jueves, 1 de mayo de 2014

Tonsor, aseo personal del romano

Retrato de Julio César
La moda de llevar el pelo muy corto parece haber progresado lentamente y sólo entre las clases más altas de la sociedad romana.  Los romanos que podían permitirse el lujo de tener uno ó más tonsores (barberos y peluqueros) a su servicio delegaban en ellos su aseo matinal y, si llegaba el caso, solicitaban sus servicios varias veces al día.
“Concedía mucha importancia al cuidado de su cuerpo, y no contento con que le cortasen el pelo y afeitasen con frecuencia, se hacía arrancar el vello, por lo que fue censurado, y no soportaba con paciencia la calvicie que le expuso más de una vez a las burlas de sus enemigos. Por ese motivo, se traía el escaso cabello de la parte posterior sobre la frente.” (Cesar, Suetonio, XLV)
Los que no podían permitirse un tonsor a su servicio entraban en una de las innumerables tonstrinae (barberías) establecidas en las tabernae de la ciudad, y para los clientes más pobres había tonsores instalados en la vía pública.
Tynd.: “Ahora está el tipo en la barbería; ahora, en este mismo momento, está Filocrates manipulando la cuchilla. No se ha preocupado, siquiera, de poner el paño del barbero, para así no mancharse la ropa. Pero no se decir si va a afeitarle o recortarle un poco con el peine”. (Plauto, Los Cautivos, II, 2)
Esta escena de Plauto nos acerca al ambiente de una barbería pública. El local estaría rodeado de bancos en los que esperaban su turno los clientes. Dentro el cliente se sentaba en un taburete, mientras el tonsor y los ayudantes (circitores) iban cortándole el cabello o arreglándoselo según la moda del momento, que venía determinada por el gusto del emperador.
Retrato de Augusto

 A partir de Augusto se llevaba un peinado sencillo y corto, a excepción de Nerón, a quien gustaba llevar el pelo largo y peinado de un modo artístico:
“... se le vio dejar caer por detrás el cabello, que llevaba siempre rizado en bucles simétricos...” (Nerón, Suetonio, LI).
 A comienzos del siglo II d.C., la mayoría de los romanos llevaban un corte de pelo sencillo, rematado por un peinado realizado con unas tijeras de hierro (forfex) de hojas separadas, con unos anillos de presión en su base. Su uso provocaba los llamados “trasquilones”.

 A partir de Adriano aparece el cabello rizado artificialmente con ayuda del calamistrum, que los ciniflones ponían a calentar en los rescoldos dentro de una funda de metal para que luego el tonsor lograra los rizos que el cliente deseaba.
“Corta, cuanto antes, oh Febo, su larga cabellera, cuando todavía no se ensombrece su delicado rostro ni con un asomo de vello, y mientras sus bucles caen graciosamente por su cuello de leche. Y para que tanto el señor como el niño gocen largo tiempo de tus dones, córtale pronto sus rizos, pero tarda en hacerlo, hombre.” (Marcial, I, 31)

Retrato de Caracalla
Una moda común era, por ejemplo, llevar rizos dispuestos en varios escalones (coma in gradus formata). Hacia el principio del Imperio se hizo costumbre llevar pelo postizo, tanto en hombres como en mujeres, para ocultar calvas o presentar mejor aspecto.
“Recoges de aquí y de allá tus cuatro pelos y la ancha explanada de tu resplandeciente calva la cubres, Marino, con los bucles de los temporales. Pero, movidos por la fuerza del viento, se vuelven a su sitio y tu cabeza desnuda la ciñen por este lado y el otro unos enormes mechones.” (Marcial, Epigramas, X, 83)
Algunas veces también se pintaba pelo sobre la cabeza calva para aparentar pelo corto, al menos en la distancia:
“Simulas unos cabellos pintados con ungüentos, Febo, y tu sucia calva se cubre con una cabellera pintada. No hay necesidad de buscarle peluquero a tu cabeza: puede raparte mejor, Febo, una esponja.” (Marcial, VI, 57)
En su preocupación por su aspecto los romanos cuidaban su pelo y procuraban evitar su caída. Algunos autores recogieron tratamientos a ese respecto, como Dioscórides,  que recomendaba frotar con cebolla las partes de la cabeza afectada con calvicie.

Retrato de Filipo el Árabe
Galeno en su obra De Compositione Medicamentorum  recoge la siguiente receta tomada de la Cosmética de Cleopatra: “Contra la pérdida de cabello, hacer una pasta de rejalgar (una forma natural de mono sulfato de arsénico) y mezclarlo con resina de roble, aplicarlo a un paño y ponerlo donde ya se haya limpiado bien con natrón (una forma natural de carbonato de sodio). Yo mismo  he añadido espuma de natrón a la receta anterior, y funcionó de verdad.”
El pelo casi rapado parece haber estado de moda desde la época del emperador Macrino hasta la de Constantino

Entre los griegos llevar barba era símbolo de virilidad y hasta la época de Alejandro Magno lucir una cuidada barba era la costumbre. Desde la Magna Grecia se introdujo el hábito del afeitado en Roma hacia el año 296 a.C. con la llegada de los primeros tonsores , según indica el historiador Plinio: “Según Varrón, los tonsores se trajeron a Italia desde Sicilia, en el año 454 de Roma, habiéndolos traído P. Titinio Mena, anteriormente los romanos no se cortaban el pelo. El joven Africano fue el primero en adoptar la costumbre de afeitarse cada día. El emperador Augusto siempre utilizaba cuchillas.”
Otra tarea cotidiana del tonsor era la de afeitar o recortar la barba. Se sabe que ya Escipión Emiliano se hacía afeitar todos los días, y en la época de la dictadura este hábito ya se había extendido. De Augusto cita Suetonio: “...ningún cuidado se tomaba por el cabello, que hacía le cortasen apresuradamente varios barberos a la vez; en cuanto a la barba, unas veces se la hacía cortar muy poco, otras mucho, y mientras lo hacían leía o escribía.” (Augusto, LXXIX)

Navaja de afeitar (Foto de TheDraco)
Ningún romano se afeitaba solo, ya que el defectuoso material y la grosera técnica de que disponían los condenaban a ponerse en manos del tonsor. Las navajas barberas (novaculae) y los cuchillos que también usaban para afeitarse y cortarse las uñas eran de hierro, y se afilaban en una piedra, laminitana, originaria de Hispania, del Campo de Montiel.
“En cuarto lugar están las que se afilan con la ayuda de saliva humana; se utilizan en las barberías. Las mejores en su género son las laminitanae de la Hispania Citerior(Laminium). (Plinio, Historia Natural)
 No se tiene conocimiento de que se utilizara ninguna loción o jabón, solo agua, por lo que se hacía imprescindible que el tonsor estuviera dotado de una destreza poco común. Tras un aprendizaje, obtenía permiso para abrir su propia tonstrina.
Los más experimentados tonsores gozaban de cierta fama, como demuestra el epitafio que Marcial  (Epig. VI,52) dedica a Pantagathus:
“En esta tumba yace Pantagathus –capricho y pena de su amo-,
Arrebatado en la flor de la edad,
Diestro en cortar cabellos desgreñados y en arreglar mejillas
Híspidas con imperceptibles toques de navaja.
Aunque le seas, tierra, como debes, propicia y liviana,
No puedes ser más liviana que su mano.”
Pero la mayoría no tenían tanta habilidad y algunos clientes podían exponerse a desagradables accidentes: “De esta parte han trasquilado un buen trozo de tu barba, por acá pasó navaja y allá te la depilaron: ¡quién diría que la tuya es cabeza sin fisuras! (Marcial, VIII, 47)
“Quién no pretende aún bajar a las sombras de la Estigia, que huya del peluquero Antíoco, si es inteligente. Estas cicatrices que podéis contar en mi barbilla, tantas como las que hay en la frente de un viejo púgil, no me las ha hecho mi mujer, enfadada, con sus terribles uñas: es el hierro y la mano asesina de Antíoco.” (Marcial, XI, 84)
Los barberos más renombrados eran excesivamente lentos: “Mientras el barbero Eutrapelo repasa la cara de Luperco y le depila las mejillas, le crece una segunda barba.” (Marcial, VII, 83)
Algunos romanos antes de someterse a la tortura del tensor preferían ponerse en manos del dropacista, especialista en depilar con dropax, un ungüento depilatorio compuesto de resina y pez.
“Te depilas la cara con ungüentos y la calva con mejunjes; ¿tanto miedo tienes, Gargiliano, al peluquero? ¿Qué harán tus uñas? Porque ciertamente no puedes recortarlas con resina, ni con lodo véneto. Si tienes algún pudor, deja de hacer de tu cabeza un espectáculo”. (Marcial, III, 74)
También les frotaba con psilotrum, un ingrediente extraído de la vid blanca, o les untaba con otros preparados, como cuenta Plinio:
“Se encuentran casos, también, donde se ha utilizado castoreum con miel, durante varios días, como depilatorio sin embargo. En el caso de depilatorio diario, los pelos deberían arrancarse antes de aplicarse. (H.N. XXXII, 47)

Retrato de Antinoo
La primera vez que un joven se ponía en manos del tonsor se celebraba una ceremonia religiosa: la depositio barbae, que se realizaba alrededor de los veinte años. El día de la depositio barbae, el tonsor cortaba con unas tijeras la barba primera (lanugo) que posteriormente se ofrendaba a los dioses, Apolo, Júpiter o Venus, o a los dioses domésticos, y se guardaban en recipientes de cristal o de oro incluso, y este ritual marcaba el paso definitivo a la madurez. De Nerón cuenta Suetonio:
“En los juegos gímnicos que dio en el campo de Marte, y en el transcurso de los preparativos del sacrificio, se hizo cortar la primera barba encerrándola en un cofrecillo de oro adornado con pedrería, y la consagró al Capitolio.”.
Durante los tiempos de Juvenal, ricos y pobres festejaban esta fecha solemne según sus medios, preparando una gran fiesta a la que se invitaba a todos los amigos de la familia:
“Ya te amanece el día tercero después de los idus de Mayo, Marcelino, en que debes celebrar una doble fiesta familiar: el aniversario del nacimiento de tu padre, y el día en que te afeitaste por primera vez. Aunque le ha dado el gran don de una vida feliz, nunca este día estuvo más generoso con tu padre.” (Marcial, III, 6)
Los jóvenes elegantes solían llevar una barba cuidada (barbula) hasta los cuarenta años como señal de juventud; llevar barba a partir de esa edad era signo de desaliño, de duelo o de calamidad, como Augusto, al conocer la derrota de Varo, quien “se dejó crecer la barba y los cabello durante meses” (Suetonio, Augusto, 23).

Retrato de Adriano
Los emperadores imponían la moda a seguir, a partir de Adriano fue costumbre lucir una poblada barba, como la de los retratos del emperador. Pero desde Constantino fue habitual el afeitado.
Otra labor del tonsor era satisfacer a sus clientes aplicando tintes: “Te haces el joven, Letino, con tus cabellos teñidos, tan pronto cuervo, si hace un momento eras cisne. No puedes engañar a todos, Proserpina sabe que lo tienes blanco, ella le quitará el disfraz a tu cabeza.” (Marcial, III, 43); untando aceites perfumados; maquillando el rostro; disimulando imperfecciones de la piel con lunares o parches de tela: y un cuero de escarlata pinta su pie sin lastimarlo, y numerosos lunares revisten su frente de estrellas. ¿No sabes qué es? Quita esos lunares y lo verás. (Marcial, II, 29)
Los hombres romanos también se sometían a la  depilación en otras partes del cuerpo, para mostrar una piel suave. En los baños se podía contratar el servicio de un dropacista o depilador como describe Séneca en su epístola 56: “imagina al depilador con su penetrante voz chillona, dando rienda suelta a su lengua, excepto cuando está depilando las axilas y haciendo gritar a su víctima en su lugar.”
Augusto acostumbraba a quemarse el vello de las piernas con cáscara de nuez para que estuvieran más suaves, según Suetonio. También se usaban diversas sustancias como resina y brea: “… y ollas Samnitas para calentar la resina y la brea usadas para depilar a los hombres y suavizar su piel.” (Historia Augusta, Pertinax, 89), además de usar piedra pómez para alisar la piel.

Ungüentario de vidrio romano
Los hombres dedicaban parte de su tiempo a mejorar su aspecto y seguir las tendencias de la moda en cuanto al peinado y el uso de perfumes:
“Estar a la moda es llevar perfectamente puesto el pelo rizado, oler siempre a bálsamo, siempre a cinamomo.” (Marcial, III, 82)
Ovidio aconseja a los jóvenes cómo deben cuidarse para atraer a sus amadas, despreocupándose de lo superficial,  como es rizarse el pelo y quitarse el vello, pero recomendando buscar un buen barbero:
“Tampoco te detengas demasiado en rizarte el cabello con el hierro o en alisarte la piel con la piedra pómez; deja tus vanos aliños para los sacerdotes que aúllan sus cantos frigio en honor de la madre Cibeles. Que no se te ericen los pelos mal cortados  y tanto éstos como la barba entrégalos a una mano hábil.” (Ovidio, Arte de Amar, L. I)

Retrato de El Fayum


Algunos autores criticaron la dedicación que los hombres dedicaban al cuidado de su cabello, barba y cuerpo:
“Y si nuestro propio sexo admite trucos engañosos tales como cortarse la barba en demasía; arrancarla por aquí y por allí; afeitarse alrededor de la boca; arreglarse el pelo y disfrazar su blancura con tintes; depilarse por todo el cuerpo; colocar cada pelo en su lugar con pigmentos femeninos; suavizarse el resto del cuerpo con la ayuda de algún áspero polvo; y, además, aprovechar cualquier oportunidad para mirarse en el espejo y contemplarse con ansiedad. (Tertuliano)
Plauto en su obra Curculus (IV, 4) nos da una descripción de los objetos utilizados para el arreglo del hombre, instrumenta tonsorae:

Pinzas para depilar romanas

Y ya pueden mis pinzas (volsellae), mi peine (pectem), mi espejo (speculum), mi rizador de pelo (calamistrum), y mis tijeras para el pelo (axitia) y toalla (linteum) quererme bien…”
El espejo era un elemento imprescindible para  los tonsores, ya que permitía a los señores ver el aspecto final que tenían tras pasar por sus manos.

                                               

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