Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

viernes, 11 de septiembre de 2015

Puer et puella, la niñez en la época de los antiguos romanos


Cerámica romana, Museo John Hopkins, Baltimore, Maryland

La edad infantil se consideraba en la época romana un simple paso a la etapa en la que se entraba a una vida de servicio a la sociedad.
Comenzaba en el momento del parto, cuando la partera que había asistido a la madre en el alumbramiento depositaba al recién nacido en el suelo para que el padre, que ostentaba en solitario la patria potestad, o un representante decidiera aceptar al bebé como legítimo y lo reconociera como su hijo. Si era un niño, éste era levantado y mostrado a los presentes, si era niña podía simplemente dar la orden de que se la alimentase.

Si el padre no reconocía al niño, bien por su origen bastardo, por deformidad, por tener un número excesivo de hijas  o por carecer de medios para su sustento, se abandonaba en un basurero para dejarlo morir de hambre o para que fuera recogido por alguien que quisiese hacer cargo de él o para ser criado como esclavo. Esta práctica era seguida por todas las clases sociales y correspondía al derecho sobre la vida y la muerte de los hijos que la Ley de las Doce Tablas otorgaba al padre.

“Destruimos los fetos monstruosos, también a nuestros hijos, si nacen enfermos o con malformaciones, los ahogamos; pero no es la ira, sino la razón, la que separa a los inútiles de los elementos sanos.” (Seneca,  De Ira I, XV, 2)


Los padres que eran pobres y no abandonaban a sus hijos los consideraban como una inversión para el futuro, cuando serían un apoyo para la vejez y podrían aportar un ingreso económico.

En una carta de la época de Tiberio encontrada en Oxirrinco, el egipcio Hilarión, un padre preocupado por el próximo parto de su esposa, le escribe en estos términos: 

“Te pido y te ruego que cuides del niño y, si recibo pronto mi paga, te la enviaré. Si tienes el niño antes de mi regreso y es varón, déjalo vivir; si es una niña, exponla” (Papiro de Oxirrinco, 744)

Niña en bronce, Museo Getty, Estados Unidos

La propia fundación de Roma se asocia al nacimiento de unos niños y su posterior abandono. Rómulo y Remo, fruto del amor adulterino o ilícito de la vestal Rea Silvia con Marte fueron expuestos precisamente para ocultar el desliz de la joven.  Condenados a morir ahogados, los amamantó una loba, y los recogió el pastor Fáustulo.

Algunos emperadores impulsaron decretos para eliminar  esta costumbre considerándola un infanticidio y estableciendo ciertas penas para los culpables, pero no fue hasta el año 374 d. C. que los emperadores Valente y Graciano dictaron pena de muerte para los responsables de tal práctica.
El niño, una vez aceptado,  era llevado al lararium para ser presentado a los dioses como nuevo miembro del hogar. Hasta el día en que el recién nacido era dado un nombre se le denominaba pupus, y pupa si era niña. Entretanto se empezaba la celebración por el natalicio colgando coronas u hojas de laurel en las jambas de las puertas para anunciarlo a todos:

“Levantemos largos palcos por estrechos callejones, adórnense las jambas y la puerta con laurel crecido, para que desde su cuna con dosel y taraceas una noble criatura te recuerde, Léntulo, las facciones de Euríalo  el mirmilón.” (Juvenal, sátira VI)


Pintura de Guglielmo Zocchi

Entre las familias acomodadas y ricas el niño era alimentado por una nodriza, una esclava o una mujer contratada, aunque los médicos de la época recomendaban a las madres alimentar a sus propios hijos. Los primeros días se daba a los niños un poco de miel con agua, por que se consideraba que el primer calostro no era bueno para el bebé. En los casos que no se podía amamantar al recién nacido se le alimentaba con un recipiente de cerámica o vidrio (guttus), provisto de una parte ancha donde se recogía la leche y un extremo alargado y en punta perforada para facilitar la salida de leche hacia la boca del niño, antecedente del moderno biberón.

Antiguo biberón romano, Museo Británico

 A los recién nacidos se les lavaba y se les envolvía en mantas sujetadas con vendas que evitaban que los niños se arañaran y sufrieran golpes. Los niños alimentados por esclavas se criaban como hermanos de leche de los hijos de sus nodrizas. Los nacidos libres se llamaban liberi y los esclavos criados en casa verna.

“Habiéndole nacido un hijo, nada había para él de mayor importancia, como no fuese algún negocio público, que el hallarse presente cuando la mujer lavaba y fajaba al niño. Ésta lo criaba  con su propia leche, y aun muchas veces, poniéndose al pecho los niños de sus esclavos, preparaba así para su propio hijo la benevolencia y amor que produce el ser hermanos de leche.” (Plutarco, Catón, III, 20)


Mosaico de Nacimiento de Alejandro, Baalbeck, Líbano, foto de Gloria Rodríguez Leal

Para entretener a los recién nacidos y que empezasen a desarrollar sus capacidades sensoriales se elaboraban sonajeros o crepitacula, unos objetos de madera, cerámica o metal en los que se metían piedrecitas o semillas secas para que sonaran al moverlos y atrajesen su atención.

Sonajero de bronce, Museo de Tarragona


Los niños eran a veces atendidos por un esclavo que se ocupaba de cuidarle y dirigirle en sus tareas cotidianas y de acompañarle cuando salía a la calle. Este esclavo al igual que la nodriza podía permanecer junto al niño hasta su edad adulta, recibiendo el cariño de su pupilo o quizás siendo una molestia para él si se entrometía demasiado en su vida.

“Fuiste, Caridemo, el mecedor de mi cuna y el guardián y compañero asiduo de mi infancia. Ya se ennegrecen los paños del barbero con la barba que me corta y mi chica se queja porque se pincha con mis labios. Pero para ti no he crecido.” (Marcial, XI, 39)

Las enfermedades y accidentes que podían afectar a los más pequeños y débiles eran una preocupación para la familia con un recién nacido en el hogar, por lo que los romanos, supersticiosos por naturaleza invocaban a una gran cantidad de deidades protectoras que velaban por cada una de las actividades cotidianas en las que el bebé se veía envuelto.


Pintura de Guglielmo Zocchi

Vitumnus le daba vida al niño en el momento de nacer, Vaticanus le enseñaba a iniciar el llanto, Rumina le cuidaba cuando era amamantado, Cunina le mecía en la cuna, Fabulinus y  Locutius le enseñaban a hablar y Statilinus le ayudaba a mantenerse en pie… y así con todo lo que iniciaba el niño.
Esa misma influencia de la superstición llevaba a los miembros de la familia a realizar ciertas prácticas que creían podrían proteger la vida del recién nacido del mal de ojo.

“Mira cómo una abuela o una tía materna llena de supersticiones levanta de su cuna a un niño y con el dedo infame y saliva lustral empieza por purificarle la frente y los húmedos labios, pues es experta en conjuros contra el aojamiento. Luego sacude al lactante con sus manos,  y su voto ferviente osa empujar la frágil esperanza hacia los latifundios de Licino y los grandes palacios de Craso: «Que el rey y la reina le deseen como yerno, que las jóvenes se lo arrebaten, que allí donde haya pisado nazcan rosas». Pero yo estos votos, no se los confío a una nodriza. ¡Niégaselos, Júpiter, aunque te los haga vestida de  blanco!” (Persio, sátira II)

El dies lustricus era el día en que el niño se honraba públicamente con ofrendas a los dioses, se le presentaba oficialmente a los Lares para recibirle como nuevo miembro de la familia y de la sociedad, se le obsequiaba con  regalos y el padre ofrecía un banquete para los invitados.  Se esperaba unos días tras el nacimiento para ver si el recién nacido salía adelante y no había que lamentar su pérdida.

 “¿Por qué a los niños varones les dan nombre a los nueve días y a las niñas a los ocho?
¿Acaso el hecho de que a las niñas se les dé primero tiene por motivo su naturaleza? Pues lo femenino crece, madura y llega a su perfección antes que lo masculino.
De los días toman los que siguen al séptimo; pues el séptimo es peligroso para los recién nacidos, entre otras razones, también por la del cordón umbilical. Pues en la mayoría de los casos se separan el séptimo día, y hasta que queda libre, el recién nacido se asemeja más a una planta que a un niño.” (Plutarco, Cuestiones  Romanas, 102)

En ese día, el octavo para las niñas y el noveno para los niños,  se les otorgaba su praenomen, nombre con el que serían  conocidos en su entorno, y se les colocaba la bulla al cuello, una cápsula o saquito conteniendo amuletos que les protegerían durante su infancia. Las niñas podían lucir un objeto en forma de media luna llamado lunula con la misma función protectora. 

Niño con bulla, Museos Vaticanos

“Pero- ¡oh el más preclaro de los jóvenes! Te dirijo un reproche nada fácil y hasta me irrito, en tanto en cuanto pueden irritarse a aquellos que se quieren: ¿he merecido yo conocer una nueva tan gozosa por lo que cuenta el vulgo? Y, cuando profería sus berridos tu tercer hijo, no vino a darme cuenta sin demora una noticia escrita a toda prisa para invitarme a encender en mis aras fuegos festivos, a engalanar mi lira, a coronar mis puertas, a sacar una jarra ennegrecida por el humo de Alba y a marcar con un canto esta jornada, en lugar de, tardío y perezoso, cantar hoy, al final, mi buen deseo? Es culpa tuya, y tuya la vergüenza.
Mas no debo alargar por más tiempo mis reproches: he aquí que te rodea la multitud alegre de los tuyos y a su padre defiende. ¿A quién no vencerás con tales huestes?” (Estacio, Silvas, IV, 8)

Se invocaban en estas ceremonias a los dioses para que protegiesen al  niño y se rogaba por la familia para que proporcionasen al niño las directrices que le permitiese un próspero  futuro en el que pudiese servir a Roma según la función que cada uno tenía asignada: las niñas como honradas matronas y los niños como ciudadanos ejemplares al servicio del Estado.


“Guardad, patrios penates, con sus vástagos, a esta familia: formen parte de aquellos que prestando su voz y sus recuerdos, sostengan nuestra urbe, agobiada del paso de los años y de sus avatares numerosos, y la conserven con su verde nombre.”
Que su padre les muestre su talante amble y su abuelo su generosa esplendidez, y uno y otro su amor por la belleza de la virtud. Sin duda sus recursos y su cuna permiten a la niña, en sus primeras nupcias, trasponer unas puertas patricias, y a sus hermanos en el umbral apenas de sus años viriles, a poco que los guarde la deidad, favorable a los buenos, del invencible César, trasponer los umbrales del Senado romuleo.”
 (Estacio, Silvas, IV, 8)

Pintura de Guglielmo Zocchi

Además de la bulla a los niños se les podía poner una cadenita con colgantes que representaban distintas figuras hechas de metal y que sonaban al golpearse entre sí, además de ser un talismán contra los maleficios. Este objeto se llamaba crepundia y servía para identificar al niño en caso de pérdida, secuestro o exposición, ya que algunos de los colgantes podían indicar el nombre del bebé o el de uno o ambos padres.

Hay unos dijes. …
DÉ.— ¿Cómo son? ve describiéndolos en detalle.
PA.— Hay primero una espadita de oro con una inscripción.
DÉ.— Di, pues, qué es lo que pone la inscripción.
PA.— El nombre de mi padre. Después, al lado, hay un hacha pequeña de doble filo, también de oro y con inscripción; ahí en el hacha, va el nombre de mi madre.
 DÉ.— Un momento. Di en la espada cuál es el nombre de tu padre.
PA.— Démones. …
DÉ.— Di ahora cuál es el nombre de tu madre que está aquí en el hachita.
PA.— Dedálide. …
PA.— Después hay una pequeña hoz de plata  y dos manitas entrelazadas y una cerdita. …
PA.— También hay una bolita de oro que me regaló mi padre un día de mi cumpleaños.
DÉ.— Ella es, seguro. No puedo contenerme de abrazarla. Hija mía, salud: yo soy tu padre, yo
soy Démones, y Dedálide, tu madre, está ahí dentro, en casa.
PA.— ¡Salud, padre, que no esperaba volver a ver!
 DÉ.— ¡Salud, hija, qué alegría poder abrazarte!
(Plauto, La Maroma)

Crepundia, Museo John Hopkins, Baltimore, Maryland

Para el pater familias preocupado por su honor  la mayor prueba de la legitimidad de su descendencia era que sus hijos se pareciesen a él. El parecido físico y moral al padre daba testimonio de la castidad de la madre, pero esa ideología tan conservadora se criticaba en la literatura satírica.

“Quiero que un Torcuato pequeñito, desde el regazo de su madre alargando sus tiernas manos, dulce ría a su padre con su labio entreabierto; que sea semejante a su padre, Manlio, y fácilmente por todos los ajenos sea reconocido, y el pudor de su madre indique en su rostro”. (Catulo, LXI)

La obsesión por el parecido con el padre delataba  el miedo al adulterio porque debía ser una  práctica habitual, al menos en algunos estamentos sociales.

Pintura de Guglielmo Zocchi
El periodo de la infancia, que se prolongaba hasta más o menos la caída de los primeros dientes,  era considerado como una etapa difícil y triste en la que el niño nada más nacer era abandonado en un mundo lleno de peligros tras haber estado protegido en el vientre de la madre, por lo que lo primero que hacía era ponerse a llorar.

“Y también aquí, el niño, como marinero echado a tierra por olas implacables, se queda tirado
en el suelo, desnudo y sin habla, necesitado de toda ayuda para vivir, en cuanto en las orillas de la luz a empellones la naturaleza lo descarga del vientre materno, y llena la estancia de tristes lamentos, lo propio de uno al que en la vida le queda por recorrer un trecho tan largo de males.” (Lucrecio, De Rerum Natura, 222)

De acuerdo a los médicos de la antigüedad los niños pequeños eran propensos a tener accesos de ira, por lo que sus mentes, todavía moldeables, debían acostumbrarse a obedecer y conformarse y si protestaban debían ser reprendidos e, incluso, golpeados. Galeno recomendaba que se les bañara antes del desayuno. Los primeros alimentos sólidos eran cereales o pan mojados en miel, agua o vino. Para el dolor de dientes, cuando los pequeños los están echando, uno de los momentos más dolorosos de la infancia, Plinio tiene varias recetas: 

“Las encías frotadas con leche de cabra y sesos de liebre hacen denticiones más fáciles” (Historia natural,  XXVIII, 259).

Los malos cuidados, la nutrición inadecuada, las infecciones  y, también, la poca exposición al sol provocaban una alta mortalidad entre los niños durante sus primeros meses de vida, por tanto muchos padres intentaban no encariñarse demasiado con sus hijos recién nacidos. Algunos mostraban indiferencia ante la frecuencia  de su pérdida o extremaban sus atenciones con el objeto de evitar lo irremediable.

Retrato infantil, El Fayum

En el caso de la muerte de los niños de días o pocos meses los enterramientos se producían sin que apenas se enterase nadie y a unas horas en las que pasaban inadvertidos, además de no dedicar ningún epitafio a su recuerdo, porque se pensaba que por su corta edad no habían entrado a formar parte de la sociedad.
En el caso de niños que ya habían superado un año  estos suponían una alegría para la familia, pero  una pena al morir para sus padres que se reflejaba en los recordatorios que se pueden encontrar en las obras literarias y en las inscripciones funerarias que les dedicaban a sus pequeños.
El escritor Quintiliano expresa su tristeza ante la pérdida de uno de sus hijos:

Escultura romana, County Art Museum, 
Los Angeles
 “No quiero recrearme en mis desgracias ni quiero aumentar las causas de mi dolor, ¡ojalá hubiera razones para disminuirlo! Pero, ¿cómo puedo olvidar la gracia de su rostro, la alegría de su charla, la pizca de ingenio que brillaba en sus ojitos, la solidez de su plácido y ya entonces profundo pensamiento? Sé que es difícil de creer: un niño como él, como cualquier otro así, merece nuestro amor. ” (Institución oratoria VI,  7).


Los niños hasta la edad de siete años permanecían al cuidado de la madre y los sirvientes, dedicados al juego y a aprender a relacionarse con los suyos. A partir de esa edad los niños pasaban a ser tutelados por el padre, quien se encargaba de enseñarles sus primeras nociones y les adoctrinaban sobre las costumbres y tradiciones familiares y sociales. Se aconsejaba poner  grandes esperanzas sobre los hijos porque así los padres se esforzarían en su educación.

Detalle de mosaico de la caza, Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

“Cuando ya empezaba a comprender, él mismo (Catón) se encargó de enseñarle las primeras letras, aunque tenía un esclavo llamado Quilón, bien educado y que enseñaba a muchos niños; porque no quería que a su hijo, como escribe él mismo, le reprendiese o le tirase de las orejas un esclavo, si lento en aprender, ni tampoco quería agradecer a un esclavo tal enseñanza. Por tanto, él mismo le enseñaba las letras, le daba a conocer las leyes y le hacía practicar la gimnasia, adiestrándole, no sólo a tirar con el arco, a manejar las armas y a llevar un caballo, sino también a pegar con el puño, a soportar el calor y el frío y a vencer nadando contra  las corrientes y los remolinos de los ríos. Dice, además, que le escribió la historia de su propia mano, y con letras grandes, para que el hijo pudiera aprovecharse de los medios de su casa para el uso de la vida, de los hechos de la antigüedad y de los de su patria.” (Plutarco, Vida de Catón, III, 20)

Durante la infancia se intentaba potenciar la obediencia a la autoridad del padre y el cariño y respeto por la madre que debía prolongarse hasta la edad adulta. Como muchos niños quedaban huérfanos de madre por la muerte en los partos y de padre por las guerras ese respeto se derivaba a veces a las nodrizas y esclavos encargados de su crianza y educación, aunque el futuro de esos huérfanos a veces era motivo de preocupación para el entorno de los niños.

“¡Qué triste y cruel ha sido el destino de las hermanas Helvidias! Ambas murieron como consecuencia de sus partos, ambas después de haber dado a luz una hija. Estoy abatido por el dolor, y sin embargo, no creo que mi sentimiento sea exagerado… Me preocupa vivamente la suerte de esas niñas que han quedado huérfanas de sus madres nada más nacer.” (Plinio, Epis. IV, 21)



Los niños se consideraban los herederos naturales  del patrimonio de la familia y transmisores de la virtud heredada de los antepasados. La familia atendía su educación para que posteriormente pudiera servir al Estado con su carrera política o militar o con su trabajo en el sector agrícola y artesanal. Tanto los ricos como los pobres esperaban que sus descendientes se encargasen de prepararles un enterramiento y ritual funerario digno y por ello en las lápidas se encuentra a menudo la dolorida queja de unos padres que han enterrado a unos hijos que debían haberse ocupado de sus tumbas:

“Y quienes debían preparar la sepultura de sus padres, esos han muerto y se ornan con las imágenes que han elegido sus dolidos padres.”


Pintura de Oliver Rhys
 En los orígenes de Roma la educación de los niños en la familia  se basaba en el respeto hacia los mayores y la modestia en sus acciones ante ellos. Muchos pensaban en ellos como  charlatanes y atrevidos, que no muestran respeto y  juegan y se pelean con gran ruido, por lo que debía reprimirse este comportamiento con severidad y disciplina.

“Se escogía alguna pariente de edad avanzada, a cuya probidad y acreditada conducta se encargaba el gobierno de toda la familia, en cuya presencia, ni se permitía hablar con torpeza, ni hacer nada indecoroso, y no solo moderaba con cierto respeto los estudios y tareas, sino también los momentos de ocio y los juegos de los más jóvenes.” (Tácito, Diálogo de los Oradores, XXVIII)


Pero con el tiempo y el olvido de las viejas tradiciones las quejas se derivaban hacia las consecuencias que una vida demasiado cómoda podía suponer para los niños en su vida adulta y existía la creencia de que permanecer mucho tiempo bajo el cuidado de la madre podía enternecer o afeminar el espíritu de los niños varones, por lo que se recomendaba evitar los mimos, los regalos y los lujos para acostumbrar a los pequeños a las dificultades de la vida. La idea era que las malas costumbres se aprendían en casa durante la niñez  y se mostraban en los actos públicos durante la edad adulta.

“¡Ojalá no corrompiéramos nosotros las costumbres de nuestros hijos! Desde el principio hacemos muelle la infancia con regalos. Aquella educación afeminada, que llamamos condescendencia, debilita el alma y el cuerpo. ¿Qué mal deseo no tendrá cuando grande, el que no sabe aún andar y se ve ya vestido de púrpura? Aún no comienza a hablar, y ya entiende lo que es gala y pide vestido de grana. Les enseñamos el buen gusto del paladar antes de enseñarlos a hablar. Crecen en sillas de manos, y si tocan en tierra, por ambos lados hay criados que los levanten en los brazos. Si prorrumpen en alguna desenvoltura mostramos contento de ello. Aprobamos con nuestra risa, y aun besándolos, varias expresiones que se les sueltan, que aun en medio de la licencia de Alejandría serían intolerables. No es extraño: nosotros se las enseñamos y a nosotros nos las oyeron.” (Quintiliano, Inst. Oratoria, I, 2, 1)

Mosaico romano, Museo Palacio de Estambul

De la infancia se pasaba a una etapa en la que los niños se denominaban pueri, puer el niño y puella la niña. Si durante la anterior edad el niño (infans), de hasta siete años,  no era responsable de sus acciones, al puer se le consideraba capaz de ir tomando poco a poco responsabilidades hasta asumir las del matrimonio con doce años las niñas y catorce los niños, como edades legales.

Niña romana, Palacio Nacional Romano

Las niñas a partir de los diez u once años se dedicaban junto con las madres a realizar las tareas propias de las matronas, que deberían desempeñar tras su casamiento, como aprender a hilar y tejer y dirigir a los esclavos en sus tareas domésticas.  Todavía en época cristiana San Jeronimo en su carta 107 a Leta da consejos de cómo educar a su hija entre los que incluye la dedicación a tareas propias de su sexo, como saber utilizar el huso y la rueca.
Se intentaba que las niñas aprendiesen desde muy temprano a comportarse como lo hacía una mujer casada y se valoraba que adquiriese las virtudes propias de una matrona digna de la más alta consideración. Cuando llegaba el momento de su matrimonio, si este se realizaba cuando aún era una adolescente, alrededor de los doce a catorce años, abandonaba sus juguetes y los presentaba como ofrenda a los lares. La sociedad sabía apreciar la educación que los padres proporcionaban a las hijas resaltando las cualidades que la llevarían a conseguir un buen casamiento.


Retrato de niña, El Fayum
Plinio expresa la pena que le produce la muerte de la jovencísima hija de un amigo cuando iba a casarse y exalta las virtudes que la caracterizaban:

“No había cumplido aún trece años y ya mostraba la sabiduría de una anciana y la dignidad de una madre de familia, al mismo  tiempo que conservaba, no obstante, la dulzura de una niña y el pudor propio de una joven virgen. ¡Qué muerte tan cruel y prematura! ¡Y aún más desgraciado que la propia muerte fue el momento en el que ésta le sobrevino! Estaba ya comprometida con un excelente joven, se había elegido ya la fecha de la boda, los familiares y amigos habíamos sido ya invitados. ¡En qué tristeza se trocó esa alegría! (Plinio, Epi. V, 16)

Algunos de los niños nacidos de padres esclavos en la domus de un noble patricio o un adinerado miembro de la sociedad  se criaban como los propios hijos del dominus y algunos gozaban de un trato  y cariño especial.

 “Aún están recientes las cenizas de Eroción, a quien la dura ley de los peores hados arrebató en su sexto invierno, pero no cumplido, a ella que era mi ternura, mi gozo, mis delicias. Y mi amigo Peto me prohíbe estar triste y, al par que se da golpes de pecho y se mesa los cabellos, me dice: “¿No te da vergüenza de llorar así la muerte de una esclavita, nacida en tu casa?” (Marcial, Epi. V, 37)

Los niños varones de clase alta podían acompañar a sus padres  cuando salían a cumplir con sus obligaciones sociales en el foro, la basílica o el senado, e, incluso, a visitar patronos o clientes,  para aprender a tener en cuenta los valores propios de su clase social.

“¿Ves cómo el pequeño Régulo, con tres años todavía no cumplidos, elogia también él a su padre al oírlo y deja el regazo materno cuando ve a su progenitor y entiende como suyas las alabanzas a su padre? Al nene le gusta ya el clamor y el tribunal de los centunviros y la gente apiñada haciendo corro y la basílica Julia.” (Marcial, Epig. VI, 38)

Joven romano, Museo Metropolitan, Nueva York
Tanto los niños como las niñas asistían a las fiestas religiosas públicas y participaban en los ritos domésticos celebrados ante el lararium. Los niños comían con los padres en las cenas familiares y en casos de banquetes o celebraciones a veces se sentaban a los pies de los lechos de los padres en el triclinium, siguiendo una tradición que venía desde antiguo.

“Sus hijos asistían a todas sus comidas, y con ellos, los nobles jóvenes de ambos sexos, según antigua costumbre, comían sentados al pie de los lechos.” (Suetonio, Claudio, XXXII)

Los niños y niñas vestían la toga praetexta hasta que los primeros empezaban a vestir la toga virilis en su mayoría de edad alrededor de los diecisiete años. Las niñas lo hacían hasta el momento de su matrimonio en que cambiaban sus vestidos por los de la mujer casada.

“Cuando estuve recientemente en mi ciudad natal, acudió a presentarme sus respetos el hijo de uno de mis paisanos, vestido con la toga praetexta. Le pregunté si estaba estudiando. Me respondió que sí.” (Plinio, Epi. IV, 13)

Los hijos de los artesanos aprendían el oficio familiar y ayudaban en el negocio y los hijos de los campesinos trabajaban en el campo para contribuir a la economía de la familia.

 En el siglo I d. C. surgieron en Roma fundaciones benéficas dedicadas a proporcionar alimentos  a niños y niñas de familias pobres. Tuvieron su punto culminante en el siglo II y empezó a decaer en el III d. C. para desaparecer en el IV con la creación de otras fundaciones cristianas.
En cuanto al modo de funcionamiento de las fundaciones alimentarias (alimenta)  habría que hacer una distinción entre las privadas y las públicas, como la de Trajano, que son las mejor documentadas.  En éstas el emperador entregaba de su patrimonio, parece ser que del Tesoro, unos préstamos en metálico al 5% o 6% anual –su cantidad podría depender de cada ciudad- a propietarios de tierras que entregaban en garantía hipotecaria éstas, para que con los intereses que se ingresaban directamente en la caja de la ciudad, se distribuyeran, periódicamente,  alimentos o dinero a los niños y niñas de la localidad, hasta los 18 años para los varones y los 14 años para las niñas. Estas ayudas se destinaban a los niños nacidos libres y principalmente eran los varones los destinatarios mayoritarios.
La distribución de estos alimentos parece haber debido al intento de fomentar la estancia de las familias campesinas en el campo en vez de emigrar a la ciudad, y al pensamiento ético de los dirigentes  de ser reconocidos y agradecidos por sus compatriotas, ya  que serían así eternamente recordados por su labor solidaria. El que los varones fueran más beneficiados  respondía con toda probabilidad a  la necesidad de los emperadores de aumentar la población para poder tener soldados que reclutar para las continuas campañas bélicas que emprendían.

“Fueron casi cinco mil niños, nacidos libres, padres conscriptos, a los que buscó, encontró e incluyó en la lista de los beneficiarios de la munificencia pública la liberalidad de nuestro Príncipe. Estos a los que el Estado cría a sus propias expensas se convierten en su más firme sostén en tiempo de guerra y en su ornamento más preciado en la paz, y aprenden, así a amar la patria, y no sólo como su patria, sino también como su nodriza.”  (Plinio, Panegírico de Trajano, XXVIII)

Relieve con reparto de alimentos de Trajano, Museo de la Civilización Romana

 La beneficencia privada que intentaba ayudar económicamente a los niños más desfavorecidos también estaba implantada en la sociedad romana. Se hacían aportaciones a comunidades o municipios para que repartieran alimentos a los niños necesitados buscando quizás un reconocimiento social en vida, o bien se destinaba una parte del legado testamentario a la distribución de dinero entre los niños de un lugar durante unos días o tiempo determinado.
Plinio el Joven aconseja a un amigo como legar una cantidad de dinero a los residentes de su municipio al igual que él hizo con los niños y niñas nacidos de padres libres del mismo municipio.

 “Me pides mi opinión sobre la mejor manera de conseguir que también después de tu muerte los habitantes de nuestro querido municipio continúen disponiendo de una suma de dinero como la que tú ahora les has donado para la celebración de banquetes públicos… No encuentro, ciertamente, nada más adecuado que lo que yo mismo hice: con el deseo de  asegurar los quinientos mil sestercios que había prometido destinar a la alimentación de los niños y niñas de nuestro municipio nacidos de padres libres, mediante una venta ficticia por esa cantidad cedí al agente del tesoro municipal uno de mis terrenos allí valorado en mucho más que ese dinero, y seguidamente lo arrendé por una suma anual de treinta mil sestercios.” (Plinio, Epis. VII, 18)


Niño, Museo de Trípoli,  Líbano
Foto de Sebastiá Giralt
En el caso de Fabia Hadrianilla, de Hispalis, ella deja un legado de 50.000 sestercios para que se efectuase una distribución de dinero entre un conjunto de niños llamados iuncini y de niñas, los días 1 de Mayo y 25 de Abril,  día de su natalicio.
Algunos niños nacidos libres eran introducidos en el mercado laboral mediante un contrato de aprendizaje en el que el propietario de un taller o negocio firmaba junto a los padres o tutores del niño o niña un contrato por el que el menor trabajará y aprenderá el oficio del patrón a cambio de un salario y la manutención.

“ En el año 13 d. C.  en Tebtynis, nomo de Arsinoite, provincia de Egypto:
Orsenouphis (también llamado) Psosneus, hijo de Kalales, tejedor, reconozco que estoy en la obligación de enseñar a Helena, la esclava de Herakleon, hijo de Eirenoios, el oficio de tejedora, como yo lo conozco, durante dos años y seis meses a partir de Phamouthi del presente año de César, para que Helena sea alimentada y vestida durante el tiempo dicho. Yo daré una túnica de ocho dracmas de plata. Y si no la enseño, o se considera que no sabe lo que se le ha enseñado, se le enseñará a mi costa. Herodes, hijo de Herodes, lo escribió porque se lo pidió ya que no sabe escribir; (de otra mano) Yo, Herakleon, hijo de Eirenaios ha dejado como aprendiza la mencionada esclava como se citó anteriormente.” ( Papiro de Oxirrinco, Apis record: michigan. Apis.3178)

Niño con cucullus, Museo Nacional
Romano, Foto Carole Raddato
Los campesinos optaban en caso de necesidad  por vender a sus hijos a algún señor de la ciudad para evitarles la miseria y las fatigosas tareas del campo, además de recibir ellos algún dinero para subsistir. Casiodoro describe la feria de San Cipriano en Lucania donde los padres vendían a sus hijos en el mercado.

“Allí de pie estaban los chicos y chicas con los atributos propios de su sexo y edad, para los que su libertad y no cautividad impone el precio. Son vendidos por sus padres por una buena razón, ya que ellos mismos ganan se benefician de su servidumbre. Porque no se puede dudar de que ganan incluso como esclavos, al pasar de los esfuerzos de los campos al servicio en la ciudad.” (Casiodoro, Variae, VIII, 33)

De los papiros de Oxirrinco también se conoce la existencia de instituciones (gymnasia)  que acogían a jóvenes procedentes de las élites urbanas en las que aprendían a convertirse en buenos ciudadanos al tiempo que conservaban los valores de su grupo social. El entrenamiento en actividades deportivas y la enseñanza de los principios de la educación grecorromana les ayudaban a perpetuar su identidad social y mostrar su aptitud para convertirse en ciudadanos ejemplares cuando llegasen a adultos. Las relaciones establecidas durante su estancia en el gymnasium podrían ayudarles a tener éxito en sus carreras profesionales.  
Los juguetes de los niños romanos se hacían de distintos materiales, cerámica, madera, tela y otros y algunos estaban hechos de forma tosca y otros finamente elaborados según el nivel social de sus propietarios.


Muñeca articulada,Museo Arqueológico
 de Tarragona
Los niños tenían juguetes relacionados con las actividades que deberían desempeñar en el futuro, como armas, carros o animales como el caballo. Las niñas jugaban con muñecas  de trapo o articuladas hechas en terracota o marfil, además de con cacharros en miniatura a imitación de los usados en la cocina o comedores.

“Para que acabe con rapidez  sus tareas recompénsala con un ramito de flores, una pieza de bisutería o una bonita muñeca.” (San Jerónimo, Epis. 128)

Los niños de ambos sexos usaban para su diversión aros que empujaban con una vara, yo-yos, peonzas, o carritos atados a animales. Juegos con más actividad como hacer carreras, tirar la pelota o el escondite parecen haber formado parte de los momentos de ocio de estos niños. Incluso imitar a los adultos con juegos de guerra y saltar y hacer acrobacias sobre los toros hacían las delicias de los niños y jóvenes romanos.

“Mira cómo salta estos chiquillos sobre unos mansos novillos y cómo un toro se complace dócilmente con su carga. Éste se cuelga de la punta de los cuernos, aquél corretea por sus lomos y blande sus armas de cabeza a cola del buey.” (Marcial, Epig. V, 31)

Detalle de mosaico, Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

Los animales como ponies, perros y aves de colores o parlanchinas formaban parte de los entretenimientos de los niños ricos.
Plinio relata como al morir un jovencito su padre manda quemar todos los animales de su propiedad en la pira funeraria de su hijo.

“El joven poseía muchos caballitos galos tanto de tiro como de silla; poseía también perros, grandes y pequeños; poseía ruiseñores, papagayos y mirlos. A todos estos animales Régulo los ha hecho sacrificar alrededor de la pira funeraria.” (Plinio, Epi. IV, 2)

Aunque no eran juegos específicamente infantiles el de las nueces, las tabas y los juegos de mesa servían para entretener a los más pequeños.

“Al niño, triste ya por dejar sus nueces, vuelve a llamarlo el maestro chillón…” (Marcial, Epig. V, 84)


Relieve de niños jugando con nueces, Museos Vaticanos

Los juegos de los niños en las ciudades se desarrollaban en el ámbito doméstico, principalmente los atrios y jardines, o por las calles. 


"Que el atrio gira y alrededor corren las columnas, hasta tal punto es así que lo creen los niños, cuando dejan de dar vueltas, que apenas se creen entonces que el edificio entero no se les caerá encima". (Lucrecio, De Rerum Natura 4,401)

Los niños  que jugaban en la calle no estaban exentos de riesgos que podían ser peligrosos.

Cerca de las Cien columnas, por donde unas esculturas de fieras adornan el paseo de los plátanos, llama la atención una osa. Jugando con ella, el hermoso Hilas le tocaba sus fauces abiertas e introducía en la boca su tiernecita mano. Pero en el interior del muerto bronce se escondía una rabiosa víbora, con un alma peor que la de la fiera. No advirtió el niño que era una trampa hasta que sintió la mordedura y murió. ¡Qué pena que no era una osa de verdad! (Marcial, Epig. III, 19)

En algunos hogares acomodados el dominus tenía un niño esclavo favorito el puer delicatus, que podía haberse criado en la casa, y  al que, gracias a su belleza y sus gracias,  podía tratar como alguien a quien mimar y permitir un comportamiento atrevido y libre, que no se autorizaba a los propios hijos. Se le mimaba y se le hacía regalos y  también podía conseguir la manumisión.  Podía dedicarse al servicio de los banquetes, como copero y hacer compañía al señor. Algunos eran destinados a satisfacer sexualmente a su dueño y  solo cuando se convertían en adultos abandonaban esta función. Este tipo de relación estaba implantada en la sociedad y el límite se encontraba en los niños nacidos libres, porque la ley los hacía intocables sexualmente, aunque algunos podían verse tentado por algún adulto, para lo que se les sometía a vigilancia por parte de padres o cuidadores.

Retrato de Eustyches, Museo
 Metropolitan, Nueva York
Algunos señores lamentaban enormemente la pérdida de estos pueri  dedicándoles elegías y epitafios  de los que han quedado variados ejemplos.

“Aquel conocido liberto de Mélior, que murió entre el dolor de Roma entera, breve deleite de su querido patrón, Glaucias, yace inhumado bajo esta losa en un sepulcro junto a la vía Flaminia. Casto por sus costumbres, íntegro por su pudor, rápido de ingenio, afortunado por su hermosura. A sus doce mieses recién cumplidas, apenas añadía el muchacho un solo año. Caminante que lloras estas pérdidas, ojalá no llores nada.” (Marcial, Epig., VI, 28)

La educación que los niños y niñas recibían en casa o en las escuelas por parte de otros educadores merece tratarse como un capítulo aparte.

Bibliografía:

Children´s play as social ritual, chapter 4, Cornelia B. Horn, Late Ancient Christianity, Virginia Burns (ed),  Google Libros.
Children in the Roman Empire: Outsiders Within, Christian Laes, Google Libros.
Historia de la Infancia. Itinerarios educativos, Paloma Pernil Alarcón, Aurora Gutiérrez Gutiérrez, Google Libros.
Vida religiosa en la Antigua Roma, Xavier Espluga, Mónica Miró i Vinaixa, Google Libros.
Morir ante suum diem, Alberto Sevilla Conde, Niños en la Antigüedad: estudio sobre la infancia en el Mediterráneo antiguo. Daniel Justel Vicente (ed.), Google Libros.
La casa romana, Pedro A. Fernández Vega, Akal ediciones.
La infancia en Roma.“Mientras viví, jugué” Rosario López Gregoris, Las edades del hombre, Rosa Hernández Crespo y Adolfo J. Domínguez Monedero ( eds).
servicios.educarm.es/templates/portal/ficheros/websDinamicas/134/Aetateshominis.pdf
paidesblog.wordpress.com/2014/11/25/being-a-girl-in-roman-oxyrhynchos/
paidesblog.wordpress.com/2014/11/08/its-worth-a-stay-at-the-gymnasium/
http://local.droit.ulg.ac.be/sa/rida/file/2010/22.Tamayo.pdf, 'Alimenta', una institución a caballo entre la munificencia y la propaganda,  José Ángel Tamayo Errazquin