Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

lunes, 9 de julio de 2012

Codex, la cultura de los libros entre los antiguos romanos

MAN, Nápoles
"Contigua a esta zona hay una habitación que adopta una forma curva, a modo de semicírculo, y que sigue el recorrido diario del sol desde todas sus ventanas. En una de sus paredes hay empotrado un armario destinado a servir de biblioteca que contiene una selección de obras no solo dignas de ser leídas, sino de ser leídas continuamente." (Plinio, Ep. II, 17)

Las casas de los romanos ricos incluían estancias habilitadas como bibliotecas. En la villa de los Papiros, en Herculano, se encontraron casi 2000 rollos de papiros carbonizados, escritos principalmente en griego. Buena parte de los papiros encontrados estaban colocados en cajas, en estanterías y en un armario. Pequeños retratos de medio cuerpo de antiguos literatos y filósofos indicaban sobre los estantes las subdivisiones por autores:
"Cualquier libro estaba a mano; te podías imaginar mirando a las estanterías de un erudito profesional o a los estantes en el Ateneo o a las librerías de los libreros. la disposición era tal que los manuscritos cerca de los asientos de las mujeres eran de tipo devocional, mientras que los que estaban entre los bancos eran trabajos de los mejores de la elocuencia latina; éstos, sin embargo, incluían ciertos escritos de autores que aunque similares en estilo mantienen diferentes doctrinas; porque era frecuente práctica leer a escritores cuyo arte es del mismo tipo - aquí san Agustín, allí Varrón, aquí Horacio, allí Prudencio. (Sid. Apol.)

Vitruvio ya mencionó que las bibliotecas deberían incluirse entre las estancias de las casas: "Las bibliotecas deberán orientarse hacia el este, ya que el uso de estas estancias exige la luz del amanecer y, además, se evitará que los libros se pudran en las estanterías. Si quedan orientadas hacia el sur o hacia el oeste, los libros acaban por estropearse como consecuencia de las polillas y de la humedad (Vit. De Arq. VI)


Mausoleo Gala Placidia, Ravenna
 Poseer una biblioteca suponía tener cultura y también riqueza. Los libros eran un bien de inversión que se revalorizaba con el tiempo y que, a veces, se exhibían como elemento decorativo en comedores, para que los invitados admirasen su importancia. Los estantes y armarios se hacían de maderas nobles con adornos en marfil. Los bustos de literatos realizados con caros materiales además de ornamento mostraban la admiración del propietario hacia ciertos escritores. Sin embargo, algunos no dudaron en criticar la falta de cultura de algunos que no distinguían el verdadero valor de los escritores representados: "¿De qué sirven tantos libros y librerías, si su dueño apenas leyó en toda su vida los índices? La cantidad de libros resulta pesada y no enseña; y así te será más seguro entregarte a unos pocos autores, que errar siguiendo a muchos... Se debe tener, pues, la cantidad suficiente de libros, sin que ni uno solo sea por ostentación...Encontrarás que muchos ignorantes tienen todo lo que se ha escrito de oraciones y de historias, teniendo estanterías de madera de citrus y marfil llenas de libros hasta los techos; porque incluso en los baños se hacen librerías, como lujo forzado en las casa. Lo excusaría si fuera fruto del deseo de estudiar; pero ahora estas exquisitas obras de genios consagrados, con sus imágenes talladas, se buscan para adornar las paredes." ( Sen. De la Tranquilidad del ánimo, IX)

La cultura era, por tanto, un producto para disfrutar y para representar el status del dueño de la casa.
Lúculo es considerado un precursor del colecionismo de libros al crear una biblioteca privada en el siglo I a.C., que se abrió a todos, pues antes de las bibliotecas públicas, hubo colecciones particulares que los nobles romanos buscaban y se procuraban a gran precio o se llevaban de las ciudades griegas conquistadas y este afán continuó activo en los demás siglos del Imperio.
"El primero que introdujo en Roma gran cantidad de libros fue Emilio Paulo, después de la derrota de Perseo, rey de los Macedonios; después de él, Lúculo, como parte del botín del Ponto."

El volumen era el rollo de papiro, formado por varias hojas, hasta formar una tira larga de varios metros, donde los romanos podían escribir textos amplios. Se escribía en columnas paralelas en sentido horizontal, , por lo que había que desenrollar en ese sentido para proceder a la lectura.
El papiro, planta procedente de Egipto, era cortado por los antiguos egipcios que se metían en el río en pequeñas barcas. Allí cortaban las plantas por el tallo y las iban empaquetando en fardos, y una vez en tierra las limpiaban. Arrancaban las hojas y la parte exterior del tallo, que es la más dura, porque lo que se utilizaba era la médula de la planta. Luego la partían en finas láminas que después colocaban horizontalmente, y por encima de forma transversal. Más tarde se prensaban con pesos y entonces los tallos soltaban una savia pegajosa, que servía de pegamento, y posteriormente se dejaba secar la hoja de papiro durante varios días. Para hacer más fina la hoja y mejorar su calidad se pulía con una piedra. La hoja de papiro preparada para escribir se denominaba charta: "No tienes por qué considerarlos regalos pequeños, cuando un poeta te regala folios en blanco." (Chartae maiores, Marcial, XIV, 10)

 El umbilicus era un cilindro de madera o marfil donde se enrollaba el papiro. Los extremos torneados se denominaban cornua. El titulus era la etiqueta con el nombre del documento.


Detalle scrinium, Museo Vaticano
El aceite de cedro se usaba como conservante para los rollos de papiro y éstos se guardaban en cajas de madera de ciprés, dura y resistente. El cedro y el ciprés son árboles de madera noble y aromática:   
"Podemos esperar que se creen poemas dignos de aceite de cedro y de cajas de pulido ciprés?" ( Hor. Ars Poética)
Los rollos se guardaban en una cesta redonda de piel con una tapa, que se llamaba capsa o scrinium. Capsa es una cesta para transportar cualquier cosa, mientras que scrinium parece ser un recipiente especialmente para conservar y transportar los papiros.
El pergamino (membrana) se hace con la piel tratada de una res y podría tener su origen en Pérgamo. Se limpiaba de suciedad, se eliminaba el vello y los restos de grasa, dejando una capa muy fina. Se dejaba unos días en cal y luego se extendía y tensaba en un bastidor para secarla. por último se alisaba con piedra pómez. Era más caro, pero duraba más y podía escribirse por las dos caras, y fabricarse en cualquier parte.
Tablas de cera, Casa Cecilio Jocundo

"Así que mis astutas tablillas se han perdido, y, por tanto, muchos buenos textos también! Estaban muy gastadas por el uso de mis manos, y buscaron la buena fe al no estar selladas. Además sabían como pacificar a las chicas, y pronunciar palabras elocuentes, sin mí. Ningún adorno de oro las hacía preciosas; eran de cera sin lustre sobre madera de boj ordinaria. Tales como me eran fieles así permanecieron, y siempre produjeron un grato efecto. (Propercio, Las tablillas perdidas, III, 23)

El pergamino podía borrarse con una esponja y utilizarse para volver a escribir, lo que se llamó palimpsesto.
"Piensa que son ceras, aunque éstas se llamen pergamino. borrarás cuantas veces quieras renovar lo escrito." (Pugillares membranei, Marcial, XIV,7)

El codex o códice estaba formado por un conjunto de hojas de papiro o pergamino que se doblaban en cuadernillos, unidos por una costura. Tenía ventaja sobre el rollo porque era más fácil encontrar un pasaje, al no tener que desenvolver todo, se podía guardar más cómodamente en una biblioteca y admitía decoración con miniaturas. El avance del Cristianismo supuso el impulso del códice sobre el rollo y su progresiva utilización.




La tabula cerata era una pequeña plancha de madera, un poco rebajada por el centro, en la que se vertía cera, normalmente tintada de negro. Cuando la cera se endurecía, se podía escribir sobre ella mediante un punzón, por lo tanto la escritura se grababa. Las tablas podían ser simples, pero también se unían mediante finas correas de piel, como un libro y se le llamaba duplices, triplices, multiplices: "Entonces no considerarás mis triples tablillas regalos sin valor: cuando tu amiga te escriba que está al llegar." (Triplices, Marcial, XIV, VI) Podían adornarse exteriormente con marfil, y joyas.

El punzón para escribir se llamaba stilus o graphium; la punta era afilada para escribir y el otro extremo era romo para borrar. "Tuyos serán estos plumieres provistos de sus estilos; si se los das a tu niño, será un regalo importante." (Graphiarium, Marcial, XIV, 21)
Otros instrumentos para escribir era el calamus, un trozo de caña que se utilizaba sobre papiros y pergaminos, se cortaba un extremo en forma oblicua mediante un corta plumas. Penna scriptoria eran las plumas de las alas de las aves.
La tinta para escribir, atramentum librarium, se hacía con hollín proveniente de la combustión de resinas, mezclado con goma. "Se hacía con hollín de varias formas, con resina quemada o pez: y para este propósito se construyen hornos, que no dejan escapar el humo. Se hace de esta forma con madera de pino: se mezcla con hollín de los hornos o de los baños y se usa para escribir los rollos de los papiros. A veces se hace tinta hirviendo y escurriendo los posos del vinagre.

A partir del siglo III d.C. empieza a usarse tintas de base mineral, uno de los procedimientos de elaboración consistía en picar agallas de encina o roble, mezclar el polvillo resultante con agua, y añadir finalmente sulfato de cobre o de hierro. Las de origen vegetal se elaboraban macerando la corteza de espino y sometiendo el jugo a sucesivas cocciones hasta formar una pasta a la que se añadía vino, tras nuevas cocciones la pasta producida se secaba al sol. 
Cuando se tenía que escribir se tomaba la cantidad necesaria de pasta seca y se disolvía en vino o agua.


Tabla 343, Vindolandia, madera y tinta
Se utilizaba la tinta de sepia y la tinta roja, de minio o bermellón, se usaba para escribir el título y los comienzos de libro. Los encabezamientos de leyes se hacían de rúbrica (ocre rojo). Suetonio menciona que parte de los poemas que Nerón recitaba en Roma se escribían con letras doradas (aureis litteris), y se consagraban a Júpiter Capitolino.
En Vindolandia se encontraron planchas de maderas locales escritas con tintas con base de carbón, en las que se han descifrado textos de diversa índole como la invitación de Claudia Severa a una amiga para celebrar un cumpleaños. Están datadas entre los siglos I y II d. C.

Del valor material y sentimental que los libros podían llegar a tener para los romanos nos queda este ejemplo de Ovidio desde su exilio: "Librito, irás a Roma, sin que te lo prohiba ni te acompañe, donde, ¡ay de mí!, no puede entrar tu autor. Ve sin adorno, como debe el hijo de un exiliado, y viste en tu desdicha el traje que los tiempos imponen. Que no te embellezca el tinte de la púrpura: no es adecuado para el duelo; que tu título no se escriba con bermellón, que tus hojas no reluzcan con aceite de cedro, ni que el marfil sobresalga de la página oscura. Que los libros dichosos muestren estos lujos; tú recordarás mi desgracia." (Ovid. Trist. I)

El atramentarium o tintero se realizaba en marfil, hueso calcinado o madera termoalterada (de sarmiento de viña). Se han encontrado cajas de madera con las paredes interiores impermeabilizadas con pez, algunos en cerámica, e incluso metales nobles.


MAN, Nápoles
Cuando un autor consideraba terminada su obra literaria, solía darla a conocer en una lectura pública, de tal forma que los escritores con cierta posición disponían en su casa de una estancia en su casa habilitada para ello, el auditorium. Se instalaba una tarima para que el autor, con un cuidado aspecto, intentara desde allí convencer con su actuación y prestancia al público asistente, invitado por el anfitrión. Los invitados que no deseaban ser vistos, como la señora de la casa, se ocultaban detrás de unas cortinas: "Asimismo, cuando celebro alguna lectura pública, se sienta cerca de mí, oculta detrás de una cortina, y escucha atentamente los elogios que recibo y que ella aguarda con la mayor ansiedad." (Plinio, Ep. IV, 19)


Escriba, tumba Flavia Solva
Los escritores más pobres debían recurrir a mecenas que les cedían su auditorium para la lectura."Ofrece su propia casa a los que desean celebrar lecturas de sus obras, pero, además, como hombre extraordinariamente afable que es, frecuenta las salas públicas de recitaciones, pues no sólo gusta de asistir a éstas en su casa." (Plinio, Ep. VIII, 12)

El que no tenía el favor de un patrón o no podía permitirse alquilar un lugar donde desarrollar su recitatio, buscaba cualquier lugar, en el que hubiera gente reunida, como el foro, las termas o bajo los pórticos.
En las ciudades había editores (librarii) con un taller en el que los esclavos copistas reproducían los escritores de los autores, a los que pagaban una pequeña cantidad, pero que no poseían derechos de autor.