Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

miércoles, 14 de diciembre de 2016

De Iside, culto a la diosa Isis en la antigua Roma




Isis, Museo Villa Getty

Los ritos procedentes de Oriente tenían como protagonistas, a diferencia de la religión grecorromana tradicional, a dioses que sufrían padecimientos, como Osiris, Atis o Dionisos, por lo que ofrecían a sus seguidores una emotividad de la que carecían los cultos latinos, que eran oficiados por un magistrado en una ceremonia más fría. La pertenencia a estas religiones  no implicaba solo un modo de participación e integración en la vida ciudadana a través de los ritos y costumbres, sino que provocaba una estrecha relación entre el individuo y la divinidad.

“En medio de estas alegres mascaradas que infestaban las calles, la pompa especial de la diosa protectora se puso en movimiento. Mujeres vestidas con lienzos blancos, coronadas de guirnaldas primaverales y llevando satisfechas distintos atributos, esparcían flores por el camino que debía seguir el sagrado cortejo. Otras llevaban en la espalda pulidos espejos, para que la diosa, al avanzar, pudiese contemplar ante sí la solicitud de la muchedumbre que seguía. Algunas llevaban peines de marfil, y moviendo cuidadosamente brazos y manos, hacían ademán de peinar a su reina. Finalmente, otras regaban abundantemente las calles, dejando chorrear gota a gota bálsamos y perfumes exquisitos. Además, una numerosa muchedumbre de ambos sexos, llevaba faroles, antorchas, cirios y otras suertes de iluminaciones a fin de lograrse el favor de la diosa de los astros que brillan en el firmamento con estos luminosos emblemas. Seguían luego deliciosas sinfonías; los caramillos y las flautas producían los más dulces acuerdos. Luego venía un coro de jóvenes aristócratas, vestidos con trajes blancos de gran valor, que repetían alternativamente un cántico escrito por un hábil poeta, bajo la inspiración propicia de las musas. En este cántico, se reproducían, a intervalos, preludios de los más solemnes votos.” (Apuleyo, El asno de oro, XI, 9)

Ceremonia del culto, Templo de Isis, Pompeya, Museo Arqueológico de Nápoles

Frente a la sencillez de la religión oficial romana, los cultos orientales eran más complejos y hacían, además, participar a los asistentes en sus ritos, más atractivos por lo que tenían de exotismo. Además, los cultos orientales ofrecían a sus devotos una esperanza de salvación en otra vida mejor tras la muerte, lo que añadía más sentido a su vida presente.

“… vivirás feliz y lleno de gloria bajo mi protección, y cuando cumplido el tiempo de tu destino desciendas a la sombría morada, igualmente allí, en aquel subterráneo hemisferio, me verás brillar en mitad de las tinieblas de Aqueronte, soberana de la estigia morada; y llegado a los Campos Elíseos debes seguir ofreciendo tus asiduos homenajes a tu protectora. Que si por tu piadoso culto, por tu devoción ejemplar y por tu castidad inviolable te muestras digno, antes de llegar a esta ocasión, de mi gracia omnipotente, sabrás también que sólo yo tengo derecho a prolongar tus días más allá del término señalado por el Destino.” (Apuleyo, XI, 6)

Las religiones orientales son parecidas entre sí con tendencia al monoteísmo e interesadas en la astrología, con dioses que mueren, sufren y resucitan que piden a sus seguidores una iniciación en sus ritos y voluntad de renuncia. A sus practicantes se les iban desvelando por medio de determinados rituales y ceremoniales los grandes secretos de la divinidad, sus grandes misterios.
La práctica de esos ritos iniciáticos suponía formar parte de pequeñas familias de privilegiados, en las que era común denominarse "hermanos" entre los iniciados, que llamaban "padre" al sacerdote que actuaba como guía espiritual de todos ellos. La iniciación suponía, también, una relación, casi personal, con el propio dios que garantizaba, a su vez, la protección tanto en esta vida, como tras la muerte.

Sacerdote de Isis, Templo de Isis, Pomepya,
Museo Arqueológico de Nápoles

Los romanos criticaron estas religiones ya que muchos observaron que sus seguidores eran en ocasiones meros charlatanes y estafadores que explotaban la credulidad de sus iniciados y cultivaban con gusto excesivo ceremonias de mal gusto.

La crisis que sufrió Roma a partir del siglo II a.C.  en la que se vio acosada por Aníbal y las guerras civiles acrecentaron la gravedad de una situación decepcionante y propiciaron el hecho de que el pueblo buscase otras religiones que ofrecían un mayor apoyo espiritual y de que de la mano de los propios líderes romanos penetraran en Roma nuevas divinidades.
La expansión de los cultos mistéricos en las provincias romanas se debe, en general, al movimiento de los ejércitos, que llegaban a todos los rincones del imperio y que se hallaban integrados por soldados de origen oriental, que practicaban estas religiones y ayudaban a implantarlas allá donde iban. Sin embargo, el culto a Isis se expandió principalmente gracias a los comerciantes que se establecían por todo el Mediterráneo y que provenían de los lugares donde ya existían seguidores y a las mujeres que se convertían con facilidad a esta nueva religión e influían en los hogares.

El ciclo de Isis y Osiris reflejaba la vivencia personal de los dioses mistéricos, caracterizados por la experiencia de una pasión que conduce a la muerte y a la posterior resurrección.
La historia es la de dos parejas divinas, una formada por Osiris y su esposa y hermana Isis, que representan el bien, la otra formada por Seth y Neftis, hermanos y esposos, y también hermanos de los anteriores. Seth, movido por los celos hacia su hermano le tiende una trampa y se deshace de su cadáver arrojándolo al Nilo.

Isis recoge el ataud de Osiris. Templo de Isis; Pompeya, Foto de Carole  Raddato

 Isis busca con desesperación a su esposo y, gracias a sus artes de adivinación lo encuentra, pero Seth consigue arrebatárselo y despedaza el cuerpo en catorce partes para que no pueda ser encontrado. Isis recupera todos los miembros del cuerpo, excepto su falo, y lo recompone, pero Osiris no puede recuperar su esencia vital, por lo que permanecerá como divinidad del inframundo, protector de los muertos. El hijo que ambos habían tenido, Horus, tomará la misión de vengar a su padre y los griegos lo convertirán en Harpócrates.

“Isis halló todos los pedazos de Osiris, mas no así el miembro viril, pues fue arrojado al río por Tifón, donde se lo comieron el lepidoto, el pagro y el oxirrinco; aquí se observa por qué no son apreciados estos peces. Hizo Isis una copia de dicho falo, y lo consagró, y es ésta una fiesta que aún hoy celebran los egipcios.” (Plutarco, De Isis y Osiris, XVIII)

El origen del culto a Isis se fecha en la Dinastía V de Egipto (en torno a los años 2500 - 2350 a. C.), aunque pudo haberse producido mucho antes. El papel secundario, casi insignificante, que se le otorgó en este período, redujo su culto a un ámbito muy reducido, en clara consonancia con lo que representaba la mujer como concepto abstracto en el Antiguo Egipto. Más adelante Isis se asoció a la figura del Faraón, al ser a la vez la madre protectora del máximo gobernante de la nación (Horus en la tierra) y el trono sobre el que se asienta el monarca.

El culto isíaco estaba ya asentado desde el siglo V a. C. en todo el Ática, y en otros lugares fue acogido con especial entusiasmo, aunque fue la isla de Delos, por su importancia comercial, una de las principales vías posibles para la penetración del culto a Isis en la Península Itálica.

Sacerdote de Isis, Templo de Isis de Pompeya,
Museo Arqueológico de Napóles

La zona de Campania fue una de las primeras en aceptar los cultos orientales y, a pesar de las represiones posteriores que tuvieron lugar, sobre todo, en la propia Roma más que en otras regiones, el desarrollo del culto evolucionó rápidamente, por lo que, en el año 79, cuando Pompeya y Herculano fueron destruidas a causa de la erupción del Vesubio, el culto isiaco era ya uno de los más importantes.
 En la propia capital del Imperio romano, el culto isíaco fue adquiriendo notoriedad en tiempos de Sila, sobre todo entre las capas más bajas de la sociedad, cuando se fundan los primeros collegia de pastóforos, en un proceso de penetración sin obstáculos y sin ninguna promoción oficial. Los fieles isíacos se reclutaban, no sólo ente los esclavos y libertos orientales, sino de manera significativa entre los dirigentes de las aristocracias municipales de la Magna Grecia.

“Me animó a dedicarme al foro con ardor, lo más pronto posible, a la gloriosa profesión de abogado y a no temer las calumnias que los envidiosos derramarían sobre mí, excitados por mi sabiduría, fruto de tan laboriosas velas. Luego, para que yo no practicase su culto como un adorador cualquiera, me admitió en el colegio de los Pastóforos y, más tarde, entre los decuriones quinquenales. Así, pues, a partir de este momento, me hice afeitar la cabeza para llenar mi ministerio en esta antigua corporación, fundada en los remotos tiempos de Sylla, y lejos de intentar cubrir ni disimular mi pelada cabeza, me presentaba, por el contrario, a todas partes con un cierto orgullo”. (Apuleyo, XI, 30)

Los primeros testimonios contra el culto isíaco son decretos senatoriales y actuaciones de cónsules, con la prohibición de erigir altares en honor a la diosa. En dos pasajes de Tertuliano  se describe la actuación de los cónsules Gabinio y Pisón, a inicios del año 58 a.C. El primero de ellos relata cómo el cónsul Gabinio ejecuta un decreto senatorial impidiendo la erección de altares isíacos, en contra de las peticiones que un grupo de devotos isíacos le hace durante la celebración de un sacrificio oficial. El segundo pone de manifiesto la motivación que lleva, tanto a Gabinio como a su colega Pisón, a no sólo derribar los altares, sino también expulsar de la ciudad a los dioses nilóticos. Frenar la difusión de una superstitio era atribución propia de una magistratura como el consulado.

"A Sérapis y a Isis y a Harpocrates con su Cinoscéfalo, excluidos del Capitolio, es decir, expulsados de la asamblea de los dioses, los cónsules Pisón y Gabinio —no precisamente cristianos— después de derribar sus altares, los expulsaron en un intento de coartar los desórdenes de estas vergonzosas y vanas supersticiones." (Tertuliano, Apologética, VI, 8)

Isis, Serapis y Harpócrates, Coliseo de Roma, Foto de Szilas

“Además, Varrón dice que a Sérapis, Isis, Harpocrates y Anubis se les excluyó del Capitolio, y que sus (altares), derribados por el senado, fueron restablecidos sólo por la violenta intervención del pueblo. Y, por contra, el cónsul Gabinio, el día 1 de enero, cuando apenas intentaba examinar unas víctimas ante el pueblo amotinado porque no había establecido ningún honor a Sérapis y a Isis, tuvo más en cuenta la decisión del senado que la violencia del pueblo e impidió que se levantaran altares.” (Tertuliano, A los gentiles, I, 10, 18)

 Los integrantes del Segundo Triunvirato (Octavio Augusto, Marco Antonio y Emilio Lépido) mandaron erigir en el 43 a. C. un santuario en honor de Isis y Serapis. Sin embargo, después de que Octavio aplastase en la batalla de Accio tanto a su antiguo colega Marco Antonio como a la amante de este, la reina egipcia Cleopatra VII, que se había definido a sí misma como la nueva Isis, optó por declarar ilegales a los cultos no oficiales de la ciudad, siendo el de Isis condenado a permanecer durante algunos años en el ámbito privado y familiar.

Augusto promocionó las instituciones religiosas puramente latinas, colegios y cofradías, y, a partir del año 28, inició la reconstrucción de los templos e, incluso, revitalizó el significado religioso de los juegos de anfiteatro o de circo, buscando fortalecer las costumbres tradicionales, y su política fue contraria a los cultos orientales, defendiendo la "religio" en contra de la "superstitio".

Sin embargo, los cultos orientales resultaron mucho más atractivos que la religiosidad tradicional y la postura oficial del poder imperial con respecto a los cultos orientales acabó mostrándose favorable o adversa en función de quien ocupara trono en cada momento. Calígula levantó la proscripción sobre el culto isíaco y mandó construir un templo dedicado a ella en el Campo de Marte. Este emperador era devoto de estas religiones mistéricas y llegaba a vestirse como sus seguidores. Adriano erigió un Serapeum en Ostia pues su inclinación por los cultos egipcios se incrementó tras su viaje y estancia en Egipto. Aun así, la diosa, Isis, nunca llegó a ser adoptada como representante de la religión estatal, a diferencia de otras divinidades como el Sol invictus.

Las últimas fiestas públicas en honor de Isis tuvieron lugar en Roma en el 394, cuando el Edicto de Tesalónica llevaba más de una década vigente y Teodosio se había mostrado ya decidido a arrasar con todos los cultos paganos para favorecer al cristianismo. A pesar de que Teodosio había llevado a cabo una clausura masiva de santuarios en Alejandría entre los años 386 y 388, y que en el 391 fue derribado por orden expresa suya el templo de Serapis de la ciudad, los cultos egipcios, entre los que destaca el culto a Isis, continuaron siendo venerados clandestinamente en muchas localidades de Egipto.

Sacerdotisa de Isis, Museo Nacional de Atenas

El emperador bizantino Justiniano mandó clausurar el último templo de la religión isíaca en el 535, en la localidad egipcia de Filé. Los sacerdotes de la diosa fueron detenidos y enviados junto con las reliquias del templo a la capital imperial, Constantinopla, mientras que el iseo era convertido en una iglesia cristiana. Sin embargo, la devoción a la diosa del Nilo siguió en el ámbito privado al menos hasta el siglo VII, aunque no es posible precisar cuándo se extinguió para siempre una creencia que por entonces debía ser ya minoritaria.

Con el triunfo del cristianismo a partir del siglo IV los intelectuales de la Iglesia se dedicaron a atacar tanto a la deidad nilótica como a todos aquellos ídolos o falsos dioses que, bajo la denominación de paganos, serían criticados y ridiculizados con una ferocidad que ya habían mostrado antes con los propios cristianos los más célebres pensadores del paganismo.
Isis no es solo una divinidad maternal y protectora que procura el bienestar de sus fieles, sino que saca a relucir su ira cuando se siente ultrajada, algo que caracteriza a algunas deidades femeninas del mundo antiguo. Juvenal cita su capacidad para provocar ceguera a los que desatan su ira, solo que aquí aparece bajo su particular sentido del humor, ácido e hiriente,

“Que Isis resuelva lo que le venga en gana respecto de mi cuerpo, y hiera mis ojos con su sistro airado, con tal de poseer, incluso ciego, los dineros que digo no tener.” (Juvenal, sat. XIII)

Estela funeraria de Sosibia, Museo de Bellas Artes de Boston

El poeta lírico Tíbulo en sus Elegías, se dirige a su amante, Delia, probable devota del culto, y le reprocha la inutilidad de sus creencias y las prácticas religiosas que lleva a cabo, preguntándose a sí mismo de qué le sirve a él tanto la propia Isis como el acto fútil de agitar los sistros en honor de la diosa.

¿De qué me sirve ahora, Delia, tu Isis? ¿De qué aquellos sistros tañidos tantas veces por tu mano? ¿O de qué, mientras cumpliste los ritos sagrados con piedad, lavarte en agua pura y —aún lo recuerdo— acostarte en casto lecho? Ahora, diosa, ahora acude en mi ayuda —pues que puedes curar está claro por los muchos frescos pintados en tus templos—, de forma que mi Delia, cumpliendo sus votivas plegarias, se siente ante las puertas sagradas cubierta de lino y dos veces al día con los cabellos sueltos deba entonarte alabanzas, resplandeciente entre la multitud de Faros. Pero que a mí me sea dado rendir honor a los Penates patrios y entregar el incienso de cada mes al antiguo Lar. (Tibulo, Elegías, I, 3)

La difusión del culto isiaco por todo el territorio del imperio Romano supuso su asimilación e identificación con múltiples divinidades que Apuleyo, por boca de la propia Isis, resume del siguiente modo haciendo referencia, en última instancia, al origen ancestral de la diosa, la monarquía divinizada:

 “Soy la divinidad única a quien venera el mundo entero bajo múltiples formas, variados ritos y los más diversos nombres. Los frigios, primeros habitantes del orbe, me llaman diosa de Pessimonte y madre de los dioses; soy Minerva Cecropia para los atenienses autóctonos; Venus Pafia para los isleños de Chipre; Diana Dictymna para los saeteros de Creta; Proserpina Estigia para los sicilianos trilingües; Ceres Actea para la antigua Eleusis; para unos soy Juno, para otros Bellona, para los de más allá Rhamnusia; los pueblos del Sol naciente y los que reciben sus últimos rayos de poniente, las dos Etiopías y los egipcios poderosos por su antigua sabiduría me honran con un culto propio y me conocen por mi verdadero nombre: soy la reina Isis." (Apuleyo, El asno de oro, XI, 5).

Estatua de Isis encontrada en su templo de Pompeya, 
Museo Arqueológico de Nápoles

 Apuleyo, en el libro XI de Las Metamorfosis o El Asno de Oro, da a conocer por boca de su protagonista Lucio la iniciación en el culto de la diosa. Esta iniciación se lleva a cabo mediante ritos de purificación por inmersiones y aspersiones de agua, seguidas de un riguroso ayuno. El agua es un agente protector contra encantamientos, símbolo de la renovación de la vida, germen creador y forma parte de la iniciación de los ritos mistéricos. El bautismo o inmersión en agua representa que el neófito ha podido vencer a la muerte y renace con vida nueva, abriendo una puerta hacia la inmortalidad.

Los sacerdotes de Osiris, no sólo consideran como emanación de dicho dios al Nilo, sino también todo aquello cuanto posee una naturaleza húmeda, por cuanto sus procesiones siempre van encabezadas por un cubo de agua. La imagen de un junco les representa tanto la figura del rey como la región meridional, y dicen que simboliza la irrigación y la gestación universal, y en su naturaleza semeja al miembro generador. (Plutarco, De Isis y Osiris, XXXVI)


Purgatorio, Templo de Isis, Pompeya

En el Iseo de Pompeya hay un pequeño edificio con una cisterna subterránea que contenía agua sagrada del Nilo. Se le conoce como Purgatorio, lugar donde se celebraban ritos de purificación. En la fachada hay un friso con dos procesiones de sacerdotes que convergen en el centro. En las paredes exteriores aparecen dos parejas Marte con Venus y Perseo con Andrómeda.
Algunos devotos romanos llevaban su fanatismo por la religión egipcia hasta el extremo de ir a buscar hasta el propio Nilo el agua que utilizaban en los ritos. Se han encontrado ánforas llenas del agua del Nilo entre los restos de algunas casas con las que se harían los ritos necesarios delante de los lararios domésticos.

Símbolos de Isis, Casa de los Amorcillos dorados, Pompeya

En el culto latino a la diosa su imagen se presentaba de pie, ataviada con un amplio manto anudado en el pecho. El nudo era un atributo arcaico de la divinidad egipcia vinculado a sus poderes mágicos y simbolizaba el poder de Isis como Gran Maga, a la que se consideraba capaz de múltiples hechizos. En ocasiones, el atuendo se complementaba con un paño con flecos sobre los hombros. El tocado isiaco es representado a veces con el disco solar y elementos vegetales o flores que aluden a su identificación como diosa madre. Sus atributos hacen referencia al culto latino: el sistro, originario del sincretismo con Hathor, y el canopo contenedor del agua del Nilo. En ocasiones, el sistro podía ser sustituido por elementos vegetales que hacían referencia a su relación con Demeter.

"Procuraré reproduciros tan admirable visión si me es posible encontrar en la pobreza del lenguaje humano palabras adecuadas o si la misma divinidad me inspira fácil y abundante elocuencia. Estaba dotada, en primer término, de una tupida y larga cabellera cuyos graciosos bucles, dispersados al azar, flotaban sobre su divina nuca con muelle abandono. En lo alto de la cabeza, una corona de varias flores delicadamente enlazadas. Sobre la frente llevaba una placa circular en forma de espejo que reflejaba una luz blanca, indicando ser la luna. A cada lado de la cabeza sostenían este adorno dos astutas serpientes de erguida cabeza, y también con espigas de trigo que le caían oscilantes sobre la frente. Su vestido, tejido del más delicado lino, era tornasolado, presentando en sus cambiantes la blancura del lirio, el oro del azafrán y el encarnado de la rosa. Pero lo que atrajo más vivamente mis miradas fue su manto de un negro tan intenso que deslumbraba. Caíale este manto atravesado descendiendo en elegante espiral desde el hombro derecho a la cadera izquierda. Una de las puntas colgaba con mil pliegues artísticamente dispuestos y terminaba en unos nudos listados que flotaban graciosamente.


Isis como Deméter, Museo del Louvre, Foto de Sailko

 El fondo estaba cuajado de innumerables estrellas en medio de las cuales destacaba la luna llena su radiante y vivísima luz. A lo largo de este manto sin igual una no interrumpida guirnalda representaba toda suerte de flores y frutos. Llevaba además la diosa varios atributos muy distintos unos de otros; en la mano derecha sostenía un sistro de cobre cuya sutil y curvada lámina en forma de tahalí estaba atravesada por tres pequeñas varillas que, al agitarlas, producían un agudo sonido. De su mano izquierda pendía un vaso de oro en forma de góndola, que, en la parte más saliente del asa remataba en un áspid de erguida cabeza y abultado cuello. Cubrían sus divinos pies sandalias tejidas con, hojas de palma, el árbol de la victoria."

Isis, Museo Histórico de Arte de Viena

Otro ejemplo iconográfico es el de Isis Lactans, en el que la diosa es representada amamantando a un niño, el dios Harpócrates, versión griega del dios egipcio Horus. Suele ser representado como un niño con el dedo en la boca, por lo que se interpretó que era dios del silencio.

Pintura de Isis con Harpócrates, Karanis, Egipto

Sumamente importante es el sincretismo de Fortuna con Isis, la cual, después de introducirse los cultos mistéricos en el Imperio, llega a fundirse con Fortuna convirtiéndose en Isis-Fortuna. Los caracteres de ambas divinidades son compatibles, ya que Fortuna desde su origen latino tiene un fuerte carácter oracular como cualidad principal e Isis es la Señora de la Magia. Además de esta propiedad Isis-Fortuna se constituirá como Señora protectora de los navegantes y Dueña del Destino. La protección de la navegación resulta del viaje realizado por Isis en busca del cuerpo de su esposo-hermano Osiris esparcido por el mar por su hermano Seth y del poder otorgado a Fortuna para controlar todos los movimientos y acontecimientos naturales y humanos.

Isis-Fortuna, Museo Británico

Dentro de los numerosos atributos que Isis lega a Fortuna podemos destacar su vestimenta completada con el chal de flecos anudado ya mencionado.  En las representaciones de Fortuna su mano derecha suele sujetar un timón de embarcación. El timón, la proa de barco o la rueda, los tres atributos con la misma simbología, son de origen romano, y mediante estos atributos la diosa rige los destinos humanos, divinos y naturales, así como la dirección de los Estados o el destino de la historia. Y este timón lo maneja según su voluntad. Además de protectora del Destino, se convierte en diosa del mar y sus navegantes.
La popularidad del culto desembocó en una devoción doméstica que condujo a la colocación en el lararium de la domus, junto a las figuras de otros dioses, de las denominadas pantheas, efigies que aunaban en una sola los atributos iconográficos de varias entidades divinas. Alguna de estas imágenes pantheas aunaban no sólo las características iconográficas de Isis y de Fortuna, sino que, además, y dada la desnudez de la figura, hacían también referencia a Afrodita-Venus, divinidad asimilada igualmente con Isis.

La identificación con Afrodita vinculaba a Isis, de nuevo, con Hathor quien, en el Egipto dinástico, estuvo relacionada con “el amor, la alegría, la música, el sexo y la embriaguez; en sus fiestas se permitían los placeres sensuales y corría el alcohol. Hombres y mujeres acudían a la diosa para que ésta les otorgara fertilidad, remediara sus problemas de impotencia y les concediera una deseada descendencia”.  Se la representaba desnuda y con un tocado alto y estilizado de plumas.

Isis-Afrodita, Museo Metropolitan, Nueva York

Isis también se fusionó con Artemisa, la diosa griega de la Luna. Y como ella, Isis fue adorada como diosa de la magia y los sueños y como patrona de la fertilidad y maternidad. En su representación iconográfica aparece a menudo con cuernos de vaca, que recuerdan a las fases creciente y menguante y su influencia en las crecidas del Nilo y las cosechas.
La caracterización de la diosa como madre fue también propiciada por la pronta asimilación de Isis a la diosa egipcia Hathor, la diosa vaca nutricia, de cuyos símbolos Isis se apropió, incluidos los cuernos.

“Le iba a la zaga una vaca levantada en ancas; esa vaca, símbolo de la fecundidad, encarnaba a la diosa como madre universal; iba apoyada a la espalda de un santo sacerdote que la sostenía sin perder su hierática compostura”. (Apuleyo, El asno de oro, XI, 11)



Larario con figura de Isis como Luna y Harpócrates a caballo, Pompeya.

 Se celebraban dos grandes festivales dedicados a la diosa al año. El navigium Isidis tenía lugar el 5 de marzo y con él se festejaba la apertura del ciclo anual de la navegación. Por una parte, rememoraba el viaje emprendido por Isis para recuperar los restos de su difunto esposo. Por otra, como Isis, en su acepción de fortuna, garantiza el éxito de las navegaciones, se hace acreedora de las plegarias destinadas a obtener el favor de la divinidad que domina el mar. Así pues, Isis se convierte en la divina protectora de los navegantes y destinataria del festival que celebra la inauguración de la temporada náutica.

"Avanzamos lentamente, hasta llegar a la orilla del mar, en el mismo sitio donde mi cuerpo de asno había pasado la noche anterior. Colocadas las imágenes de los dioses según establecen los rituales, se acercó el pontífice a un navío, muy artísticamente construido y decorados sus costados por maravillosas pinturas egipcias. Lo purificó lo más devotamente posible con una antorcha encendida, con un huevo y azufre, y en solemne oración le designó nombre y lo dedicó a la diosa. Sobre el feliz navío flotaba una vela blanca con una inscripción del voto que se ofrecía a la diosa para la prosperidad de la nueva campaña marítima. Poco después se elevó el mástil, que era un pino entero perfectamente torneado, no menos brillante que alto y con la cofa notablemente hermosa; en la popa brillaba un cisne de oro, de ondulado cuello, y, toda la carena, hecha de limonero hermosamente tallado, causaba suspensión y encanto. Pronto todos los concurrentes, los iniciados como los profanos, presentaron a porfía esencias aromáticas y otras piadosas ofrendas. Hicieron también libaciones, en el mar, de leche, hasta [que] el momento en que el navío, abarrotado con toda la gente y con innumerables objetos de devoción, levó anclas y con viento suave y propicio se lanzó en plena mar. Cuando desapareció en el espacio como un punto apenas perceptible, los portadores de las sagradas reliquias cargaron de nuevo con los emblemas que antes llevaron y emprendieron, con el mismo ceremonial, el regreso al templo." (Apuleyo, El asno de oro, XI, 16)



Una vez en el templo, se hacían imprecaciones en favor del emperador, del senado, del orden ecuestre y de la totalidad del pueblo romano, de los marineros y de sus naves y se daba lectura a la fórmula por la que se declaraba abierta la temporada náutica. Los asistentes ofrecían entonces ramas, coronas y otros exvotos, besaban la estatua de plata de la diosa y regresaban a sus casas concluida la ceremonia.
El otro festival isíaco tenía lugar entre el 26 de octubre y el 3 de noviembre y recibía el nombre de Isia. Consistía en una representación dramática del mito de Osiris, en el cual Isis buscaba de forma angustiosa a su esposo.

El culto a la diosa comenzaba al amanecer cuando se realizaba las funciones de aseo de su estatua a la que se lavaba, perfumaba, vestía y se le daba de comer con los alimentos dejados por sus seguidores, aunque estos serían aprovechados por los propios sacerdotes. Apuleyo describe el primer momento del día en el templo, que permanecía abierto hasta las primeras horas de la tarde y alrededor del cual había siempre una multitud de vendedores ofreciendo sus productos, comida, amuletos y objetos de artesanía.

"y [con] la dulce inquietud que produce la esperanza de un dichoso amanecer esperé, según costumbre, que abrieran el templo. Separados los blancos velos que cubrían la imagen augusta de la diosa, nos prosternamos ante ella para hacer las oraciones. El pontífice recorrió los diferentes altares, preparó el servicio divino con las oraciones de rúbrica y derramó con un vaso sagrado el agua que escanció de una fuente secreta. Terminadas estas ceremonias, empezaron las oraciones; los sacerdotes anunciaron el alba y la saludaron con devociones matutinas." (Apuleyo, El asno de oro, XI, 20)


Figurilla de sacerdote de Isis, Museo Arqueológico Nacional de Nápoles,
foto de Dan Diffendale

En el interior del santuario había espacio para hospedar a los devotos que pasaban un tiempo esperando una señal divina. Durante las fiestas algunas devotas se encerraban allí para seguir los votos de guardar castidad, lo que provocaba la queja de sus amantes, reflejada en la literatura lírica, como en las Elegías de Propercio, donde Cintia, su amante, ha consagrado a la deidad diez noches sin contacto carnal alguno, lo que enfurecía al autor hasta el extremo de desear que perezcan los cultos nilóticos, un anhelo que el lector puede captar en la obra sin dificultades.

"Ya vuelven de nuevo las fiestas de Isis, tristes para nosotros: ya Cintia le ha consagrado diez noches.
¡Ojalá perezcan los ritos que desde el tibio Nilo
envió la hija de Ínaco a las mujeres de Roma!
 La diosa que tantas veces separó a enamorados tan apasionados, fuese cual fuese su advocación, fue siempre cruel." (Propercio, II, 33a)


Isis, Museo Británico, Londres

 Ovidio habla de Isis, en Amores, como excusa que dan las mujeres a sus amantes para mantenerles a raya, negándoles el placer. Esta imposición debió resultar muy molesta a todos aquellos que veían frustradas sus expectativas amatorias, sobre todo si el que se veía afectado por el precepto de marras no era devoto de la diosa. Sin embargo, este hecho contrasta con las acusaciones de adulterio, alcahuetería y prostitución que también pesaban sobre las sacerdotisas y fieles de Isis.

"La imprudente Corina ha puesto en peligro su vida, destruyendo con un abortivo el peso que abrumaba su vientre. En verdad que merece mi cólera por exponerse a tanto riesgo sin mi conocimiento; mas la cólera cede ante el temor. Sin duda, o habría concebido de mí, o al menos así lo creo; acostumbro a dar por cierto aquello que es posible.
Isis, que habitas Paretonio y las feraces tierras de Canopo, con Menfis y Faros ceñida de palmeras, y las llanuras en que el rápido Nilo abandona su vasto lecho y por siete bocas tributa sus aguas al mar, te ruego por tu sistro y por la veneranda cabeza de Anubis, y así el pío Osiris acepte siempre gozoso tus sacrificios, la serpiente aletargada se deslice con lentitud en torno de las ofrendas, y Apis, con sus cuernos de oro, acompañe tu pompa, que vuelvas a esta parte tus miradas, y con la salvación de Corina salves a dos, pues tú darás a ella la vida y ella a mí.
Con frecuencia la viste celebrar sentada tus sacros festejos a la hora en que los sacerdotes Galos se ceñían de laureles. Tú, que tanto compadeces en los difíciles meses de la gestación a las madres que retardan el paso con el fruto de sus entrañas; compasiva Ilitia, ven y oye favorable mis preces; es digna de contarse entre tus protegidas. Yo mismo, vestido de blanco, quemaré el incienso en tus aras humeantes y depositaré a tus pies las prometidas ofrendas, grabando estas palabras: «Ovidio Nasón, por la salud de Corina.» Diosa inclínate a merecer tal inscripción y tales ofrendas. Y tú, amada mía, si me es lícito aconsejarte, viéndote sobresaltada de tanto temor, guárdate de repetir nuevamente lo que acabaste de hacer." (Ovidio, Amores, I, 13)


Estela de Amarilis, Museo Arqueológico de Atenas, Foto de Giovanni Dall´Orto

En el seno de las comunidades isíacas las mujeres podían desenvolverse con un mayor grado de libertad que en la religión oficial, y disponían además de la posibilidad de ocupar cargos de responsabilidad, algo que les estaba prácticamente vetado en la vida pública, por lo que pudo haber sido este un aliciente para la iniciación de las devotas, aunque, en ningún momento, se puede hablar del culto a Isis como una religión matriarcal o eminentemente femenina.
Hay una inscripción hecha por decreto municipal en Queronea dedicada por Gnaeus Curtius Dexippos, archisacerdote de los Augustales y curator civitatis, a la memoria y, según su testamento, de Flavia Lanica, archisacerdotisa de Atenea Itonia y piadosa hierófora de Isis Taposeiris (advocación asimilada a Deméter, la que siente pena por un ser querido). Los hieróforos eran funcionarios de los templos encargados de servicios a los dioses. Está fechada en la primera mitad del siglo III d. C.

Sacerdotisa de Isis, Museo del Louvre, París

En una inscripción latina se puede leer la dedicatoria de un hombre a su esposa y aunque no se menciona nada sobre el culto a Isis en su estela funeraria se representan un sistro, un jarrón, y a los dioses Osiris y Anubis-Hermes que identifican a la difunta como devota de la diosa Isis.

A los espíritus de los difuntos. Lucius Plutius Hermes a Fabia Estratonice, hija de Quintus, la mejor y más piadosa esposa. (AE 1988.368)

Estela funeraria de Flavia Estratonice

Las placas de dedicantes nos permiten conocer de primera mano cómo el fiel se dirigía a la divinidad, bien dándole las gracias por algún favor concedido por la misma como suplicando a esta que le favorezca en una causa determinada, algo que no deja de destacar el carácter eminentemente pragmático que tenían las religiones en general (no solo la isíaca) en el mundo romano. Se le regalaban joyas con las que adornar las estatuas.

(A la joven Isis, por mandato del dios Netón. Fabia Fabiana, hija de Lucio, su abuela, en honor de su piadosa nieta, Avita, entrega gustosamente un peso de plata de ciento doce libras y media, dos onzas y media y cinco escrúpulos (para la estatua de la diosa). Además, estos ornamentos: para la diadema, una perla excepcional y seis perlas (de unio y margarita). Dos esmeraldas, siete cilindros, una gema de carbunclo, otra de jacinto y dos gemas ceraunias. Para los pendientes de las orejas, dos esmeraldas y dos margaritas; para el collar, una gargantilla de cuatro sartas de treinta y seis perlas y dieciséis esmeraldas y dos más para el broche; para las pulseras de los tobillos, dos esmeraldas y once cilindros; para el dedo pequeño dos anillos de diamante; para el dedo siguiente (anular), un anillo engarzado con mucha pedrería de esmeraldas y una margarita; para el dedo mayor (corazón), un anillo con esmeralda; y para las sandalias, ocho cilindros) Pedestal de la estatua de Isis, Guadix


Templo de Isis, Pompeya

Muchos dedicaban parte de su fortuna a su culto o como en el caso siguiente a reparar su templo tras ser destruido para tratar de ganarse su favor.
Numerius Popidius Ampliatus era un liberto de Pompeya que restauró a sus expensas el templo de Isis después de ser destruido por el terremoto del año 62 d. C. Lo hizo en nombre de su hijo de seis años, Celsinus. Por este acto su hijo fue elegido para el orden de los decuriones del municipio, a pesar de no tener derecho por ser liberto. Pertenecer a este orden era muy meritorio y se esperaba que sus miembros mostrasen su generosidad.

Numerius Popidius Celsinus, hijo de Numerius, reconstruyó a sus expensas el Templo de Isis desde sus cimientos, que se había derruido por un terremoto. Por su generosidad, a pesar de su edad, seis años, los decuriones le nominaron para el orden sin ningún cargo. (CIL X 846 = ILS 6367)

Sacerdotisa de Isis,
Museo Arqueológico de Palermo

En cuanto a la iniciación en los misterios del culto a la diosa, estos no eran conocidos ni divulgados, pero mantenían en común con otras religiones orientales la renuncia a ciertas cosas, como es el caso de practicar la castidad para algunos seguidores, las mutilaciones y la promesa de guardar el secreto de los ritos de iniciación. Apuleyo cuenta hasta donde puede como se realiza este proceso.

“Oh, mi estimado Lucio, qué felicidad, qué inefable dicha es la vuestra! La voluntad de nuestra augusta diosa os es propicia, os ha juzgado digno de tan elevado ministerio. ¿Podéis permanecer, ahora, inactivo y sin prisa alguna? Sí, he aquí el día tan solicitado por vuestros votos, el día en que por orden soberana de la diosa, mis manos van a daros entrada en las más sagradas profundidades del culto.» Y poniendo su diestra sobre mí, el venerable anciano me condujo cuidadosamente a la puerta del vasto templo. Con el ritual acostumbrado, abrió las puertas y llevó a cabo el sacrificio matutino. Sacó luego del fondo del santuario unos libros escritos en caracteres desconocidos, que contenían la fórmula de la consagración. Aquí estaba lleno de imágenes, de animales de toda especie; allí abreviaturas formadas con dibujos entrelazados, unos semejando una rueda, otros un nudo y otros sarmientos de vid. La curiosidad de los profanos no podía alcanzar su significado. Me leyó de estos libros los preparativos que yo debía hacer para mi consagración.
Estad seguros que no tardamos, entre yo y mis amigos, mucho rato, en proveernos de todo lo necesario, sin regatear nada. Llegado el momento que el pontífice creyó favorable, me condujo en compañía de todo el santo cortejo a los baños inmediatos al templo, y una vez sumergido, como de costumbre, me purificó echando sobre mí agua clara y pura, e implorando la protección divina. Estábamos ya a media tarde, cuando me condujo al templo, a los mismos pies de la diosa. Me dio secretamente ciertas instrucciones que no puedo revelar, y en seguida me recomendó en alta voz frente a los congregados, que me abstuviera durante diez días consecutivos, a partir de aquel instante, de todo alimento profano y de toda sensación sexual. Me prohibió beber vino. Cumplí respetuosamente estas indicaciones con escrupulosa exactitud. Llegó por fin el día de la divina promesa. Apuntaba ya el sol en Oriente trayendo consigo el nuevo día, cuando, afluyendo de todas partes una numerosa muchedumbre, vinieron todos, según antigua costumbre religiosa, a rendirme homenaje. El pontífice mandó luego que se retirasen los profanos, y me llevó de la mano al mismo santuario del templo. Yo vestía traje de lino... Tal vez, lector curioso, vas a preguntarme ansioso lo que allí se dijo y lo que allí pasó. Lo diría si posible fuese; lo sabríais si os fuera permitido escucharlo.” (Apuleyo, El asno de oro, XI, 22-23)

Fresco del templo de Isis de Pompeya, Foto de Carole Raddato

El culto a Serapis nace en Alejandría con la dinastía de los Ptolomeos, que quieren otorgar a su reinado un nuevo dios que participe de las creencias helenas, pero sin perjudicar los sentimientos egipcios. Se produce entonces un proceso de sincretismo entre el dios egipcio Osiris con el dios griego Hades, ambos dioses de ultratumba, pero que en su personificación alejandrina gozará también de un carácter sanador como dios de la medicina.  Se asimila también al todopoderoso Zeus. Como dios tutelar de Alejandría adquiere la cualidad de un demon benéfico que será a menudo representado con forma de serpiente. Acompaña con frecuencia a Isis en la devoción por el culto egipcio.

Las ceremonias del culto a Osiris son descritas por Plutarco como semejantes a las del dios griego Dionisos, el Baco romano, por lo que Serapis en su asimilación al dios egipcio recibe la misma dedicación haciendo uso de la misma parafernalia durante la celebración de las procesiones.

"¿Quién puede conocer, ¡oh Clea!, mejor que tú, que Osiris no es otro más que Dioniso, siendo tú la más eminente entre las Tíades de Delfos? ¡Tú, que fuiste por tu padre y tu madre consagrada a los Misterios de Osiris! Si se nos demandan pruebas, dejemos a un lado los misterios herméticos, y vayamos a las ceremonias que los sacerdotes practican abiertamente, el entierro del buey Apis, el traslado de su cuerpo sobre una almadía, no difieren en absoluto de las procesiones báquicas… De igual forma, se revisten con pieles de corzo, portan tirsos, profieren gritos, y se mueven y agitan como aquellos que están poseídos por Dioniso en sus orgías… De igual manera, todo aquello que se narra sobre los Titanes, las conmemoraciones nocturnas de las fiestas báquicas, es equivalente a lo que se narra de Osiris, su desmembramiento, su vuelta a la vida, y su renacer." (Plutarco, De Isis y Osiris, XXXV)



En la siguiente transcripción de una estela funeraria de una sacerdotisa se hace patente que estaba dedicada al servicio tanto de Serapis (Osiris) asimilado al dios Baco como de la diosa Isis.

“Aquí yace la reconocida sacerdotisa del dios Baco Ogygio y protectora del santuario de la diosa del Nilo, la modesta Alexandria, quien (conservaba todavía) la flor de la juventud; la envidiosa marca de las Parcas la llevó a Plutón.”





Bibliografía:

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https://revistas.ucm.es/index.php/ILUR/article/viewFile/50411/46833; Isis a través de los textos: el culto isíaco en la literatura grecolatina de época altoimperial; Israel Santamaría Canales
http://pendientedemigracion.ucm.es/centros/cont/descargas/documento4783.pdf; EL CULTO ISIACO EN EL IMPERIO ROMANO. CULTOS DIARIOS Y RITUALES INICIÁTICOS: ICONOGRAFÍA Y SIGNIFICADO; Mª AMPARO ARROYO DE LA FUENTE
https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/653644.pdf; LA RELIGION DE ISIS EN "LAS METAMORFOSIS" DE APULEYO; María Cruz Marín Ceballos
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http://www.scielo.org.ar/pdf/argos/v34n1/v34n1a05.pdf; LA DEVOCIÓN A ISIS ENTRE LAS MUJERES: UNA PERSPECTIVA EPIGRÁFICA; GABRIELA MABEL PORTANTIER
http://gredos.usal.es/jspui/bitstream/10366/72990/1/Comentario_sobre_el_libro_XI_de_las_meta.pdf; COMENTARIO SOBRE EL LIBRO XI DE LAS METAMORFOSIS DE APULEYO; M.J. Hidalgo de la Vega
https://www.academia.edu/23843064/Expansión_y_difusión_del_culto_isiaco_en_el_Imperio_romano; Expansión y difusión del culto isíaco en el imperio romano; Israel Santamaría Canales
https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/119148.pdf; Isis y Sarapis: Difusión de su culto en el mundo grecorromano; Mercedes López Salvá
https://www.academia.edu/9726634/Veneración_a_Isis_en_Hispania_-_La_Península_ Ibérica_como_receptora_de_los_cultos_egipcios; VENERACIÓN A ISIS EN HISPANIA. LA PENÍNSULA IBÉRICA COMO RECEPTORA DE LOS CULTOS EGIPCIOS; Cristina Marcos Sánchez

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