DOMVS ROMANA

Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

sábado, 2 de septiembre de 2017

Tonsores, cortar el pelo y la barba en la antigua Roma

No solo era el cuidado del cabello parte del aseo matinal del romano, sino también el arreglo de la barba y la aplicación de distintos productos que les hiciera presentar el mejor aspecto durante sus actividades cotidianas. Los romanos que podían permitirse el lujo de tener uno o más tonsores (barberos y peluqueros) a su servicio delegaban en ellos esta función y, si llegaba el caso, se ponían en sus manos varias veces al día. Los que no podían permitirse el lujo de tener un tonsor doméstico entraban en una de las incontables tonstrinae (barberías) establecidas en las tabernae (tiendas) de la ciudad, y para los clientes más pobres había tonsores instalados en la vía pública.


Barbero griego


Séneca deja un testimonio de lo que podía ser el paso de un ciudadano por una barbería criticando el hecho de que uno se preocupe más por su aspecto físico, que por lo que acontece en la sociedad en la que vive.

¿Por qué llamas descansados a aquellos que pasan muchas horas con el barbero mientras les corta el pelo que creció la noche pasada, y mientras se hace la consulta sobre cualquiera cabello, y mientras las esparcidas guedejas se vuelven a componer, o se compele a los desviados pelos que de una y otra parte se junten para formar copete? Por cualquier descuido del barbero se enojan como si fueran varones; se enfurecen si se les cortó un átomo de sus crines, o si quedó algún cabello fuera de orden, y si no entraron todos en los rizos. ¿Cuál de éstos no quieres más que se descomponga la paz de la república que la compostura de su cabello? ¿Cuál no anda más solícito en el adorno de su cabeza que en la salud del Imperio, preciándose más de lindo que de honesto? ¿A éstos llamas tú desocupados, estando tan ocupados entre el peine y el espejo? (Séneca, De la brevedad de la vida, V, 13)




El local ocupado por una barbería pública estaría rodeado de bancos en los que esperaban su turno los clientes. Dentro el cliente se sentaba en un taburete, mientras el tonsor y los ayudantes (circitores) iban cortándole el cabello o arreglándoselo según la moda del momento, que venía determinada por la imagen del emperador reinante.

Tynd.: “Ahora está el tipo en la barbería; ahora, en este mismo momento, está Filocrates manipulando la cuchilla. No se ha preocupado, siquiera, de poner el paño del barbero, para así no mancharse la ropa. Pero no se decir si va a afeitarle o recortarle un poco con el peine”. (Plauto, Los Cautivos, II, 2)


Navaja romana


Los cortes de pelo se hacían con unas tijeras de hierro (forfex) de hojas separadas, con tenían unos anillos de presión en su base. Su uso provocaba los llamados “trasquilones”. Para conseguir el cabello rizado artificialmente se ayudaban del calamistrum, que los ciniflones ponían a calentar en los rescoldos dentro de una funda de metal para que luego el tonsor lograra los rizos que el cliente deseaba.

"El hierro para rizar el cabello (calamistrum) tiene su denominación porque con estos objetos, calentados en ceniza, se adorna el cabello. Quien los manejaba, a partir de cinis (ceniza) fue denominado cinerarius (peluquero)." (Varron, De la Lengua Latina, V, 29)

Otra tarea cotidiana del tonsor era la de afeitar o recortar la barba. Desde la Magna Grecia se introdujo el hábito del afeitado en Roma hacia el año 296 a.C. con la llegada de los primeros tonsores, y se sabe que ya Escipión Emiliano se hacía afeitar todos los días, y que en la época de la dictadura este hábito ya se había extendido.

“Se da por cierto que los barberos vinieron a Italia primero de Sicilia en el año 453 de la fundación de Roma, como todavía se lo ve escrito en documentos públicos en Ardea, y que los había traído Publio Titinio Maena. Que anteriormente no había habido barberos lo muestran las estatuas de los antiguos, porque la mayoría tienen mucho pelo y gran barba.” (Varrón, De Re Rustica, II, 11, 10)



Retrato etrusco, Museo Británico, Londres

De la época imperial tenemos el testimonio de Suetonio sobre Augusto: “...ningún cuidado se tomaba por el cabello, que hacía le cortasen apresuradamente varios barberos a la vez; en cuanto a la barba, unas veces se la hacía cortar muy poco, otras mucho, y mientras lo hacían leía o escribía.” (Augusto, LXXIX)

Ningún romano se afeitaba solo, ya que el tosco material y la poca experiencia condenaba a todos a ponerse en manos del "experto" tonsor. No se tiene conocimiento de que se utilizara ninguna loción o jabón, solo agua, por lo que se hacía imprescindible que el tonsor estuviera dotado de una destreza poco común. Tras un aprendizaje, obtenía permiso para abrir su propia tonstrina.

Las navajas barberas (novaculae) y los cuchillos que también usaban para afeitarse y cortarse las uñas eran de hierro, y se afilaban en una piedra, laminitana, originaria de Hispania, del Campo de Montiel.

“En cuarto lugar están las que se afilan con la ayuda de saliva humana; se utilizan en las barberías. Las mejores en su género son las laminitanae de la Hispania Citerior (Laminium). (Plinio, Historia Natural)

Navaja romana de bronce


Los más experimentados tonsores gozaban de cierta fama, como demuestra el epitafio que Marcial dedica a Pantagathus:


“En esta tumba yace Pantagathus –capricho y pena de su amo-, arrebatado en la flor de la edad, diestro en cortar cabellos greñudos y en arreglar mejillas híspidas con imperceptibles toques de navaja. Aunque le seas, tierra, como debes, propicia y liviana, no puedes ser más liviana que su mano.” (Epigramas, VI, 52)

Pero la mayoría no tenían tanta habilidad y algunos clientes podían exponerse a desagradables accidentes: 

“Quién no pretende aún bajar a las sombras de la Estigia, que huya del peluquero Antíoco, si es inteligente. Estas cicatrices que podéis contar en mi barbilla, tantas como las que hay en la frente de un viejo púgil, no me las ha hecho mi mujer, enfadada, con sus terribles uñas: es el hierro y la mano asesina de Antíoco.” (Marcial, Epigramas, XI, 84)

Los barberos más renombrados eran a veces excesivamente lentos: “Mientras el barbero Eutrapelo repasa la cara de Luperco y le depila las mejillas, le crece una segunda barba.” (Marcial, VII, 83)




La primera vez que un joven se ponía en manos del tonsor se celebraba una ceremonia religiosa: la depositio barbae, que se realizaba alrededor de los veinte años. El día de la depositio barbae, el tonsor cortaba con unas tijeras la barba primera (lanugo) que posteriormente se ofrendaba a los dioses, Apolo, Júpiter o Venus, o a los dioses domésticos, y se guardaban en recipientes de cristal o de oro incluso, y este ritual marcaba el paso definitivo a la madurez. De Nerón cuenta Suetonio:

“En los juegos gímnicos que dio en el campo de Marte, y en el transcurso de los preparativos del sacrificio, se hizo cortar la primera barba guardándola en un cofrecillo de oro adornado con pedrería, y consagrándola a Júpiter Capitolino.

Nerón joven

Este acto de cortar la barba por primera vez significaba el abandono de la niñez y el acceso a la edad adulto. El siguiente epigrama se refiere al momento en que Marcelo, hijo de Octavia, hermana de Octavio Augusto, hace su primer afeitado.

“Cuando regresaba de la guerra del oeste con el botín a la frontera de la rocosa Italia, Marcelo se afeitó por primera vez su rubia barba. Ése fue el deseo de su patria:enviar a un niño, recibir a un hombre.” (Antología Palatina, Epigrama, 319)
Durante los tiempos de Juvenal, ricos y pobres festejaban esta fecha solemne según sus medios, preparando una gran fiesta a la que se invitaba a todos los amigos de la familia:

“Ya te amanece el día tercero después de los idus de mayo, Marcelino, en que debes celebrar una doble fiesta familiar: el aniversario del nacimiento de tu padre, y el día en que te afeitaste por primera vez. Aunque le ha dado el gran don de una vida feliz, nunca este día estuvo más generoso con tu padre.” (Marcial, III, 6)



Los jóvenes elegantes solían llevar una barba cuidada (barbula) hasta los cuarenta años como señal de juventud; llevar barba a partir de esa edad era signo de desaliño, de duelo o de calamidad, como Augusto, al conocer la derrota de Varo, quien “se dejó crecer la barba y los cabello durante meses” (Suetonio, Augusto, 23)

Otra labor del tonsor era satisfacer a sus clientes aplicando tintes: “Te haces el joven, Letino, con tus cabellos teñidos, tan pronto cuervo, si hace un momento eras cisne. No puedes engañar a todos, Proserpina sabe que lo tienes blanco, ella le quitará el disfraz a tu cabeza.” (Marcial, Epigramas III, 43); untando aceites perfumados; maquillando el rostro; disimulando imperfecciones de la piel con lunares o parches de tela: “y un cuero de escarlata pinta su pie sin lastimarlo, y numerosos lunares revisten su frente de estrellas. ¿No sabes qué es? Quita esos lunares y lo verás.” (Marcial, Epigramas, II, 29)


Algunos romanos antes de someterse a la tortura del tensor preferían ponerse en manos del dropacista, especialista en depilar con dropax, un ungüento depilatorio compuesto de resina y pez.

“Te depilas la cara con ungüentos y la calva con mejunjes; ¿tanto miedo tienes, Gargiliano, al peluquero? ¿Qué harán tus uñas? Porque ciertamente no puedes recortarlas con resina, ni con lodo véneto. Si tienes algún pudor, deja de hacer de tu cabeza un espectáculo”. (Marcial, Epigramas, III, 74)

También se les frotaba con psilotrum, un ungüento hecho a base de arsénico calentado y de cal viva, que utilizaban las personas de costumbres afeminadas para eliminar los pelos de la piel:

“Se bañaba siempre acompañado de mujeres, de tal suerte que las depilaba él personalmente con psilotro, cuidando también su barba, vergüenza da decirlo, con el mismo psilotro con el que depilaba a las mujeres, y a la misma hora.” (Historia Augusta, Heliogábalo, 31)

Heliogábalo, Museo Metropolitan, Nueva York

Otros preparados también podían ser eficaces:

“Se encuentran casos, también, donde se ha utilizado castoreum con miel, durante varios días, como depilatorio, sin embargo. En el caso de depilatorio diario, los pelos deberían arrancarse antes de aplicarse.” (Plinio, Historia Natural, XXXII, 47)

Remedios muy caseros podían servir para evitar la salida de la barba, como el empleado por Otón. 

"Afeitábase todos los días con sumo cuidado y se frotaba con pan mojado, costumbre que había adquirido desde jovencito, con objeto de no tener nunca barba."(Suetonio, Otón, XII)

Moneda con retrato de Otón

Los hombres romanos también se sometían a la depilación en otras partes del cuerpo, para mostrar una piel suave. En los baños se podía contratar el servicio de un dropacista o depilador como describe Séneca en su epístola 56: imagina al depilador con su penetrante voz chillona, dando rienda suelta a su lengua, excepto cuando está depilando las axilas y haciendo gritar a su víctima en su lugar.”

Augusto acostumbraba a quemarse el vello de las piernas con cáscara de nuez para que estuvieran más suaves, según Suetonio. También se usaban diversas sustancias como resina y brea: “… y ollas Samnitas para calentar la resina y la brea usadas para depilar a los hombres y suavizar su piel.” (Historia Augusta, Pertinax, 89), además de usar piedra pómez para alisar la piel.


Retrato época Flavia, Museo Metropolitan, Nueva York

Los hombres dedicaban parte de su tiempo a mejorar su aspecto y seguir las tendencias de la moda en cuanto al peinado y el uso de perfumes:

"Estás viendo, Rufo, a aquel que ocupa los primeros asientos, cuya mano enjoyada reluce hasta desde aquí, cuyos mantos han absorbido tantas veces la púrpura de Tiro, y cuya toga tiene orden de ganar [en blancura] a las nieves intactas, cuya grasienta cabellera llena de perfume todo el teatro de Marcelo, y cuyos brazos resplandecen lisos una vez depilados..." (Marcial, Epigramas, II, 29)

Ovidio aconseja a los jóvenes cómo deben cuidarse para atraer a sus amadas, despreocupándose de lo superficial, como es rizarse el pelo y quitarse el vello, pero recomendando buscar un buen barbero:

“Tampoco te detengas demasiado en rizarte el cabello con el hierro o en alisarte la piel con la piedra pómez; deja tus vanos aliños para los sacerdotes que aúllan sus cantos frigios en honor de la madre Cibeles. Que no se te ericen los pelos mal cortados y tanto éstos como la barba entrégalos a una mano hábil.” (Ovidio, Arte de Amar, L. I)

Retrato de época Severa

Algunos autores, como Tertuliano, criticaron la dedicación que los hombres dedicaban al cuidado de su cabello, barba y cuerpo:

“Y si nuestro propio sexo admite trucos engañosos tales como cortarse la barba en demasía; arrancarla por aquí y por allí; afeitarse alrededor de la boca; arreglarse el pelo y disfrazar su blancura con tintes; depilarse por todo el cuerpo; colocar cada pelo en su lugar con pigmentos femeninos; suavizarse el resto del cuerpo con la ayuda de algún áspero polvo; y, además, aprovechar cualquier oportunidad para mirarse en el espejo y contemplarse con ansiedad.” (Tertuliano)

De nuevo los autores cristianos aconsejan sobre cuándo y cómo cortar el pelo y la barba.

“Así, pues, el corte de pelo debe hacerse no en aras de la belleza, sino por circunstancias, el de la cabeza, para que, cuando crezca, no descienda, hasta impedir la vista y, asimismo, también conviene cortar los pelos del bigote, pues se ensucian al comer; no con navaja de afeitar —pues es una acción baja—, sino con las tijeras de barbero; deben dejarse en paz los pelos de la barba, ya que, lejos de causar alguna molestia, contribuyen a dar un aspecto solemne que produce admiración.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, III)



El carácter supersticioso del pueblo romano se manifiesta también en las actividades más cotidianas, como la de cortarse el pelo y afeitarse la barba, que se asimilan a la protección de distintos dioses, y que, incluso en época cristiana todavía se relacionan con divinidades paganas. En la Antología Latina se encuentra un corto epigrama que aconseja cuando realizar esas pequeñas actividades cotidianas, que luego es refutado por otro epigrama más largo del poeta Ausonio, autor cristiano.

En qué día conviene eliminar cada excrescencia del cuerpo

“El miércoles (día de Mercurio) las uñas, el jueves (día de Júpiter) la barba, los cabellos el día de Cipris (viernes, día de Venus).” (Antología Latina, 643)

Esto así se refuta.

“Mercurio con sus robos siempre requiere uñas largas
y no permite que a los dedos se le achiquen sus armas.
La barba es ornato de Júpiter y la melena de Venus:
luego es forzoso que no quieran que se corte,
aquello de lo que tanto cada cual se ufana.
Mavorte, amabas a imberbes y tú, Luna a calvos:
no impiden, pues, que asomen la cabeza y las mejillas.
El Sol y Saturno no se oponen a las uñas. Por consiguiente borra ese verso que a los dioses no gusta.”
(Ausonio, Égloga, XXVI)


Cabeza de Zeus-Júpiter

De los objetos utilizados por el tonsor (instrumenta tonsorae) hay varias descripciones en la literatura. Como ejemplo, el siguiente epigrama describe los objetos depositados como ofrenda por un barbero griego que quiso dejar su profesión y convertirse en filósofo, pero tuvo que volver a su anterior trabajo. Estos incluyen útiles para cortar el pelo, afeitar la barba y limpiar las uñas.

“El lienzo que el pelo recoge, el espejo y el trozo
de fieltro en que secaba sus chismes, el lapitano
Eugates dejó con el peine de caña y tijeras
sin mango y los punzones para limpiar las uñas,
cuchillas, navaja y sillón y al jardín de Epicuro
saltó como hortelano desde su barbería.
Allí, como el que oye llover, escuchaba y se hubiera
muerto de hambre si no llega a volver a su arte.”
(Antología Palatina, 593)



El espejo era un elemento imprescindible para los tonsores, ya que permitía a los señores ver el aspecto final que tenían tras pasar por sus manos. Se depositaba junto al pelo cortado en las ofrendas que se hacían a los dioses al comenzar la edad adulta. En el siguiente epigrama de Marcial es el favorito de Domiciano, Earino, el que realiza su ofrenda a Esculapio.

“Este espejo, consejero de su hermosura, y estos suaves cabellos los ha depositado como sagrados presentes para el dios de Pérgamo aquel niño más grato a su dueño en todo el palacio, el que con su nombre señala la época de la primavera. ¡Dichosa la tierra que cuenta con tal presente! No preferiría tener ni la cabellera de Ganímedes.” (Marcial, Epigramas, IX, 16)




Esta entrada actualiza y amplía la anterior Tonsor, el aseo del hombre romano

Bibliografía:


http://www.mac.cat/Media/Files/Flequillos-barbas-y-trenzas.-Notas-sobre-moda-y-peinado-en-la-Roma-antigua; Flequillos, barbas y trenzas. Notas sobre moda y peinado en la Roma antigua; Bruno Ruiz-Nicoli
http://www.dermatologiaterrassa.com/wp-content/uploads/2014/11/Alopecia-en-Roma.pdf; La alopecia en Roma, Xavier Sierra Valentí
http://latijn.pbworks.com/f/The+Portraits+of+Nero.pdf; The Portraits of Nero; Ulrich W. Hiesinger
https://www.academia.edu/4756692/Barbula_tonsa_e_coma_in_gradus_formata._Su_un_ritratto_aquileiese_del_II_secolo_d.C._in_Quaderni_Friulani_di_Archeologia_2005; Barbula tonsa e coma in gradus formata. Su un ritratto aquileiese del II secolo d.C., in: «Quaderni Friulani di Archeologia» 2005; Ludovico Rebaudo
http://www.lavanguardia.com/de-moda/h-hombre-de- vanguardia/20170512/422454106796/hombres-con-historia-tupe-alejandro-magno.html; Fèlix Badía; La Vanguardia, 12/05/2017
Roman Clothing and Fashion, Alexandra Croom, Google Books
La vida cotidiana en Roma en el apogeo del imperio; Jerome Carcopino, Ed. Temas de Hoy

https://ia801704.us.archive.org/12/items/jstor-310326/310326.pdf; Greek and Roman Barbers, Frank W. Nicolson
                                               

domingo, 27 de agosto de 2017

Intonsi et capillati, peinados a imagen de los emperadores romanos


      


Lucio Junio Bruto, cónsul de Roma, s. VI a. C. 

En los tiempos más antiguos de Roma los hombres dejaban crecer su cabello y barba de igual manera que hacían otras civilizaciones, como la mesopotámica, por ejemplo. El pelo abundante era símbolo de virilidad y sabiduría.

“También entonces, al vivir aquellos hombres antiguos sin artificio, creyéndose bastante limpios si se habían lavado la suciedad acumulada por el trabajo en la corriente del río, era su preocupación peinarse el cabello y arreglarse la barba que les crecía, y en esta ocupación cada uno se bastaba a sí mismo, no se prestaban ayuda unos a otros. Ni siquiera la mano de las esposas acariciaba aquel cabello que, en otro tiempo, solían los hombres dejarse suelto sin necesidad de ningún afeite, de igual modo que los nobles brutos sacuden la crin.” (Séneca, Cuestiones Naturales, I)


Retrato anciano siglo I d.C.

Las canas y la barba que caracterizaban al anciano era rasgos a los que había que respetar.

“Esto, esto es lo que me amarga el alma, lo que de verdad me atormenta, que se hayan burlado de mí a mis años, ¡maldición!, que con estas canas y esta barba blanca me hayan tomado el pelo de una manera semejante y me hayan birlado el oro, desgraciado de mí.” (Plauto, Las dos Báquides, V, 1)

 Durante el periodo final de la república romana los retratos masculinos muestran hombres a los que se representa con la cabeza calva, nariz grande y pronunciadas arrugas que parecían querer expresar el esfuerzo y los años que habían dedicado al estado romano. La calvicie se consideraba un signo de sabiduría, dignidad y seriedad que todo ciudadano noble romano debía exhibir.

Retrato de anciano, s. I a.C.

Sin embargo, en la cultura romana para muchos la calvicie suponía un gran problema, en especial, si era prematura. Al contrario que las arrugas, aceptadas por los romanos como un signo de dignidad y solemnidad, la calvicie era vista casi como una enfermedad porque el pelo se consideraba un símbolo de fuerza, virilidad, juventud, fertilidad y belleza y, por tanto, se pensaba que quien la sufría no poseía tales características.

Ovidio escribió en su libro sobre el amor: “Feo es un ganado sin cuernos; feo un campo sin hierba, y un arbusto sin fronda y una cabeza sin pelo.” (Arte de amar, III, 248)

Entre los gobernantes, militares y políticos, se asociaba la falta de cabello con la vejez, momento en el que se alcanzaba la prudencia y la calma, pero se perdía el valor. Quizá por ello el historiador Suetonio cuenta sobre Julio César que:

“Concedía mucha importancia al cuidado de su cuerpo, y no contento con que le cortasen el pelo y afeitasen con frecuencia, se hacía arrancar el vello, por lo que fue censurado, y no soportaba con paciencia la calvicie que le expuso más de una vez a las burlas de sus enemigos. Por ese motivo, se traía el escaso cabello de la parte posterior sobre la frente.” (Cesar, Suetonio, XLV)


Busto de Julio César

Los retratos masculinos de la escultura griega presentaban en la época arcaica pelo largo y abultada barba, pero en época clásica exhibían abundante cabello algo encrespado y despeinado, cayendo en mechones sobre la frente de forma natural como símbolo de la virilidad del joven atleta. Alejandro Magno prohibió la barba a sus soldados para que el enemigo no pudiera agarrarlas.
Busto de joven griego


Alejandro Magno
El mismo general Pompeyo intentó copiar el peinado de Alejandro Magno que lucía melena y flequillo levantado con mechones sobre la frente, ambos peinados sin ningún cuidado, con la pretensión de que la similitud de sus retratos hiciera que se les asociara también en el éxito de sus hazañas militares, si bien Pompeyo exhibía su cabello más corto.


Pompeyo el Grande
 “Además, el cabello, un poco levantado, y el movimiento compasado y blando de los ojos daban motivo más bien a que se dijese que había cierta semejanza entre su semblante y los retratos de Alejandro…” (Plutarco, Pompeyo, II)              
                   
La moda de llevar el pelo muy corto parece haber progresado lentamente y sólo entre las clases más altas de la sociedad romana y es que el carácter predominante en la república romana más austero que el de los griegos hace que los retratos de la época muestren flequillos con mechones muy cortos y peinados muy sencillos que realcen el carácter sobrio del retratado.

Retrato siglo I a.C. Museo de Bellas Artes, Boston

A pesar de esta tendencia general surgen simultáneamente una serie de peinados arcaizantes que, por medio del calamistrum (instrumento dedicado a rizar el cabello), convierten el flequillo en una serie de pequeños bucles rizados. La emulación de esta moda, junto con los distintos arreglos de la barba, fue censurada por los sectores conservadores como propia de afeminados, y acabó siendo contenida por la regulación moral de Augusto.

“Es esto lo que ves que persiguen quienes se depilan la barba toda o a trechos; los que la afeitan y rasuran hasta los labios con toda precisión, al tiempo que conservan y dejan crecer la parte restante; los que se ponen un manto de color llamativo y una toga transparente, que nada quieren hacer que pueda escapar a la mirada de los hombres: excitan y atraen su atención hacia sí, quieren incluso ser reprendidos con tal de que se les contemple. Éste es el estilo de Mecenas y de todos los demás que no yerran por casualidad, sino a sabiendas y gustosamente.” (Séneca, Epístolas a Ático, CXIV)




Ptolomeo, rey de Mauritania, Museo del Louvre

Durante el Imperio los retratos de la familia imperial tuvieron gran influencia en todas partes dado que se distribuían en esculturas y monedas por todas las provincias. Los flequillos sobre la frente eran comunes e imitaban la imagen estereotipada (y probablemente idealizada) de Augusto, que utilizó repetidamente las imágenes y las estatuas como propaganda política. 

Octavio Augusto


La principal referencia fue la sobriedad estética impuesta por el emperador Augusto, al que parece ser que no le gustaba arreglarse el cabello, que solía llevar despeinado, con un característico flequillo que caía sobre la frente formando una especie de horquilla abierta.

El modelo escogido por Octavio simboliza la juventud y el clasicismo al que el emperador quiso retornar después de un periodo republicano durante la segunda mitad del siglo I a. C. en el que el peinado masculino de los retratos es más largo y voluminoso.

Marco Junio Bruto, Museo del Prado, Madrid





Los diferentes estilos de peinado marcaban tanto las afinidades políticas como las preferencias culturales de los retratados. La identificación del individuo con un peinado en particular conllevaba, en algunos casos, un contenido simbólico o político. Por ejemplo, para realzar la vinculación al trono de los príncipes Cayo y Lucio César, nietos de Augusto, nacidos del matrimonio de su hija Julia y Agripa, se los representaba con el pelo de igual manera que lo llevaba su abuelo, el emperador.
Cayo César, nieto de Augusto

Octavio Augusto



Tiberio, tras su acceso al poder, presentaba pronunciadas entradas y disimulaba su calvicie echándose el pelo hacia delante, en forma de flequillo, como muchos miembros de su familia, pero simplificó el clasicista flequillo de la época de Augusto, adoptando una versión más sobria y afín a los modelos republicanos.


Retrato de Tiberio





Era costumbre de los calvos dejarse el cabello largo en la zona occipital y temporal para poder cubrir la parte sin pelo, pero no solo entre los emperadores y las clases dirigentes, sino también entre la gente del pueblo, como cita Marcial en uno de sus epigramas:

“Recoges de aquí y de allá tus cuatro pelos y la ancha explanada de tu resplandeciente calva la cubres, Marino, con los bucles de los temporales. Pero, movidos por la fuerza del viento, se vuelven a su sitio y tu cabeza desnuda la ciñen por este lado y el otro unos enormes mechones.” (Marcial, Epigramas, X, 83)

Según la descripción de Séneca Calígula tenía una característica propia de los Claudios, calvicie prematura y nuca poblada de cabello.

“Porque era tal su fealdad, que daba indicios de locura, teniendo los torcidos ojos escondidos debajo de la arrugada frente, con una deforme y grande cabeza calza sin cabello y el cuello lleno de pelo…” (Séneca, De la constancia del sabio, 18, 1)

Retrato idealizado de Calígula, Museo Metropolitan, Nueva York

A pesar de esta imagen, los retratos del emperador le muestran siempre con un rostro joven y perfecto, siguiendo el estilo clásico de los atletas griegos.
Claudio luce en sus retratos un sencillo y escueto flequillo que combina su talante ideológico con la oportunidad política que suponía marcar la diferencia con su odiado antecesor Calígula. 

Retrato de Claudio
Nerón desde su infancia se desmarcó de su padre adoptivo el emperador Claudio, mostrando un largo y cuidado flequillo con una división central, que también llevaron otros príncipes imperiales, como Británico, hijo de Claudio.


Retrato Nerón niño y Británico, hijo de Claudio






Posteriormente luciría un flequillo con mechones torcidos hacia la derecha dispuestos de forma simétrica sobre la frente y durante su estancia en Grecia lo reemplazó por uno más sofisticado que recibe el nombre de coma in gradus formata y que consiste en bandas escalonadas de pelo hacia atrás con el flequillo elevado en una pequeña cresta dejando caer por detrás el cabello.


“No cuidaba del traje ni apostura, y durante su permanencia en Acaya, se le vio dejar caer por detrás el cabello, que llevaba siempre rizado en bucles simétricos.” (Suetonio, Nerón, LI)


Peinado de Nerón, coma in gradus formata, Museo Británico, Londres



Nerón (54–68 d.C.), fanático de las carreras de carros, lucía el pelo al estilo de los aurigas o conductores de carros.



Vespasiano
            

         Tito     
En un probable intento de marcar distancias con el cruel reinado de Nerón los primeros emperadores de la dinastía Flavia, Vespasiano y su hijo Tito, iniciaron un tipo de peinado se distinguiese claramente de su predecesor. En el caso de Vespasiano sus retratos le muestran generalmente calvo y, aunque su hijo Tito aparece representado con los distintivos rizos que también caracterizan a las damas del periodo Flavio, no se puede obviar las entradas que anticipan su inminente calvicie.





Domiciano joven

El emperador Domiciano, hijo y hermano de los anteriores, rompe la tendencia y, a pesar de los documentos existentes describiéndolo calvo, es retratado con bastante pelo al principio, después con algunas entradas y luego recuperando el estilo de Nerón, quizás con la idea de emular tanto su imagen, como su carácter y talante, cruel y obsesivo. Es posible que utilizase pelucas para ocultar su falta de pelo.
Domiciano adulto

“Le disgustaba tanto estar calvo, que tomaba por ofensa personal las bromas o críticas que dirigían en presencia suya a los calvos en general. Sin embargo, en un breve tratado sobre El cuidado del cabello, que publicó con una dedicatoria un amigo suyo; en el que procuraba consolarle con él, le decía después de citar este verso griego:
¿No ves cuán alto y hermoso soy en la estatura?

Pero la misma suerte está reservada a mis cabellos, y los veo con resignada tristeza envejecer antes que yo; convéncete de que no hay nada tan agradable, y tan fugaz a la vez, como la belleza.” (Suetonio, Domiciano, XVIII)

El emperador Trajano (98–117 d.C.) de forma consciente quiso marcar un contraste con el odiado Domiciano y optó, conforme a su estilo militar, dejar caer su flequillo en pequeños mechones sobre la frente y mantener su cabello corto y sin adorno.

Retrato de Trajano


 En época de Nerón se permitió a los griegos entrar en el senado romano lo que trajo una mayor influencia de la cultura helena en la sociedad romana y que motivó el envío de jóvenes a estudiar en Atenas y que a su vuelta aportaron las costumbres de los griegos en todos los ámbitos. También en el estilo de peinado y atuendo que se refleja en la incorporación del pelo ondulado o rizado y la barba al estilo de los filósofos griegos.
Adriano, que desde siempre demostró su filohelenismo y permaneció por largo tiempo en Grecia, se acogió a la nueva moda y fue el primer emperador en lucir pelo rizado y barba, aunque su vanidad y la preocupación por su aspecto le hace aparecer en sus retratos con su cabello peinado con rizos voluminosos cuidados, pero artificiales, que caen sobre la frente y una barba arreglada, con la probable intención de ser referente de la cultura griega. Sin embargo, el aspecto de Adriano se asemeja más a la del político Pericles que a la de los filósofos de Atenas, que si imitó Marco Aurelio de carácter más estoico.

“Fue de elevada estatura, de elegante figura, de cabello ondulado; tenía la barba larga, para cubrir las cicatrices que poseía en su rostro de nacimiento, y una complexión robusta.” (Historia Augusta, Adriano, 26)

Adriano, Museos Capitolinos, Roma

Esta barba con variaciones en su forma y longitud la conservarán los emperadores en sus retratos durante dos siglos más.
Antonino Pío presenta un peinado y barba más similares al de su antecesor Adriano, pero Marco Aurelio, Lucio Vero y Cómodo exhiben cabellos más abultados y rizados y barbas más pobladas, largas y apuntadas.

“Era hermoso de cuerpo, encantador de rostro, de barba casi tan larga como la de los bárbaros, alto y con la frente contraída en las cejas, de forma que inspiraba respeto. Se dice que cuidó tanto sus rubios cabellos que salpicaba su cabeza con polvillo de oro para que su cabellera, al recibir más luz, despidiera destellos dorados.” (Historia Augusta, Vero, 10)

Lucio Vero

"Llevaba siempre teñido su cabello y lo mantenía brillante salpicándolo con limaduras de oro, y quemaba superficialmente su cabellera y su barba por miedo a su barbero." (Historia Augusta, Cómodo, 17)

Cómodo

Durante esta misma época se incrementa el culto a Serapis y el aspecto del dios, con pelo largo y abundante barba, que sus adeptos y sacerdotes imitarán en cierta medida, será representado en los retratos de miembros de la sociedad romana y de la familia imperial hasta la época de Septimio Severo, aunque este último aparece en muchos de sus retratos con pequeños mechones rizados que cuelgan sobre su frente, y que no se veían en sus inmediatos antecesores, que presentaban una frente más despejada.

"Era hermoso, corpulento, de promisa barba, de cabeza cana y rizados cabellos, de rostro venerable y de voz clara, aunque conservó hasta la vejez su acento particular africano." (Historia Augusta, Septimio Severo, 19)

Septimio Severo

El cabello corto de Caracalla y de Geta tiene su origen en un peinado militar que a continuación sería usado por casi todos los emperadores que gobernaron durante la época de la anarquía militar del siglo III d. C. Algunos de sus retratos y de sus sucesores dejan ver patillas y bigote.

Caracalla

El bigote no suele ser característico de los romanos, pero si de los pueblos bárbaros, aunque en el siglo III d.C. parece haber sido aceptable para los jóvenes antes de desarrollar una barba crecida.

“También conviene cortar los pelos del bigote, pues se ensucian al comer; no con navaja de afeitar —pues es una acción baja—, sino con las tijeras de barbero.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, III)




Los retratos de personajes extranjeros considerados bárbaros suelen ser mostrados con cabello largo, descuidado y normalmente con barba sin arreglar.

“Pero generalmente todos los britanos se pintan de color verdinegro con el zumo de gualda, y por eso parecen más fieros en las batallas; dejan crecer el cabello, pelado todo el cuerpo, menos la cabeza y el bigote.”  (Julio César, La Guerra de las Galias, XIV)


Sauromates, rey del Bósforo, Museo de Atenas

A partir del siglo III se adopta un estilo que deja las sienes y la parte cabeza con pelo muy corto, así como la barba que se recorta. 

Filipo el Árabe

Hacia finales del siglo III d.C. durante la Tetrarquía se intentó eliminar cualquier individualidad en favor de una imagen común de los cuatro tetrarcas, retratados con el pelo algo más largo y la barba más poblada, como Diocleciano. 


Diocleciano

Cuando Constantino fue nombrado tetrarca en el año 305 todavía llevaba barba, pero cuando se convirtió en emperador único su imagen oficial cambió y aparecía con el rostro afeitado y el peinado con el flequillo similar al que lucía Trajano en un intentó de ser asimilado a la gloria militar de éste y de simbolizar la restauración del poder y la estabilidad perdida con la crisis del s. III.

Constantino I, Museo Metropolitan, Nueva York

 A partir del siglo IV y hasta el siglo VII el cabello se deja más largo y se peina liso hacia delante y con mayor volumen rodeando el rostro. Los personajes nobles llevan una banda o diadema en la cabeza.

“Aunque avances, fastuoso, con el cabello recogido por la diadema y la clámide de Tiro cubra tus hombros al uso de tus antepasados, déjate cautivar mejor por los adornos coloreados de las togas, ya que desde siempre la reelección de un cónsul ha sido algo insólito.” (Sidonio Apolinar, Panegírico de Antemio)

Hijo de Constantino I, ¿Constante?,
Museo Metropolitan, Nueva York


A pesar de que desde Constantino todos los emperadores fueron cristianos, hubo una excepción con Juliano, llamado el Apóstata, que reinó del 360 al 363, un convencido pagano que deseaba volver a las antiguas creencias y que para distinguirse de sus predecesores llevó una barba que reflejaba su admiración por los filósofos griegos. Incluso escribió un libro “Los que odian la barba”, en el que recuerda el ridículo que sufrió por dejarse crecer la barba cuando no estaba de moda.

“De figura y disposición de los miembros como sigue: era de estatura media, de cabellos como peinados y suaves, cubierto de barba hirsuta y terminada en punta.”  (Amiano Marcelino, Retrato de Juliano)

Juliano

Aunque Constantino presenta un rostro afeitado los primeros autores cristianos se declaraban partidarios de que el hombre no debía llevar el cabello largo, que pensaban que debía ser solo adorno de la mujer, pero si debían dejar crecer su barba y no depilarse, porque el pelo era un don de la naturaleza otorgado por Dios, que no debía eliminarse.

“Y he aquí mi opinión respecto al cabello: la cabeza de los hombres esté rapada, salvo si se tienen cabellos rizados; la barba espesa. Que los cabellos no lleguen por debajo de la cabeza, asemejándose a los rizos mujeriles. Los hombres ya tienen bastante con una hermosa barba. Y aunque uno se rasure un poco la barba, no está bien afeitársela del todo, pues es un espectáculo vergonzoso, y también es reprobable afeitarse la barba a ras de piel, por ser una acción semejante a la depilación y al afeite.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, III)

También durante los siglos IV y V llevaban barba algunos usurpadores que intentaron hacerse con el Imperio en contraste a los bien afeitados mandatarios oficiales.

 “Firmo fue de gran estatura, de ojos desorbitados, de cabellos rizado. Tenía la frente cubierta de cicatrices, el rostro un tanto oscuro, el resto del cuerpo blanco, pero velludo e hirsuto de tal manera que la mayoría de las personas le llamaban Cíclope.” (Historia Augusta, Firmo, 4, años 372- 375)   

Retrato de Palmira, Museo de Bilbao

En las provincias orientales se mantuvo la moda impuesta por los retratos de los emperadores adaptando su imagen a sus propias costumbres y gustos. En Egipto y en Palmira, por ejemplo, son fácilmente identificables los retratos que se asemejan a Trajano y Adriano. En la imagen la construcción lineal del flequillo que enmarca la frente en un arco continuo es una adaptación esquematizada del peinado utilizado por Trajano y por muchos de sus contemporáneos dentro del estamento militar.

Los marcados rizos que Adriano introdujo en su reinado y siguieron durante la dinastía antonina se aprecian en el siguiente retrato de El Fayum.


Retrato de El Fayum, Egipto

Para ocultar calvas o presentar mejor aspecto se utilizaban postizos o se pintaba pelo sobre la cabeza calva para aparentar pelo corto, al menos en la distancia:

“Simulas unos cabellos pintados con ungüentos, Febo, y tu sucia calva se cubre con una cabellera pintada. No hay necesidad de buscarle peluquero a tu cabeza: puede raparte mejor, Febo, una esponja.” (Marcial, VI, 57)

En su preocupación por su aspecto los romanos cuidaban su pelo y procuraban evitar su caída. Algunos autores recogieron tratamientos a ese respecto, como Dioscórides, que recomendaba frotar con cebolla las partes de la cabeza afectada con calvicie.

"El otro día, viéndote por casualidad sentado a ti solo, te tomé por tres personas. Me engañó el número de tu calva: tienes cabellos a una parte y tienes a la otra, y tan largos como los que pueden sentar bien incluso a un adolescente; en su mitad, tienes la cabeza desnuda y en un largo espacio no se deja ver ni un solo pelo. Este error te vino bien en diciembre, cuando el emperador distribuyó comida: volviste con tres raciones. Creo que así fue Gerión. Te aconsejo que evites el pórtico de Filipo: ¡cómo te vea Hércules, estás perdido!" (Marcial, Epigramas, V, 49)

Retrato de época de los Severos

Galeno en su obra De Compositione Medicamentorum recoge la siguiente receta tomada de la Cosmética de Cleopatra:

“Contra la pérdida de cabello, hacer una pasta de rejalgar (una forma natural de mono sulfato de arsénico) y mezclarlo con resina de roble, aplicarlo a un paño y ponerlo donde ya se haya limpiado bien con natrón (una forma natural de carbonato de sodio). Yo mismo he añadido espuma de natrón a la receta anterior, y funcionó de verdad.”

No faltaron en el mundo romano los que recurrieron al uso de pelucas para ocultar su calvicie o simplemente para intentar mejorar su imagen. Incluso algunos emperadores hicieron uso de ella, como Otón que llevaba una peluca que le encajaba perfectamente en la cabeza y que le hacía exhibir un artístico peinado.

“Era cuidadoso de su traje, casi tanto como una mujer; se hacía depilar todo el cuerpo y cubría su cabeza, casi calva, con cabellos postizos, ajados y arreglados con tanto arte que nadie lo conocía. Afeitábase todos los días con sumo cuidado y se frotaba con pan mojado, costumbre que había adquirido desde jovencito, con objeto de no tener nunca barba.” (Suetonio, Otón, XII)


Emperador Otón

Los portadores de peluca podían ser objeto de burla y dar lugar a divertidas anécdotas, como la que cuenta en su fábula el poeta Aviano.

“Un jinete calvo que acostumbraba a pegarse en
la cabeza una peluca y a llevar en su desnudo
cráneo los cabellos de otros, llegó al campo de
Marte deslumbrando por el brillo de sus armas y
comenzó a hacer virar con las bridas a su dócil
caballo. Las ráfagas del Bóreas le soplan de
frente dejando a la vista de todos su ridícula
cabeza, pues, una vez que le fue arrancada la
peluca, resplandeció su frente desnuda, que antes,
cuando llevaba pelos, era de otro color. Al darse
cuenta de que tantos miles de personas se reían de
él, eludió la burla echando mano de su astucia y
dijo: «¿Qué hay de raro en que los pelos postizos
hayan huido de aquél al que antes le abandonaron
sus cabellos naturales?” (Aviano, fábula X)




Para hacer carrera política se requería una buena presencia, ir bien vestido y con un aspecto cuidado, pero sin excesos que podían provocar la crítica de los demás. Quintiliano aconseja sobre la apariencia que debe mostrar un buen orador.


“La toga del orador no sea de una tela muy ordinaria, pero tampoco ha de ser de seda; que no tenga desgreñado su cabello, pero que tampoco lo lleve todo rizado y lleno de bucles, siendo así que en aquél que no mira al lujo y liviandad parecen más bellas aquellas cosas que son de suyo más honestas.” (Quintiliano, Instituciones Oratorias, X, 4)




http://www.mac.cat/Media/Files/Flequillos-barbas-y-trenzas.-Notas-sobre-moda-y-peinado-en-la-Roma-antigua; Flequillos, barbas y trenzas. Notas sobre moda y peinado en la Roma antigua; Bruno Ruiz-Nicoli
http://www.dermatologiaterrassa.com/wp-content/uploads/2014/11/Alopecia-en-Roma.pdf; La alopecia en Roma, Xavier Sierra Valentí
http://latijn.pbworks.com/f/The+Portraits+of+Nero.pdf; The Portraits of Nero; Ulrich W. Hiesinger
https://www.academia.edu/4756692/Barbula_tonsa_e_coma_in_gradus_formata._Su_un_ritratto_aquileiese_del_II_secolo_d.C._in_Quaderni_Friulani_di_Archeologia_2005; Barbula tonsa e coma in gradus formata. Su un ritratto aquileiese del II secolo d.C., in: «Quaderni Friulani di Archeologia» 2005; Ludovico Rebaudo
http://www.lavanguardia.com/de-moda/h-hombre-de- vanguardia/20170512/422454106796/hombres-con-historia-tupe-alejandro-magno.html; Fèlix Badía; La Vanguardia, 12/05/2017
Roman Clothing and Fashion, Alexandra Croom, Google Books
La vida cotidiana en Roma en el apogeo del imperio; Jerome Carcopino, Ed. Temas de Hoy
https://ia801704.us.archive.org/12/items/jstor-310326/310326.pdf; Greek and Roman Barbers, Frank W. Nicolson
Roman Portraits: Sculptures in Stone and Bronze in the Collection of The Metropolitan Museum of Art, Paul Zanker, Google Books