sábado, 16 de enero de 2016

Concubina et contubernalis, ser pareja en Roma


Relieve funerario de una pareja, Museo Metropolitan, Nueva York

El concubinato era la unión de hecho entre dos personas libres que decidían convivir sin intención de contraer matrimonio. Fue una unión sexual lícita siempre que fuera monógama, efectiva y con intención de permanecer unidos. Dichas personas solían pertenecer a distintos estamentos sociales, lo que implicaba no poder formalizar un matrimonio legítimo. Debía existir vida marital, para que se distinguiera de cualquier unión pasajera, pero sin affectio maritalis, es decir, sin considerarse casados, sin honor matrimonii, la concubina carecería de la dignidad social del compañero y no se le tendría el mismo respeto; sin aporte de dote de la mujer y sin intención de procrear, aunque los hijos habidos se consideraban ilegítimos y sin derecho a heredar del padre.

LESBÓNICO.— Esa chispa es fácil de encontrar, que el fuego es una cosa que te dan aunque sea un enemigo al que se lo pidas. Pero tú al reprenderme me arrastras a una senda todavía peor. Me aconsejas que te dé a mi hermana sin dote; no, no estaría bien que yo, que he dado al traste con tamaño patrimonio, siguiera gozando de riquezas y poseyera un campo mientras que ella se viera privada de todo; con razón sentiría aversión por mí. Nunca será una persona de peso a los ojos de los extraños el que se porta a la ligera con los suyos. Estoy decidido a proceder tal como he dicho; no te molestes más.
LISÍTELES.— ¿Es que es tanto mejor que tú te veas reducido a la miseria por causa de tu hermana y que posea yo ese campo en tu lugar, con el que podrías salir adelante con tus obligaciones?

LESBÓNICO— No quiero yo tanto que mires cómo puedes aliviar mi pobreza sino que, aunque pobre, no pierda mi buen nombre, que no se tenga que decir de mí que te he dado a mi hermana, si te la doy sin dote, más bien como concubina que no como esposa. Me tendrán por el más indeseable de los sujetos, la voz pública te pondría a ti por las nubes y a mí por los suelos, si llegas a casarte con mi hermana sin recibir dote; para ti sería ello un aumento de prestigio, para mí, algo que echarme en cara. (Plauto, Trinummus, 680)



Pintura de Pierre Oliver Joseph Coomans

Esta unión de hecho entre dos personas recibió una regulación diferente en las distintas etapas históricas. Sólo en el matrimonium legitimum, también denominado iustae nuptiae, los hijos seguían la condición legal del padre y continuaban su estirpe familiar (nomen familiae). En definitiva, sólo el matrimonio legítimo produciría nuevos ciudadanos, y era, en este sentido, una fuente de ciudadanía.
Este tipo de uniones adquieren relevancia gracias a la legislación matrimonial de Augusto (Lex Iulia et Papia Poppaea nuptialis del 9 d. C.) que restringió, notablemente, el número de mujeres con las que casarse. Si bien trataba de favorecer el matrimonio, en la práctica supuso un incremento de las uniones de hecho, al prohibir el matrimonio a los soldados, así como entre senadores y libertas y entre ingenuos y personas consideradas de mala reputación.
En el 18 d. C. La Lex Iulia de adulteriis coercendis declara ilícitas algunas relaciones extramatrimoniales con cierto tipo de mujeres y establece una categoría con las que no se puede contraer iustum matrimonium. Se consideraba stuprum el delito derivado de mantener relaciones carnales con una mujer nacida libre, ciudadana romana y de buena consideración social (ingenuae et honestae), que fuera soltera o viuda, en caso de estar casada era adulterium.: “...de otra suerte, si uno hubiera preferido tener en concubinato una mujer de vida honesta, e ingenua, no se le concede sin que esto lo haga saber mediante atestación, sino que le es necesario, o tenerla por mujer o, si lo rehúsa, tener estupro con ella”. Dado el caso de una hija de senador que quisiera emparejarse con un liberto, para no ser considerado estupro, debía producirse una declaración expresa del deseo de tener una relación de concubinato. El castigo por estupro era el exilio a una isla.

Pintura de Adolphe William Boguerau

El concubinato se convertía con el tiempo en una especie de matrimonio, sometido a algunas de las reglamentaciones que regían el matrimonio legal. Por ejemplo, no podía ser reconocido si la muchacha contaba con menos de doce años de edad.
El concubinato fue entonces la vía por la cual pudieron mantener una unión estable quienes legalmente no estaban habilitados para casarse entre sí, o aquellos a los cuales las costumbres no se lo permitían. “Puede estar en concubinato la liberta ajena, como la mujer ingenua y principalmente la que nació de oscuro linaje, o hizo ganancia con su cuerpo. (Marciano, Digesto. 25.7.3)


Inscripción funeraria de Bennia Helena, Museo Británico

Era inadmisible que ciertas personas, por más que fuesen libres y ciudadanas, se casasen las unas con las otras. Un senador con una actriz de teatro, o la hija de aquél con un gladiador, por ejemplo. San Agustín mantuvo como concubina a una mujer con la que tuvo un hijo, pero a la que decidió alejar con gran pesar por consejo de su madre.

 "Entre tanto se multiplicaban mis pecados, y, arrancada de mi lado, como un impedimento para el matrimonio, aquella con quien yo solía partir mi lecho, mi corazón, sajado por aquella parte que le estaba pegado, me había quedado llagado y manaba sangre. Ella, en cambio, vuelta al Africa, te hizo voto, Señor, de no conocer otro varón, dejando en mi compañía al hijo natural que yo había tenido con ella.
Mas yo, desgraciado, incapaz de imitar a esta mujer, y no pudiendo sufrir la dilación de dos años que habían de pasar hasta recibir por esposa a la que había pedido-porque no era yo amante del matrimonio, sino esclavo de la sensualidad-, me procuré otra mujer, no ciertamente en calidad de esposa, sino para sustentar y conducir íntegra o aumentada la enfermedad de mi alma bajo la guarda de mi ininterrumpida costumbre al estado del matrimonio.
Pero no por eso sanaba aquella herida mía que se había hecho al arrancarme de la primera mujer, sino que después de un ardor y dolor agudísimos comenzaba a corromperse, doliendo tanto más desesperadamente,  cuanto más se iba enfriando. (San Agustín, Confesiones, VI)

Casa de la Farnesina, Museo Nacional Romano, foto Wolfgang Rieger

Podía darse el caso de que los que iniciaran una relación de concubinato fueran del mismo rango social pero que, la mujer no quisiera que las posibles herencias de la familia materna de sus hijos cayeran en manos de su compañero, y eso no ocurriría si la relación era de concubinato. También podía suceder que, por ejemplo, un viudo no deseara quitar parte de la herencia de los hijos habidos en un matrimonium iustum para dársela a los hijos habidos en un posterior matrimonio. Los hijos de una concubina, en cambio, no tendrían derecho a la herencia.
La tolerancia social y legal, llega incluso hasta el punto de propiciar el concubinato entre patrono y su liberta. Ulpiano, en su comentario a la Lex Iulia et Papia Poppaea nuptialis, del 9 d.C.  afirmar que es más honorable para un patrono tener a su liberta como concubina que como mujer legítima.
Había algunas diferencias entre una esposa legal y una concubina ante la ley romana:
Si una concubina tomaba una propiedad de la casa de su compañero sin su permiso podía ser acusada de robo, mientras que una esposa si hacía lo mismo era acusada de apropiación ilegal. Una concubina no podía abandonar a su compañero, si también había sido su patrón, sin su consentimiento, el cual necesitaba para unirse a otro hombre. Tampoco podía abandonarlo en caso de que el patrón se volviera loco, por la creencia de que alguien debería cuidarlo.
En cuanto a la norma de que un hombre no podía tener al mismo tiempo una esposa y una concubina, no parece cumplirse siempre, principalmente cuando se trata de gente de clases inferiores, cuyos miembros no parecen haber acatado las leyes de igual forma que las clases altas.
Hay inscripciones funerarias que parecen mostrar la existencia de uniones simultáneas con una esposa y una concubina, aunque la mayoría no permite saber si las relaciones fueron simultáneas o sucesivas.

Marco Servilio Rufo, liberto de Marco, lictor, mandó construir esto para él mientras vivía y para su esposa Petia Prima, liberta de Gaio, y para Marcia Felix, liberta de una mujer, su concubina fallecida, y para su esposa, Servilia Apata, liberta de Marco.

Una posibilidad es que Marco tuviera una primera relación de concubinato con Marcia Felix, después se casase con Petia Prima, pero a la que menciona primero por ser esposa legítima y tras la muerte de ésta, se casase con Servilia Apata. Otra opción sería que primero hubiera contraído matrimonio con Petia, y a su muerte tomase como concubina a Marcia y por último se casase con Servilia, cuando fue libre.

Pintura de John William Godward

Como las leyes apenas amparaban a las mujeres, que dependían de la buena voluntad de su compañero, quedaba garantizada así su sumisión, y se advierte la importancia de este hecho cuando se recuerda la reputación que habían adquirido las matronas. Ya a Plauto le gustaba remarcar la condición miserable de los maridos sujetos a la tiranía de sus esposas, de las que no se divorciaban para no tener que devolver la dote. Mientras que, si se contentaba con una querida, podía esperar la llegada de días felices.

“Pero una cosa me produce una honda preocupación: cuál es el motivo por el que me hace venir mi hija así tan de repente, sin darme razón de qué se trata, qué es lo que quiere. ¿Por qué me hace venir? Aunque en sí me puedo figurar más o menos qué es lo que pasa. Seguro que es que tiene algún disgusto con el marido, porque eso suele ocurrir muchas veces a esas mujeres que se empeñan en tenerlos esclavizados, se envalentonan con la dote, se ponen insoportables. Lo que ocurre es que ellos, los maridos, no están tampoco muchas veces libres de culpa. Y es que hay ciertos límites en lo que debe aguantar una mujer; por otra parte, bien es verdad que una hija no hace venir a su padre si no es por motivo de algún delito o de una pelea. Bueno, ya me enteraré de todo, sea lo que sea.” (Plauto, Maenechmi, 760)

Pintura de John William Godward

El concubinato podía ser una atractiva alternativa para, entre otros, aquellos jóvenes que deseaban una pareja estable pero que querían evitar las responsabilidades y consecuencias de un iustum matrimonium, sobre todo si tenían aspiraciones de ascender socialmente o hacer una carrera política para lo cual sería un freno un matrimonio con una mujer de humilde o despreciable cuna, con las que podía existir amor y deseo carnal pero no un matrimonio legítimo. Este es el caso del emperador Constantino y su concubina Minervina. Aunque algunas fuentes la convierten en esposa de Constantino, es más razonable pensar que mantuvieran una relación de concubinato, al no tener ambos el mismo status social. De esa unión nació un hijo del que Constantino se ocupó. Cuando el emperador, en el año 307, se casó con Fausta, joven de origen noble, con la que pretendería iniciar una dinastía, el nombre de Minervina ya no vuelve a parecer.

La ley romana no permitía la posibilidad de tener a un tiempo esposa y concubina, siendo ésta una de las razones por las que pudiera optarse por el concubinato, y no por el matrimonio, ya que al no existir obligaciones jurídicas resultaba mucho más sencillo disolver la unión si posteriormente el hombre deseaba contraer matrimonio con una mujer de su mismo status o de status superior.

La tolerancia social y legal, llega incluso hasta el punto de propiciar la relación de hecho entre patrono y su liberta, así se manifiesta Ulpiano, en su comentario a la Lex Iulia et Papia Poppaea nuptialis, del 9 d.C. al afirmar que es más honorable para un patrono tener a su liberta como concubina que como mujer legítima. La presencia de concubinas en una casa no fue nunca considerada deshonrosa. Y fueron precisamente, los emperadores cristianos, los que, en su empeño por abolirlo, acabaron dándole mayor importancia jurídica. Constantino intentó combatirlo desprestigiando la condición de la concubina y de sus hijos (liberi naturales), pero aproximando la regulación del concubinato a la del matrimonio en cuanto a los requisitos exigibles, así en materia de monogamia, pubertad e impedimentos de parentela y afinidad, al tiempo que derogó algunas de las disposiciones penales de Augusto referidas a las uniones de hecho.
 En época de Justiniano la legislación cristiana tiende a reforzar el matrimonio, a dificultar la existencia de las uniones de hecho y a facilitar su transición a relaciones matrimoniales. Pero se mejoró la condición de los hijos nacidos de estas uniones, que son denominados naturales y a los que se concede el derecho de alimentos y derechos sucesorios, así como la posibilidad de que sean legitimados por el subsiguiente matrimonio de los padres, inscripción en la curia o concesión imperial.

Relieve de la tumba de los Servilios, padre y madre, libertos y su hijo. Museos Vaticanos,
© 2008. Photo: S. Sosnovskiy.
 Los buenos emperadores también convivieron con concubinas. Antonino Pío amó a cierta Lisístrata, liberta de la casa imperial que en su epitafio haría inscribir el título de “concubina” del príncipe, de la que se murmuraba que disponía del mayor poder en palacio y que el prefecto del pretor Repentino debía a ella su ascenso. El mismo Marco Aurelio, tomó tras el fallecimiento de su esposa, una nueva compañera que era hija de un procurador de la difunta. Esta joven, llamada Fabia, quiso ser desposada por el emperador, pero éste se negó por respeto a los hijos que le había dado Faustina a los que no quiso imponer una “madrastra”.
El emperador Vespasiano tuvo una relación de concubinato con Antonia Cenis, liberta de Antonia, madre del emperador Claudio. Su relación parece haber empezado cuando ambos eran muy jóvenes y ella era todavía esclava, Su relación se interrumpió y posteriormente cuando ella ya era liberta, la retomaron y Cenis se convirtió en la concubina del emperador.

  “Y no solo me parece haber sido una mujer notable por este motivo, sino también porque Vespasiano disfrutaba tan en exceso de ella.  Esto le proporcionó la mayor influencia y amasó riquezas indecibles, al punto que se pensó que él logró hacer dinero a través de ella, actuando Cenis como intermediaria.  Pues ella recibía grandes sumas de diversas procedencias, a veces vendiendo gobernaciones, a veces procuradurías, generalatos o sacerdocios, y hasta en ocasiones decisiones imperiales.”


Pintura de Alma Tadema

A partir de Augusto, a los soldados romanos se les prohibió el matrimonio. Si ya estaban casados cuando se unían al ejército, su matrimonio era automáticamente declarado nulo. El estado presentía que los ejércitos tendrían mayor efectividad si los soldados se desembarazaban de sus familias y, además, era totalmente reacio a aceptar responsabilidad alguna hacia esas familias, como entidades dependientes de los soldados. La prohibición se mantuvo durante más de dos siglos, hasta que fue abolida por Septimio Severo. Pero los soldados tomaban esposas y formaban familias. A partir del siglo I estas mujeres eran nativas de las provincias y muchas esclavas liberadas.

(Consagrado) a los dioses manes. A Annetia Festiva, de más o menos 30 años. Aquí está enterrada. Cayo Ennio Felix, veterano de la legión VII Gemina pía feliz, a su muy dulce esposa (lo erigió)”.

En los diplomata entregados a los soldados auxiliares al final de los 25 años de servicio, se garantizaba la ciudadanía romana al romano, pero también a su mujer e hijos, o si aún estaba soltero en su licenciamiento, a su futura mujer (solo una). A mediados del siglo II d. C. este texto sufre una transformación y deja de incluir la concesión de ciudadanía a los hijos.
Los legionarios ya eran ciudadanos, así que no recibía tal galardón al final de su tiempo en el ejército. Si las mujeres no eran ciudadanas romanas, y aunque lo fueran, el matrimonio no estaba reconocido, así que los hijos eran ilegítimos.
Comprendiendo el deseo de los soldados de legar herencia a sus familias, los emperadores sucesivos fueron concediendo ciertas mercedes, por ejemplo, la redacción de testamentos.


Adriano confirmó ese derecho al testamento, permitiendo que los soldados dejasen legado a individuos no ciudadanos e, incluso, permitiendo que sus hijos reclamasen las propiedades paternas cuando éstos morían antes de la redacción de la escritura.
En un papiro egipcio se indica que un ciudadano romano que servía en una cohorte auxiliar y había estado viviendo con una mujer, también ciudadana, pretendió obtener la ciudadanía para los dos hijos que tenía con ella. El prefecto se la concedió, pero manteniendo su estatuto de hijos ilegítimos.

La prohibición de matrimonio no se aplicaba a los oficiales mayores, procedentes de las clases senatorial y ecuestre, ni a los centuriones legionarios. Probablemente tampoco a los centuriones auxiliares, y quizá ni siquiera a los decuriones.

Estela funeraria de Valerius Celerinus, veterano de la X legión,
Museo Romano de Colonia, foto de Carole Raddato

El jurista Granius Flacus en su comentario sobre la ley Papiria afirma que paelex es una mujer que mantiene una relación sexual y convive con un hombre que tiene otra esposa.
La palabra paelex designaba a una “mujer que mantiene relaciones habituales con un hombre casado por bodas conforme a derecho”. Se puede suponer que en los primeros tiempos, por el origen griego de la palabra, que se referiría a una muchacha “extranjera, una cautiva, a la que el amo brindaba su protección”. Es lícito suponer que, sin la menor protección religiosa o legal, éstas no fueran sino meras sirvientes de su amo, instrumentos para su placer, acosadas por  unas esposas coléricas, que les harían pagar caro la humillación sufrida por culpa de sus favores.

DEMiFÓN.— Al fin he conseguido una forma de echarme a perder a mi gusto: comprada está la amiga a espaldas de mi mujer y a espaldas de mi hijo. Cosa hecha, volveré a las andadas y no me privaré de nada. Poco es ya lo que me queda de vida: razón de más para dedicarme a pasármelo bien en los placeres, el vino y el amor. Es que el pasárselo bien a la edad que yo ya tengo es más que razonable. Mientras que eres joven, cuando están en tu pleno vigor, entonces es la hora de dedicar tus esfuerzos a agenciarte una fortuna: pero una vez que no eres ya más que un viejo, entonces, hale, a dedicarse a la vagancia, al amor, mientras que te sea posible. En esta edad, la vida la tienes que considerar como un puro regalo. (Plauto, Mercader)

Pintura de John William Godward
Por el contrario, no puede extrañar que una esposa, habiendo cumplido la misión de proporcionar al marido un heredero varón, no quisiese volver al lecho nupcial. Aunque a la vez comprendía las necesidades del hombre, por eso se prestaba de buen grado a que éste retozase con las esclavas de la casa. O le permitía buscarse una compañera como amica, alguna mujer de clase inferior, cantante o actriz, por ejemplo, con la cual no había peligro que él cayese en la tentación de casarse, repudiando a la esposa original. Por eso ésta era inclusive, muchísimas veces, quien contribuía a elegirla.

"Tercia Emilia, la esposa de Escipión el Africano y madre de Cornelia, fue una mujer tan noble y paciente que, aunque sabía que su marido tenía una relación con una esclava, ella miraba hacia otro lado, ya que pensaba inapropiado que una mujer acusara a su marido, conquistador del mundo, por una frivolidad. Tan poco interesada estaba en vengarse, que tras la muerte de Escipión, concedió la libertad a la chica y la casó con uno de sus libertos." (Valerio Máximo, 6,7, 1-3)

Plutarco en su obra Moralia aconseja a las mujeres no indignarse si el marido, debido a su incontinencia mantiene una relación extramarital, porque se debería al respeto que siente hacia ella y que le lleva a compartir su desenfreno y libertinaje con otra mujer. Esta idea parece reflejarse en la obra de Plauto, Cásina, en el diálogo entre Cleústrata y Mírrina, ambas matronas y vecinas.

CL. — Sufro en casa unos desdenes espantosos.
MÍ. — ¿Cómo? ¿Qué es lo que ocurre? Dime, por favor, que no acabo de comprender bien de qué te quejas.
 CL. — Mi marido me ultraja de una manera espantosa y yo no tengo medios de hacer valer mis derechos.
MÍ. — Pues es una cosa rara, si es que es verdad lo que dices, porque, por lo general, son los maridos los que no pueden hacer valer sus derechos con sus mujeres.
 CL. — Sí, se empeña en contra de mi voluntad en dar a su capataz una joven esclava, que me pertenece a mí, que ha sido criada de lo mío, y la cosa es que en realidad es él quien está enamorado de ella.
MÍ. — Dime, por favor, que aquí podemos hablar con tranquilidad, estamos entre nosotras.
CL. — Así es.
 MÍ. — ¿Y de dónde has sacado a la chica esa? Porque una buena mujer no debe tener nada a espaldas del marido, y la que lo tiene no se lo ha procurado por buenas maneras, sino que, o se lo ha sisado al otro o se lo ha buscado por tratos con otros hombres.
CL. — Todo lo que dices no es más que en contra de tu amiga.
 MÍ. — Calla, tonta y escúchame: no le lleves la contraria, déjale que esté enamorado, déjale que haga lo que le dé la gana, mientras que a ti no te falte de nada en casa.
CL. — ¿Estás loca? ¿No te das cuenta de que, al hablar así, hablas también en contra de tus intereses?


Pintura de Alma Tadema

Catón, por ejemplo, ya anciano, y viudo mantuvo relaciones sexuales con una joven (paelex), aparentemente en secreto, pero cuando su familia se enteró y su hijo parecía sentirse ofendido, él decidió convertirla en su esposa y tuvieron un hijo.
 Estos amores domésticos, que luego pasaban a legalizarse por medio de un matrimonio de toda regla, parecen haber sido bastante frecuentes. Los nobles romanos, que sentían una irremediable aversión ante el hecho de tener que casarse con una esposa de su mismo rango, preferían vivir en concubinato con alguna esclava, a la que finalmente solían concederle la libertad, amparados por la costumbre. Y los juristas aprobaban esta manera de obrar. Ellos habían elaborado un estatuto legal para las libertas, concubinas de sus amos, y lo único que les escandalizaba era la idea de que los senadores despreciaran la opinión pública hasta el punto de convertir en legítimas esposas, a estas mujeres.

La relación de hombres casados que mantenían relaciones sexuales con mujeres de dudosa reputación, como las artistas, escandalizaba a sus contemporáneos defensores de las tradiciones romanas. Cicerón criticó abiertamente la relación de Marco Antonio con la mima Volumnia Cytheris, a la que el orador llama amica, y con la que el político se exhibía abiertamente en público.

Danzarina, Terracotta griega, Academia
de Arte de Honolulu, foto de Hiart
"En efecto, ¿se ha oído que haya habido alguna vez en el mundo algún escándalo tan grande, una vileza tan grande, un deshonor tan grande? Era llevado en un carro galo un tribuno de la plebe; los lictores laureados le precedían, en medio de los cuales iba en una litera abierta una actriz de mimo, a la que los hombres importantes de los municipios, que salían a su encuentro por obligación, saludaban como Volumnia, y no con su conocido nombre de actriz. Seguía un carro mayor con mercaderes de esclavas, un séquito vergonzoso. La madre -relegada- seguía a la amiga de su impúdico hijo como si fuera su nuera. iOh, desgraciada fecundidad de esta pobre mujer!" (Filipicas II, 58)

“En la casa de éste hay ahora en vez de dormitorios prostíbulos, en vez de comedores tabernas. Aunque ahora lo niega. No preguntéis: se ha vuelto honrado; ha ordenado a su mujer (amante)que recoja sus cosas; según la ley de las Doce Tablas, le ha quitado las llaves, la ha echado. ¡Qué distinguido ciudadano, qué intachable, en cuya vida entera no hay nada más honesto que el haberse separado de una comedianta!” (Fil, II, 69)

La relación de Marco Antonio con la reina egipcia Cleopatra nunca pudo haber sido considerada por Roma como un matrimonio, por la circunstancia de que él estaba casado con Octavia, hermana de Augusto y porque la reina era extranjera, y el matrimonio con una persona no ciudadana romana era ilegal. En la visita que Cleopatra realizó a Roma convivió con Julio César, mientras éste estaba todavía casado con Calpurnia, por lo que es de suponer que sería llamada su amica.


Denario con los rostros de Marco Antonio y Cleopatra

Las críticas de otros autores a la “tiranía” que algunas amantes podían ejercer sobre los hombres quedan patentes en algunos textos literarios. El amante debía proporcionar a su amica regalos, para no perder sus favores, al mismo tiempo que debía evitar que su familia se enterara de su relación ilícita.

“Si por caso la amiga se enfada con su amante, la ruina que éste sufre es doble, en sus bienes de fortuna y en su corazón. Si los dos están a buenas, él es quien lo paga, si disminuye el número de las noches, su corazón; si aumenta, él todo feliz, pero lo paga su bolsa. Ya antes de haberle hecho algún regalo, tiene dispuestos otros cien que pedirte: o se le ha perdido una joya, o es una mantilla que se le ha roto, o ha comprado una esclava o alguna vasija de plata o de bronce [***], o unos cofres griegos, o qué sé yo, siempre hay para el amante algún servicio que hacer a su amada, y mientras perdemos nuestros bienes, nuestro crédito y a nosotros mismos, nos esforzamos con gran celo en mantenerlo todo oculto, para que no llegue a oídos de los padres y del resto de la familia.” (Plauto, Truculento, I, 2)


Pintura de Alma Tadema

Los esclavos, en efecto, no podían contraer matrimonio legal puesto que no poseían personalidad jurídica. El amor entre esclavos estaba contemplado en el mismo nivel que la unión entre animales de labranza: se trataba de un medio para que el amo acrecentara su patrimonio gracias al producto de las relaciones. Catón el viejo autorizó las relaciones amorosas entre esclavos descontando una cantidad de su pecunio para evitar el castigo.

Esta cohabitación adquirió con el tiempo categoría de verdadero matrimonio; la mujer vivía junto a su marido, sin que nadie osara separarlos; los hijos pertenecían al amo, pero en la práctica este no debía tener el menor interés en dispersar a una familia que vivía en sus dominios y que le aseguraba su prosperidad. En el campo, en particular, en donde la estabilidad de la mano de obra garantizaba la revalorización de las tierras, los esclavos pasaban a ser siervos con absoluta normalidad, a quienes su condición jurídica no les condenaba a vivir en la incertidumbre del mañana.
Los hijos nacidos de esta unión contubernial no tenían derechos al ser considerados ilegítimos. La situación jurídica del esclavo recién nacido la establecía la madre de forma directa.



Pintura de Pompeya, Museo Británico, Londres, foto de Carole Raddato

 También en la ciudad, en las grandes familias, que contaban con innumerables esclavos que se van multiplicando hacia el final de la República y bajo el Imperio, se constatan numerosas uniones estables y perdurables entre compañeros de servidumbre. Existen innumerables monumentos funerarios, cuyos epitafios demuestran que esas parejas formadas sin el abrigo de las leyes, permanecieron juntas hasta la muerte. Se vieron prosperar familias de esclavos y concertarse matrimonios que, en la práctica, no se distinguían de los que vinculaban a los hombres libres.

“Seguro que hay aquí ahora algunos que dicen: «Pero bueno, ¡caramba!, ¿qué es esto?, ¿bodas entre esclavos?, ¿los esclavos van a tomar esposa o a pedirla? Eso es un uso nuevo, que no lo hay en parte ninguna del mundo». Pero yo os digo que ese uso lo hay en Grecia y en Cartago y aquí, entre nosotros, en Apulia, donde se suelen muchas veces celebrar las bodas de los esclavos con más aparato que las de los libres. Si no es así, el que quiera, que se apueste conmigo una jarra de vino con miel, con la condición de que el árbitro sea un cartaginés, o un griego, o por mí, también uno de Apulia.  (Plauto, Casina)

A las personas esclavas no se les reconocía capacidad para contraer matrimonio, conubium, y por tanto las uniones entre esclavos o entre personas libres y esclavos no podían ser válidas, recibían la denominación de contubernium.


Relieve funerario de libertos, Museo de Pérgamo, Berlín,
© 2008. Photo: S. Sosnovskiy.
El contubernium no se trataba de una situación social de matrimonio, ni siquiera era una unión jurídica. Por ello, al no estar reconocido como institución matrimonial de derecho, sino como una mera costumbre, la mujer no podía ser acusada de adulterio, aunque si se podía producir incesto.
No obstante, el hecho de que no se le diera valor legal, si había un cierto reconocimiento social, por cuánto que se encontraron lápidas funerarias o inscripciones sepulcrales donde se hacía referencia aparte de a los patronos o dueños, a familiares fallecidos, a los esposos, hijos o familiares perdidos, o en el caso de convivientes al número de años que estuvieron unidos.

“Para Paezusa, peluquera y esclava de Octavia, hija de César Augusto (Claudio). Vivió 18 años. Philatus, el mayordomo de Octavia, hija de César Augusto, hizo esto con su dinero para su muy querida contubernal y para sí mismo.” (CIL 6.05539)

La Ley Aelia Sextia (2 d.C.) fijó la edad en la que los amos podían manumitir a la esclava con objeto de permitir su casamiento. A partir de ahí, la unión dejaba de ser un contubernium y los hijos serian libres e ingenuii, pero, aunque la mujer quedara en libertad, los hijos serian ilegítimos al ser su padre esclavo.
Los hijos nacidos de esta unión contubernial no tenían derechos al ser considerados ilegítimos. La situación jurídica del esclavo recién nacido la establecía la madre de forma directa.
 Los dueños, de hecho, permitieron que produjera una situación de contubernio entre miembros de distintas familias e incluso entre esclavos e ingennuii, por ello, estas uniones contuberniales fueron favorecidas, a pesar de la moralidad de la época, por el deseo de retener a los esclavos en casa. Los dueños tenían gran interés en ello, dada la necesidad de esclavos debido a los trabajos en el campo, explotaciones agrícolas productivas en razón de la fuerza de su trabajo. Solo cuando el número de esclavos entró en disminución, se dio un mayor reconocimiento a la mujer, fundamentalmente por su papel reproductivo.
Curiosamente, y aunque obtuvieran la libertad algunos de los convivientes, el contubernium no desaparecía, porque si ambos eran o habían sido esclavos no se podía desunir de algo que jurídicamente no tenía reconocimiento y porque socialmente para el liberto le era más beneficioso.


Inscripción funeraria, Museo Británico © Marie-Lan Nguyen / Wikimedia Commons / CC-BY 2.5

Lucio Aurelius Hermia, liberto de Lucio, carnicero en el Viminal: Ella que me precedió en la muerte era mi única esposa. Casta y de noble espíritu, vivió fiel a su leal esposo con igual afecto al mío. Desinteresada, nunca eludió sus obligaciones.
Respuesta de ella: Mientras viví, me llamé Aurelia Philematium, una mujer casta y modesta, desconocida a los demás, fiel a su esposo, a quien ahora he dejado, y que fue un compañero liberto. El fue como un padre para mí. Cuando yo tenía siete años cuidó de mí. Ahora tengo cuarenta y he muerto. Mi esposo se benefició de mis constantes cuidados. CIL 6.9499 (traducción aproximada de la inscripción)

Si bien el contubernio era deseado por los dueños de esclavos, no ocurría lo mismo con las uniones de ciudadanos romanos con esclavos. Una mujer nacida libre que vivía en contubernio con el esclavo de otra persona se convertía en esclava del amo de su compañero, si el señor no había accedido a esta unión, o en su liberta en caso de haber estado de acuerdo. Los hijos nacidos de tal unión podían ser también esclavos, aunque su madre fuese libre, pero normalmente los hijos de uniones no reconocidas por la ley romana conservaban el status de la madre, como se puede ver en Gaio: “ En efecto, en virtud del Senado-Consulto Claudiano, la ciudadana romana que se unió con un esclavo ajeno mediando permiso del dueño de éste, podía permanecer ella libre a tenor del pacto, y engendrar, en cambio, un hijo esclavo; pues el senadoconsulto ratifica lo pactado entre ella y el dueño de este esclavo. Pero posteriormente el divino Adriano, al advertir la anormalidad del caso y la inelegancia del precepto, restituyó la regla del derecho de gentes, por la que si ella permanece libre, su hijo es libre.” (Instituciones, 1, 84)

La consolidación del Cristianismo hizo que estas uniones, en cierta manera, fueran dignificadas con el argumento que ante los ojos de Dios, en relación a las almas no había diferencia entre libres y esclavos. Por ello, el cristianismo propició el reconocimiento del matrimonio entre miembros del estamento servil, lo que a la postre supuso un cambio en la ley romana, llegándose a declarar el contubernium como una unión permanente similar al iustum matrimonium.


Relieve de la tumba de Claudio Dionisio, patrón de Claudia Prepontis, Museos Vaticanos

Debido al gran prestigio y las oportunidades de ascenso social que tenían los esclavos de la familia imperial, el contubernium con un esclavo imperial era una opción atractiva para algunas mujeres libres (que podían ser hijas de libertos imperiales) a pesar de que no se podría realizar un matrimonio legítimo hasta que el esclavo fuera libre.
En algunas inscripciones funerarias se cita a la vez dos mujeres en contubernio con un solo hombre, lo que podría significar una cierta poligamia, una relación no sexual o relaciones sucesivas del hombre.

"A los Dioses Manes. A Panopa, peluquera de Torcuata, esposa de Quinto Voluso. Vivió 22 años. Y a Febe, encargada de los espejos. Vivió 37 años. Spendo mandó construir esto para sus dos contubernales, que bien lo merecían ambas y para sí mismo. Esta tumba se hizo de acuerdo con la decisión de los oficiales colegiales." (CIL 6.7297)

La poligamia existía, aunque no era legal. Cicerón en el año 55 a.C. describió el caso de un ciudadano romano que dejó a su esposa e hijo en Hispania y una vez en Roma desposó a otra mujer con la que tuvo otro hijo, sin comunicar a la anterior su deseo de divorcio. Cuando murió sin testamento, ambas mujeres reclamaron su patrimonio, pero se declaró que la segunda esposa no podía considerarse como tal y por tanto ni ella ni su hijo tenían derecho alguno a heredar. En el año 170 d. C. el jurista Gaio y su contemporáneo Aulo Gelio mencionaban que en caso de haber una segunda esposa ésta sería considerada como una concubina, (paelex, exactamente) o incluso como una prostituta. Pero no fue hasta un edicto imperial de Valeriano en el 258 d. C. en el que por primera vez se criminalizó y se empezó a imponer penas a polígamos que cometieran el delito intencionadamente y a sus cómplices, además de dejar sin herencia a la segunda esposa y sus hijos.

“No hay duda de que el que tiene dos esposas al mismo tiempo puede ser acusado de infamia. Tales casos deben tomar en consideración no solo la ley que prohíbe a un ciudadano contraer más de un matrimonio al mismo tiempo, pero también la intención del ciudadano de formar el segundo matrimonio. De forma que el que pretendía ser soltero, pero tenía ya otra esposa viviendo en la provincia puede legalmente ser acusado del crimen de fornicación (stuprum). Pero tú (la inocente segunda esposa) no eres responsable, porque pensabas que eras su esposa. Puedes recuperar del gobernador provincial toda la propiedad que perdiste por culpa del fraudulento matrimonio y que te debe ser devuelto sin demora.” (Código Justiniano)




Bibliografía:

https://www.uam.es/otros/afduam/pdf/.../033_044%20FERNANDEZ.pd, REFLEXIONES A PROPÓSITO DE LA REALIDAD SOCIAL, LA TRADICIÓN JURÍDICA Y LA MORAL CRISTIANA EN EL MATRIMONIO ROMANO (I), Antonio FERNÁNDEZ DE BUJÁN

dspace.ucalgary.ca/bitstream/1880/.../1/2010_Jeppesen_Wigelsworth.pdf, The Portrayal of Roman Wives in Literature and Inscriptions, Alison D. Jeppesen-Wigelsworth

https://revistas.ucm.es/index.php/GERI/article/viewFile/50978/47315, Entre uxor, mater y concubina. Semblanza e identidad del emperador Constantino en la legislación tardoimperial, José Luis Cañizar Palacios

revistas.um.es/analesderecho/article/view/56911/54871, MUJER Y CONCUBINATO EN LA SOCIEDAD ROMANA, Mª DOLORES PARRA MARTÍN

dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/3317591.pdf, EL CONCUBINATO ROMANO COMO ANTECEDENTE DE LAS ACTUALES PAREJAS DE HECHO, Patricia Panero

dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4087401, SOLDADOS LEGIONARIOS SIN GRADUACIÓN DE ORIGEN GALAICO EN EL EJÉRCITO ROMANO, NARCISO SANTOS YANGUAS

eugesta.recherche.univ-lille3.fr/revue/pdf/.../Keith.p..., Lycoris Galli/Volumnia Cytheris: a Greek Courtesan in Rome, Alison Keith

nportal0.urv.cat:18080/fourrepo/rest/digitalobjects/DS?objectId..., EL MATRIMONIO ROMANO CLÁSICO Y SU CONFIGURACIÓN EN EL DIGESTO DEL EMPERADOR JUSTINIANO, NÉSTOR-VICENÇ ABELLÁN COELHO

lunes, 23 de noviembre de 2015

Ornamenta gemmarum, joyas romanas con perlas y gemas



Retrato, Liebieghaus, Frankfurt

A lo largo de la historia los seres humanos se han visto fascinados por las perlas procedentes de las ostras marinas y por las gemas de brillantes y variados colores. Las clases más pudientes de distintas civilizaciones las han valorado siempre como piedras preciosas que complementaban su adorno personal y simbolizaban su status social y económico.

Tras las conquistas de Alejandro Magno (356 – 323 a.C.) enormes cantidades de perlas llegaron a los mercados de Occidente desde Oriente. Alejandría, capital del imperio Tolemaico desde el 304 a.C., se convirtió en una rica metrópolis donde incluso perlas de mejillones de Britania se ofrecían a la venta, traídas por los Fenicios que habían llegado hasta las costas británicas en el siglo VII a.C.



Mosaico romano, Museo Arqueológico


Tanto Plinio como el Periplo del Mar Eritreo destacaban las perlas del Índico por su calidad y tamaño. Las perlas del Golfo Pérsico y del Mar rojo resaltaban por su blancura. Las del Bósforo eran rojizas y de menor tamaño. Las de la costa de Mauritana eran pequeñas y las perlas británicas sobresalían por ser más oscuras y con tonos áureos. Se decía que no existían dos perlas idénticas porque todas variaban en color, tamaño, forma y peso. Las que poseían mayor valor comercial eran las del Índico.

"En efecto, la mejor (perla) es la del Mar Indio y la del Mar Rojo. Pero también las hay en el Océano occidental, donde está la isla de Bretaña. Pero parece que es más o menos dorada y tiene brillos más débiles y apagados. Dice Juba que también las hay en el Estrecho del Bósforo, que son inferiores a las de Britania y su origen no es inferior al de la India y del Mar Rojo. Pero sostiene que la perla de tierra firme india no tiene una naturaleza particular sino que es el resultado del cristal formado no de los hielos sino del mineral.
Pendiente de perlas y esmeralda,
Museo Thorvaldsen, Copenhague
 Y la perla, celebrada por los estúpidos y admirada entre las mujeres, es también ella, por supuesto, una criatura del Mar Rojo, y se cuenta la fantástica historia de que ella es engendrada precisamente cuando los rayos solares refulgen sobre las conchas abiertas.
Por lo visto, estas conchas, que son las madres de las antes citadas, se cogen cuando hace buen día y el mar no se mueve. Los buscadores de perlas, una vez que las cogen, extraen de ellas nada más y nada menos que esa perla que hechiza el alma de las lujuriosas.
Y por lo visto, a los vendedores y compradores de estas joyas les parecen más bellas y más caras cuanto más blancas y más grandes son. Y con ellas se han hecho ricos de verdad, ¡os lo juro!, no pocos que viven de este negocio.
La perla tiene, por su propia condición, esa suavidad y perfecta redondez características de su envoltura. Y si uno, por procedimientos técnicos fruto de sus conocimientos, pretende, en forma distinta, a la contextura natural de la perla, redondear a una de ellas y hacer que adquiera otra suavidad, la perla deja malparada la insidia de que es objeto, porque no se doblega a ello,…" (Eliano, Historia de los Animales, L. X)

Retrato, Museo de Bellas Artes, Estrasburgo, Francia,
foto de Edelseider

En el Imperio romano la perla fue asociada rápidamente con el lujo. Así, tanto en el mundo romano como en el bizantino, la posesión y ostentación de perlas se convirtió en distintivo de las élites sociales.
Plinio culpaba a la victoria de Pompeyo sobre Mitrídates y su triunfo en 61 a.C. del gusto de los romanos por las perlas y gemas durante los últimos años de la República, que continuó durante todo el Imperio. Bajo el gobierno de Octavio Augusto se volvieron a dar las condiciones que posibilitaron un comercio marítimo más seguro a Oriente, esta vez bajo la protección de una flota romana que permitía la reapertura de antiguas rutas o el hallazgo de nuevas.

“En efecto, puesto que Antonio, considerando que cualquier cosa que se engendrara en el mar, en la tierra o incluso en el cielo había nacido para saciar su propia glotonería, lo dirigía a su boca y sus dientes y, cautivo por esta razón, quería hacer del Imperio romano un reino egipcio, su esposa Cleopatra, que no soportaba ser vencida por los romanos y ni siquiera en el lujo, le apostó que podía gastarse en una cena diez millones de sestercios. Aquello le pareció asombroso a Antonio y sin dilación aceptó la apuesta digna de un mediador como Munacio Planco, que fue elegido árbitro de tan honrada competición. Al día siguiente, sondeando a Antonio, Cleopatra preparó una cena fastuosa, pero no admirada por Antonio, puesto que ciertamente conocía sus lujos diarios todo lo que ofrecía. Entonces la reina, entre risas, reclamó una copa, a la que le añade algo de vinagre amargo, y seguidamente introduce una perla que se había quitado de una oreja, rápidamente se diluye – según es la naturaleza de esta piedra – y se la bebe; y, aunque había ganado en el acto la apuesta sin esfuerzo – había gastado en la propia perla diez millones de sestercios -, sin embargo, dirigió su mano de manera semejante también hacia la perla de su otra oreja; ahora bien, Munacio Planco, un juez severísimo, dictaminó rápidamente que Antonio había perdido. Se pudo observar luego de qué tamaño era aquella perla, puesto que la que quedó, después de vencida la reina y capturado Egipto, se transportó a Roma y se cortó, y se confeccionaron dos perlas de una sola y se le colocaron a una estatua de Venus, según se dice, de monstruoso tamaño en el templo que se denomina Panteón. (Macrobio, Saturnales, Libro III)


Cleopatra, Pintura de Frank Dicksee


Los productos lujosos procedentes de China e India tenían numerosos clientes en Roma que podían pagar altos precios en oro y plata por ciertos objetos por simple placer. Este intercambio comercial provocaba, según lamentaba Plinio, la salida de grandes riquezas de Roma a principios del Imperio, aunque no es posible saber el coste real que el comercio de perlas supuso para Roma.
                                                                                                             
"No es de ahora que la India obtiene menos de cincuenta millones de sestercios de nuestro imperio a cambio de mercancías vendidas entre nosotros por un precio cien veces superior” (Plinio, HN 6.26), a lo que añade posteriormente que “cien millones de sestercios, al cálculo más bajo, salen anualmente de nuestro Imperio por la India, Sérica y la península Arábica” (Plinio, HN 12.41)



Detalle de Mosaico de La Olmeda, Palencia

El hecho de que el Mediterráneo careciera de caladeros propios contribuyó a que además de como un bien de importación adquiriera valor como un bien de prestigio. Por otro lado, la legislación romana trató desde muy pronto de limitar la fuga de capitales por la compra de productos de lujo a pueblos extranjeros, y aunque en muchos casos no se hace mención expresa de las perlas, se vio afectado su comercio como el de otros bienes de lujo. De esta manera, desde muy temprano se instituyeron en Roma una serie de leyes suntuarias 
destinadas a limitar el número de personas que podían hacer ostentación de joyas, y por tanto de perlas.


“Gelia no jura por los misterios sagrados de Dindimene, ni por el buey de la novilla del Nilo ni, en una palabra, por ningún dios o diosa jura Gelia, sino por sus perlas. A éstas abraza, a éstas cubre de besos, a éstas las llama sus hermanos, a éstas las llama sus hermanas, a éstas quiere más ardientemente que a sus dos hijos. Si por alguna desgracia la pobrecilla se quedara sin ellas, dice que no viviría ni una hora. ¡Ay, qué bien vendría ahora, Papiriano, la mano de Anneo Sereno!” (Marcial, 8, 81)


Retrato, Altes Museum, Berlín

Ya en época de Julio César se llegó a prohibir a las mujeres, bajo una serie de medidas austeras, el uso de literas, púrpuras y perlas, exceptuando a ciertas personas según su edad, o bien por tratarse de un día festivo.
Pero la aplicación de estas leyes suntuarias al final de la República no fue del todo efectiva, un ejemplo de ello es que Julio Cesar regaló a su amante Servilia, en el año 59 a. C., “una perla que le había costado seis millones de sestercios” (Suetonio, Julio Cesar, 50)


Anillo con perla, Museo Getty


Las perlas formaban parte del patrimonio familiar y la posesión de joyas se equiparaba a tener tierras en propiedad y se apreciaba más que gastarse el dinero en perfumes y vestidos lujosos, por ser estos perecederos. Las joyas se dejaban en herencia, se podían vender o incluso retocar para extraer una pieza y venderla en solitario. Los nuevos ricos presumían de las joyas que regalaban a sus esposas como símbolo de su riqueza y éstas disfrutaban de estos adornos que les hacía “brillar” en la sociedad romana luciéndolas en banquetes y festividades religiosas.

“Para no ser menos, Cintila se quitó una bolsita dorada que llevaba al cuello y que ella llamaba su Felición. Sacó dos pendientes y los dio a contemplar a Fortunata.
Ya lo ves- dijo-. Te aseguro que nadie tiene regalos tan valiosos como los que me ha hecho mi marido.
Claro – dijo Habinas -, como que me has desplumado para poderte comprar estas habas de cristal. ¡Seguro que si tuviera una hija le cortaría las orejas! De no existir las mujeres, los precios estarían por los suelos.” (Petronio, Satyricon, 67)


Pendientes con perla, Victoria and Albert Museum

Estas joyas dentro de las mansiones romanas solían ponerse a buen recaudo por los esclavos de confianza, los atrienses, encargados de guardar las joyas y perlas de la casa, conociéndose incluso en las inscripciones a través de la formula ad margarita.

Estas leyes suntuarias a lo largo del imperio cayeron en desuso de mano de los propios emperadores y los miembros de su familia, siendo las perlas uno de los elementos más visibles de su ostentación.


"Yo he visto a Lolia Paulina, esposa del príncipe Cayo Calígula, cubierta de esmeraldas y de perlas, no en alguna ceremonia de aparato severa y solemne, sino incluso en un banquete corriente de esponsales; entrelazadas alternadamente, las joyas resplandecían por toda la cabeza, en la cabellera trenzada, las orejas, el cuello y los dedos, sumando en conjunto cuarenta millones de sestercios. [...] Y no se trataba de regalos de un generoso príncipe, sino del patrimonio de sus antepasados, es decir, el producto del despojo de las provincias." (Plinio, NH 9.58.117)


Mosaico con personificación de Ktisis, Museo Metropolitan
El comercio de las perlas se concentró en manos de los “margaritarii”, nombre dado a los buscadores de perlas y a los comerciantes y joyeros también, quienes establecieron sus officinae margaritariorum en el Foro Romano. La margarita se convirtió en uno de los productos más lujosos, y pasó a denominar objetos queridos o incluso personas amadas, especialmente niños.

Y por lo visto, a los vendedores y compradores de estas joyas les parecen más bellas y más caras cuanto más blancas y más grandes son. Y con ellas se han hecho ricos de verdad, ¡os lo juro!, no pocos que viven de este negocio.
La perla tiene, por su propia condición, esa suavidad y perfecta redondez características de su envoltura. Y si uno, por procedimientos técnicos fruto de sus conocimientos, pretende, en forma distinta, a la contextura natural de la perla, redondear a una de ellas y hacer que adquiera otra suavidad, la perla deja malparada la insidia de que es objeto, porque no se doblega a ello,… (Eliano, Historia de los Animales, L. X)


Pendientes de perlas de Pompeya

Las gemas, valiosos indicadores de cultura y estatus, eran buscadas por las élites griegas y romanas.  Una gema es una piedra preciosa o semipreciosa que ha sido cortada, pulida, grabada o alterada de alguna otra forma para ser utilizada como insignia personal para hacer sellos o como decoración. A menudo importadas desde lejos, las gemas antiguas eran verdaderamente exóticas, y sus colores brillantes y luminiscencia incrementaban su valor.

“No mencionaré tus costosos pendientes, tus brillantes perlas de las profundidades del Mar Rojo, tus vistosas esmeraldas verdes, tus resplandecientes ónices, tus líquidos zafiros,—tonos que hacen volverse a las matronas, y les hace desear su posesión.”  (S. Jerónimo, CXXX, 7)


Adorno para el cabello con piedras preciosas,
© The Trustees of the British Museum

Las gemas utilizadas en joyería ornamental eran tasadas no solo por su grabado distintivo, sino también por la belleza de sus piedras, pero se les concedía propiedades medicinales y curativas basadas en el color de cada piedra. Los médicos las prescribían molidas en un fino polvo mezclado con líquido para remediar algunos males.

Collar con cuentas de cristal, 
Museo Metropolitan Nueva York
El cristal de roca procedía según Plinio de la India y los Alpes entre otros lugares. Era símbolo de pureza por su transparencia se creía que ayudaba a encontrar el equilibrio del cuerpo.Las piedras rojas como el granate aliviaban enfermedades relacionadas con la sangre. La amatista por su colorido similar al vino se utilizaba para aminorar los efectos de la borrachera. Las de color verde como la esmeralda proporcionaban cura a los problemas estomacales y las azules, como el zafiro reducían las hinchazones asociadas con hematomas. El ópalo por su concentración de colores proporcionaba tratamiento para una gran variedad de enfermedades.

Según Plinio se mejoraba el brillo de las piedras hirviéndolas en miel, especialmente la de Córcega.


Pintura de John William Godward


La popularidad del ámbar se debía a las propiedades terapéuticas se le otorgaban y a sus cualidades estéticas. Así, Plinio el Viejo ya refiere el empleo de collares de ámbar contra las  enfermedades de la garganta y el pecho, y utilizado frente a fiebres y diversos males (Naturalis Historia, XXXVII, 44-51). 
En el ámbito funerario se creía que favorecía el descanso de los difuntos, debido a su valor mágico-religioso desde antiguo.
La sucina gemma, como la llamaba San Isidoro era vista como símbolo de lujo, que debía ser evitado por los que querían destacar por su virtud,  como se puede ver en el himno a Santa Eulalia, mártir de Mérida, incluido en el Peristephanon del siglo IV, donde en sus versos escribe que la santa rechazaba el ámbar y los collares de oro.


Sortija de ámbar, Museo Getty
Los etruscos y los romanos disfrutaron de joyas y adornos elaborados por artistas especializados en ámbar que transformaban los pedazos que venían del Báltico en bruto en verdaderas joyas de arte. Se hacían camafeos y objetos de lujo finamente tallados. La sociedad romana consideraba el ámbar como símbolo de fertilidad y buena suerte, de ahí que los gladiadores lo llevaran entre sus ropas, como un talismán, cuando salían a luchar.

Otra piedra considerada semipreciosa muy utilizada en diversas épocas desde la edad de Bronce es el azabache, una variedad dura y negra del lignito de alto valor económico y artesanal que, una vez pulida, adquiere un brillo aterciopelado. Este mineral orgánico procede de la madera de árboles fosilizados. 
Colgante de azabache, Museo Británico

En la época romana extraían este material en grandes cantidades, y se utilizaba con frecuencia en amuletos y colgantes, debido a sus supuestas cualidades protectoras y la capacidad de desviar la mirada del mal de ojo. Se le confirió un uso "mágico" a este material britano. Cayo Julio Solino escribió cómo este azabache era muy apreciado para joyas ornamentales y se elaboraba en gran parte en el asentamiento de Eburacum (actual ciudad de York); y el escritor y naturalista Plinio el Viejo sugería algunas propiedades médicas.



Según una antigua leyenda, Amatista era el nombre de una bella ninfa que tuvo la desgracia de despertar la admiración de Baco, el rey del vino, en una de sus orgías. Horrorizada ante la idea de tener que compartir la pasión de tal amante rogó con tanta fuerza a la diosa de la castidad que esta la transformó en un cristal puro y frío cuando Baco se acercó a abrazarla. Sorprendido y humillado, Baco vertió su copa de vino sobre el cristal, confiriéndole así un color violeta. Cuando volvió a entrar en razón, Baco le concedió la capacidad de proteger al portador de la embriaguez. De hecho, en una copa color violeta, el agua representa el color del vino, de modo que cualquiera que bebiera de esta copa parecería estar bebiendo vino… así, evitarían emborracharse, virtud atribuida a la amatista.


Amatista con Bacante, Museo del Hermitage

Se trata de una amatista tallada con una figura de la diosa Embriaguez personificada y puesta en un anillo que perteneció a la reina Cleopatra (no se sabe cuál, de las muchas que llevaron este nombre en la dinastía macedonia, pero tal vez la hermana de Alejandro Magno, mujer de Alejandro del Epiro, que fue asesinada hacia el 308). La piedra era considerada como amuleto que impedía la ebriedad en quien la llevara, así la diosa, tiene que mantenerse serena por el material en que está tallada y también por la majestad de quien la ostenta.
“Soy Embriaguez y hábil mano talló mi figura
en amatista, piedra con el tema no acorde;
pero, siendo sagrado joyel de Cleopatra, serena,
tiene, aun ebria, que estar la diosa en su mano.” (Antología Palatina IX, 752)

La esmeralda, del latín smaragdus es una variedad de berilo noble, de color verde a causa del óxido de cromo que contiene. Es una piedra preciosa que una vez tallada presenta un intenso brillo y que es inatacable por los ácidos. Las esmeraldas utilizadas en época romana parece que provenían de las minas egipcias de Marsa  Alam, las cuales ya se explotaban en la era Ptolemaica. 





Plinio describe la esmeralda como una de las piedras preciosas más valoradas, resaltando su agradable color a la vista y su efecto sobre ella, que permitía descansar los ojos cuando se miraba a través de la preciada gema. Explica que cuando la superficie de la esmeralda es plana podía reflejar los objetos como en un espejo y añade que Nerón solía ver los combates de los gladiadores con una esmeralda. En época romana las esmeraldas más consideradas venían de Escitia.
Estas piedras tan valiosas eran a menudo dignas de ser regaladas como cuenta Marcial en el caso de una mujer que se las regala a su amante entre otras cosas:

“Has regalado, Cloe, al joven Luperco mantos de escarlata de Hispania y de Tiro y una toga lavada por las aguas tibias del Galeso, sardónices de la India, esmeraldas de Escitia y cien monedas de nuestro nuevo señor: pida lo que pida tú le das más y más.”  (Marcial, IV, 28)

El ópalo fue una de las piedras más estimadas en época romana. Los comerciantes hicieron creer a los romanos que estas piedras venían de la India, cuando en verdad ellos las adquirían en las minas de los Cárpatos y las hacían llegar a los grandes mercados como provenientes de Oriente, pues en Roma se creía que las gemas maduraban mejor en climas templados y por ello las procedentes de la India se consideraban las más puras. Este engaño pudo deberse a que los mercaderes de ópalos posiblemente tenían la certeza de que de saberse que estas piedras eran originarias de los Cárpatos, especialmente de Hungría y Eslovaquia, los romanos irían y confiscarían las minas.

 A partir del año 5. d.C. al ópalo se le llamó ophthalmis lapis, la piedra que ve todo, lo sabe todo y concede a su poseedor la capacidad de predecir el futuro, por lo que se convirtió en una de las gemas más estimadas del Imperio Romano.


Sortija con ópalo, foto AncientPoint.com
Plinio describe el ópalo afirmando “el fuego resplandece en él más que en el carbunclo, la púrpura brilla más que en la amatista, destaca el verde mar de la esmeralda, todo unido para brillar en común”.

Del valor que los romanos daban a esta piedra queda el ejemplo del senador Nonnio que poseía un ópalo valorado en unos dos millones de sestercios y que cuando Marco Antonio le ofreció comprarlo para regalárselo a Cleopatra, se negó, y cuando fue amenazado con perder su riqueza e, incluso, su vida, huyó de Roma, con su preciada posesión, dejando todo lo demás detrás.





Aguamarina con retrato de Julia Domna
Entre las piedras azules que los romanos gustaron lucir podemos ver que el zafiro, procedente mayormente de Sri Lanka y Birmania, era una piedra preciosa que se engarzaba en oro, anillos, pendientes, collares. Aguamarinas, piedras protectoras de los marineros, por su tono semejante al agua del mar y piedras de lapislázuli, originarias de Afganistán, fueron utilizadas en lujosas piezas de joyería y ornamentación.
 Los cuarzos opacos y translúcidos y las calcedonias, conocidas popularmente como cornalina, , el jaspe, el ónice y la sardónica vienen en una variedad de colores. También se pueden realzar artificialmente sus tonalidades mediante una variedad de métodos. La piedra sardónica fue usada por Escipión Africano como sello.

“Severo, mi querido Estela da vueltas en un solo dedo a sardónicas, esmeraldas, diamantes y jaspes. Encontrarás muchas perlas en sus dedos, pero aún más en sus poemas. Por eso, creo, es culta su mano.” (Marcial, V, 11)


Piedra sardónica en entalle. Christie's Images Ltd. 2010, 

El diamante procedía de la India y por su especial dureza ya se utilizaba en época romana para cortar otras gemas como el zafiro. Juvenal atribuye a Berenice, princesa de Judea, amante de Tito, antes de ser emperador, la posesión de un anillo de diamante, regalado por su hermano Agripa, y que era objeto de deseo de las mujeres ricas. Juvenal lo pone como ejemplo de ostentoso adorno personal en contraposición al ideal de la virtuosa matrona que no exhibe joyas, al menos en público.


Anillo con diamante

La referencia de la emperatriz Livia, esposa de augusto, puede servir para mostrar como una respetable matrona no se mostraba con sus joyas ante los ciudadanos, para seguir la costumbre de la austeridad y sobriedad romanas, como se puede ver en sus retratos, en los que siempre aparece sin joyas y sin embargo mantenía entre sus sirvientes al menos a un orfebre y un engarzador de perlas.

Detalle de la pintura Boda de Zeus y Hera,
Museo Arqueológico de Nápoles
 Algunos emperadores intentaron impedir el gasto excesivo de algunas mujeres de la casa imperial haciendo vender joyas y vestidos e imponiendo medidas para evitar el derroche.

“Vendió todas las piedras preciosas que tenía y el oro de la venta lo ingresó en el tesoro público, diciendo que los hombres no debían hacer uso de ellas y que las matronas reales debían contentarse con una redecilla, unos pendientes, un collar adornado con perlas y una corona para utilizarla cuando ofrecieran sacrificios, un solo manto salpicado de oro y una ciclada que no tuviera más de seis onzas de oro.”  (H. Augusta,  Alex. Severo,  41)


Las piedras preciosas también adornaban el cabello, la ropa y el calzado de las damas romanas. Los retratos egipcios del Fayum y los bustos sirios de Palmira nos enseñan cómo lucían diversas joyas de forma exagerada.

“Porqué la mujer, no satisfecha con su encanto natural, finge una hermosura exterior, como si la mano del Señor, su creador, le hubiera concedido un rostro sin terminar, que exige todavía algún otro detalle, ya sea embelleciendo su altiva frente coronada de amatistas engarzadas, ya sea ciñendo su cándido cuello de brillantes collares, o bien colgando de sus orejas pendientes de verdes esmeraldas.” (Prudencio, Hamartigenia)


Retrato de El Fayum, collar y pendientes de
esmeraldas, Museo Británico, Londres

Las perlas y gemas formaban parte de los regalos del novio a la novia en los esponsales y de la dote que la novia aportaba al matrimonio.

Su prometida era Junia Fadila, bisnieta de Antonino, que más tarde se casó con Toxocio, un senador de la misma familia que pereció después de la pretura y del que aún se conservan obras en verso. Ella guardó las arras reales, que, según cuenta Junio Cordo —investigador de tales hechos—, dicen que fueron estas: un collar de nueve perlas, una redecilla con once esmeraldas, un brazalete con un engarce de cuatro zafiros, además de los vestidos, todos regios y bordados en oro, y los demás adornos propios de los esponsales. (Maximino, Historia Augusta)


Esmeraldas, cornalinas, ónices, y granate, Museo Metropolitan, Nueva York


El ajuar que la novia aportaba como dote al matrimonio incluía dinero, joyas, ropa y algunos enseres domésticos. Todo ello se devolvía a la esposa en caso de divorcio, pero en algunos casos se utilizaba en caso de necesidad económica de la familia. Algunos documentos encontrados muestran que los objetos se listaban en un contrato firmado. En el papiro X 1273 de Oxirrinco se enumeran las joyas que Aurelia Tauseiris lleva al matrimonio y que incluyen piedras preciosas: un collar con una gema, un broche con cinco gemas, un par de pendientes con diez perlas y un anillo.

“Había comprado, pues, para la joven el ajuar: un collar de piedras de colores y un vestido enteramente de púrpura, que en las partes en que los demás vestidos tienen púrpura tenía adornos de oro. Las piedras competían entre sí. Un jacinto era una rosa en piedra y una amatista una mancha morada cerca del oro. Y entre ambas piedras había otras tres, con una secuencia ordenada de colores. Las tres estaban engastadas juntas, de modo que el extremo de la piedra era negro, el cuerpo central blanco veteado de negro y, a continuación del blanco, el resto remataba en el color del fuego. Y esta piedra, con una guirnalda dorada, imitaba un ojo de oro.” (Aquiles Tacio, Leucipa y Clitofonte, II)


Retrato, Altes Museum, Berlín, Foto de Anagoria


Algunas damas romanas de la Bética y otras provincias legaron sus joyas o dinero para adornar estatuas de divinidades femeninas, esperando tener su intercesión en la vida eterna que esperaban. Ello se debía a la devoción que siguiendo los cultos orientales les hacía creer que las estatuas conservaban a la diosa en su interior y a dejar recuerdo de su generosidad y alto status económico que les permitía gastar gran cantidad de dinero en joyas y de su preeminencia social que por ser mujer no podía exhibir de otra forma. En el Museo Arqueológico de Sevilla existe un pedestal de mármol dedicado a Isis por Fabia Fabiana en honor de su nieta.

(A la joven Isis, por mandato del dios Netón. Fabia Fabiana, hija de Lucio, su abuela, en honor de su piadosa nieta, Avita, entrega gustosamente un peso de plata de ciento doce libras y media, dos onzas y media y cinco escrúpulos (para la estatua de la diosa). Además, estos ornamentos: para la diadema, una perla excepcional y seis perlas (de unio y margarita). Dos esmeraldas, siete cilindros, una gema de carbunclo, otra de jacinto y dos gemas ceraunias. Para los pendientes de las orejas, dos esmeraldas y dos margaritas; para el collar, una gargantilla de cuatro sartas de treinta y seis perlas y dieciséis esmeraldas y dos más para el broche; para las pulseras de los tobillos, dos esmeraldas y once cilindros; para el dedo pequeño dos anillos de diamante; para el dedo siguiente (anular), un anillo engarzado con mucha pedrería de esmeraldas y una margarita; para el dedo mayor (corazón), un anillo con esmeralda; y para las sandalias, ocho cilindros)


Mosaico de Ktisis, Urfa, Turquía

La superstición de los romanos hacía que frente a los malos presagios estuvieran dispuestos a hacer ofrendas con joyas a una divinidad que le propiciara buena suerte.

“Prodigios tan elocuentes como numerosos, habían anunciado a Galba desde el principio de su principado cuál debía ser su fin... Había elegido en el tesoro imperial un collar de perlas y piedras preciosas con el que quería adornar su estatua de la Fortuna, en Túsculo, mas creyéndole digno de una divinidad más augusta lo dedicó a la Venus del Capitolio. A la siguiente noche se le apareció en sueños la Fortuna, se quejó de la ofensa que le había inferido y lo amenazó con quitarle en seguida todo lo que le había dado.” (Suet. Galba, 18)


Esmeraldas, zafiros y perlas, Museo Metropolitan, Nueva York

Los reyes de los países Orientales solían engalanarse con las piedras preciosas que se hallaban en sus territorios o que adquirían de los comerciantes que las traían de los lugares más lejanos. Ni siquiera tras perder su trono renunciaban a adornarse con sus joyas. En la Historia Augusta se relata como la reina Zenobia de Palmira desfiló como prisionera en el triunfo de Aureliano en Roma cargada con sus joyas.

“Desfilaba también Zenobia, adornada con sus piedras preciosas y maniatada con cadenas de oro que otros la ayudaban a llevar.” (Historia Augusta, Aureliano, 34)


Retrato de Palmira, Copenhagen, Glyptoteck Carlsbad. Credits: Ann Raia, 2008.

El regalo de piedras preciosas era un signo de hospitalidad.  Ya en la época de la República era normal que los reyes hicieran regalos de joyas con gemas a sus invitados para demostrar su riqueza e importancia.

“Abandonó Tolomeo la alianza con Roma, temeroso del resultado de la guerra; no obstante esto, le dio naves que le acompañasen hasta Chipre, y, saludándole y obsequiándole en él mismo puerto, le regaló una esmeralda engastada en oro; y aunque al principio se negó a admitirla, haciéndole ver el Rey que estaba grabado en ella su retrato, temió rehusarla, no se creyera que se marchaba enemistado y se intentase algo contra él durante su viaje en el mar.”  (Plutarco, V. Paralelas, Lúculo, III)


Pendiente esmeralda, Museo Thorvaldsen,
Copenhague

La avidez por las piedras preciosas provocó la aparición de gemas falsas por lo que el historiador Plinio proporcionó algunos consejos para diferenciar las verdaderas de sus imitaciones: examinar las piezas a la luz del día, tener en cuenta que las verdaderas eran más pesadas y frías, las falsas solían ser más ásperas. El polvo de obsidiana dejaba una marca en las imitaciones.

(Del ópalo) “No hay piedra que sea imitada por los falsificadores con más exactitud que ésta, en vidrio, siendo la luz solar la única forma de detectarlo. Porque cuando un ópalo falso se sujeta entre el dedo y el pulgar y se expone a los rayos del Sol, presenta un único color transparente por todas partes, mientras que el auténtico ofrece varios tonos que se reflejan uno tras otro, como si derramase su brillo luminoso por los dedos.” (Plinio, H. N. XXXVII, 22)


Collar con cuentas de vidrio
La pasta vítrea se usaba con frecuencia para imitar las gemas coloreándolas de acuerdo a la piedra que se quería copiar; resultaba barato, y las clases menos pudientes podían tener sus propias piedras talladas hechas a molde o con la impronta de una gema grabada.

Las piedras preciosas se empleaban además de para el adorno personal para la ornamentación de los vasos de bebida, algo que ya hacían los griegos. Estos recipientes (gemmata potaria) los enviaban los reyes extranjeros al pueblo romano y con ellos los emperadores recompensaban los servicios de sus generales o de sus jefes de tribus germánicas.

“Sopesó unas viejas copas dedaleras y, si es que había alguna, las copas ennoblecidas por la mano de Méntor, y contó las esmeraldas engastadas en oro cincelado y todo cuanto tintinea más que orgullosamente desde una oreja blanca como la nieve. Las sardónicas, en cambio, las buscó por todas las mesas y puso precio a unos jaspes grandes. Cuando a la hora undécima, cansado, ya se marchaba, compró dos cálices por un as, y se los llevó él mismo.”  (Marcial, IX, 59)


Copa de sardónica, foto de Sailko

Los materiales preciosos y gemas servían para realzar la belleza y el lujo de las mansiones romanas. Varios ejemplos en la literatura latina muestran que estaban presentes en las vidas de los más ricos.

“El fulgor amarillo del topacio hace brillar las jambas de las puertas, cuyasdos batientes, montadas sobre goznes de plata, están decoradas con porcelana, sardónice, amatista del Caucaso, jaspe indio, piedra de Calcis, esmeralda de Escitia, aguamarina, ágata; al otro lado de las puertas, la sombría entrada refleja el brillo de las esmeraldas del interior. Un espeso revestimiento de ónice recubre el suelo y gracias al tono azulado del jacinto prestan ambos a la laguna un color que armoniza con ella.” (Sid. Apol.  Poema 11, Epitalamio de Ruricio e Iberia)

El comercio de joyas entre joyero y cliente se podía hacer de varias formas. El cliente encargaba una pieza a su joyero proporcionando a veces sus propios materiales. También existía la producción de cada joyero para el mercado en la que se exponían los productos en los puestos o se iba de casa en casa para ofrecer sus mercancías. Y por último estaban los fabricantes joyeros que trabajaban para las grandes familias, como la Imperial, ejecutando sus obras según el gusto de sus clientes. En la ciudad de Roma el barrio de los joyeros estaba en la Via Sacra.


Pintura de Ettore Forti

Las gemas mágicas servían como amuletos, cuya posesión aseguraría a sus dueños bienestar alejando las enfermedades y las desgracias, y no se consideraban un bien de lujo por lo que era normal poseer más de uno. Empezaron a tener ese uso a partir del siglo II d. C. a causa del sincretismo religiosos que se produce en esa época con la llegada de religiones orientales y el Cristianismo.

 Servían para diferentes propósitos, desde la simple protección de alguna divinidad, al uso médico para diferentes afecciones y enfermedades, entre las que destacan las dolencias estomacales, oculares, o las hemorragias. También se podía utilizar como amuleto para conseguir que alguien se enamorara del poseedor.


Amuleto de jaspe, trustees British museum

Estas piedras solían estar grabadas por ambos lados y tenían influencia greco-oriental. Por una cara se representaba un tema figurativo y por la otra una inscripción.
La inscripción que acompañaba a la imagen solía realizarse en la parte anterior de la gema, de tal forma que al engastarse en un anillo o colgante ―los soportes más comunes― el texto quedara oculto a la vista de los demás. Evidentemente no siempre era así, y observamos en muchos casos cómo la inscripción cubre ambas caras de la piedra e incluso el borde de la misma.
Sus virtudes se ocultaban tanto en las palabras mágicas como en los emblemas grabados. La inscripción, normalmente en caracteres griegos, correspondía palabras o fórmulas mágicas. Entre los emblemas más usados se encontraban las divinidades egipcias como Horus-Harpócrates, divinidades griegas y romanas y formas demoniacas a las que se atribuían la propiedad de evitar el mal de ojo.


En el Papiro Mágico XII se describe cómo se debe hacer un anillo con su correspondiente fórmula mágica: “Tomar un jaspe y gravar una serpiente en un círculo en medio del cual se representará a Selene con dos estrellas en los cuernos, y encima a Helios, junto a Abraxas; y en el otro lado el mismo nombre Abraxas y en el borde escribirás el santo y omnipotente encantamiento, el nombre IAO SABAOTH. Y cuando hayas consagrado la piedra, llévala en un anillo de oro, y cuando lo necesites, siempre que seas puro en ese momento y tendrás éxito en lo que puedas desear.”

Abraxas era una divinidad gnóstica del siglo II que se representaba con una cabeza de gallo y unas piernas simulando serpientes y armado con un látigo y un escudo.
Las piedras que se empleaban y que ya gozaban de poderes mágicos por sí mismas son el jaspe rojo, verde y amarillo, el heliotropo, un jaspe rojo con manchas verdes, la cornalina y la calcedonia.

Detalle de mosaico de La Olmeda, Palencia
Lucir costosas joyas fue costumbre que se mantuvo incluso tras la conversión al Cristianismo del Imperio Romano, como se puede constatar en los escritos de los autores cristianos, que suelen criticar el abuso que hacían hombres y mujeres de las joyas, pero demuestran que las mismas piedras preciosas que siglos atrás habían apetecido los acaudalados miembros de la sociedad romana seguían gustando a los ciudadanos ricos del Bajo Imperio.

“Es propio de chiquillos quedarse   absorto ante las piedras preciosas, ya sean opacas o verdes, ante Ios desechos del mar y las raeduras de la tierra. Lanzarse precipitadamente sobre el resplandor de las piedrecillas, sobre sus múltiples colores, y las baratijas de vidrio, es propio de insensatos que se dejan arrastrar por lo que sólo es apariencia impresionante. Es como cuando los niños, después de observar el fuego, se lanzan sobre él, inducidos por su fulgor, sin darse cuenta — por su inconsciencia— del grave riesgo que representa tocarlo. Lo mismo les ocurre a las mujeres necias con las piedras preciosas de las cadenas que rodean el cuello: las amatistas engastadas en los collares, las keraunitas, el jaspe, el topacio y la esmeralda de Mileto el objeto más preciado.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, II)

Museo Thorvaldsen,
 Copenhague
Museo Thorvaldsen,
Copenhague
Los últimos años del Imperio Romano no trajeron una disminución del uso de perlas y piedras preciosas entre los ciudadanos. Las representaciones artísticas nos muestran que tanto los hombres como las mujeres recargaban de forma ostentosa su cuerpo e indumentaria.

“Cuando estabas en el mundo amabas las cosas mundanas. Usabas colorete para las mejillas y albayalde para blanquear tu tez. Te peinabas con un tocado alto y trenzas postizas. No mencionaré tus caros pendientes, tus perlas relucientes de las profundidades del Mar Rojo, tus brillantes esmeraldas, tus resplandecientes ónices, tus líquidos zafiros, - colores que hacen volverse a las matronas que desean poseerlos.” (San Jerónimo, Epis. CXXX, 7)


Brazaletes con perlas y gemas, Museo de Bellas Artes de Boston

Los nobles bizantinos adornaban sus ropas con gemas y los retratos de los emperadores y sus esposas reflejan el lujo propio de los príncipes de Oriente, como se puede ver en los mosaicos de Justiniano y Teodora en Rávena, donde la emperatriz luce en la cabeza la corona llamada stemma y alrededor del cuello el maniakis, prenda incrustada de joyas de origen persa y que ya aparece en las pinturas egipcias.

“Las piedras indias adornan en relieve tu vestimenta y preciosas hileras de esmeraldas verdean prolongadas. Se encuentra allí la amatista y el resplandor del oro ibero modera el azul del zafiro con sus fuegos misteriosos. Y no fue suficiente en tal tejido la simple hermosura; la aguja aumenta su mérito y tiene vida la obra bordada con hilos de metal. Abundante jaspe vivifica los adornos y las perlas de las Nereidas respiran en variadas figuras.”  (Claudiano, IV Consulado de Honorio)


Detalle de mosaico bizantino, Emperatriz Teodora, Rávena, Italia


Bibliografía:

www.academia.edu/11647695/La_venta_de_perlas_en_la_ciudad_de_Roma_durante_el_Alto_Imperio, Jordi Pérez González
www.igme.es/boletin/2012/123_2/5_ARTICULO%204.pdf, Comercio de perlas entre los siglos II a. C. y X d. C., D. Sevillano-López y D. Soutar Moroni
http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=fabia-fabiana
rodin.uca.es/xmlui/bitstream/handle/10498/11403/14086505.pdf?...1, Un aspecto de la magia en el mundo romano. Las gemas mágicas, Mª Dolores López de la Orden
grbs.library.duke.edu/article/viewFile/2981/5825, Cleopatra's Ring, Kathryn J. Gutzwiller
www.um.es/cepoat/.../wp-content/.../antiguedadycristianismo_24_19.pdf, ELEMENTOS DE INDUMENTARIA Y ADORNO PERSONAL, J. Vizcaíno Sánchez
https://openaccess.leidenuniv.nl/bitstream/handle/1887/20510/RMA%20Thesis%20Andrea%20Raat_repositorium.pdf?sequence=1, Diadems: a girl’s best friend? Jewellery finds and sculptural representations of jewellery from Rome and Palmyra in the first two centuries AD , Andrea Raat
https://www.britishmuseum.org/pdf/6%20Drauschke%20p%20rev-opt-sec.pdf, 
Byzantine Jewellery? Amethyst Beads in East and West during the Early Byzantine Period, Jörg Drauschke
The world of Opals, Allan. W. Ecker, Google Books
Ancient Jewellery, Jack Ogden, Google Books