DOMVS ROMANA

Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

martes, 10 de abril de 2018

Purpura, el color del lujo en la antigua Roma

Pintura de Pompeya, Casa de Lucrecio Marco Frontón

El tinte púrpura constituyó para los antiguos una de las formas de dar color a sus telas y vestimentas más estimadas. Desde época creto-micénica los griegos utilizaron el jugo de gasterópodos marinos con esos fines. Pero el gran auge de la industria de la púrpura llegó de la mano de los fenicios en el oriente mediterráneo, aunque su producción, comercialización y consumo adquiere mayor vitalidad e importancia en el mundo grecorromano. Podrían haberlo traído comerciantes griegos desde el Mediterráneo oriental o de los mercados establecidos en las costas del Mediterráneo occidental, como Marsella.

“En cuanto al vestido, su tinte de púrpura no era de cualquier clase, sino como el que, según la leyenda que cuentan los tirios, descubrió el perro del pastor y con el que hasta hoy tiñen el vestido de Afrodita:
Hubo un tiempo en que a los hombres les estaba vedado adornarse con la púrpura, pues una pequeña concha la ocultaba en su recóndita cavidad. Un pescador la captura. Esperaba un pez, y al ver la áspera concha echó pestes de su presa y la tiró como un desecho del mar. Pero un perro da con tal hallazgo, lo quiebra con sus dientes y la sangre de la púrpura chorrea por su hocico, tiñe su quijada y teje sobre sus labios una capa de púrpura. El pastor ve el hocico del perro ensangrentado y, creyendo que la tintura es una herida, fue a lavarlo en el mar, pero la sangre tomó un color rojo aún más brillante. Y cuando lo tocó con sus manos, sus manos se pusieron purpúreas.
Y fue así como el pastor comprendió la naturaleza de la concha: que contenía un producto de belleza. Tomó un copo de lana y metió la lana en la cavidad de la concha, tratando de descubrir su secreto. La lana tomó color de sangre, como el hocico del perro. Y entonces aprendió cuál es la esencia de la púrpura. Toma unas piedras, quiebra la pared que encierra el producto, abre el santuario de la púrpura y encuentra un tesoro de tintura.” (Aquiles Tacio, Leucipa y Clitofonte, II, 11)


Mosaico con múrex


La valoración social y económica de los tejidos teñidos de rojo (púrpura, sobre todo) llegó a ser tan elevada que su uso adquirió amplias cotas de expansión tanto en la vida privada como en la militar. El aumento de la riqueza entre senadores y caballeros y su acceso a la púrpura en Grecia y Oriente llevó a una gran demanda de este color, especialmente en el siglo II a.C. Una familia noble, los Furii Purpureones tenían un cognomen que indicaba que al menos una parte de su riqueza se debía al negocio de la púrpura.

Las telas purpúreas comienzan a hacerse más visibles en Roma a partir del siglo III a.C., aunque sus primeros usos se conocen desde época monárquica, cuando unas supuestas disposiciones hacen mención al momento en el que los monarcas romanos adoptaron de los soberanos etruscos los vestidos de color púrpura y la toga romana.

“Con estas respuestas los embajadores se marcharon y a los pocos días estaban allí de nuevo trayendo las insignias del poder no simples palabras, sino además portando las insignias de la soberanía con las que ellos ornaban a sus propios reyes: una corona de oro, un trono de marfil, un cetro, un águila en su cabeza, una túnica de púrpura con botón de oro y un manto de púrpura bordado, como llevaban los reyes de Lidia y Persia excepto que no era cuadrado en su forma como aquéllos, sino semicircular.” (Dionisio de Halicarnaso, Historia Antigua de Roma, III, 61, 1)


Placa etrusca de Boccanera, Italia


Esta noticia la recoge Dionisio de Halicarnaso quien describe como tras la victoria romana sobre los tirrenos a principios del siglo VI a.C., Tarquinio Prisco adoptó las insignias tirrenas del poder:

“Estos honores Tarquinio no los utilizó inmediatamente, como la mayoría de los cronistas romanos dicen, sino que confió al Senado y al pueblo la decisión de si debía aceptarlos, y puesto que todos quisieron entonces los recibió y durante todo el tiempo desde aquel momento hasta su muerte llevó una corona de oro, vistió un traje de púrpura bordado, portaba un cetro de marfil y se sentaba sobre un trono de marfil, y los doces lictores con hachas y varas se colocaban junto a él mientras juzgaba y lo precedían cuando caminaba.” (Dionisio de Halicarnaso, Historia Antigua de Roma, III, 62, 1)

Mucho antes de la monarquía de linaje etrusco se había identificado al propio Rómulo luciendo un vestido de color púrpura, identificado como símbolo de su realeza.

“Rómulo marchaba al final de la comitiva llevando un vestido de púrpura, una corona de laurel sobre sus cabellos y, para mantener la dignidad real, iba montado en un carro conducido por cuatro caballos.” (Dionisio de Halicarnaso, Historia Antigua de Roma, II, 34, 2)

La belleza, pero principalmente el elevado precio del producto final y la consiguiente exclusividad de los vestidos así tratados explica su alta valoración. Muchos literatos criticaron su uso por parte sobre todo por parte de las mujeres, por su afán de lujo y provocación.

“No es razonable, pues, que una mujer lleve un gran velo de púrpura deseando ser centro de atracción de las miradas. ¡Ojalá se pudiera arrancar de los vestidos la púrpura, evitando con ello que los mirones se giraran para observar a las que la usan! Sin embargo, éstas que tejen poco su vestido y lo hacen todo de púrpura, inflaman los deseos fáciles; y de ellas, ciertamente, que se inquietan por esta púrpura estúpida y delicada…” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, II)


Dolce far niente, Pintura de John William Godward


La púrpura es una materia colorante de color rojizo vivo. Se extrae de una serie de moluscos gasterópodos que segregan un jugo que es la base para la elaboración del tinte obtenida posteriormente por síntesis. El grupo de moluscos utilizados comprende a especies de los géneros púrpura y murex: Thais haemastoma, Murex trunculus, y Murex brandaris.

Plinio lista dos clases de moluscos que producen el color púrpura; los elementos de ambos son los mismos, solo difieren las combinaciones, el más pequeño es el llamado bucino (purpura o thais  haemastoma), por su parecido a la concha con la que se produce el sonido de la trompeta. El otro se conoce como púrpura, que también tiene otro nombre, el de pelagia (murex brandaris). En la confección del tinte se empleaban mayoritariamente estas dos especies junto con el murex trunculus.

“Existen dos clases de conchas para los tintes de púrpura y conchil — la materia ciertamente es la misma, pero difieren en la proporción— el bucino, la concha más pequeña, parecida a la concha que emite el sonido de la bocina —razón por la que precisamente se le dio el nombre—, con la boca redonda en una hendidura lateral, y la otra, que se llama púrpura, con un pico acanalado prominente y con el borde del canal en forma de tubo replegado hacia dentro, por donde echa la lengua.” (Plinio, Historia Natural)


Múrex, foto de  G & Ph. Poppe Conchology Inc www.conchology.be


El murex trunculus es un molusco con una concha provista de gruesas espinas que pueden taladrar las conchas de bivalvos que son su fuente de alimento. La secreción blanquecina de este molusco se vuelve rojo púrpura en contacto con el aire.

Según Plinio el primer paso para la obtención del tinte era la extracción de la glándula hipobranquial, la cual segrega un mucus con pigmentos que sirven para su actividad celular y como mecanismo de defensa frente a otros organismos. Esta sustancia, de color blanquecino, al contacto con el aire se vuelve amarilla para cambiar después a verde, luego a azul y finalmente al tono rojo-violáceo que se conoce como púrpura, que fue apreciado por su solidez, sus tonos brillantes y la luz que reflejaban los tejidos teñidos con este tinte, por lo que su uso se convirtió en símbolo de lujo y estatus.


Adriano en una alfarería (arriba), Agripina (debajo),
Pinturas de Alma- Tadema


Para que el color púrpura se activara debía tener lugar una serie de reacciones químicas que requerían un tiempo y unas condiciones muy controladas. En el proceso de fabricación de este tipo de tinte, el líquido debía exponerse al sol y su grado de exposición podía influir en las variaciones del color resultante. La masa viscosa resultante del prensado del órgano purpúreo se mezclaba con sal y se dejaba reposar aproximadamente durante tres días, para luego calentarlo a fuego lento durante unos días más, generalmente en vasijas de plomo, para clarificarlo y utilizarlo para teñir. El líquido debía limpiarse de impurezas, y al décimo día se filtraba, tras lo cual se probaba introduciendo un poco de fibra de lana en él. Antes de proceder al tintado se recalentaba el preparado.

“Se les extrae a continuación la vena que dijimos, a la que es imprescindible que se añada sal, aproximadamente un sextario por cada cien libras. Lo correcto es dejarlo en maceración durante tres días —pues precisamente tiene más fuerza cuanto más fresco es, ponerlo a hervir en un depósito de plomo, echar la proporción de quinientas libras de la tintura por cada cien ánforas de agua y dejarlo evaporar a fuego lento —y, a tal fin, mediante un tubo alejado del horno—. De esta manera, después de sacar con la espumadera varias veces los trozos de carne, que inevitablemente habían quedado pegados a las venas, a eso de los diez días después de haber colado el caldero, se echa a remojo, de prueba, un vellón limpio, y se calienta el líquido hasta que aquél se vuelva conforme se esperaba. El color rojo vivo es peor que el que tira a negro. En cinco horas se empapa la lana y se vuelve a remojar otra vez, después de cardarla, hasta que embeba todo el tinte.” (Plinio, Historia Natural, IX, 36)


Casandra busca la protección de Atenea, Casa de Menandro, Pompeya


Había distintos tonos de color púrpura según la especie y la cantidad de tinte utilizados. La púrpura roja oscura (blatta) se obtenía mezclando el murex brandaris (pelagium o purpura) que daría un rojo casi negro con el Thais haemastoma o el Murex trunculus, que aportaban un color rojo escarlata. Plinio describe que los Tirios primero teñían su lana con el líquido de la púrpura (Murex brandaris), y después el del bucino (Thais haemastoma), que resultaba en la Tyria dibapha, (teñida dos veces).

“Para obtener el tinte Tirio la lana se empapa en el jugo de la pelagia mientras la mezcla está sin cocción; después de lo cual su tinte cambia sumergiéndolo en el jugo del bucino. En cambio, en el tirio primero se baña el vellón con el jugo de la pelagia en un caldero sin cocer y semicrudo, y después se cambia al del bucino. Su alta estima radica en su color de sangre cuajada, oscura a primera vista, pero, mirándola de abajo a arriba, brillante, por lo que incluso Homero denomina purpúrea a la sangre.” (Plinio, Historia natural, IX, 60)


Túnica copta

El escarlata del Thais haemastoma era rico en tono, pero se desteñía fácilmente, por lo que siempre se mezclaba con algún tipo de múrice. El color púrpura de tono violeta, similar a la amatista, se obtenía mezclando el bucino (Thais haemastoma) y la pelagia (Murex brandaris)

“El bucino por sí solo es desechable, ya que destiñe el rojo. Se combina en determinadas proporciones con el pelágico y le da al color excesivamente negruzco de éste, esa intensidad y ese brillo de la grana, que se pretende. De este modo, combinado sus efectos se avivan o se apagan el uno al otro. El total de ingredientes para 50 libras de vellón es doscientas de bucino y ciento once de pelágico. Así se logra el color de la amatista, tan excepcional.” (Plinio, Historia natural, IX, 60)

Las tonalidades del color púrpura variaban en función de las sustancias tintóreas utilizadas, obteniéndose colores de una gama entre los rojos, violáceos y azules, todos ellos de gran intensidad, muy saturados y de gran brillo, lo que hizo que fuesen apreciados por las clases privilegiadas tanto por su cromatismo como por la exclusividad del tinte con que se obtenían, lo que elevaba su coste.


Casa de los castos amantes, Pompeya

Plinio cita los colores tyrianthinus, violeta semejante al de la amatista, bañado después en púrpura tiria y el hysginum, obtenido del color rojo bañado también posteriormente en púrpura tiria.

“No es suficiente haberle arrebatado el nombre de amatista a una gema: se emborracha totalmente oirá vez en tinte tirio para que el nombre sea desmesurado por su doble procedencia y, al mismo tiempo, el lujo doble. Incluso cuando ya han acabado de elaborar los tintes de conchil, consideran que es mejor pasar al tirio. El arrepentimiento debe de haber sido el que halló este primer invento, desde el momento en que un artesano cambió algún aspecto que no le gustaba. De ahí surgió la fórmula: mentes imaginativas lograron sus objetivos partiendo de lo que estaba defectuoso, y se mostró que la senda del lujo era doble, hasta el punto de que un color se cubría con otro y así se decía que se volvía más fino y suave; y todavía se mezclaban motas de tierra, y lo que se había teñido de grana se reteñía con tinte tirio para hacer el hisgino.” (Plinio, Historia Natural, IX, 62)

El coccinus era el tinte de brillante escarlata obtenido de un parásito, el quermes, una especie de cochinilla que vive en unos árboles de la familia del roble; la coscoja mediterránea o Quercus coccifera. La picadura de la hembra produce un engrosamiento de color rojo vivo y del tamaño de un guisante en las hojas de estos arbustos, donde se encuentra el colorante. Convertido en tinte de lujo tuvo tanta demanda que, además de la producción asiática, se desarrolló una gran industria con quermes procedente de las encinas de Emérita en Lusitania, muy apreciado por su color y cuya recolección sirvió como salario extra para los campesinos pobres, además durante el Imperio romano Hispania pagaba una cantidad importante de sus tributos anuales con el tinte grana. Su alto precio se constata en la tarifa de Diocleciano publicada hacia 300 d.C. Marcial cita el coccus (rojo grana) junto al color púrpura para hablar del adorno de uno de sus libros.

“Librito mío, … ¿Te marchas al seno de Faustino? Sabes lo que haces. Ahora puedes echarte a andar ungido con aceite de cedro y, hermoseado por la doble ornamentación de tu frente, regodearte en tus dos cilindros pintados, y que la púrpura delicada te cubra y que el título se enorgullezca con el rojo de la grana. Si él te protege, no temas ni a Probo.” (Marcial, Epigramas, III, 2)


Catacumbas de Priscilla, Roma


La industria de la púrpura se desarrolló en diferentes talleres a lo largo de diferentes puntos del Mediterráneo y del Atlántico. Las más célebres industrias se ubicaban en el Levante Mediterráneo, en Fenicia, especialmente en Tiro. Había muchísimos múrices en las aguas de la zona, lo que facilitaba el desarrollo de la actividad del tinte que requería enormes cantidades del molusco. Además, Tiro tenía buenas relaciones con Galilea y Judea, que producían lino y lana respectivamente, dos tejidos de calidad para ser teñidos.

La expansión de las colonias fenicias por el Mediterráneo occidental conllevó el desarrollo de la actividad industrial en las factorías costeras de la región cartaginesa. Otra de las regiones más destacadas fue Mauritania en su vertiente Atlántica, con la producción de púrpura de Getulia, conociéndose como gétula. Todo parece indicar que los primeros artesanos dedicados a la producción de púrpura en la región obtuvieron sus conocimientos de los fenicios o cartagineses que visitaron la región allá en los siglos VII–VI a.C., verdaderos transmisores de la producción de la púrpura en el Mediterráneo.

Plinio hace una enumeración de los lugares productores de púrpura según su importancia.

“En Tiro (Líbano) se halla la mejor púrpura de Asia, en Meninge (Túnez) y en la costa del océano de Getulia (Mauritania), la de África, y en Laconia (Grecia), la de Europa.”


Otros centros de producción se hallaban en Corinto (Grecia), Tarento (Italia) y las islas Canarias (España).

“La ciudad, que recibe su nombre de un pequeño arroyo,
está rodeada por un hondo golfo marino de dos bocas.
La enriquece el mar, la enriquece la tierra, pero de diverso modo:
el agua le paga con la pesca y el suelo halagüeño con el grano.
Vides, olivos, sembrados se alzan en su heredad fecunda
y el mar se enrojece suntuoso con el múrice y la púrpura.” (Antología Latina, La ciudad de Tarento, 873a)

Vitruvio escribe sobre los lugares donde se obtenía la púrpura y los distintos tonos conseguidos según su procedencia.

“Voy a tratar ahora sobre el púrpura, que posee, por encima de los colores citados, una categoría superior, una extraordinaria distinción y una exquisita suavidad para la vista. Se obtiene a partir de unas conchas marinas que proporcionan este color; para los estudiosos de la naturaleza ofrece una especial fascinación que supera otras muchas sustancias naturales, pues no posee un solo y exclusivo color en los distintos parajes donde se crían las conchas, sino que presenta diversos matices de modo natural, como consecuencia del curso del sol. La púrpura que se obtiene en el Ponto y en la Galia tiene un color negro, ya que son regiones situadas cerca del septentrión; si seguimos avanzando entre el septentrión y el occidente, encontraremos una púrpura de color cárdeno; la púrpura que se recoge en las proximidades del equinoccio oriental y occidental presenta un color violeta y la que se halla en regiones meridionales tiene un tono rojizo; idéntico color rojo tiene la púrpura que encontramos en la isla de Rodas y en otras regiones cercanas al curso del sol. Cuando se recogen estas conchas, las abren en todo su contorno con instrumentos de hierro; de las hendiduras, como si fueran lágrimas, fluye un líquido que se recoge y se tritura en el mortero; se llama «ostro» precisamente porque se extrae de fragmentos de las conchas marinas. Por causa del salitre, se seca muy rápidamente salvo que se mezcle con miel.” (Vitruvio, De Arquitectura, VII, 13)

Tejido púrpura de tono violáceo, Museo del Louvre, París
La evolución del precio de la púrpura muestra que su precio se duplicó durante el Imperio Romano por dos veces debido al constante incremento de la demanda, agotamiento de las zonas de pesca tradicional y su consolidación como símbolo del poder imperial absoluto.

En la época de Augusto, a comienzos del siglo I d.C., una libra de púrpura de alta calidad valía 324 gr. de oro), en la época del Edictum de pretiis maximis del emperador Diocleciano en el 301 su precio se había duplicado, a 675 gr. de oro por libra de púrpura, y se valoraba la seda púrpura en 150.000 denarios, mientras la libra de lana teñida con este tinte se valoraba en 50.000 denarios, el valor de la libra de oro eran 16.000 denarios. En la época de Justiniano,  se volvió a duplicar pasando a valer la libra de púrpura 1 Kg y 310 gr de oro.

“Cornelio Nepote, que murió en el principado del divino Augusto, dice: «cuando yo era joven predominaba la púrpura violeta y una libra de ella se vendía a cien denarios; no mucho después, la púrpura roja de Tarento. A ésta le siguió la de Tiro, teñida dos veces, que no se lograba comprar ni a mil denarios la libra. Los precios de la tintura son, por supuesto, más baratos en proporción a la riqueza de las costas. Sin embargo, sepan quienes compran estos productos por una inmensidad que las cien libras de pelágico no sobrepasan nunca los cincuenta sestercios ni las de buccino los cien.” (Plinio, Historia natural, IX, 64)

Los tejidos de color púrpura eran muy caros por la enorme cantidad de moluscos necesitados para obtener el tinte, a lo que había que sumar el coste del transporte. Hay que tener en cuenta que solo se pueden extraer de una a tres gotas de cada molusco y que, para obtener un gramo de tinte seco, que permite teñir unos 100 gramos de lana, se necesitan más de 10.000 especímenes. Su cotización llegó a igualar o superar a la del oro por la laboriosidad de su extracción.

La clientela de los purpuraii sería muy restringida debido a su precio, tratándose de gentes pertenecientes a las oligarquías locales y demás altos estamentos, para quienes el color púrpura fue símbolo de estatus en la antigüedad, estando regulado su uso por ley.

Pero poseer una prenda de este color se convirtió en una obsesión, por lo que se generó un mercado de falsificaciones e imitaciones con tintes vegetales que pudieron confundirse por su similitud a las mejores púrpuras. Se desarrollaron numerosas prácticas de tintado que imitaban la púrpura de murex con materias colorantes vegetales tales como el fucus, la rocella, la rubia, el índigo o la anchusa.


Ilustración planta de índigo


Plinio destaca que algunas plantas concedían a las telas unos colores admirables y que los galos transalpinos reproducían con hierbas la púrpura tiria, la conchyliana y todas las demás. En algunos casos se trataba del glastum , mezclado con algunas especies de rubiáceas locales, o también de púrpura obtenida con bayas de mirtilo común. En algunos restos de tejido de época romana se encontró rastro de púrpuras vegetales.

Receta 118 del Papiro Holm: “Coger la lana, sumergir en jugo de beleño y de lupino desabrido hervido en agua. Este es el mordiente preliminar. A continuación, coger las bayas de espino cerval (o aladierna), meter agua en un caldero, hacer hervir, sumergir la lana y surgirá un bello color púrpura. Sacar, escurrir con agua ferruginosa, secar al sol y será de primera calidad.”

Este producto se impuso entre las clases populares frente a la verdadera púrpura, por su menor precio, a la vez que, por su mayor resistencia al desgaste, a los sucesivos lavados de la prenda y al retintado de la misma.

El fucus de Aquino (villa del Lacio meridional), sacado de un alga, era un sucedáneo barato de la misma.

“Quien no sabe comparar- con discernimiento la púrpura de Sidón con los vellones coloreados con tinte de Aquino, no sufrirá un daño más cierto ni que más le llegue a los meollos que quien no sabe distinguir lo verdadero y lo falso.” (Horacio, Epístolas, I, 10)


Pinturas de Casa de los castos amantes, Pompeya


En los procedimientos de tinción la púrpura podía teñir la lana antes de ser hilada, generalmente se teñía después de hilarse por las pérdidas de materia que se producían durante el proceso; y para tejer, la urdimbre podía teñirse con otros colorantes reservándose esta preciada tintura para las tramas visibles.

Desde mediados del primer milenio hasta el reinado de Augusto, y en particular a partir del s. III a.C., tres fueron las leges sumptuariae que intentaron poner límites a la penetración y ostentación pública de productos suntuarios.

La primera de las leyes suntuarias se encuentra dentro de la ley de las XII Tablas. Su objetivo principal fue el de limitar a la ostentación pública generada en algunos funerales. Es en la Tabla X de esta ley decemviral de mediados del s. V a.C. donde se hace mención a estas restricciones, prohibiendo el uso excesivo de la púrpura.

La segunda de las leyes, la lex Oppia, fue promulgada en el 215 a.C. Actuó contra el exceso del uso de objetos suntuarios como el oro o los vestidos teñidos de púrpura, pues su empleo se había hecho ya algo cotidiano. 
Se conoce una tercera ley suntuaria de finales del periodo republicano, bajo el gobierno de César. La publicación de la norma recuerda en muchas de sus restricciones a las promulgadas 150 años antes. De nuevo, el colectivo formado por las mujeres de Roma resultó ser el más afectado. Primero, se vieron perjudicadas por el incremento de los impuestos sobre la importación de mercancías extranjeras, y segundo, se les prohibió el uso público de literas, vestidos de púrpura y perlas.


Fresco de Pompeya


Durante el segundo triunvirato, durante el año 36 a.C., Octavio restringió el uso de las telas purpúreas, a excepción de los senadores y los magistrados de moralidad dudosa. Con esta argucia Octavio se reservó la capacidad de uso de la púrpura a su propia persona y a quienes él decidiese. Como demostrase a lo largo de su vida, Octavio supo de la enorme importancia de mantener bajo su control el mayor número de símbolos de poder, siendo la púrpura uno de ellos. Pero, una vez asegurado su poder, derogó en el año de su sexto consulado (28 a.C.), algunas de las disposiciones que había instaurado durante el triunvirato, entre las que se encontraría la presente ley contra el uso de telas purpúreas. De esta forma quedó reinstaurado el privilegio de portar telas teñidas a senadores, caballeros y otros personajes notorios.

“Un día que se quejó del poco brillo de un tejido teñido de púrpura tiria que había ordenado comprar, el vendedor le dijo: «Levántalo en alto y míralo de abajo arriba». Augusto replicó con esta ocurrencia: «¿Cómo? ¿Para que el pueblo romano pueda decir que voy bien vestido, tengo que pasear por el solario?” (Macrobio, Saturnales, II, 4,14)

(El solario era una zona del foro donde había un cuadrante solar o reloj de sol, punto de encuentro para los romanos y lugar, sin duda, soleado donde brillaría la púrpura de Augusto.)



Hércules estrangulando a las serpientes, Casa de los Vetii, Pompeya


Pasados algunos años, se conocen de otras tentativas por parte de Calígula y Nerón por delimitar el uso de telas purpúreas. Por lo que respecta a Calígula intentó restringir de nuevo el uso de la púrpura como un símbolo propio de la corte imperial. Bajo esta excusa mandó asesinar al rey Ptolomeo de Mauritania, quien había contradicho la norma al vestir un manto teñido de púrpura.

“Había llamado a Roma al rey Ptolomeo, de quien antes hablé, y lo recibió con mucho agasajo; pero un día en que daba juegos le hizo matar de improviso, por el solo delito de haber llamado la atención general al entrar en el teatro, por el brillante color de púrpura de su manto.” (Suetonio, Calígula, 35)

Por Suetonio sabemos que Nerón prohibió el uso de tinturas de color de amatista y púrpura y que clausuró las tiendas de los comerciantes dedicados a su comercialización.

“Había prohibido el uso de los colores púrpura y violeta, y un día de mercado mandó bajo mano a un mercader a que vendiese algunas onzas, con objeto de coger al punto a los demás en falta. Habiendo visto en el espectáculo y mientras cantaba, a una matrona adornada con la púrpura prohibida, se la mostró a sus agentes, y habiendo hecho sacarla en el acto, le confiscó el traje y los bienes.” (Suetonio, Nerón, 32)

Los tonos del color púrpura aumentaron durante el primer siglo d.C. ya que para mantener su estatus la gente buscaba nuevos tonos para sustituir los antiguos que habían pasado de moda.

El llamado puniceus era un escarlata brillante derivado del bucino que se criaba en la costa fenicia. Equivalente pero más barato era el ferrugineus, color púrpura del jacinto. Los ricos más vulgares favorecieron tonos de colores chillones, como el cerasinus, rojo brillante de color cereza.


“Por fin se presentó Fortunata, su vestido adornado con una franja amarilla, para mostrar una túnica de color cereza debajo…" (Petronio, Satiricón, cap. 67)


Pintura de John William Godward

El control del uso del color púrpura llegó a convertirse en casi una obsesión de forma que en época bajo-imperial la producción de lo que se conoce como púrpura de Tiro estuvo tan vigilada que la casa imperial controlaba su producción y no permitía el empleo de ciertos tonos a nadie que no perteneciera a la familia.

“El día en que nació, su padre, que era entonces procurador del gran tesoro, inspeccionó unas ropas de púrpura y ordenó que llevaran las que consideró más brillantes a la habitación donde nació Diadumeno dos horas después.” (Historia Augusta, Antonino Diadumeno, IV)

Algunos emperadores desde el siglo III hasta el fin del Imperio vistieron ropas teñidas de púrpura y bordadas en oro y a veces adornadas con piedras preciosas de forma mucho más habitual de lo que se había hecho con anterioridad lo que provocó el rechazo y la crítica de autores cristianos que proclamaban austeridad en todos los aspectos de la vida.

“Basiano era sacerdote de este dios, pues, por ser el mayor de los dos, se le había encomendado el culto. Solía salir en público vestido al modo bárbaro con túnicas talares oro y púrpura de manga larga. Sus piernas también estaban completamente cubiertas, desde las puntas de los pies hasta la cintura, con prendas igualmente bordadas en oro y púrpura.” (Herodiano, Caracalla, V, 3, 6)


Caracalla, Pintura de Alma-Tadema

En un momento convulso de la historia del Imperio, Graciano (el joven), junto a su hermano Valentiniano II (en Occidente) y Teodosio (en Oriente) promulgaron leyes que impedían a la población la compra de púrpura blatta y hyacinthina para su tintura en seda o lana.

“No se permita a ninguna persona, cualquiera sea su sexo, rango, ocupación y lugar, la posesión de ropas expresamente reservadas al emperador y su familia, y no se permita tejer o producir ni capas ni túnicas de seda en su propia casa. Cualquier cosa teñida con la púrpura imperial, sin mezclar con otro color, será retirada del lugar donde se hizo, y todas las ropas teñidas con la púrpura imperial serán entregadas. No se podrán tejer telas con hilos teñidos con el color de la púrpura imperial y todas las prendas hechas enteramente de seda serán entregadas a nuestro Tesoro y no se podrá exigir pago por las mismas, ya que la impunidad por la violación de la ley será suficiente compensación… dado en Constantinopla, durante el consulado de Víctor, 424. Del emperador Teodosio a Maximino, comes sacrarum largitionum (Secretario del Tesoro)” (Código de Justiniano, XI, 8, 4)



Sin embargo, el empleo de la púrpura para cualquier acontecimiento de la vida cotidiana de los romanos no pudo ser desterrado por completo y los más adinerados no solo vestían de púrpura o colores semejantes siempre que podían, sino que pagaban cantidades astronómicas por gozar de tales colores en el mobiliario de sus salones y en sus enseres domésticos con los que deslumbrar a sus conocidos o a los invitados de sus banquetes que reposaban sobre divanes cubiertos de telas purpuradas.

“Los lechos con pies de plata y con incrustaciones de marfil; los pies de los lechos tachonados con clavos de oro y adornados con caparazones de tortuga; las colchas teñidas de púrpura y de otros colores difíciles de conseguir, artículos todos que denotan un lujo de mal gusto; preponderancia que conlleva envidia y molicie.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo, II, 35)


El color púrpura se destinaba a los dioses, a la realeza y a quienes ostentaban un cargo político o religioso y lucían sus mejores galas en actos oficiales o fechas señaladas en el calendario romano. Por ejemplo, los senadores vestían la túnica laticlavia con una banda roja vertical y los caballeros una angusticlavia con dos bandas mas estrechas. La toga praetexta de los cónsules tenía el borde ribeteado de una franja púrpura. En el primero de enero se elegían los nuevos cónsules que vestían togas púrpuras y se sentaban en sillas curules de marfil.

“Van con las ropas intactas al alcázar de Tarpeya y el pueblo lleva el mismo color que el color de su fiesta; ya marchan delante los nuevos mandos, nueva purpura refulge y el marfil llamativo siente pesos nuevos.” (Ovidio, Fastos, I, 79)


Procesión del triunfo, Pintura de Andrew Carrick-Gow


En la celebración de los Juegos Megalenses en honor de Cibeles el pretor que los inauguraba en el mes de abril vestía de púrpura.

“A primeros del mes de Jano abandonas, Proculeya, a tu viejo marido y le ordenas que se guarde sus bienes para él. ¿Qué, pregunto, qué ha sucedido? ¿Cuál ha sido el motivo de este repentino dolor? ¿No me respondes nada? Te lo diré yo: era pretor. La ropa de púrpura para los juegos Megalenses le había de costar cien mil sextercios (el coste se refiere a la presidencia de los juegos).” (Marcial, Epigramas, X, 45)

Diocleciano instituyó en el siglo IV la ceremonia de la adoratio purpurae, que se llevaba a cabo con gran solemnidad en las audiencias imperiales. En el Imperio del siglo IV, la adoratio se imponía a todo oficial o dignatario de cierto rango y consistía en arrodillarse delante del emperador o delante de su efigie, y besar un extremo de la tela de su vestido de púrpura. En el momento en que fue instituida por Diocleciano y Maximiano se trataba de un acto religioso, pues los dos emperadores se consideraban la encarnación de Júpiter y de Hércules y se rendía culto a sus imágenes, ya que el régimen que habían organizado pretendía ser una teocracia.


Dios Zeus (o Júpiter) Pompeya


Se aplicó el término de divina purpura a la indumentaria imperial, convertida en emblema de poder absoluto. El emperador era purpuratus –revestido de púrpura–, y tomar la púrpura significaba alcanzar el poder supremo y el aniversario de la investidura imperial se celebraba con gran boato.

Durante el Bajo Imperio, el poder central romano llegó a crear en Baleares un baphium, es decir, un área productora de púrpura, que contó con un procurator propio, encargado de controlar la producción destinada a los negocios del emperador y que cuidaba de recaudar los impuestos procedentes del negocio y vigilaba que no se hicieran tintes reservados a las factorías imperiales. Informa sobre ello un documento del siglo IV d.C., la Notitia Dignitatum, que, en la parte correspondiente al Occidente del Imperio, menciona a un procurator baphii insularum balearum en Hispania.


Mosaico de la emperatriz Teodora y su séquito, San Vitale, Ravenna, Italia


Las instalaciones en las que realizaba todo el proceso para la obtención del tinte púrpura se ubicaban cerca del lugar donde se encontraba la materia prima, los múrices, en la costa para evitar la descomposición de las sustancias necesarias para la fabricación del preciado producto, o bien fuera de las ciudades para que el mal olor de los animales muertos no llegase a la población.

“Tiro también fue desafortunada al ser tomada por Alejandro en un asedio, pero soportó estas desgracias y se recuperó gracias a su vocación marinera (en lo que los fenicios en general han sido superiores a todos los pueblos de todos los tiempos), y a sus teñidos de color púrpura, pues el púrpura tirio se ha considerado con mucho el más hermoso de todos. Además, el marisco está cercano a la costa y el resto de los ingredientes necesarios para teñir se obtienen con facilidad. Y aunque la gran cantidad de casas de tinte hace la ciudad poco agradable para vivir, también la hace más rica gracias a esta habilidad de sus habitantes.” (Estrabón, Geografía, XVI, 2, 23)

El fuerte olor del tinte una vez fabricado impregnaba las ropas, lo que no siempre era aceptado gratamente, a pesar del hermoso color del que se disfrutaba.

¿Qué haría el colchón del Nilo, qué el teñido por Sidón con su fuerte olor? (Marcial, II, 16)

Participantes en el proceso de producción del tinte eran los pescadores de púrpura, los trabajadores de las factorías y los comerciantes. Un esclavo diestro en aplicar el tinte púrpura al tejido era considerado de gran valor.

“El primer puesto fue para Burno, el cual clavó su pica en la meta. Como galardón se llevó una esclava experta en teñir de púrpura gétula la blanca lana.” (Silio Itálico, Púnica, XVI, 568)


Fullonica de Visanius, Pompeya


El afán por la púrpura llegó en Roma al arte y la decoración de forma que se impuso la utilización de pigmentos pictoricos y materiales arquitectónicos que se asemejaran a dicho color.

“Asistió ordinariamente también él a los banquetes que daban sus amigos. Entre otras muestras de cortesía que pudieran citarse, una es la siguiente: en una ocasión visitaba la casa de Hómulo y, asombrado al contemplar unas columnas de púrpura, le preguntó dónde las había comprado, tolerando pacientemente la respuesta que éste le dio: «Cuando vayas a una casa ajena, mantente mudo y sordo».” (Historia Augusta, Antonino Pío, 11)

Estos materiales ornamentaban no solo los edificios públicos en los que ciudadanos particulares, en calidad de evergetas, gastaban sumas copiosas para ascender socialmente y dejar su nombre para la posterioridad, sino que estos mismos personajes decoraban sus lujosas mansiones con dichos materiales para deslumbrar a sus conciudadanos.

“Aquí no ha tenido cabida el mármol de Tasos ni el de Caristo, que imita el oleaje; el ónice languidece en la lejanía y la serpentina se lamenta de haber sido excluida: sólo brillan los mármoles cortados en las rubias canteras de los númidas; sólo los que en la gruta profunda de la frigia Sínada salpicó el propio Atis con manchas relucientes de su sangre y las piedras níveas que engalana a la púrpura de Tiro y de Sidón.” (Estacio, Silvas, I, 5)


Templo de Rómulo, Foro romano, Roma

El pórfido se empleó en la escultura y arquitectura porque su color se asociaba como el de los tejidos púrpura con la realeza. Esta piedra solo se encontraba en los remotos desiertos orientales de Egipto. Esta roca magmática, que se extraía en la antigüedad de las canteras (que eran monopolio imperial) del Mons Porphyrites en el desierto oriental de Egipto, se reservó por sus cualidades –color purpúreo y resistencia– al uso imperial para la realización de retratos, columnas monumentales y sarcófagos desde la época de la Tetrarquía.

Su dureza hacía difícil su extracción, lo que, sumado a la necesidad de transportarla a largas distancias, la convertía en un material lujoso y muy costoso, solo destinado a gente de gran riqueza.

"En cuanto a los baños mismos, ¡con cuántas y qué bellas columnas están adornados! Son de menor valor las preciosas manchas en la cantera púrpurea de Sínada y la colina de los númidas que produce piedras del color del marfil y los mármoles que se adornan con vetas verdes como la primavera; no quiero tampoco el brillante de Paros o el de Caristo; es menos rica a mis ojos la púrpura que impregna las rocas de pórfido.” (Sidonio Apolinar, Poemas, 22)


Pie de mesa en pórfido, Museo Metropolitan de Nueva York


Bibliografía:

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https://www.academia.edu/2604722/Colorantes_y_pigmentos_en_las_pesquerias_hispanorromanas; Colorantes y pigmentos en las Pesquerías Hispanorromanas; Darío BERNAL-CASASOLA, Salvador DOMÍNGUEZ-BELLA.
http://ceipac.ub.edu/biblio/Data/A/0930.pdf; Purpurarii et vestiarii. El comercio de púrpuras y vestidos en Roma; Jordi PÉREZ GONZÁLEZ.
https://www.researchgate.net/publication/272238957_La_purpura_getulica_de_la_Mauritania_Tingitana; La púrpura getúlica de la Mauritania Tingitana; Antonio Tejera Gaspar, Mª Esther Chávez Álvarez
http://www.cervantesvirtual.com/obra/la-explotacin-de-la-prpura-en-las-costas-atlnticas-de-mauritania-tingitana-y-canarias-nuevas-aportaciones-0/; La explotación de la púrpura en las costas atlánticas de Mauritania Tingitana y Canarias. Nuevas aportaciones; José María Blázquez Martínez
https://www.academia.edu/1138904/Mare_Purpureum._Produccióan_y_comercio_de_la_púrpura_del_litoral_atlántico_norteafricano; MARE PURPUREUM. PRODUCCIÓN Y COMERCIO DE LA PÚRPURA EN EL LITORAL ATLÁNTICO NORTEAFRICANO; Alfredo Mederos Martín · Gabriel Escribano Cobo
https://www.academia.edu/2221750/Las_pesquerías_de_la_Bética_durante_el_Imperio_Romano_y_la_producción_de_púrpura; LAS PESQUERÍAS DE LA BÉTICA DURANTE EL IMPERIO
ROMANO Y LA PRODUCCIÓN DE PÚRPURA; Enrique García Vargas
https://digitalcommons.unl.edu/texterm/19/; Purple and its Various Kinds in Documentary Papyri; Ines Bogensperger
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https://www.academia.edu/6293446/PURPUREAE_VESTES_I._Textiles_y_Tintes_del_Mediterráneo_en_época_romana; PURPUREAE VESTES I. Textiles y Tintes del Mediterráneo en época romana; C. ALFARO, J. P. WILD y B. COSTA (Eds.)
http://bir.brandeis.edu/bitstream/handle/10192/32252/PonsThesis2016.pdf?sequence=3&isAllowed=y; Tyrian Purple: Its Evolution and Reinterpretation as Social Status Symbol during the Roman Empire in the West; Mary Pons
https://issuu.com/saturatedspace/docs/the_colour_purple_in_ancient_rome; The colour purple in ancient Rome; Mark Bradley

viernes, 9 de marzo de 2018

Magna Mater, culto a Cibeles y Atis en la antigua Roma


Cibeles, Metropolitan Museum, Nueva York

Cibeles es una diosa cuyo origen parece estar en Frigia, un pueblo de estirpe indoeuropea que hacia el 1200 a.C. ocupó Asia Menor. Era la “señora de Ida”, una gran montaña en el oeste de Anatolia y como todas las grandes diosas era la guardiana de los muertos y diosa de la fertilidad y de la vida salvaje. 

"Ideo, el hijo de Dárdano, con una parte de la expedición se instaló en la montaña, que ahora se llama Ida por él, y allí erigió un templo a la Madre de los dioses e instituyó ritos y ceremonias religiosas que todavía en nuestros días perduran en toda Frigia." (Dionisio de Halicarnaso, I, 61)

A partir del siglo VI a. C. su culto se extendió rápidamente por el Ática y el Peloponeso favorecido principalmente por la inmigración procedente de Asia Menor, al perder Frigia su independencia política por las conquistas.



Cibeles, Fine Arts Museum, Boston


El culto a Cibeles fue introducido en Roma con todos los honores siendo asimilada a la diosa griega Rea, consideradas ambas madres de los dioses. 

6. ¿Quién es entonces la Madre de los dioses? La fuente de los dioses intelectuales y creadores que gobiernan a los dioses visibles, la que engendra y cohabita con el gran Zeus, la gran diosa subsistente después y junto con el gran creador, señora de toda vida y causa de toda generación, la que fácilmente lleva a su fin lo que crea, la que engendra sin sufrimiento y crea los seres junto con el padre; ella es, en efecto, la virgen sin madre, la que comparte el trono con Zeus, la que es en esencia madre de todos los dioses.


El historiador Tito Livio cuenta con bastante detalle la llegada de la diosa a Roma y la instalación de su imagen en un templo de la diosa Victoria hasta que fue construido uno dedicado a ella en el monte Palatino.

Según Tito Livio por los años 205 y 204 a.C. el pesimismo y la desesperación se habían apoderado Roma por las derrotas que Aníbal había infringido a los ejércitos romanos en diferentes batallas. Se envió una delegación a la profetisa de Delfos para que interpretase la profecía de los libros sibilinos que decía que “siempre que un enemigo extranjero invada Italia, solo se le podrá expulsar y vencer si la madre del monte Ida es trasladada de Pesinunte a Roma”.

"[204 a. C.] De acuerdo con un oráculo hallado en los libros Sibilinos, que decía que un invasor extranjero sería expulsado si la madre Idaea [Cibeles] era traída a Roma desde la ciudad frigia de Ballihisar. La estatua fue dada a los romanos por el rey Atalo [I Soter] de Asia. Según los nativos, La Madre de los Dioses era una piedra." (Períocas ab urbe condita, Tito Livio)


Cibeles en calcedonia


La profetisa confirmó la profecía escrita y fueron enviados mensajeros al rey de Pérgamo en Asia Menor para solicitar que la piedra negra sagrada del meteorito, que encarnaba la presencia de la diosa en su templo, fuera trasladada a Roma. 

La piedra negra, forma bajo la cual hizo la diosa tan largo viaje, fue entronizada en el Capitolio, en el templo de la Victoria, a la espera de la construcción de su propio templo que se inició ese mismo año (204). Un año después Aníbal abandonó Italia y el templo dedicado a la diosa fue inaugurado el 10 de abril de 191 a.C. en el monte Palatino. En recuerdo de este acontecimiento se instauraron los Ludi Megalenses que se celebraban anualmente en honor de Cibeles los días 4 al 10 de abril, en los que, entre otros muchos actos, tenía lugar una procesión de la que Lucrecio y Ovidio destacan el estruendo de las flautas frigias, la danza de los eunucos batiendo los tambores y golpeando los címbalos y la procesión de la diosa paseada a hombros de sus fieles por las principales calles de la ciudad.


"De ella cantaron sabios poetas entre los antiguos griegos
(que, trasportada en alto tiro, al iniciar un largo viaje
sobre cuatro ruedas, sentada en principesco) estrado arrea
en su carro una yunta de leones, y enseñan con ello que,
enorme, la tierra cuelga en el espacio del aire sin que pueda
tierra asentarse sobre tierra; le juntaron las bestias porque,
aunque sea raza brava, debe amansarse al ser domeñada por
las leyes de los padres; ciñeron la cima de su cabeza con una
corona de murallas porque al resguardo de parajes elevados
sustenta ciudades; provista de tal distintivo ahora se pasea
espantosa por extensas regiones la imagen de la Madre
divina. A ella pueblos diversos, según la vieja costumbre del
rito, la vienen llamando ‘Madre del Ida’ y le proporcionan
comitivas de Frigia, porque desde aquellos confines por
vez primera cuentan que arrancó la producción de mieses a
través de las regiones de la tierra; le asignan eunucos porque
intentan señalar que aquellos que violen el poder divino
de la madre y se muestren desagradecidos con sus padres no
deben considerarse merecedores de traer prole de vivos a las
orillas de la luz…"
(Lucrecio, De rerum natura, II, 599)



Cibeles, Los Angeles County Museum of Art

Cibeles personificaba la Naturaleza, la fertilidad de la tierra, las plantas y los animales («Señora de los Animales», especialmente de los leones y de las abejas), siendo también diosa de las cavernas y de las minas, de las montañas, de las murallas y fortalezas. Ella mostró a los hombres la manera de trabajar los metales. Es la única diosa que existe por sí misma, pues no tiene madre, al ser ella la Gran Madre. Se representa con ropas frigias y puertas de acceso a las riquezas terrestres. En ocasiones va en un carro como símbolo de superioridad sobre todos los seres, incluidos los leones, que tiran del carro y que en otros casos flanquean el trono de la diosa o apareciendo uno de ellos en su regazo.

"De modo similar, los frigios, aunque con leyendas y prácticas religiosas diferentes, ofrecen la misma concepción acerca de la Madre de los Dioses y Atis. Pues, ¿quién dudaría que la Madre de los Dioses es considerada la tierra? Esta diosa es conducida por leones, animales llenos de ímpetu y vehemencia, como la naturaleza del cielo, cuya bóveda encierra el aire que transporta la tierra." (Macrobio, Saturnales, I, 21)


Cibeles del Lazio, NY Carlsberg Glyptotek, Copenhague

Durante el Imperio, la figura de la diosa aparece ya casi siempre tocada con una corona mural —símbolo del apoyo que presta a las ciudades que la adoran-, y porta en sus manos el tímpano, un cetro, espigas o una cornucopia. Suele aparecer en un trono flanqueado por uno o dos leones, montada en uno, o en un carro tirado por esos mismos animales. La razón de porqué son los leones compañeros de la diosa se puede encontrar en las Metamorfosis de Ovidio. Hipómenes compitió con Atalanta en una carrera por la mano de ésta. Hipómenes (ayudado por Afrodita) tiró al suelo unas manzanas de oro que distrajeron a Atalanta y por eso perdió. La diosa del amor, enfadada por la falta de agradecimiento del ganador, le castiga haciendo que se unan ambos en el recinto sagrado de Cibeles, pero ésta los castiga convirtiéndolos en leones que tendrían que tirar siempre de su carro.


"Había al lado del templo una estancia escasamente iluminada, semejante a una cueva, cubierta de piedra pómez natural, que desde muy antiguo era objeto de veneración; allí había almacenado el sacerdote muchas estatuas de madera de los antiguos dioses; entra en ella y profana el lugar sagrado con una acción indecente y prohibida. Las sagradas imágenes apartaron los ojos, y la Madre coronada de torres dudó si ahogar a los culpables en las aguas de la Estigia; le pareció un castigo leve. En consecuencia, amarillas melenas cubren sus cuellos antes lampiños, sus dedos se encorvan en forma de garras, los hombros se convierten en patas delanteras, todo su peso se desplaza hacia el pecho y barren con sus colas la superficie de la arena; su gesto expresa ira, en vez de palabras profieren gruñidos, en vez del tálamo frecuentan las selvas, y, objeto de temor para otros, estos leones tascan el freno de Cibeles con boca esclavizada." (Ovidio, Metamorfosis, X, 570-704)

Cibeles en su carro, Metropolitan Museum, Nueva York

Durante el Imperio, la figura de la diosa aparece ya casi siempre tocada con una corona mural —símbolo del apoyo que presta a las ciudades que la adoran-, y porta en sus manos el tímpano, un cetro, espigas o una cornucopia. Suele aparecer en un trono flanqueado por uno o dos leones, montada en uno, o en un carro tirado por esos mismos animales. La razón de porqué son los leones compañeros de la diosa se puede encontrar en las Metamorfosis de Ovidio. Hipómenes compitió con Atalanta en una carrera por la mano de ésta. Hipómenes (ayudado por Afrodita) tiró al suelo unas manzanas de oro que distrajeron a Atalanta y por eso perdió. La diosa del amor, enfadada por la falta de agradecimiento del ganador, le castiga haciendo que se unan ambos en el recinto sagrado de Cibeles, pero ésta los castiga convirtiéndolos en leones que tendrían que tirar siempre de su carro.


"Había al lado del templo una estancia escasamente iluminada, semejante a una cueva, cubierta de piedra pómez natural, que desde muy antiguo era objeto de veneración; allí había almacenado el sacerdote muchas estatuas de madera de los antiguos dioses; entra en ella y profana el lugar sagrado con una acción indecente y prohibida. Las sagradas imágenes apartaron los ojos, y la Madre coronada de torres dudó si ahogar a los culpables en las aguas de la Estigia; le pareció un castigo leve. En consecuencia, amarillas melenas cubren sus cuellos antes lampiños, sus dedos se encorvan en forma de garras, los hombros se convierten en patas delanteras, todo su peso se desplaza hacia el pecho y barren con sus colas la superficie de la arena; su gesto expresa ira, en vez de palabras profieren gruñidos, en vez del tálamo frecuentan las selvas, y, objeto de temor para otros, estos leones tascan el freno de Cibeles con boca esclavizada." (Ovidio, Metamorfosis, X, 570-704)

Domiciano, Trajano, Adriano y Diocleciano dedicaron numerosos templos y aras a esta diosa, pero Antonino Pío, Cómodo y Heliogábalo fueron especialmente entusiastas hasta el punto de que este último llegó a ejercer de archigallus en los misterios de la diosa, se hizo llamar como ella y se paseaba por Roma en un carro de plata tirado por dos leones.

"Admitió también los cultos de la Madre de los dioses y recibió el taurobolio, con el fin de apoderarse de su imagen y de otros objetos sagrados que se mantienen escondidos en el santuario. Por otra parte, agitó su cabeza entre los sacerdotes castrados de Cibeles y se ató los genitales e hizo todo lo que suelen hacer los galos y, tras robar el busto sagrado de esta diosa, lo transportó al templo de su dios." (Historia Augusta, Heliogábalo, 7)


Cibeles con Atis, Thorvaldsens Museum, Copenhague


Del 4 al 10 de abril se celebraba la fiesta y los juegos dedicados a la diosa. El primer día los sacerdotes llevaban la imagen de Cibeles en procesión por las calles de Roma, como siempre en carro de plata tirado por leones y envuelta en el sonido de címbalos, flautas, tambores y acompañada por las danzas de los coribantes y los gritos afeminados de los galli(sacerdotes del culto de la diosa), que debían su nombre al lugar de procedencia del culto.

"En Pesinunte asimismo los frigios celebraban de antiguo sus ritos orgiásticos en el río Galo que por allí discurre, cuyo nombre llevan los eunucos consagrados a la diosa." (Herodiano, Historia del Imperio romano, I, 2)

En la mitología griega, los Coribantes eran bailarines tocados con un casco que celebraban el culto de la Gran Diosa frigia Cibeles bailando al ritmo de panderetas, cuernos, flautas y platillos, y marcándolo con sus pies. Por su parte, los Curetes, con quien Virgilio les confundió, eran los nueve bailarines admiradores de Rea, la equivalente cretense de Cibeles. Durante las fiestas de la diosa danzaban mientras se laceraban el cuerpo hasta cubrirse de sangre y saltaban dando alaridos o gritos rituales, al son de los tambores y de los címbalos, cayendo en una especie de trance.

"Sobre el Díndimo monte de Cibeles
y por su tierno Atis
los frigios lanzan frenético lamento
y por las laderas del Tmolo
al son del corno frigio
los lidios gritan su canto festivo;
y golpeando con furia al ritmo cretense
sus panderos, a gritos entonan
un canto ritual los Coribantes.
Resuena la trompeta en grave son
haciendo vibrar el canto de guerra
en honor al violento Ares."
(Luciano, Podagra)



Relieve de Cibeles, con coribantes


A los galos (galli) se les consideraba unos charlatanes que engañaban a los crédulos, recogiendo limosnas que repartían entre sí y hacían sonar los crótalos y los platillos, mientras entonaban versos en honor de Cibeles. 

"Cuando el flautista canta con el curvo cuerno delante de la Madre de los dioses, ¿quién le niega el bronce de una pequeña moneda?" (Ovidio Ponticas, 38)


Durante el festival se celebraba un lectisternio, banquete sagrado, y ludi, juegos, que fueron haciéndose más complicados hasta adquirir la forma de representaciones escénicas, conocidas como ludi Megalenses, incluidos, a partir de la consagración del templo en 191, en el calendario oficial del estado romano. Durante la etapa republicana había una representación teatral de los acontecimientos del año 204, y la inauguración consistía en una ofrenda publica -recuerdo agradecido por los favores obtenidos de la diosa- realizada por el praetor urbanus en representación del Estado.

"Le ofrecen sacrificios y juegos anualmente los pretores según las tradiciones romanas, pero un hombre y una mujer frigios son sus sacerdotes y recorren la ciudad en procesión pidiendo limosna, según su costumbre, con figuras rodeando sus pechos, tocando con la flauta, junto a sus seguidores, los cantos en honor de la Diosa Madre y golpeando sus tambores." (Dionisio de Halicarnaso, 2, 19, 4).


Procesión de Cibeles con Dioniso, Pompeya
A continuación, las sodalitates, cofradías de fieles, entre los cuales solía haber patronos aristocráticos (nobiles, principes civitatis, patricii) ofrecían banquetes y festejos o mutitationes, lo cual acrecentaba su prestigio social, en los que era común comer queso mezclado con finas hierbas.

Los juegos propiamente dichos se celebraban el tercer día y el 10 de abril terminaban las fiestas de Cibeles y Atis con carreras de caballos, cuya vistosidad acrecentaba el máximo apoyo popular, y con una procesión alrededor del Circo Máximo en la que iban las imágenes de la diosa y del dios, precedidas por la Victoria con las alas abiertas.

"Cuando la próxima aurora vislumbre a Roma victoriosa, y huyan las estrellas
cediendo su lugar al sol, se verá concurrido
el Circo con una procesión y buen
numero de dioses, y los caballos, rápidos
como el viento, competirán por la primera palma."
(Ovidio, Fastos, 389)


Parte de las festividades se asemejaban a las celebraciones hechas en honor de Baco o Dioniso, quien estaba vinculado a la diosa, porque según la mitología ésta le había introducido en los misterios durante su estancia en Frigia, tras curarle de la locura que la diosa Hera le había provocado.

“Resuenan tirantes panderos a las palmadas y rotundos platillos en derredor, amenaza el corno con su ronca melodía y la hueca flauta excita los ánimos con sus compases frigios, blanden como insignias de su violento arrebato armas capaces acaso de aterrorizar a las almas desconsideradas y a los corazones irreligiosos con el miedo ante el poder sagrado de la diosa." (Lucrecio, De rerum natura)

La fiesta de Atis tenía lugar del 15 al 27 de marzo. En principio los ritos de su culto no tuvieron carácter oficial por el rechazo que provocaba en el romano la violencia de sus ritos. Sin embargo, cuando Pérgamo pasó a ser patrimonio de Roma, el culto a Atis creció sensiblemente con la llegada masiva de emigrantes frigios.


Estatuilla en bronce de Atis

Atis era un joven de extraordinaria belleza, del que Cibeles se enamoró y al que hizo guardián de su templo, con la condición de mantenerse virgen, pero Atis se enamoró de una ninfa y no cumplió su promesa. Cuando La diosa se enteró, cortó el árbol al que estaba ligada la vida de la ninfa y ésta murió, provocando la locura de su amante, que se emasculó. Las lamentaciones fúnebres de la Gran Madre lo convierten en objeto de culto.

Hay otras leyendas de Atis. En una de ellas el hermafrodita Agdistis se enamora de él y lo acompaña de caza, pero Atis será pronto destinado a casarse con la hija del rey, provocando así la ira de Agdistis, quien hace acto de presencia el día de la boda, enloqueciendo con su música a todos los presentes y también a Atis, lo que provoca que éste se emascule debajo de un pino y muera. Arrepentido, Agdistis pide a Zeus que lo resucite, pero éste hace solamente que su cuerpo sea incorruptible y que el dedo meñique se mueva.


"Sin embargo, (los frigios) no creen en esta leyenda de Atis, sino que tienen otra leyenda local relativa a él: que Zeus estando dormido dejó caer semen en la tierra, y que con el tiempo la tierra hizo brotar un demon que tenía dos órganos sexuales, unos de hombre y otros de mujer. Le pusieron el nombre de Agdistis. Pero los dioses, encadenando a Agdistis, le cortaron los órganos sexuales masculinos. Nació de ellos un almendro que tenía un fruto en sazón, y dicen que una hija del río Sangario tomó del fruto. Aquel fruto desapareció al punto en el pliegue de su vestido y ella quedó embarazada. Dio a luz y un macho cabrío cuidó del niño expuesto. Cuando creció, tenía una belleza más que humana. Entonces Agdistis se enamoró de él. Pero, una vez crecido, sus parientes enviaron a Atis a Pesinunte para que se casara con la hija del rey. Se cantaba el himeneo cuando Agdistis se presentó, y Atis volviéndose loco cortó sus genitales, y también se los cortó el que le dio a su hija en matrimonio. Pero Agdistis se arrepintió de lo que había hecho a Atis y consiguió de parte de Zeus que no se pudriese ni se corrompiese ninguna parte del cuerpo de Atis. Ésta es la leyenda más conocida de Atis." (Pausanias, Descripción de Grecia, VII, 17)


Agdistis, Museum of Anatolian Civilizations,
foto de Nevit Dilmen

Cuando Cibeles fue aceptada de forma oficial como divinidad romana y protectora de la prosperidad de la ciudad, Atis fue excluido de las ceremonias públicas del culto que formaban parte de las fiestas patricias de los Juegos Megalenses. 

Sin embargo, el joven acompañaba a la diosa en su cortejo de personal sagrado frigio era venerado en el interior del templo y las reformas religiosas llevadas a cabo por los emperadores Claudio y Antonino Pío terminaron por consolidar el ciclo festivo del mes de marzo que se organizaba íntegramente en torno a Atis. 



Atis, Museo Provincial de Zaragoza,
foto de Ecelan

Atis es representado a veces desnudo, pero lo normal es que presente gorro frigio, una especie de túnica corta y un curioso traje con pantalones abiertos y abrochados por delante (anaxyrides). Suele aparecer triste y pensativo, aunque no faltan imágenes suyas en actitud de baile, y a menudo lleva atributos de pastor o alusivos a la fertilidad de los campos (frutos, cornucopia). También aparece montado sobre algún animal -león, gallo o carnero—, junto a Cibeles o yaciendo bajo su pino.



Atis, Museo del Louvre

El primer día, el 15 de marzo, se conmemoraba con una procesión de porteadores de cañas (los cannofori) el nacimiento de Atis, expuesto en una cuna de cañas en las aguas de un río, o el encuentro del mismo en un cañaveral, en el que se habría escondido tras su castración. A continuación, se procedía al sacrificio de un buey de fertilidad y se guardaba entonces una semana de continencia y abstinencia, en la que no se podían consumir ciertos alimentos como cerdo, pescado, pan o granadas.


"En primer lugar, como también nosotros mismos hemos caído del cielo y convivimos con la Ninfa, vivimos cabizbajos y nos abstenemos de pan y demás alimento pesado e impuro, pues ambos son contrarios al alma; luego la tala de un árbol y el ayuno simbolizan también nuestra separación de la ulterior procesión de la generación; además el alimento de leche simboliza nuestro renacimiento; a continuación, hay regocijo, coronas y como un retorno a los Dioses." (Flavio Salustio, Sobre los dioses y el mundo, IV, 10)


Estatuilla de Atis y Cibeles

El día 22 tenía lugar la ceremonia del árbol cuando una sección de los galli llamada dendrofori (una hermandad religiosa, la dendrophori magnae deum matris, o congregación de porteadores de árboles de la Diosa Madre) se encargaban de la organización de los actos. El árbol había de ser cortado en un bosquecillo consagrado a la Madre de los Dioses. La operación de la tala del árbol —que debía ser cortado y nunca arrancado de raíz— se realizaba a la salida del sol. El árbol cortado conservaba parte de sus ramas y sobre las raíces dejadas en tierra se inmolaba un carnero, rito mediante el cual se pretendía originariamente aplacar el espíritu del árbol. El pino cortado era entonces envuelto en vendas de lana, como según los viejos relatos frigios Cibeles había hecho con el cuerpo de Atis en su vano intento de reanimarlo. Las ramas se adornaban con violetas y con los atributos del dios: la siringa, el cayado, el pandero, los címbalos y la doble flauta; una figurilla de Atis, probablemente de madera, se colocaba por último entre las ramas. Partía entonces un cortejo que recorría las calles de la ciudad y los galli desfilaban llevando sueltas sus largas cabelleras, tocando sus panderos y golpeándose el pecho en señal de duelo. Los dendrophoriprovistos de ramas de pino y de antorchas, entonaban cantos fúnebres. Al término de la procesión, el árbol quedaba expuesto fuera del templo a la adoración de los fieles y transcurrido cierto tiempo se verificaba el sepelio entre un coro de lloros, clamores y música de címbalos y tímpanos. Muchos devotos permanecían toda la noche en el santuario turnándose en la vela del árbol muerto.

"Éste es nuestro gran dios Atis, éstas son las escapadas del rey Atis celebradas en trenos, sus ocultaciones y desapariciones, sus bajadas a la cueva, cuya prueba considero la época en que se celebran. En efecto, dicen que el árbol sagrado se corta el día en que el sol alcanza la cumbre de la bóveda equinoccial; después, al día siguiente, según la tradición, se produce por los alrededores un sonar de trompetas y, al tercer día, se siega la cosecha sagrada e inefable del dios Galo. Después vienen las fiestas Hilarias. Que la mutilación, tan conocida por la mayoría, es una detención de lo infinito es evidente a partir del hecho de que cuando el gran Helios se detiene, tras tocar el círculo equinoccial, allí precisamente está su límite; pues lo que es igual es limitado, mientras que lo desigual es infinito e impenetrable y, de acuerdo con esto, en ese mismo instante es cuando se corta el árbol; después, al día siguiente, vienen las restantes ceremonias, unas celebradas mediante ritos mistéricos y secretos, otras que pueden ser contadas a todos." (Juliano, Discursos, Sobre la madre, 6)


Estatuilla de Atis

El 23 era el día de los funerales y de los lamentos por la muerte del dios Atis, que incluía un concierto fúnebre con instrumentos de viento, especialmente trompetas.Esta ceremonia orgiástica, presidida o iniciada por el archigallus, se celebraba en torno del pino y de las aras del santuario, en presencia de la efigie de la Mater.

Archigallus de Cherchell, Getty Villa Museum

El día 24 era conocido como día de la sangre (dies sanguinis) porque el archigallus cortaba sus carnes con trozos de cerámica y laceraba la piel con dagas, untando su sangre en el pino que representaba a Atis muerto y en presencia de la efigie de la Mater, de este modo actualizaba el sacrificio de Atis con su sangre derramada, del que habían surgido las violetas, simbolizando la resurrección de la vida en primavera.
Los fieles, debilitados por el ayuno y enardecidos por la ceremonia ritual se flagelaban fortalecidos por la tensión ritual, lo imitan conforme alcanzan el éxtasis, enajenados por la música enloquecedora, extenuados por las danzas agotadoras y aturdidos por los gritos ensordecedores se flagelaban utilizando dos instrumentos rituales, el flagelo de tiras de cuero y huesecillos que desgarraban sus espaldas, y el cuchillo de doble filo que hacía brotar la sangre de los brazos y hombros, e incluso servía a los más exaltados para la posterior mutilación sexual. 

"El seguidor fanático atraviesa sus músculos con un cuchillo y cortando sus brazos aplaca a la Diosa Madre. Delirar y dar tumbos es el programa de estos misterios. Se tiene por impía la mano que no se prodiga en tajos, merece el cielo la crueldad de las heridas. Por aquí uno dedica al filo del cuchillo sus genitales y mitiga a la divinidad cercenando su ingle; ya medio hombre ofrece a la diosa pudendo regalo. Arrancada la vena de su simiente masculina, aumenta la prestancia de aquélla y la alimenta con la sangre que mana." ((Prudencio, Libro de las Coronas, 1062)

Los novicios excitados por toda la representación culminaban su actuación cortando de manera drástica su propio pene con un cuchillo de pedernal y lanzándolo a la estatua de Cibeles, probablemente como gran acto de sacrificio fecundador de la Diosa Madre, para después salir gritando de dolor. Allí donde caían, la casa más próxima tenía el deber de cuidarlos. 

"No menos locos que los sacrificios de este tipo han de ser considerados otros famosos ritos públicos: uno, el que se celebra en honor de la diosa Madre, en el cual los mismos hombres ofrecen sus propios órganos genitales, y así, una vez amputado el sexo se convierten en algo que no es ni varón ni hembra." (Lactancio, Instituciones, I, 16)

Los símbolos sagrados se rociaban con la sangre de los devotos, para conseguir la purificación y la expiación colectiva. Los beneficios de la misma se dedicaban, en primer término, al Emperador y a la Casa Imperial, y en segundo término al Senado, el Pueblo o la ciudad.


Atis, Museo Chiaramonti, Museos Vaticanos, foto de Marie Lan Nguyen


Finalizado el día, el pino amortajado y engalanado se cerraba en el sótano del templo hasta su eliminación al año siguiente. A continuación se iniciaba una vigilia que servía de preparación para el momento del retorno de Atis a la vida. Preparados por una dieta de leche y miel (alimentos de niño) los neófitos del culto se disponían también a renacer a una nueva vida. A la hora del alba se colocaba ante la estatua de la Mater un lecho procesional en donde se suponía que yacía el espíritu del dios muerto; se encendía una luz en la penumbra y el archigallus anunciaba la existencia divina de Atis y su culto junto al de la diosa, con el que se garantizaba el ciclo anual de la vegetación y la salvación de sus seguidores. Estos pronunciaban gritos de júbilo y celebraban ese día con una fiesta llamada Hilaria (día de la alegría, día 25). Tal día era de diversión en el que se permitían licencias que no se daban en otros momentos y se celebraban diversos festejos en las calles.

"Al comienzo de la primavera, cada año en un día fijo, los romanos marchan en procesión en honor de la madre de los dioses. Todos los objetos más valiosos de los particulares y los tesoros imperiales, auténticas maravillas por su material o por su labor artística, desfilan en la procesión delante de la diosa. Se da a todo el mundo licencia absoluta para cualquier tipo de diversión y cada uno se disfraza como quiere. Y no hay cargo tan alto o privilegiado que no permita a quien quiera hacerlo disfrazarse con su indumentaria y con ello divertirse y esconder la verdadera identidad de tal forma que no sea fácil distinguir entre la persona real y la imitada." (Herodiano, Historia del Imperio Romano, I, 10, 5)



Placa de Cibeles, Harvard Art Museum


El día 26 era jornada de descanso y el 27, en época imperial tenía lugar la procesión pomposa de la estatua de piedra de Cibeles sobre un carro de plata hasta el río Almo, pequeño afluente del Tíber, donde era lavada (lavatio), junto con los demás objetos sagrados, por el archigallus vestido de púrpura (color de la diosa), quien luego la secaba y la espolvoreaba con ceniza. Así se aseguraba la fecundidad de las mujeres, la fertilidad de los campos y, sobre todo, el renacimiento de las almas en una vida nueva, lejos de los sufrimientos y penalidades de la vida terrenal. Finalizado el acto, regresaban al templo en procesión.

"Sé que en los rituales de la madre del Ida los próceres togados desnudan sus plantas ante el carruaje de aquélla. Una piedra negra con rostro de mujer es colocada en cofre de plata y situada en un carro que ha de transportarla; mientras la lleváis a bañar, abriendo la marcha, arruináis vuestros pies por haberos quitado el calzado, hasta que llegáis a la débil corriente del Almón." (Prudencio, Libro de las coronas)

Sacerdote del culto a Cibeles y Atis

A partir del 28 tenía lugar la parte propiamente iniciática de los ritos, que eran privados y secretos, con la celebración del taurobolio (sacrificio de un toro) y del criobolio (sacrificio de un carnero). Estas prácticas aparecen relacionadas con el culto a partir del siglo II d.C., en el que sustituyen a la castración de los sacerdotes, prohibida en tiempos de Domiciano y suponen una catarsis y una llamada a la salvación, tanto física como moral, de los hombres comunes y del emperador, beneficiario del efecto del rito en su aspecto público al pedir por su salud. Era una ceremonia costosa, pues había que comprar el toro, hacer frente a los gastos del sacrificio y los ritos y pagar la lápida que conmemoraba la ejecución de dicho acto, pero, al margen de la mayor o menor piedad religiosa, existía una exención fiscal para quien realizaba una dedicatoria, siguiendo las instrucciones del archigalo, por la salud del emperador.

"Por la salud del Emperador Lucio Septimio Severo Pío Pertinax Augusto y Marco Aurelio Antonino César, emperador electo y Julia Augusta, madre de los campamentos militares y toda su divina casa y por el bienestar de la colonia Copia Claudia Augusta Lugdunum (Lyon), Septicia Valeriana y Optatia Siora celebraron un taurobolium por el voto dictado por el sacerdote Elio Anthus, siendo sacerdotisa Emilia Secundilla, flautista Flavio Restituto y alguacil Vireio Hermetio. El sacrificio empezó el cuarto día antes de las nonas de Mayo y se completó en las nonas del mismo mes, siendo cónsules Tito Sextio Laterano y Lucio Cuspio Rufino.El lugar fue otorgado por decreto de los decuriones." (CIL XIII 1754, Lyon, 4 al 7 de mayo de 197 d.C.)

Sin embargo con el paso del tiempo, los taurobolios parecen alejarse de la petición de rogar por el bienestar del emperador o del Estado y se convierten en una práctica de carácter privado, en la que los que sufragan los gastos piden por su propia salud. Los beneficios obtenidos, bien espirituales o materiales, tendrían caducidad, y sería necesaria una renovación, aparentemente cada veinte años.

Todo empezaba con una procesión. Los apparitores (empleados subalternos de la administración, de justicia, sobre todo) y los músicos tocando la flauta, el pandero y los címbalos, iban delante, seguidos del sacerdote (que más tarde se escondería en la cueva para recibir la sangre del toro), que conducía al animal por las calles hacia su destino. Dos personajes con nombre de buen presagio acompañaban al toro, además de todos los que tendrían una función activa en el sacrificio, entre los que estaban necesariamente los principales funcionarios del emperador o el emperador mismo, además de las autoridades locales.


Altar conmemorativo de Taurobolium, Vesunna, Perigueaux

El proceso ritual, aunque secreto, fue desvelado en parte por algunos escritores en su afán por criticar tal práctica y consistía en el descenso de los iniciados a un foso en el que recibían un “baño” con la sangre purificadora del animal sacrificado, simbolizando una regeneración espiritual. 

"Mírame, aquí delante me tienes. Esa sangre que dices es auténticamente mía, no de buey. ¿Sabes de qué sangre te estoy hablando, penosísimo pagano, la sangre sagrada de vuestro buey, con cuya inmolación lustral os empapáis?
El supremo sacerdote, ya sabes, cavada una fosa bajo tierra, se hunde en el fondo para su consagración, anudando sus sienes festivas con sorprendente gala de ínfulas, adornando, además, sus cabellos con corona de oro y sujetando su toga de seda con ceñidor gabino.
Sobre él se colocan tablas para construir un estrado dejando entre ellas espacios, tramoya de ensamblaje poco tupido; a continuación, hienden u horadan el tablado y perforan la madera con abundantes taladros para que queden numerosas  aberturas pequeñas. 
Aquí traen un toro enorme de torva y huraña testuz con las espaldillas ceñidas y los cuernos trabados de floridas guirnaldas, y además la testuz de la víctima relumbra de oro y el brillo de estas láminas tiñe sus vellosos lomos. Una vez que han situado aquí la bestia para su inmolación, hienden su pecho con un venablo previamente consagrado; una ancha herida vomita una ola de sangre hirviente y derrama sobre el entramado del puente a sus pies ríos de vapor que inflaman extensamente el entorno.
En ese momento, a través de los numerosos canales de las mil rendijas se deja caer una lluvia que descarga pútrida rociada; hundido allá dentro, el sacerdote la recibe sometiendo su vergonzante cabeza a todas las gotas, infecto su vestido y su cuerpo todo.
Pero, es más, eleva a lo alto su cara, ofrece sus mejillas de frente, coloca sus orejas bajo esa lluvia, opone sus labios, su nariz, y hasta los propios ojos baña con aquel líquido; llega a un punto en que ni siquiera deja a salvo su paladar, riega su lengua, a fin de beber todo él la negra sangre.
Una vez que los flámenes hayan retirado de aquel tablado el cadáver, rígido después de haberle extraído la sangre, sale de su hueco el pontífice, de aspecto espantable, y muestra su cabeza mojada, su barba cargada, las ínfulas empapadas y sus ropas rezumando líquido.
A éste, infectado por tales contactos, sucio de la sangre podrida del reciente sacrificio, todos lo saludan y adoran loso desde una distancia, y todo porque creen que, escondido en estúpida hura, lo han limpiado un buey muerto y su sangre despreciable."
(Prudencio, Libro de las Coronas)





Hacia el año 225 d.C. parece haberse dado un cambio en el ritual, comenzando a recogerse la sangre del toro sacrificado en un cernus, quizás por el efecto purificador que tenía sobre los participantes.


Durante el siglo IV d.C. los últimos representantes de la aristocracia pagana de Roma adoptaron estas prácticas rituales para expresar abiertamente o en secreto su fidelidad a las tradiciones religiosas de sus antepasados frente al cristianismo que se había expandido y triunfado por todo el imperio. Un personaje protagonista de Las Saturnales de Macrobio es claro ejemplo de este caso. Vetio Agorio Pretextato, nacido en tomo al año 310 y muerto hacia finales del 384, fue un destacado miembro de la nobleza senatorial romana y un gran defensor del paganismo. 

Ejerció las más altas magistraturas, ya que fue procónsul de Asia y de Acaya, prefecto de Roma en 367-368, prefecto del Pretorio de Iliria, de Italia y de África en 384, y cónsul designado en el año de su muerte. Enemigo acérrimo del cristianismo, se ocupó de la restauración del culto pagano y desempeñó igualmente numerosos cargos religiosos, dentro de la mayoría de los colegios sacerdotales (augur, curial de Hércules, pontífice del Sol y de Vesta, y de los grandes cultos orientales, como el de Serapis (neocorus), el de la Gran Madre (tauroboliatus), el de Mitra (pater sacrorum) y el de Héctate (hierofante, esto es, sacerdote que iniciaba en los misterios). Siendo pretor, restauró el Pórtico de los Di Consentes; como gobernador de Acaya (nombrado por Juliano), protestó por la prohibición de los sacrificios nocturnos, ya que comprometía la celebración de los misterios griegos. Representa el sincretismo de cultos paganos y orientalizantes frente al tradicionalismo y, sobre todo, el enemigo común, el cristianismo. Inició a su esposa en los ritos de esos mismos cultos como se muestra en el epitafio que le recuerda.


“Supiste adorar a los espíritus de los diferentes dioses
e hiciste compañera en el culto a tu fiel esposa,
quien ahora comparte lo que sabías de los dioses y hombres.
Tus enseñanzas me, esposo, me libraron de la muerte;
me llevaste, pura, a los templos y permaneciste allí
mientras era iniciada en los misterios.
Consorte devoto, me honraste con la sangre del toro,
me iniciaste en los ritos de Cibeles y Atis,
tomé parte en los ritos griegos de Ceres
y me enseñaste los oscuros secretos de Hécate.”
 (CIL VI.1779, 1780)






Aunque la adhesión a los cultos mistéricos destaca por su carácter personal y voluntario es de suponer que los hijos de una familia que profesara, entre otros, un culto mistérico recibirían estímulos religiosos orientados a la admiración y devoción por tales cultos, de manera que serían potenciales seguidores en su edad adulta. Sin duda, las conversiones que se producían en los lugares donde estos cultos se implantaban vendrían no sólo a través de nuevas adhesiones individuales, sino muy especialmente desde dentro de las propias familias que estaban ya vinculadas desde antes al culto.

Hay testimonios de las celebraciones del taurobolium de varias generaciones de una misma familia, como la de Ceonio Rufio Volusiano, prefecto de la ciudad en 365, quien realiza la ceremonia en el 370 y en el 390 y varios miembros de su familia, como su hija Rufia Volusiana junto a su marido, Petronio Apolodoro, en el año 370.

Los ritos asociados al culto de Cibeles resultaron en un principio ofensivos al concepto romano de moralidad, por lo que estuvieron restringidos por algún tiempo a su templo del Palatino.

"Y lo que yo admiro, sobre todo, que, aunque innumerables pueblos llegaron a la ciudad, que tenían la obligación de honrar a sus dioses patrios según sus costumbres locales, la ciudad no aceptó oficialmente el culto de ninguna de estas prácticas extranjeras (cosa que les ha ocurrido ya a muchas ciudades), sino que, incluso introduciendo algunos ritos debido a oráculos, los celebra según sus propias costumbres excluyendo toda charlatanería mítica, como los ritos de la diosa del Ida. Le ofrecen sacrificios y juegos anualmente los pretores según las tradiciones romanas, pero un hombre y una mujer frigios son sus sacerdotes y recorren la ciudad en procesión pidiendo limosna, según su costumbre, con figuras rodeando sus pechos, tocando con la flauta, junto a sus seguidores, los cantos en honor de la Diosa Madre y golpeando sus tambores. Pero ningún romano nativo va en procesión por la ciudad pidiendo limosna, ni tocando la flauta con un vestido multicolor, ni celebra los misterios de la diosa según los ritos frigios debido a una ley y decreto del Senado. Tan precavidamente se comporta la ciudad respecto a los usos foráneos acerca de dioses, y rechaza como vanidad todo lo que no encierra decoro." (Dionisio de Halicarnaso, II, 19)


Patera de Parabiago, Museo Arqueológico de Milán, © José Luiz Bernardes Ribeiro

A pesar del rechazo a la participación ciudadana en ritos extranjeros y crueles Roma no quería eliminar el culto a la diosa, puesto que ésta había protegido a la ciudad y Aníbal había sido derrotado. Por ello admiten sus ritos y a los responsables de sus prácticas, los galli, que a pesar de ser criticados y objeto de burla, cumplen una función social, la de asegurar la continuación del culto a la diosa a la que Roma está agradecida. De ahí que se permita el acto de la castración, hasta que este es sustituido por otros sacrificios ceremoniales. 

"Aun hoy en día, con los cabellos perfumados, con color quebrado, miembros lánguidos y paso
afeminado, andan pidiendo al pueblo por las calles y plazas de Cartago, y así pasan su vida torpemente."
(Agustín, Ciudad de Dios, VII, 26)



Relieve de Archigallus de Lavinium, Museos Capitolinos, Roma

Durante el reinado de Claudio se dispuso que el culto estuviese controlado y vigilado por el colegio de quindecemviri, ya que si los galli o sacerdotes de la Gran Madre, tenían que emascularse, los ciudadanos romanos lo tenían prohibido y no podían convertirse en sacerdotes de dicho culto. Con Antonino Pío se creó el sacerdocio de los archigalli, quienes obtenían su cargo a través de un sacrificio, sin tener que autoemascularse, por lo que ya podían acceder los ciudadanos romanos a ese sacerdocio. Esta medida pudo deberse también al hecho de que los archigalli fomentarían, al ser ciudadanos romanos, el amor al Princeps y pasarían a ser los administradores de los santuarios dedicados a la Magna Mater, cuyos bienes, a veces cuantiosos, ya no estarían en manos de extranjeros. Con ello los galli serían relegados a una posición secundaria, marginados por su cultura foránea e incomprendidos por la sociedad romana, a pesar del sacrificio exigido por el culto a la diosa. 

"Y, ¿qué decir de aquel decreto tan riguroso del cónsul Mamerco Emilio Lépido? Un tal Genucio, sacerdote de la Gran Madre, había obtenido del pretor urbano Gneo Orestes que se le entregasen los bienes de Nevio Anio, bienes que había recibido del propio Nevio según los términos del testamento. Tras la reclamación de Surdino, cuyo liberto era el que había nombrado heredero a Genucio, Mamerco anuló el dictamen del pretor, basándose en que Genucio, tras amputarse deliberadamente los genitales, no debía considerarse ni hombre ni mujer. Decreto, pues, acorde a Mamerco, acorde al senador más ilustre, mediante el cual se evitó que los tribunales de los magistrados se vieran manchados por la presencia obscena de Genucio y su voz descarada, bajo la apariencia de afán de justicia." (Valerio Máximo, VII, 6)

Al margen de los galos y archigalos, las fuentes literarias y epigráficas mencionan también a los sacerdotes, los cuales conforme se fue difundiendo el culto en territorios alejados de Roma aumentaron en 
número, ya que cada santuario contaba con su propio personal. Al frente de cada comunidad se encontraban un sacerdote y una sacerdotisa, designados por el colegio quindecenviral de la comunidad correspondiente.

M(atri) D(eum) S(acrum) / Val(eria) Auita / aram tauriboli / sui natalici red/diti d(edit) d(edicavit) sacerdo/te Doccyrico Vale/riano arc(h)igallo /Publicio Mystico.

(Inscripción conmemorativa dedicada a la madre de los dioses con motivo del taurobolium de Valeria Avita, siendo sacedote Doccyrico Valeriano y archigalo Publicio Mystico. MAN, Madrid, n° inv. 16514)




Relieve con Cibeles y Perséfone, Museo Arqueológico de Atenas,
foto de Giovanni D´all Orto


Durante la época altoimperial, la participación en el sacerdocio procede de casi todos los estamentos
sociales, y aunque los grupos más acomodados predominan en los cargos más importantes, se encuentran individuos de extracción marginal al frente de comunidades relevantes. Por ejemplo, en las provincias, los inmigrantes orientales buscan mejorar su proyección social, participando en los cultos que les resultan familiares y les permiten una mayor integración en las localidades en las que residen.
El servicio habitual del templo exigía también la participación de individuos con tareas específicas en el desarrollo de los actos litúrgicos, entre ellos se encuentran los que participan en el taurobolio como portadores de objetos sacros.


"Matri Deum Mag(nae) Idaeae Phryg(iae), Fl(avia) Tyche, cernophor(a) per M(arcum) Iul(ium) Cass(ium) et Cass(iam) Sev(eram). M(arco) At(ilio) et Ann(io) co(n) s(ulibu)s Gal(lo)"

(Flavia Tyche, portadora del cernus, recipiente para recoger la sangre del toro)


En época imperial romana adquiere una especial importancia en los ritos el collegium dendrophorum, una cofradía protagonista en el festival atideo de marzo. En sus orígenes constituía una corporación de carácter profesional, reformada bajo la advocación de los dioses frigios durante el reinado de Claudio y bajo control de los quindecenviros y de los decuriones locales en las ciudades privilegiadas del Imperio. Los miembros de estos colegios procedían de la plebe urbana y abundaban los libertos, sobre todo imperiales, y era frecuente la presencia de mujeres en posiciones de carácter honorífico. En el seno de los colegios se producía la donación de estatuas y ofrendas de alto valor, como manifestación de riqueza y buscando la promoción personal en la propia agrupación, además de la proyección social dentro de la comunidad urbana.

Inscripción conmemorativa de taurobolium y criobolium, con Cibeles y Atis

El favor de las instancias oficiales garantizó una próspera vitalidad al colegio, pero la cristianización afectó a los dendróforos, cuando entre el año 315 y el año 415, el culto sufre el inicial acoso de época constantiniana y la prohibición definitiva de las asociaciones religiosas bajo Teodosio y Honorio.

El beneficio que obtenía el creyente por su participación en el culto público y, sobre todo, mistérico, parece haber consistido en alcanzar un bienestar para la vida presente, gracias a las especiales facultades benéficas y protectoras de la diosa, dotada de poderes curativos, que además proporcionaba fertilidad a las plantas, y, esperando quizás también su influencia positiva más allá de la muerte. 



Relieve funerario con Cibeles

Los distintos rituales en los que los adeptos participaban directamente, experimentando un proceso iniciático, eran un camino de descubrimiento personal a través de los misterios, los cuales no se explicaban, sino que se experimentaban, con todos los riesgos que eso llevaba consigo, porque el aspirante a ser admitido como miembro de una de estas religiones tenía que pasar una serie de pruebas difíciles y angustiosas que, junto con ciertas informaciones de carácter intelectual y, sobre todo, emocional, deberían llevarlo a identificarse con la deidad.

Los misterios frigios eran algo más que meros cultos, dentro de la religión cívica imperial, ya que contenían un particular sistema de creencias, valores y rituales propios que explicaban la naturaleza divina a partir de un relato mítico, hacían coincidir el lugar del hombre en el mundo con la realidad social del Imperio y planteaban una vida en el más allá, defendiendo además valores morales como la lealtad, la piedad o el amor a la patria. 



Relieve de Cibeles y Atis

La diosa frigia y su amado compañero mantuvieron su culto y sus representaciones hasta el final del paganismo, mostrando todo su poder, hasta que el culto público a Cibeles desapareció en el año 380, cuando se proclamó el edicto de Tesalónica por el que el cristianismo se convertía en la religión oficial del estado y los sacerdotes de otras deidades perseguidos, siendo sus templos, escritos y demás destruidos:

"... creemos en la divinidad única del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo bajo el concepto de igual majestad y de la piadosa Trinidad. Ordenamos que tengan el nombre de cristianos católicos quienes sigan esta norma, mientras que los demás los juzgamos dementes y locos sobre los que pesará la infamia de la herejía. Sus lugares de reunión no recibirán el nombre de iglesias y serán objeto, primero de la venganza divina, y después serán castigados por nuestra propia iniciativa que adoptaremos siguiendo la voluntad celestial." (Edicto de Teodosio, 380 d.C.)



Cibeles, Museo Villa Getty


Bibliografía:

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http://anuariobrigantino.betanzos.net/AB2015PDF/125_152_alfredo_erias_attis_cibeles_boveda_Anuario_Brigantino_2015_C.pdf; Un novicio danzante de Attis y Cibeles en el supremo acto de emasculación en honor de la Magna Mater, otras piezas más y algunas notas sobre Santa Eulalia de Bóveda; Alfredo Erias Martínez
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Macrobio, Saturnales, ed. Gredos
El mito de la diosa: evolución de una imagen; Anne Baring, Jules Cashford; Google Books
El sacerdocio femenino (en las religiones greco-romanas y en el cristianismo de los primeros siglos; Manuel Guerra Gómez; Google Books
Historia de Roma; Francisco Javier Lomas Salmonte, Pedro López Barja de Quiroga; Google Books
The Last Pagans of Rome; Alan Cameron; Google Books
Arte y mito. Manual de iconografía clásica, Miguel Ángel Elvira Barba; Ediciones Sílex