Blog de la domus y la vida familiar en la antigua Roma

domingo, 21 de agosto de 2016

Vinum amoris, vino y placer en la antigua Roma

Detalle de mosaico, villa romana de Carranque, Toledo

El vino se encuentra siempre asociado, entre los poetas latinos, a las celebraciones, la música, la buena comida, la inspiración poética y al amor.
Sin el néctar de Baco y Dionisos no es posible entender una de las instituciones culturales más trascendentes de la antigüedad: el symposium griego o convivium romano, es decir, el momento de beber juntos, pero de un modo civilizado.  
El vínculo de amistad con un extraño se sellaba con un banquete ritual, donde el vino tenía un importante papel, pero en el que los alimentos, las vajillas, los perfumes y las flores se sumaban al ambiente de lujo y placer que se creaba.

"Sirvieron en vajilla de oro como manjares lo que había producido la tierra, el aire, el piélago y el Nilo, lo que un lujo frenético por una vana ambición había buscado en todo el mundo, sin que lo ordenase el hambre. Pusieron gran cantidad de aves y fieras, que son divinidades en Egipto, y el cristal ofrece aguas del Nilo para las manos y grandes copas adornadas con piedras preciosas reciben el vino, pero no de uva mareótide, sino un generoso falerno al que, a pesar de su aspereza, en pocos años Méroe proporcionó vejez, obligándolo a fermentar. Reciben coronas entretejidas con flores de nardo y con rosas que nunca faltan y derramaron sobre sus cabelleras humedeciéndolas abundante cinamomo, que todavía no se había evaporado en el aire de aquel país extranjero y no había perdido el aroma de su tierra, y amomo recién traído de una mies vecina." (Lucano, Farsalia, 10)

Los perfumes y las flores se utilizaban para disimular los olores y porque creían que retrasaban los efectos de la borrachera. Por ello no se ungían ni coronaban con flores hasta después de la cena.

“Que ahora invitados de blanco entren en un bosque tranquilo, rosas seductoras cuelguen de mi cuello,
se escancien vinos fermentados en las presas de Falerno, y el perfume azafranado de Ciiicia bañe mi cabello.” (Propercio, IV, 6)

Pintura de Alma Tadema

El convivium terminaba con la comissatio, sobremesa en la que se servía el vino para que todos bebieran por igual y momento en que empezaban los entretenimientos. Había que beber en compañía, nunca solo, pues de esta forma se estimulaba la conversación y las relaciones sociales.

“Mas, por la tarde, a la hora de cenar, debe tomarse vino, ya que no nos dedicamos a la lectura de ciertos pasajes que requieren una especial sobriedad. En este momento, la atmosfera es más fresca que durante el día, de suerte que es preciso suplir el calor natural que disminuye por uno de fuera, es decir, tomando vino en escasa cantidad; pues no conviene ir "hasta la copa del exceso.” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo)

Según los antiguos, el vino ayudaba  a recobrar la fuerza y el valor, hacía olvidar el hambre, la sed, las fatigas y las preocupaciones, devolvía  la alegría y soltaba la lengua, de modo que el que lo tomaba  no sería capaz de guardar ningún secreto. También traía el sueño y ayudaba al descanso.

Pero el  abuso del vino podía provocar un estado mental de pérdida del valor y del autocontrol llevando a los individuos a comportarse de una forma enloquecida e incivilizada rechazando las normas establecidas. Aunque se pensaba que beber vino no era malo en sí mismo, si lo era hacerlo de forma excesiva, provocando un comportamiento irracional y cruel, del que luego uno se podría arrepentir.

“Propio de tracios es en los festines
Luchar como enemigos y arrojarse
Copas que deben ser don de alegría.
Rechazad ese signo de barbarie,
Y no queráis que Baco se avergüence
De sangrientos combates.
Al claro resplandor de las antorchas
Y del zumo que tiñe los cristales,
¡qué mal parece, amigos,
El siniestro fulgor de los alfanjes!
Deponed vuestros gritos belicosos,
Y, reclinados, conversad afables.” (Odas, I, 27)

Ser abstemio tampoco constituía una buena opción en tanto que podía aislar al individuo, no solo de sus conciudadanos sino también de los dioses, haciéndoles enfadar negándoles las libaciones que les correspondían en las celebraciones y fiestas religiosas.

“Pero reclamad los dones de Baco. ¿A quién de vosotros le gustan las copas vacías? Hay acuerdo en plan de igualdad y Líber no mira mal a aquellos que lo adoran y junto con él al vino alegre. [No viene irritado en demasía ni en demasía severo]: quien teme el gran poder de un dios irritado, que beba. (Tibulo, III, 6)

Además, para evitar la ofensa al anfitrión de la cena y responder a su hospitalidad se debía beber con moderación y evitar cualquier exceso. La embriaguez solo, hasta el punto de aliviar las penas, era admisible.

Pintura de casa de los Castos Amantes, Pompeya

Pero, ¿cuál es la cantidad apropiada? ¿Cuándo hay que dejar de beber? Apuleyo, escritor latino del siglo II, también habla de la cantidad aceptable de copas que podrían beberse para no llegar a la ebriedad:

“Se cita a menudo la frase que pronunció un sabio
a propósito de un banquete: ‘La primera copa es para
aplacar la sed; la segunda, para la alegría; la tercera,
para el placer; la cuarta para la locura’.” (Florida, XX, 1)

Tres son, por tanto, las copas que el hombre sensato debe beber en el banquete o simposio, a partir de la cuarta copa el hombre se embriaga, pasando por diferentes estados dentro de la borrachera, y cuanto más bebe, más irracional, insensata y peligrosa es su conducta, desembocando en la locura y la ira. En ese momento, el hombre fuera de sí, totalmente enajenado, es capaz de cometer cualquier maldad.
Séneca pensaba que los efectos físicos de la embriaguez son tan desagradables, y conducen al hombre a un estado tan lamentable y ridículo, que deberían servir para no caer en ella.

“Añade el desconocimiento propio, la expresión torpe y poco clara, la mirada imprecisa, el paso vacilante, el vértigo, el mismo techo en movimiento como si un torbellino hiciese girar toda la casa, la angustia de estómago cuando fermenta el vino y distiende las entrañas.” (Séneca, Epis., X, 83)


Mosaico con Baco ebrio, Museo Romano-Germánico de Colonia

 Beber excesivamente traía consecuencias tales como sufrir accidentes por caídas tras abandonar el banquete:

“Volviendo el convidado Filóstrato de las aguas
de Sinuesa, empujado por la noche, a su
apartamento alquilado, por poco si se enfrenta a
un cruel destino imitando a Elpénor, al rodar
de punta cabeza por las escaleras de la primera a
la última. No hubiera sufrido, Ninfas, tan
grandes peligros, si hubiera bebido él, mejor,
vuestras aguas.” (Marcial, XI, 82)

La vinicultura era  sinónimo de civilización y los romanos creían que lo que los diferenciaba de los bárbaros era el modo de beber el  producto proporcionado por Baco. Así, mientras los romanos lo bebían mezclado con agua y especias (el vino puro sin mezcla, merum, estaba exclusivamente reservado para las libaciones religiosas), los bárbaros, los locos o los malvados lo bebían sin mezclar, es decir, puro. El tratamiento adecuado del vino consistía en añadirle agua, puesto que era necesario rebajar la alta concentración alcohólica que presentaba debido a las uvas maduras que utilizaban en su elaboración.

“Habiéndose dado a cada caballero diez bonos [de vino], ¿por qué, Sextiliano, tú solo te bebes
veinte? Ya hubiera faltado el agua caliente a los sirvientes que la traen, si tú no bebieras, Sextiliano, el vino puro.” (Marcial, I, 11)

En los espectáculos de gala se obsequiaba a los asistentes con diez bonos, para diez copas de vino, que se mezclaban con agua caliente, pero Sextiliano no quiere agua.

Pintura de Alma Tadema
Cuando los comensales tenían puestas sus coronas lanzaban los dados y el que obtenía la mayor puntuación era nombrado magister bibendi, quien decidía cómo mezclar el vino y el agua, fijaba las normas para beber y debía contener los excesos en lo concerniente a la bebida para que la celebración discurriera con normalidad y no se ofendiera la hospitalidad del anfitrión, por lo que decidía las penas por no cumplir con las normas establecidas.

¿A quién elegirá Venus
rey del festín que te brindo? (Horacio, Odas, II, 8)


Las mezclas más normales eran tres partes de agua y dos de vino, o tres de agua y una de vino. El ritual de la mezcla garantizaba, por otra parte, una mayor duración del festejo y las proporciones variaban en función del momento del acto y de la importancia de los participantes. De no hacer esta mezcla, el vino llevaría rápidamente a la borrachera y a una conducta incivilizada. Beber vino sin diluir no se consideraba socialmente correcto y menos si se hacía abundantemente y estaba muy mal visto por los miembros de la sociedad que bebían con moderación. Para disfrutar del convivium, había que beber solo lo suficiente para perder la inhibición y estimular una conversación relajada.

Estico.— .Prefieres tu ejercer el mando sobre el dios de las fontanas o sobre Baco?
Sa.— !Qué pregunta!, sobre Baco. Pero mientras que nuestra común amiga acaba de venir y mientras que se arregla, vamos a divertimos nosotros. Yo te nombro presidente de nuestro festin.
Est .— Me hace gracia pensar cuanto más nos va a la moda de los cínicos cuando tenemos que sentamos en los taburetes que no aquí en los divanes.
Sa.— Si, desde luego, aquí se está mucho más a gusto. Pero, a ver, tú, el presidente, ¿por qué no circula entre tanto la copa? Mira a ver cuántas copas bebemos.
Est .— Tantas cuantos dedos tienes en la mano, como dice la copla esa griega: bebe cinco o tres, pero no cuatro.
Sa.— (Echa vino en la copa.) A tu salud. Échale una décima parte de agua, si tienes cabeza. (A los espectadores)
¡A vuestra salud, a la nuestra, a la tuya, a la mía, y también a la de nuestro Estefanio!
Est .— !Venga, bebe ya, si es que vas a beber! (Plauto, Estico, V,4)

Debía decidir cuánto agua fría o caliente mezclar con el vino. Marcial se queja de que se hierva el agua que luego se deja enfriar para vinos flojos.

“Bebes vinos de Espoleto o los encubados en las
bodegas marsas. ¿Para qué quieres el noble frescor del agua hervida?” (Marcial, XIV, 116)

Vajilla para bebidas, tumba de Vestorius Priscus, Pompeya

El magister era el único cualificado para señalar el número de copas que habían de beberse, el número de cyathus (0,0456 litros) que había que escanciar en cada copa, que variaba de uno a once y, sobre todo, el modo de beberlas: haciendo rondas que comenzaban por el invitado de honor, bebiendo todos al tiempo y pasando llena la copa que cada cual acababa de vaciar con un deseo de buen augurio o brindando a la salud de uno de ellos con tantas copas como letras tenía en su tria nomina de ciudadano romano o el nombre de su amante.

“Levia celébrese con seis ciatos, con siete Justina, con cinco Licas, Lide con cuatro, Ida con tres. Que todas las amigas sean enumeradas por el falerno escanciado, y puesto que no viene ninguna, llégate tú a mí, Sueño.”  (Marcial, Epigramas, I, 71)




“Mezcla, Cesto, honor de la mesa, los vinos setinos: me parece a mí que hasta el niño, hasta el macho cabrío están sedientos. Que fijen el número de ciatos las letras de Instancio Rufo, pues él es quien me ha hecho regalo tan grande. Si viene Teletusa y me trae los goces prometidos, me reservaré para mi amada con tu triente, Rufo. Si anda con dudas, llegaré hasta siete. Si me deja plantado como amante, para ahogar mis penas, me beberé los dos nombres juntos.” (Marcial, Epig., VIII, 50)

El número de copas lo marca el nombre de Instancio Rufo; pero a Marcial se le presentan tres posibilidades: acogerse a las cuatro letras del cognomen, Rufo; a las siete del nombre, puesto en vocativo, I[n]stanti, y sin pronunciar “n” ante “s”; o sumar las once letras del nombre completo.

“Escancia, siervo, aprisa,
Que por la Luna nueva
Y por la media noche
Quiero beber, y por el gran Murena.
O tres o nueve veces,
Según lo pida el caso,
Has de llenar las copas, para los brindis hechas.
El que a las nueve Musas
Cantos de amor ofrenda,
Nueve veces el vino
Renovará, si ha de cumplir con ellas.
Mas las desnudas Gracias
Sólo quieren tres brindis
Temerosas de excesos y de bajas reyertas.” (Odas, III, 19)


Escena de esclavos escanciando vino, mosaico de Dougga, túnez, foto de Dennis Jarvis

El poeta amante de las Musas puede tomar una mayor proporción de vino, bebida relacionada en la antigüedad con la inspiración, mientras que las Gracias se identifican,  con la conversación agradable propia de quienes no poseen cualidades poéticas.
Los más privilegiados podrían mezclarlo con nieve o utilizar ésta para filtrarlo. El vino se echaba desde las ánforas a una gran crátera donde se añadía el agua. Después se trasvasaba a las jarras desde las que los esclavos llenaban las copas de los invitados. 

"Vino setino y nieves y tercios sin pausa
de mi dueña! ¿Cuándo podré beberos sin que
me lo prohíba el médico? ¡Tonto y desagradecido
e indigno de semejante regalo el que prefiere
ser heredero del rico Midas! Que posea los trigales
de Libia, el Hermo y el Tajo, y que beba agua
caliente, quien me envidie." (Marcial, VI, 86)

El filtrar el vino mediante una manga de lino era necesario porque nunca quedaba limpio del todo y, con el tiempo, criaba posos que lo enturbiaban al removerlo. En las ánforas el vino mermaba porque las vasijas de tierra cocida, por su porosidad, van perdiendo su contenido con el paso del tiempo. La porosidad de los recipientes de barro, a pesar de los intentos para disminuirla recubriéndolos con pez, favorecía la evaporación del agua y el aumento relativo del alcohol, de modo que el vino se convertía en un líquido pastoso y a veces amargo, no especialmente grato al paladar.

"Desde las riberas del Etna se me devuelve, Flaco, a Terencio Prisco: que una perla blanca como la leche señale este día, que se escancie y que se aclare con el lino flexible un ánfora turbia, disminuida por cien consulados. ¿Cuándo le tocará a mi mesa una noche tan feliz? ¿Cuándo se me concederá entonarme con un vino tan merecido? Cuando la citerea Chipre me devuelva tu persona, Flaco, habrá un motivo tan bueno para mi regalo." (Marcial, VIII, 45)

Jarra cincelada, Museo Getty

Algunos anfitriones pretendían servir vinos selectos en sus cenas, pero en verdad los vinos eran de peor calidad, por lo que los comensales se quejaban.

“Tú, desde luego, siempre sirves vinos setinos o
másicos, Pápilo, pero corre el rumor de que tus
vinos no son tan buenos. Se dice de ti que con esta
garrafa te has quedado viudo cuatro veces. Ni lo
pienso ni lo creo, Pápilo, ni tengo sed.” (Marcial, IV, 69)

Plinio el viejo critica a aquellos de sus coetáneos que sirven a sus invitados un vino distinto del que ellos beben, o a lo largo del banquete sustituyen los buenos por otros mediocres. Plinio el joven censura a algunas de sus amistades porque en las cenae que ofrecen, queriendo para sí los mejores manjares y dejando para los demás las pobres pitanzas, guardan el vino en pequeños frascos de calidades diversas y sacan unos u otros según la dignidad de los invitados.

“Había distribuido el vino dentro de pequeñas vasijas en tres categorías, no para que hubiera la posibilidad de elegir, sino para que no existiese la oportunidad de rechazar lo que se ofrecía: una, para él y nosotros, otra, para los amigos inferiores (pues tiene a los amigos clasificados por grados), y otras, para sus libertos y los nuestros.” (Plinio, Epístolas, II, 6)


Leyendo a Homero, pintura de Alma Tadema

Algunos poetas alabaron los efectos del vino  por ser una fuente de inspiración que favorecía la expresión de hermosos  versos. Horacio era un claro defensor de beber para escribir, pues según él  el vino ayudaba a canalizar las emociones, alegraba o entristecía según la disposición del ánimo  o invitaba al sueño:

“Ánfora, cual yo nacida
en tiempo del cónsul Manlio;
ya nos reserves pesares
o regocijos o llanto,
ya pendencias enojosas
y amores desatinados,
o ya, benigna, prefieras
un fácil sueño prestarnos…” (Odas, III, 21)

Según Horacio solo el poeta ebrio era capaz de componer versos que gustasen porque solo ellos estaban inspirados por las Musas y recomendaba a los que solo bebían agua abstenerse de escribir poesía.

“Si das crédito, docto Mecenas, al viejo Cratino,
No pueden gustar ni durar mucho los poemas que escriben los bebedores de agua. Desde que a los insensatos poetas encuadró Líber en su equipo de sátiros y faunos, a vino huelen a menudo de mañana las dulces Camenas.
Por sus loas al vino se supone borracho a Homero.
El propio padrecito Ennio nunca se lanzó a cantar combates sino bebido. “Hago saber: ocúpense de la Bolsa y el Foro los abstemios. Deje de cantar la gente seria.” Desde que publiqué este edicto, los poetas no han dejado de empinar a porfía por la noche ni de apestar por el día… (Horacio, Epis. I, 19)


Escena griega de banquete

Ya en Grecia se creía que algunos poetas solo eran capaces de hacer hermosas composiciones cuando habían bebido, como se refleja en la Antología Palatina.

"Desde el alba a la noche: y de nuevo otra vez hasta el alba bebe Socles en tinas de cuatro coes, pero
luego de pronto se va; sin embargo, beodo compone cosas mucho más dulces que Sicélidas y es también escritor de más peso; y tan grande es tu gracia, amigo, que te ruego que escribas mientras bebes."

El poeta Socles es un bebedor irregular: en ciertas ocasiones toma grandes cantidades, pero de pronto suele retirarse del vicio. Ahora bien, cuando realmente resulta buen escritor es cuando esta beodo: el poeta le aconseja, pues, que no abandone los festines.

Horacio se deja llevar por el dios del vino Baco y emplea diferentes vinos para diferentes ocasiones, uno griego de Lesbos para disfrutar de la Naturaleza y del amor, sin peleas.

“Escanciando de Lesbos
aquí a la sombra el inocente vino,
riñas no has de temer de Baco y Marte…” (Odas, I, 17)

Pero para celebrar la derrota de la reina Cleopatra elige un Cécubo:

“Fuera antes crimen sacar el Cécubo
del barril viejo, cuando una reina
los funerales de Roma urdía
y sus cimientos minaba pérfida.” (Odas, I, 37)

El Falerno le lleva a disfrutar de la vida ya ofrezca alegrías o adversidades:

“Sé igual si la desgracia te persigue
que si del prado en el confín, tendido,
en tus felices ocios saboreas
claro Falerno, en tu bodega antiguo.” (Odas, II, 3)

Copa Barber, Museo Británico

En primavera invita a Virgilio a apagar su sed con el vino de Cales y a dejarse llevar porque la vida es breve:

“Viento primaveral, a cuyo soplo
el mar queda tranquilo, empuja ya las velas.
El tiempo trae la sed. Mas, si calmarla
te apetece, Virgilio,
con los zumos en Cales cosechados,
¡oh cliente de jóvenes dignísimos!,
por nardos del Oriente
has de cambiar mi vino…
Evita dilaciones
y no temas el gasto a que te invito.
Piensa que al fin la pira nos aguarda.
Y ahora, que nos es lícito,
locura breve a la razón mezclemos:
es dulce alguna vez perder el juicio.” (Odas, IV, 12)

Para concluir, Horacio aconseja el vino para olvidar las penas, enfrentarse a la vida con valentía y disfrutar del amor:

“Nada en Tíbur y en torno del fundo de Catilo
plantes, oh Varo, antes que la cepa sagrada.
Da un dios a los abstemios los más atroces males, y sólo el vino libra de las cuitas amargas.
¿Quién, habiendo bebido, teme pobreza o guerra?
¿Quién a ti, padre Baco, o a ti, Venus, no canta?...” (Odas, I, 18)

Para Clemente de Alejandría, los que no guardan moderación en los banquetes son unos pobres desgraciados que pierden la compostura y se ponen en ridículo.

“... consideran una vida feliz la total anarquía en la bebida; según ellos, la vida no es más que fiesta, embriaguez, baños, vino puro, orinales, inercia y bebida. Así, puede verse a algunos de ellos medio borrachos, tambaleándose, llevando coronas en el cuello, como las urnas funerarias, escupiéndose mutuamente vino, so pretexto de brindar a su salud. A otros, puede vérselos completamente ebrios, sucios, pálidos, con la mirada lívida, y añadiendo por la mañana una nueva embriaguez sobre la del día anterior. Es bueno, amigos, bueno de verdad, que tras presenciar –pero, a poder ser, lo más lejos posible– estas imágenes ridículas y a la vez lamentables, adoptemos una actitud y una conducta mejor, por el temor de dar un día nosotros también un espectáculo parecido y una ocasión de burla.” (El Pedagogo, II)


Pintura de la casa de los Castos Amantes, Pompeya

Desde siempre el vino se ha relacionado con una larga y buena vida, con el trabajo duro, con los climas severos. Pero por el vino se pierde la belleza, por el vino se consume la juventud, y a menudo por el vino la amada no conoce a su compañero.

“¡Ay, maldito quien descubrió el vino puro
y el primero que contaminó el agua clara con néctar.
Con el vino se aja la belleza, con el vino se marchita la juventud, con el vino a menudo la amante no reconoce a su amado.” (Propercio, II, 33)

Sin embargo, Séneca recurre a la embriaguez como una especie de remedio purificador, y sólo por este motivo es aconsejable caer en ella. Pero hasta en el exceso, voluntario y buscado, hay que conducirse con moderación:

“No pocas veces hay que llegar incluso a la embriaguez, no como para ahogarnos, sino para apaciguarnos; pues borra las preocupaciones y remueve a fondo el espíritu y remedia la tristeza, así como algunas enfermedades, y Líber se llama así no por la licenciosidad de la lengua, sino porque libera el espíritu de la esclavitud de las preocupaciones y lo sostiene y reanima y lo hace más atrevido para cualquier empresa. Pero lo mismo en el vino que en la libertad es saludable la moderación.” (De la tranquilidad del ánimo, 8-9)

Pintura de Alma Tadema

Séneca pensaba que los efectos físicos de la embriaguez son tan desagradables, y conducen al hombre a un estado tan lamentable y ridículo, que por sí solos desaconsejan hartarse de vino:

“Añade el desconocimiento propio, la expresión torpe y poco clara, la mirada imprecisa, el paso vacilante, el vértigo, el mismo techo en movimiento como si un torbellino hiciese girar toda la casa, la angustia de estómago cuando fermenta el vino y distiende las entrañas.” (Epis. X, 83)

Según los poetas latinos, el vino, a la vez que las preocupaciones, se lleva consigo los convencionalismos y artificios sociales, las reglas de urbanidad, y nos deja a cambio la naturalidad y la espontaneidad, favoreciendo las relaciones amorosas y convirtiéndose en el mejor aliado o el peor enemigo para los amantes.

¿Me preguntas qué consejo te doy sobre el don de Baco?, contarás con mis consejos en menos tiempo de lo que esperas. El vino predispone el espíritu para Venus, siempre que no lo tomes en gran cantidad, de forma que te deje atontado el cerebro, ahogado por el mucho alcohol. El fuego se aviva con el viento y con el viento se apaga; una ligera brisa alimenta las llamas, otra un poco más fuerte acaba con ellas. O ninguna embriaguez, o que sea tanta que te libre de preocupaciones: si está en medio de ambos extremos, es perjudicial. (Ovidio, Remedios de amor, 803)

Y si al amor y al vino le añadimos la noche, tendremos el trío idóneo para el goce total, para la pérdida absoluta de la razón. Este trío noche, vino y amor lo encontramos ya en Plauto:

“Nada puede haber más cautivador para un joven que la noche, la mujer y el vino”. (Báquides, 87-88)


Pintura de Alma Tadema

Pero la espontaneidad proporcionada por el vino permite expresar los sentimientos de forma tan intensa que puede llegar a la agresividad, e, incluso, a la pelea entre los amantes.

"Cuando presa de furor por el vino empujas la mesa y con mano furiosa arrojas contra mí copas llenas, sin duda se me dan avisos de un fuego verdadero: pues ninguna mujer sufre si el amor no es intenso." (Propercio, III, 8)

También cuando la relación amorosa se rompe y llega la tristeza, el vino puede ser un buen remedio para aliviar el dolor:

“Ahora, Baco, nos arrodillamos humildes ante tus altares: concédeme, ya sereno, propicias velas. Tú puedes reprimir el orgullo de la insensata Venus, pues con tu vino se obtiene remedio para las desventuras.” (Propercio, III, 17)

Otro de los efectos del vino en la relación erótica, es cuando, aún sin ser consumido, puede ser de gran ayuda para los amantes. Por un lado, induciendo el sueño en el marido, y proporcionando así la oportunidad deseada al poeta amante:

“Pídele a tu marido continuamente que beba, pero no acompañes con besos tus súplicas, y mientras bebe, a escondidas, añádele vino puro si puedes. Cuando, bien cargado de sueño y de alcohol, se quede dormido, el momento y el lugar nos dirán qué debemos hacer.” (Ovidio, Amores, I, 4)

Por otro, favoreciendo la promiscuidad y facilitando las relaciones sexuales al eliminar las inhibiciones y los prejuicios.

“Hay un a tal Fílide, vecina de Diana Aventina:
 sobria es poco agradable, bebida todo le sienta bien;
hay otra, Teya, en los bosques de Tarpeya, hermosa, pero, si bebe, no tendrá bastante con uno.
Decidí llamarlas para pasar bien la noche y renovar amores furtivos en placeres desconocidos.
 Sólo había un pequeño lecho para los tres en un rincón apartado del jardín; ¿preguntas por mi puesto? Me puse entre las dos. Lígdamo se encargó de las copas, vajilla de verano de vidrio y aromático vino griego de Metimna.” (Propercio, IV, 8)


Pintura etrusca de Tarquinia

Por eso Ovidio, el mejor praeceptor amoris de la literatura latina, recomienda no beber en demasía si en el banquete te han puesto al lado una mujer hermosa.

"Así que, cuando te sirvan los dones de Baco, puesto sobre la mesa, y te toque como compañera en el lecho contiguo una mujer, suplica al padre Nictelio y a los ritos sagrados de la noche que no permitan que el vino te haga perder la cabeza." (Ovidio, Arte de Amar, I)

 El culto a Baco se caracterizaba por ser un rito religioso en el que se consumía gran cantidad de vino. Aunque al principio la adoración a este dios se reservó a las mujeres, con el tiempo se hizo habitual la participación de los hombres y un mayor número de ceremonias, lo que sumado a una mayor ingesta de vino y un exceso de actividades lujuriosas llegó a provocar una gran ofensa a las tradicionales costumbres romanas. Por tanto, se inició la persecución de las Bacanales con la intención de proteger la moralidad romana y la defensa del estado, pues se sospechaba durante la celebración se podían organizar conspiraciones políticas. Todo ello llevó a su prohibición por el Senado en el año 186 a. C. y solo se permitió el culto a Baco cuando se decidiese que ayudaba a la prosperidad de Roma, que debía demostrarse ante el pretor urbano y con su celebración autorizada por el Senado.

“Cuando el vino había inflamado los espíritus, y la noche y la mezcla de hombres con mujeres, jóvenes con viejos, había destrozado todo sentimiento de decoro, todas las variedades de la corrupción empezaban a practicarse, pues cada uno tenía a mano el placer que respondía a las inclinaciones de su naturaleza.” (Tito Livio, Ab urbe condita, XXXIX, 8)


Culto a Baco,pintura de Alma Tadema

Bibliografía:

https://mospace.umsystem.edu/xmlui/bitstream/handle/10355/8100/research.pdf?sequence=3, WHEN TO SAY WHEN: WINE AND DRUNKENNESS IN ROMAN SOCIETY, Damien Martin
http://revistas.ucm.es/index.php/RFRM/article/viewFile/RFRM0707220021A/9748; Vino, banquete y hospitalidad en la épica griega y romana; Cristina MARTÍN PUENTE
dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=58880, Vino y amor en la literatura latina, Mª Luisa L. Harto Trujillo
www.elcantodelamusa.com/docs/2012/agosto/doc2_elvino.pdf, El vino: un legado romano, Pedro S. Hernández Santos
www.academia.edu/.../Eros_y_Dioniso_sexo_y_vino_en_la_elegía_latin..., Eros y Dioniso: sexo y vino en la elegía latina, Carlos Cabanillas
https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/3028557.pdf, EMBRIAGUEZ Y MODERACIÓN EN EL CONSUMO DE VINO EN LA ANTIGÜEDAD, Carmen Amat Flórez
La vida en la antigua Roma, Harold W. Johnston, Alianza editorial