillas.

"El primer romano que llevó sardónice, según Demostratus, fue Escipión el Africano, y por eso desde su época esta piedra se han tenido en gran estima en Roma." (Plinio, XXXVII, 23)


Los entalles adquirieron un carácter más ornamental, siendo utilizados, sobre todo, engarzados en anillos como objetos de adorno. La función original como sello quedó reservada casi exclusivamente para el anillo imperial o de los personajes de alto rango que tenían que emplearse en los documentos oficiales. También tuvieron desde antiguo ciertas propiedades que proporcionaban protección frente a maleficios y conjuros según el tipo, color y calidad de las piedras en las que fueron tallados. 

Anillo con figura de Némesis

Figuras de deidades protectoras, tales como Mercurio, la diosa Fortuna o Salus, o animales y símbolos que se creía, daban buena suerte se representaron con asiduidad. En los camafeos se representaban figuras humanas y fundamentalmente retratos, representados en pequeña miniatura.
Uno de los temas que era elegido para ser llevado grabado en la gema era el retrato imperial. 

Camafeo con retrato de Claudio

Plinio cuenta que el emperador Claudio dio permiso para llevar su retrato grabado en un anillo de oro y, por este motivo, han llegado hasta nosotros numerosos retratos imperiales en gemas engarzadas en anillos.
Los entalles su utilizaron a menudo como insignia personal o como recuerdo de la tradición familiar. Julio César tuvo un anillo de sello grabado con Venus Genetrix, supuestamente antecesora de su familia.

En Grecia se produjeron los más artísticos y perfectos camafeos, y los conservados en Roma fueron hechos principalmente por artistas helenos.


El tallador de gemas griego Solón (70-20 a.C.) trabajó en círculos imperiales romanos, modelando retratos idealizados del emperador Augusto y su hermana, junto a imágenes de figuras mitológicas. Dioskourides (65-30 a.C.) fue un maestro tallador de Aigeai en Asia Menor y es uno de los pocos tallistas mencionados en la literatura. 

Sardónice con retrato de Augusto
Parece que diseñó el sello personal del emperador Augusto : “En cartas de recomendación, documentos y cartas personales, al principio usaba una esfinge como sello, después un retrato de Alejandro Magno, y finalmente su propio retrato, tallado por la mano de Dioskourides; éste último lo utilizaron los siguientes emperadores”. (Plinio, Historia Natural)

En la Roma Imperial, las piedras grabadas despertaban auténtica pasión y llegaron a formarse grandes colecciones de gemas y camafeos, aplicados con profusión a anillos, broches, vestidos, candelabros, vasos y otros utensilios.

Hacia la segunda mitad del siglo II, la demanda de entalles fue incluso mayor debido a un mundo en crisis en el que la religiosidad se vio influido por el aumento de la superstición. El arte de tallar las gemas se estandarizó, excepto en los talleres que trabajaban para la corte. Se hizo más difícil obtener los materiales y los que querían joyas elegantes tenían que recurrir a usar entalles antiguos.
Entalle cristiano con barco
La llegada del Cristianismo animó a no llevar joyas para alejarse del lujo, pero si se permitió llevar un solo anillo con función de sello y en el que se aconsejaba no mostrar ídolos paganos, sino motivos cristianos: “Nuestros sellos deben llevar la imagen de una paloma, de un pez, de un navío a pleno viento; de una lira, de la que se servía Polícrates o de un ancla que Seleuco hizo grabar en su anillo.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, III, 11) 

Anillo estilo franco,, siglo VI, Museo Metropolitan
En el siglo IV d. C. el arte del grabado se mantuvo en la corte y en algunas ciudades, quizás en Tréveris o en Colonia. Las gemas ahora apenas llegaban del Este y la demanda había caído, aunque todavía había una rica clientela. Aparecieron unos nuevos clientes, los jefes bárbaros, que al contactar con la civilización romana, pronto vieron los entalles y camafeos, como un signo de distinción. Los tesoros hallados de finales del siglo IV revelan entalles antiguos montados en anillos de la época; a veces las piedras se recortaban sin consideración por el grabado anterior. Esta costumbre continuó en los siglos V y VI.

Justiniano, San Vitale, Ravenna, Italia

Las joyas que vemos reflejadas en el arte bizantino muestran un mayor gusto por el exceso y podemos ver que coronas, broches, pendientes y coronas aparecen con piezas que cuelgan aparatosamente de ellos y la cantidad de piedras preciosas y perlas aumentan.